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¿Un pacto de estado para salir de la crisis?

Fernando Luengo

Una de las preguntas del último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de abril hacía referencia a la conveniencia de, una superada la pandemia, llegar a amplios acuerdos para abordar la reconstrucción o, como escenario alternativo, que los partidos planteen sus propias alternativas. El 91% de los encuestados se mostraba partidario de sellar grandes acuerdos entre partidos.

Estamos ante una de esas preguntas que, de hecho, contiene la respuesta. En las actuales circunstancias, ¿quién se pronunciaría por que cada partido haga la guerra por su cuenta? ¿quién puede desear que se prolongue el espectáculo de hostilidad y enfrentamiento que se está produciendo en el Parlamento español? ¿Y la descoordinación y pugna, a veces soterrada y casi siempre abierta, entre las administraciones central y autonómica? Muy pocos.

La ciudadanía es cada vez más consciente de que la crisis actual es extraordinariamente grave, que perdurará en el tiempo, que será muy difícil de superar, que tendrá costes enormes, que dejará a mucha gente en el camino y que necesitará de un gran esfuerzo colectivo para salir adelante. En estas condiciones, la respuesta a la pregunta del CIS no podía ser otra; la angustia y la incertidumbre hacen que la gente desee un amplio acuerdo de los partidos.

Asimismo, antes y después de esta encuesta, diferentes medios de comunicación han publicado artículos de destacados periodistas, políticos y opinadores reivindicando las bondades y la actualidad de los denominados Pactos de la Moncloa suscritos en octubre de 1977, en un momento clave de la transición política, pidiendo su reedición, o simplemente poniendo sobre la mesa, ante esta situación de emergencia, la necesidad de impulsar un amplio acuerdo político y social, o incluso la formación de un gobierno de unidad nacional o de concentración. Las declaraciones de Pedro Sánchez y de otros miembros del gobierno, apelando explícitamente a los Pactos de la Moncloa, también apuntan a la necesidad de alcanzar un consenso político desde el que enfrentar la reconstrucción. Y, en fin, la reciente decisión de constituir una comisión en el Congreso supone dar los primeros pasos en esa dirección.

No voy a discutir algo tan obvio como que la superación de la crisis necesita sumar voluntades, esfuerzos y capacidades. En todo caso, creo necesario situar el debate en unas coordenadas más amplias.

Una variable que, en mi opinión, es obligatorio considerar es la de la presencia de Unidas Podemos (UP) en el gobierno de coalición. Este partido ha pasado de ser una voz airada, rebelde y discordante a entrar con fuerza en los ayuntamientos y los parlamentos autonómicos, y de aquí al gobierno de la nación. A pesar de que, apelando al realismo que comporta estar presentes en las instituciones y de hacer política en ellas, ese tránsito ha supuesto continuas y trascendentales renuncias tanto en el programa como en la acción política de UP, para los poderes fácticos (económicos, políticos y mediáticos) se ha pasado una línea roja que es necesario revertir cuanto antes. Y la pandemia ofrece una gran oportunidad que no están dispuestos a desaprovechar. No es una casualidad que buena parte de los ataques más furibundos de la derecha tengan como destinatarios a Pablo Iglesias y al extremismo que, supuestamente, introduce la presencia de UP en el gobierno (comunistas, bolivarianos…).

En términos más generales, las declaraciones retóricas de los partidos de la derecha clamando por la unidad ¡y defendiendo la sanidad pública!, no deben ocultar que su objetivo fundamental es debilitar al gobierno, ponerle contra las cuerdas, no sólo a los ministros de UP, trabajando sin escrúpulos un escenario de convocatoria de elecciones anticipadas que, en sus cálculos, podrían rentabilizar.

En cuanto a VOX, su acción política, que a muchos puede parecer una extravagancia sin sentido, juega la baza antisistema, esperando que la crisis económica y social dé lugar a una quiebra de legitimidad de la política en su sentido más amplio y a un abismo institucional que le proporcione bazas electorales entre una población desafecta y sumida en el desconcierto, con necesidad de abrazar soluciones, aunque estas procedan de la retórica fascista. Este es el único partido que, coherente con esa estrategia, ha rechazado de plano la eventualidad de un gran acuerdo y que ni siquiera entrará en las conversaciones previas. El resto está situado, de una manera u otra, en el espacio de los posibles pactos; ninguno de ellos quiere aparecer ante una opinión pública conmocionada como el que echa el candado a ese escenario.

En mi opinión, el mensaje de que hay un espacio de acuerdo y entendimiento con las derechas es un grave error. Es posible que a corto plazo suponga un balón de oxígeno para los partidos que lo promuevan y suponga un alivio para la opinión pública, que, como he señalado antes, está deseosa de encontrar una luz en el sombrío e inquietante panorama que nos ha tocado vivir.

No debemos perder de vista que la piedra angular de la reconstrucción es la defensa y el fortalecimiento de lo público. Porque sólo desde ahí estamos en condiciones de cuidar a la ciudadanía, de luchar contra la desigualdad y la exclusión social, de revertir el cambio climático y promover la transición ecoenergética, de movilizar recursos desde los que más tienen hacia los más necesitados. Porque, en definitiva, de eso se trata, de pasar de las palabras a los hechos. Y las derechas están en la retórica vacía y mentirosa a la que nos tienen acostumbrados; quienes han hecho todo lo posible y hasta lo imposible por desmantelar el sector social público, ahora se erigen en sus mayores valedores. ¡Atención, porque este mensaje puede colar!

Este es el dilema para las izquierdas. ¿Moverse en el campo de juego donde las reglas las fijan las grandes empresas mediáticas y los intereses que las sostienen, adaptándose como un camaleón a los azarosos vientos de la política, o convertir esta crisis terrible en una oportunidad para la vida, para las clases populares y para el planeta? Si este último es el camino, tenemos que ser capaces de poner en marcha una ambiciosa agenda económica y social, y para ello hay que hacer mucho trabajo desde abajo de pedagogía y de movilización.

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Fernando Luengo es  economista. Este es su blog.

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