Las ONGD en el escenario internacional. Crisis de legitimidad y transformaciones sociales

Antonio José Montoro Carmona

El mundo ha cambiado. A estas alturas de siglo XXI, Venezuela y Gaza mediante, esta afirmación podría parecer una perogrullada, pero en algunos ámbitos es necesario recordar que los esquemas y métodos tradicionales de actuación han quedado obsoletos y superados por la realidad. El universo de las ONGD es uno de ellos.

Las Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (ONGD), en su forma actual, son un producto histórico del orden neoliberal construido sobre los escombros del muro de Berlín. Concretamente en España, el sistema de cooperación en que se insertan nace de la adhesión del país al Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE en 1991 y de la primera ley de cooperación en 1998. Es fundamental no perder de vista esta referencia para entender la crisis de legitimidad en la que estamos inmersas.

El orden neoliberal y unipolar, gobernado por el hegemón norteamericano y que ha dominado los ámbitos políticos, institucionales, comunicacionales y sociales durante más de tres décadas, adoptó una fachada decorada por el derecho internacional, los derechos humanos y la democracia. Pese a la naturaleza meramente formal de esta mascarada, es cierto que la misma permitió abrir una grieta para la canalización de recursos a través de la sociedad civil y de cierta participación popular. 

Aunque escasas, insuficientes y con una capacidad limitada para producir y fortalecer cambios duraderos, de este escenario formal pudieron surgir resistencias y fracturas contrahegemónicas que han permitido orientar corrientes de la cooperación hacia procesos políticos de transformación social en el Sur Global. No obstante, este bloque alternativo ha jugado un rol absolutamente secundario en la configuración de las agendas públicas y en la proyección exterior de las ONGD en su conjunto.

En la actualidad, las condiciones objetivas y subjetivas que parieron a las ONGD y su trabajo en cooperación internacional no existen más. Quizá la defunción definitiva todavía se demore un tiempo, seguramente insignificante desde una mirada histórica, pero la precipitación de los hechos que determinan la disfuncionalidad del sistema internacional para dar respuestas útiles a los problemas reales es imparable.

En esta fase histórica, al igual que en el conjunto de la sociedad, asistimos a un desplazamiento hacia la derecha de buena parte de las ONGD, en un ejercicio inútil por salvar sus estructuras de la ola reaccionaria, convirtiéndolas en un fin en sí mismo. Esto ha provocado que la correlación de fuerzas dentro del universo de las ONGD, en el que actúan operadores del todo el arco ideológico, sea aún más favorable a las posiciones más tibias y conniventes con la agenda hegemónica. 

Esta realidad actual (...) va a penalizar las posiciones tibias por su incapacidad para dar respuestas creíbles y útiles a los retos de nuestro tiempo

Un ejemplo claro de la confusión esquizofrénica entre medios y fines lo encontramos en la situación de Gaza. En los últimos días se ha denunciado, justamente, la pérdida del registro de treinta y siete ONGD internacionales en Palestina. Pero lo central no es el dedo, es la luna. Y el cuerpo celeste en el que debemos fijar nuestra atención es precisamente su reverso, es decir, debemos escudriñar con atención qué ONGD sí han conseguido o van a conseguir el registro israelí para operar en Palestina. Si el procedimiento administrativo impuesto ilegalmente por Israel tiene como objetivo fundamental la obtención de información sobre activistas y organizaciones sociales palestinas ¿Cómo se puede obtener este plácet sin cumplir con lo que el Estado de Israel dispone? Spoiler: no es posible.

Esta realidad actual, dominada por la comisión de crímenes de guerra y agresiones internacionales con total impunidad, va a penalizar las posiciones tibias por su incapacidad para dar respuestas creíbles y útiles a los retos de nuestro tiempo. Desde un punto de vista ético, pero también pragmático, las ONGD que nos reconocemos como herederas de las amplias tradiciones de la izquierda, como el resto de actores sociales y políticos que comparten un mismo horizonte ideológico, tenemos que posicionarnos sin ambages en este momento decisivo de la historia.

Por ello, es urgente abandonar la tentación de instalarnos en posiciones acomodaticias que no disturben la tranquilidad mainstreaming. El mundo sobre el que hemos operado hasta ahora ha cambiado, nuestras respuestas también tienen que hacerlo. Debemos ser capaces de comprenderlo y adaptarnos para seguir siendo actores que contribuyen al cambio social y a la transformación de las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad y la opresión. Incluso cuando eso signifique ser molestas e incómodas.

No podemos desvincularnos de un compromiso claro y abierto con los pueblos del mundo que luchan por su liberación y contra el renovado imperialismo. Sin peros. Sin parapetarnos detrás de las imperfecciones y contradicciones de procesos sociales complejos y contradictorios para proteger nuestra moral impoluta y hacernos más aceptables por el poder. Gaza y Venezuela son la piedra de toque que nos retrata.

La única lucha que se pierde es la que no se da. Por eso, desde las ONGD situadas en la izquierda tenemos que actuar con responsabilidad histórica y ser conscientes de la necesidad de federar nuestros esfuerzos para revertir un sentido común anquilosado que, como la orquesta del Titanic, sigue tocando la misma melodía inmune al hundimiento a su alrededor.

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Antonio José Montoro Carmona es coordinador general de la Fundación Mundubat.

El mundo ha cambiado. A estas alturas de siglo XXI, Venezuela y Gaza mediante, esta afirmación podría parecer una perogrullada, pero en algunos ámbitos es necesario recordar que los esquemas y métodos tradicionales de actuación han quedado obsoletos y superados por la realidad. El universo de las ONGD es uno de ellos.

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