Queremos transformar el mundo y no sabemos tratarnos

En los últimos años, quienes participan o han participado en organizaciones de la izquierda española reconocen sin dificultad una experiencia compartida: la de ver cómo proyectos que arrancaron con energía y con programa se fueron consumiendo desde dentro. No (solo) por la derecha, ni por los medios, sino por la dificultad de sostener el vínculo entre las personas que los componían. Asambleas que derivaban hacia el reproche. Coaliciones que se rompían justo antes de las elecciones. Militantes que se iban en silencio, hartos de poner el cuerpo en algo que los maltrataba. 

Publicidad

Este texto no es sobre táctica electoral ni sobre si la izquierda debe o no participar en gobiernos de coalición. Es sobre algo anterior y más difícil: por qué los proyectos políticos que se proponen transformar el mundo tienen tanta dificultad para sostenerse internamente en el tiempo. Por qué la confianza entre compañeros se erosiona con tanta facilidad. Por qué el "nosotros" se rompe justo cuando más falta hace

La respuesta habitual apunta a lo estructural: la fragmentación identitaria, la precarización que individualiza, los algoritmos que polarizan, la hegemonía neoliberal que coloniza hasta los espacios de resistencia. Todo eso es real. Pero hay algo que esos diagnósticos no terminan de capturar: el modo en que las organizaciones de izquierda tratan internamente la discrepancia, la derrota y la diferencia. 

Publicidad

La fragmentación no es solo un problema sociológico externo. Es también un déficit relacional que la izquierda produce dentro de sí misma. 

El problema que no se nombra

Orellana (2018), en su análisis de la izquierda radical chilena, lo formulaba con precisión incómoda: las discrepancias estratégicas e ideológicas tienden a primar sobre las voluntades de coordinación, y la desconfianza instalada entre organizaciones que comparten objetivos sustancialmente similares es uno de los obstáculos más persistentes para cualquier articulación. No se trata de que no haya programa. Se trata de que hay un problema en la trama relacional que sostiene (o no sostiene) la acción colectiva. 

Publicidad

Hobsbawm lo diagnosticó desde otra orilla, más histórica: la izquierda ha tendido a organizarse como una suma de minorías que rivalizan entre sí en lugar de como una fuerza capaz de hablar en nombre del conjunto de la sociedad. Conquistar mayorías no equivale a sumar minorías. Y sin embargo, parte de la energía política de la izquierda contemporánea se consume exactamente en esa suma imposible, en la negociación permanente de qué identidad particular prevalece sobre cuál.

El resultado es lo que Lechner (2004) describía como pérdida del sentido de lo colectivo: una situación en que los individuos ya no perciben la política como un espacio de acción compartida, sino como un ámbito ajeno dominado por lógicas que escapan a su control. Y cuando eso ocurre dentro de la propia organización, cuando la política se vuelve ajena dentro del espacio que se supone más propio, la desafección no es una anomalía. Es la conclusión lógica de una experiencia concreta. 

Publicidad

Cuando la política se vuelve ajena dentro del espacio que se supone más propio, la desafección no es una anomalía. Es la conclusión lógica de una experiencia concreta. 

Una categoría incómoda

Propongo introducir aquí una categoría que probablemente genere incomodidad antes de generar utilidad: el amor. No como apelación emocional ni como eslogan de campaña, sino como concepto político con contenido analítico preciso y con consecuencias prácticas para pensar la cultura interna de las organizaciones de izquierda. 

La incomodidad tiene su historia. La tradición liberal moderna expulsó el amor de la política con un argumento que parecía sólido: la esfera pública se rige por la razón, las emociones pertenecen a lo privado. El problema es que ese argumento no describe cómo funciona la política real. Las identidades colectivas, el compromiso sostenido con una causa, la disposición a sostener la militancia en momentos de derrota, todo ello implica una dimensión afectiva que no desaparece por no ser teorizada. Simplemente queda sin orientar. 

Publicidad

La tradición liberal moderna expulsó el amor de la política con un argumento que parecía sólido: la esfera pública se rige por la razón, las emociones pertenecen a lo privado. El problema es que ese argumento no describe cómo funciona la política real

Alain Badiou aporta la dimensión más útil para este análisis: el amor opera sobre la diferencia, no sobre la identidad. No requiere que seamos iguales para generar vínculo; requiere que seamos capaces de asumir la diferencia del otro sin disolverla ni instrumentalizarla. En sus palabras, el amor es "la capacidad de asumir la diferencia, volviéndola creadora". Esto es exactamente lo contrario de lo que ocurre cuando una organización trata la discrepancia interna como amenaza existencial. 

Y añade algo más: el amor implica fidelidad. No como lealtad ciega a una línea, sino como compromiso sostenido con una construcción que, partiendo de un encuentro contingente, se vuelve necesaria en el tiempo. La fidelidad, en este sentido, es lo que diferencia una comunidad política de una coalición de conveniencia que se deshace en la primera tormenta. 

Lo que esto exige en la práctica

bell hooks planteaba el amor como práctica orientada al reconocimiento, el cuidado y la responsabilidad hacia los otros. No un sentimiento que se tiene o no se tiene, sino algo que se hace o se deja de hacer. Esta formulación tiene consecuencias concretas para pensar la cultura interna de las organizaciones políticas. 

Una organización que practica el amor político no es una organización sin conflicto. El conflicto es constitutivo de la política democrática y Chantal Mouffe lleva décadas recordándonoslo: la pretensión de eliminar el conflicto produce consenso despolitizador, no comunidad real. Lo que el amor político cambia no es la presencia del conflicto sino el modo en que ese conflicto se gestiona: con reconocimiento del otro como interlocutor legítimo incluso cuando no se comparte su posición, con responsabilidad hacia el espacio político que se comparte con quienes piensan diferente, con disposición a que la discrepancia produzca algo en lugar de consumirlo todo. 

La ética política kantiana llama a esto amor práctico: una máxima de benevolencia activa que genera deberes concretos de acción. Hacer que los fines de los demás sean también nuestros propios fines, sin disolverlos en los nuestros. Es una descripción precisa de lo que falta cuando una organización trata a sus propios miembros como obstáculos a superar o como instrumentos de una línea que solo unos pocos custodian correctamente. 

Una organización que practica el amor político no es una organización sin conflicto. Es una organización que no deja que el conflicto destruya las condiciones de posibilidad de la convivencia. 

Los riesgos reales

Esta propuesta tiene límites que conviene nombrar sin rodeos. El primero es la moralización de la política: invocar el amor sin traducirlo en prácticas institucionales concretas produce exactamente lo contrario de lo que promete. Un discurso que apela a la unidad afectiva mientras evita hablar de poder, de recursos y de conflicto es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, ideología encubridora. 

El segundo es el uso retórico. En el espacio político español reciente hemos visto cómo el lenguaje del amor y los cuidados puede ser apropiado como recurso de imagen sin ninguna traducción en estructuras reales. Eso no invalida la categoría; obliga a exigir que su uso sea siempre verificable en términos de práctica concreta. ¿Cómo se trata la disidencia en esta organización? ¿Qué ocurre con quien pierde una votación interna? ¿Hay mecanismos reales de reconocimiento de los sectores más vulnerables dentro de la propia estructura? Esas son las preguntas que el amor político hace exigibles. 

Una tesis, sin recetas

La izquierda transformadora no tiene un problema de programa. Tiene un problema de comunidad: de esa capacidad de sostener en el tiempo un "nosotros" que no se rompa en cuanto aparece la primera discrepancia interna o el primer revés electoral. Y ese problema no se resuelve desde fuera, con mejor comunicación o con liderazgos más carismáticos. Se resuelve, si se resuelve, desde dentro. 

El amor como categoría política no ofrece una solución técnica. Ofrece algo distinto: un marco desde el que hacerse preguntas que los análisis puramente institucionales o programáticos no generan. ¿Qué condiciones relacionales necesita esta organización para sostener el compromiso de sus miembros en el tiempo? ¿Cómo se gestiona aquí la diferencia entre compañeros? ¿Qué hace que la gente se quede cuando las cosas van mal?

La tesis es sencilla, aunque su traducción práctica no lo sea: las comunidades políticas duraderas no se sostienen solo sobre un programa compartido. Se sostienen también sobre formas de relación que incluyen reconocimiento, responsabilidad y cuidado del espacio que se comparte con los demás. Lo que hagamos con eso es, todavía, una pregunta abierta.

_________________

Curro Sánchez Herrera es sociólogo y trabajador social.

En los últimos años, quienes participan o han participado en organizaciones de la izquierda española reconocen sin dificultad una experiencia compartida: la de ver cómo proyectos que arrancaron con energía y con programa se fueron consumiendo desde dentro. No (solo) por la derecha, ni por los medios, sino por la dificultad de sostener el vínculo entre las personas que los componían. Asambleas que derivaban hacia el reproche. Coaliciones que se rompían justo antes de las elecciones. Militantes que se iban en silencio, hartos de poner el cuerpo en algo que los maltrataba. 

Más sobre este tema
Publicidad