LA PORTADA DE MAÑANA
Ver
Feijóo se instala en el 'no' a todo salvo para celebrar el pacto judicial con el “depredador del Estado de Derecho”

Noches de peste y días de pandemia

Gaspar Llamazares

El último libro de Orhan Pamuk, La noche de la peste, es en realidad una fábula sobre la epidemia de peste en la isla de Minguer, una isla imaginaria que tiene resonancias de la geografía y la historia real de la isla de Creta, y de su acceso a la independencia en plena epidemia de peste a principios del siglo XX.

Un libro escrito antes de que se desencadenase la actual pandemia del covid-19 y, sin lugar a dudas, una de las grandes novelas sobre pandemias después de Los Novios de Manzoni, del Diario del Año de la Peste de Daniel de Foe y de La Peste de Albert Camus, escrita por el premio Nobel que mejor escribe después de haberlo recibido, sobre un tema que ha servido para reflejar las contradicciones de la sociedad turca en un momento crítico. Una ficción sobre una realidad que habla de una experiencia extrapolable a todas las epidemias y también a la pandemia actual.

En este caso, se trata de un denso y extenso libro que combina la historia, la leyenda y la novela propiamente dicha a través de las cartas del personaje imaginario de una princesa otomana –Pakize Sultán– a su hermana que permanece en la corte de Estambul. En ellas relata tanto su vida en pareja como, en especial, los distintos momentos de la epidemia. Unas cartas que han sido recogidas en la actualidad por el personaje de su nieta caracterizada como historiadora.

Comienza con la princesa y su marido, el doctor Nuri, que deben interrumpir su viaje de recién casados a China y son enviados de vuelta a Minguer por el Sultán Abdülhamit II con el objetivo de llevar a cabo la investigación del asesinato de Bonkowski Pachá, el químico e inspector jefe de sanidad del Imperio Otomano, y de paso para hacerse cargo de la dirección de la lucha contra la epidemia de peste que acaba de quedar prácticamente descabezada.

El libro es en un principio una novela policíaca o de misterio sobre el asesinato del inspector de cuarentenas, que había sido enviado por el gobierno otomano de la sublime puerta a confirmar la epidemia de peste. Después el libro se transforma en, ante todo, una crónica de la epidemia en la isla, de las medidas de control de salud pública y de su repercusión sanitaria y la reacción social, pero también trata su instrumentalización religiosa y política, para finalmente cerrar el círculo con el breve reinado de la princesa y su marido en Minguer, con el desenlace sobre los culpables del crimen y el posterior exilio de la pareja en China y en París.

Pamuk se extiende en el peculiar sistema hereditario del sultanato y en sus consecuencias para el resto de la familia real, como es el caso de la princesa Pakize, pero también habla sobre el papel de los mentores provenientes de la administración y del ejército en la creación de los centros religiosos o tekke en Minguer, que serán determinantes en la posición negacionista sobre la epidemia. 

El contexto es el de la decadencia del Imperio otomano, que se calificaba entonces como el enfermo de Europa, y el de las tensiones con motivo de la competencia entre las grandes potencias por lo que eran sus dominios, aunque no lo serían por mucho tiempo. En realidad, por parte de unas potencias también en proceso de decadencia que, al cabo de poco más de una década, acabarían metidas en la primera gran guerra con el surgimiento de los nacionalismos y el final de los imperios. Aquel mundo entonces en crisis era quizá como el actual, en el que asistimos a la decadencia del imperio norteamericano después de la Guerra Fría, con los dolores de parto de un nuevo orden internacional bipolar, la resistencia de las potencias en declive y la lucha por la hegemonía por parte de China. De nuevo, la tensión entre oriente y occidente.

La acción transcurre en el seno de la sociedad minguerense, donde, tras una aparente imagen de normalidad, se hace patente la lucha entre los funcionarios de la administración otomana, la influencia de la religión ortodoxa y de la musulmana, de oriente y occidente y asimismo las tensiones de los representantes de las grandes potencias europeas. En esto llega la epidemia de la peste. 

Porque el libro trata, sobre todo, de la reacción ante la peste por parte de las autoridades otomanas. También de la política laica frente a la reacción religiosa y, en particular, de la construcción del relato nacionalista sobre la nación minguerense favorecido por el aislamiento del bloqueo naval y la inestabilidad social como consecuencia de la epidemia de peste. En Minguer la revolución y la construcción del relato nacionalista, a veces tan burdo como infantil, acaban identificándose en el Mayor Kamil. Al parecer, esto no ha sido bien visto por el actual gobierno turco de Tayyip Erdogan por su alusión más o menos velada a Ataturk, padre de la Turquía moderna.

También versa sobre una gestión de la epidemia de peste que, como en la pandemia de covid-19, se polariza entre los maniqueos de los avances de la ciencia de entonces. Cuenta con el apoyo, aunque con matices, por parte del gobernador otomano de Minguer y el mayor seguimiento de las normas por parte de la comunidad ortodoxa. Por contra, lidia con el rechazo de las medidas sanitarias por parte del fundamentalismo musulmán de los jeques en los barrios más pobres que, como en todas las epidemias, son los que más sufren los efectos de la peste, pero sobre todo por los jeques de los llamados tekke o centros religiosos situados en las afueras.

Es difícil no percatarse de la relación del relato con las imágenes que permanecen en nuestra memoria de la pandemia actual

Algo que, mutatis mutandis, se parece a nuestros propios maniqueos del negacionismo y de la teoría de la conspiración frente al dogmatismo del 'covid cero' de algunos expertos, y también a los determinantes sociales y de salud de la pandemia actual.

La crónica avanza desde las tímidas restricciones iniciales y la sensación de impotencia, a pesar del papel fundamental de la llamada división de cuarentenas, a la angustiosa extensión imparable de la peste. Luego, una vez instalada la epidemia, surge el miedo y la huida de los poderosos, el bloqueo de la isla por parte de las potencias europeas, y a partir de entonces, la creación del caldo de cultivo social y político para la revolución nacionalista, la contrarrevolución del fundamentalismo religioso y finalmente el confinamiento.

En definitiva, aparece la íntima relación entre las epidemias y la situación social y política tanto en su impacto como en la gestión y en sus consecuencias, salvando las distancias, como en nuestro tiempo.

El ambiente pasa de mostrar una bulliciosa normalidad a la angustia de las casas cerradas, los cadáveres en las calles, el humo de las quemas de ropas y enseres, los entierros nocturnos en fosas comunes y al final el silencio de la ciudad desierta. Un confinamiento total como último recurso que finalmente coincide y facilita el final de la epidemia de peste. También aquí es difícil no percatarse de la relación del relato con las imágenes que permanecen en nuestra memoria de la pandemia actual, así como de sus repercusiones sociales, políticas y culturales que en buena parte están en marcha y cuyos resultados todavía no conocemos a pesar de lo cerca que estamos del final de la pandemia.

______________________

Gaspar Llamazares es fundador de Actúa.

Más sobre este tema
stats