De la plaza del Progreso a las obras de Tirso

Raimundo García Paz

A pie de acera, los albañiles ultiman la colocación de algunos adoquines junto al escueto parque infantil que linda con el teatro Nuevo Apolo. Usuarios de pisos turísticos y personas con carros de la compra zigzaguean entre los utensilios. El alivio visible de algunas caras denota que está próxima a finalizar la reforma de este enclave del centro de Madrid, impulsada por el Ayuntamiento de Martínez-Almeida hace un año.

La sobria estatua pétrea del mercedario fray Gabriel Téllez –más conocido por su seudónimo como dramaturgo de Tirso de Molina– seguirá presidiendo la plaza que lleva su nombre desde 1943. Nada más tomar Madrid con sus tropas, el franquismo demolió el monumento de bronce allí erigido al político liberal Juan Álvarez Mendizábal, suprimiendo la denominación original de este enclave como plaza del Progreso.

La génesis de este espacio urbano se inició precisamente durante la desamortización de bienes eclesiásticos acometida por Mendizábal en 1838. Durante ese proceso fue derribado el convento de la orden mercedaria allí existente. Un siglo después, al inicio de la posguerra, el régimen dictatorial levantó la estatua a Tirso de Molina, monje mercedario y célebre autor del siglo de Oro, rebautizando a la plaza del Progreso con su alias literario.

Situada a tiro de piedra de la Puerta del Sol por un lado y de la plaza de Lavapiés por otro, confluyen en esta encrucijada urbana una decena de calles. Arterias animadas por las que suele discurrir gente joven, que se confunden con camareros, vendedores de flores e inmigrantes africanos recién llegados a Madrid. Su ubicación estratégica ha marcado la existencia de gentes de letras, artistas y músicos en el último cuarto de milenio.

Motivo de inspiración para los compositores, la cantante malagueña Vanesa Martín eligió como broche final de su notable bachata Objetos perdidos una alusión nostálgica a la plaza: “Y un amigo en común me invitó a una fiesta contigo… cuando ya estaba en Tirso, ¿de qué sirve ya?”.

Una estela lírica iniciada por el creador jienense Joaquín Sabina, que como vecino popularizó el actual nombre de la plaza, destilando otra referencia romántica al lugar en Caballos de cartón, en una de cuyas estrofas evoca el itinerario de la línea 1 del Metro: “Tirso de Molina-Sol-Gran Vía-Tribunal, ¿donde queda tu oficina para irte a buscar?”.

Dédalo de calles, enlace natural entre la calle Atocha y el Rastro también eligió aquí morada un bailarín y coreógrafo de Córdoba llamado Joaquín Cortés. Instintivamente o no, la predilección de los creadores andaluces por este entorno tiene ilustres precedentes, ya que sirvió como residencia inicial a los hermanos Gustavo y Valeriano D. Bécquer, poeta y pintor sevillanos cuando se trasladaron a Madrid.

Y aunque no corona una colina, como el Montmartre parisino, la plaza dio refugio a otros literatos y artistas bohemios que vivían en el barrio de Lavapiés, cuyas calles se desparraman ladera abajo hacia la ronda meridional de Madrid. 

La estatua de Mendizábal demolida por el franquismo seguirá reemplazada por la de Tirso de Molina en la plaza madrileña del mismo nombre tras la reforma impulsada por Almeida

Tras los hermanos Bécquer, dos genios de la pintura universal apostaron por buscar alojamiento en los alrededores de esta misma plaza. Joaquín Sorolla Bastida abrió su primer estudio en la capital de España en el número 9 de la plaza del Progreso. Una iniciativa que tomó recién casado con Clotilde, su modelo eterna. Convivieron ambos en un piso-taller de esa finca entre 1889 y 1894. Luego habitarían distintos inmuebles en otras zonas de la capital, con estancias intercaladas en diversas poblaciones españolas y extranjeras.

Si Sorolla y su mujer hubiesen permanecido tres años más en su estudio de la plaza del Progreso, habrían cruzado sus pasos con un vecino adolescente de dieciséis años recién llegado al barrio. Se trataba de Pablo Ruiz Picasso, quien se mudó con pinceles y caballete a unas decenas de metros de la casa de Sorolla, alquilando habitación en la calle San Pedro Mártir número 5 en septiembre de 1897.Otro chaval de doce años de edad llamado José Ysbert Alvarruiz, luego conocido como Pepe Isbert, intérprete genuino de tantos personajes del cine español, vivía por entonces en otro piso del mismo inmueble.

Picasso iniciaba por aquella época sus estudios en la Academia de Bellas Artes, desplegando su creatividad fuera de las aulas con apuntes del natural, que perpetuó con ayuda de pequeños cuadernos. Su maestro en esas lides era José Moreno Carbonero, pintor malagueño y amigo de su padre. (Casualmente, dos óleos de este profesor de Picasso y otra obra de Joaquín Sorolla, que fueron dados por desaparecidos, han sido recuperados por la policía tras su hallazgo e identificación en los almacenes del palacio de Liria, propiedad de la Casa de Alba).

Al alborear el siglo XX, un cantero le grabó de forma espontánea una placa de agradecimiento al desamortizador Mendizábal en la base de su monumento. A esas alturas el café Progreso, situado en el número 1 de la plaza así llamada, constituía lugar de encuentro habitual para intelectuales y artistas. Corriendo el año 1917, vino al mundo la poeta Gloria Fuertes en el número 3 de la cercana calle de La Espada.

Para redondear el cuadro, un empresario llamado Vicente Patuel –cuyo hijo casaría en segundas nupcias con la actriz Carmen Sevilla– puso en marcha en la década de los treinta del siglo pasado el “Teatro Cinema del Progreso” ahora denominado “Nuevo Apolo”.

Con la Segunda República en marcha, el dramaturgo español por excelencia del siglo XX Ramón del Valle-Inclán Peña también se instaló en 1932 junto a su familia en el número 5 de esta plaza. Convecino de Valle era el político Álvaro de Albornoz Liminiana, según he descubierto en el Padrón Municipal de Habitantes de Madrid de 1930.

En su calidad de ministro de Justicia republicano, Albornoz promovió la ley del Divorcio que fue aprobada el 11 de marzo de 1932. Un dato relevante porque la actriz Josefina Blanco Tejerina inició precisamente ese mismo año su separación del dramaturgo gallego. Como asesora jurídica en este proceso judicial actuó la abogada Clara Campoamor, correligionaria política de Albornoz, quien había sido elegida diputada por el Partido Radical en las elecciones a Cortes Constituyentes celebradas en junio de 1931.

Unos años difíciles para la pareja formada por el autor gallego y la protagonista de algunas de sus obras, que se repartirán el cuidado de sus hijos. Valle-Inclán sería nombrado después por la segunda República conservador general del Patrimonio Artístico y más tarde, director de la Academia de España en Roma, regresando desde la capital italiana a Santiago de Compostela, donde murió el el 5 de enero de 1936.

Desconocemos por lo tanto qué habría opinado tres años después el creador del esperpento sobre el derribo del monumento a Mendizábal. Para ello tendríamos que haber viajado de regreso a la plaza del Progreso.

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Raimundo García Paz es periodista e investigador.

A pie de acera, los albañiles ultiman la colocación de algunos adoquines junto al escueto parque infantil que linda con el teatro Nuevo Apolo. Usuarios de pisos turísticos y personas con carros de la compra zigzaguean entre los utensilios. El alivio visible de algunas caras denota que está próxima a finalizar la reforma de este enclave del centro de Madrid, impulsada por el Ayuntamiento de Martínez-Almeida hace un año.

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