Plaza Pública

Segunda carta desde Nueva York

Trump a su llegada este domingo a la Casa Blanca.

Marta López Luaces

Un par de semanas después del atentado contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001, hace ahora ya casi veinte años, publiqué un artículo titulado Carta desde Nueva York en el que describía la sensación de agonía que se palpaba en el ambiente de la ciudad. Entonces los vecindarios estaban cubiertos con fotografías de los desaparecidos. Los familiares y amigos de las víctimas las habían pegado en las paredes de la casa, en los pilares de las estaciones del metro y en los cristales de las tiendas y los bares. Todos esos rostros parecían seguir al viandante mientras caminaba a hacer las compras o hacia su trabajo. Muchos residentes escaparon entonces de la ciudad hacia el campo u otras ciudades. Si en el año 2001 muchos nos preguntamos si Nueva York, como el ave Fénix, podría volver de las cenizas, hoy nos hacemos una pregunta muy similar. La ciudad ya lleva cerrada más de dos meses y se espera que la fase uno comience el 8 de junio. Todos nos preguntamos qué ocurrirá con la energía creativa de la que tanto depende Nueva York hoy día dentro de unos meses, cuando la ciudad regrese a la normalidad. En el siglo XX muchas de sus instituciones, públicas y privadas, como bibliotecas, galerías, librerías, museos y teatros pudieron encauzar esa fuerza creadora para ayudar a la ciudad a recuperarse de las múltiples crisis que han azotado a esta ciudad. Hoy muchas de esas instituciones no saben si volverán a abrir. Muchas se han organizado para pedir donaciones al público. En Estados Unidos es común el apoyo económico del público a las instituciones culturales con donaciones mensuales o anuales. Hoy esas llamadas de la ópera del Met o del canal de la televisión pública PBS compiten con organizaciones de caridad como FeedAmerica.

Por otro lado, Andrew Cuomo, el gobernador del estado, trata de que la epidemia no profundice en las ya grandes divisiones sociales que existen en el país y que la presidencia de Trump ha sabido explotar para su beneficio político. Si algo se ha aprendido de las epidemias pasadas es que el saldo no es sólo la terrible cantidad de muertos sino los estragos culturales que puede hacer en una sociedad. La epidemia más mortífera de la que se tiene memoria, la peste negra de 1346, mató a alrededor de veinticinco millones de europeos. Aunque los que habían llevado la enfermedad a Europa habían sido los marinos llegados de Asia, se culpó a los judíos. El resultado fue que en muchos lugares de Europa se iniciaron los pogromos judíos. Así hoy, mientras Trump sigue con su política antagonista contra China y culpa a ese país por la epidemia, los brotes racistas contra las comunidades asiáticas en los Estados Unidos han ido en aumento, aun cuando el gobernador del estado de Nueva York trata de combatir esta tendencia a través de información y datos fidedignos. Ha reconocido que la epidemia ha afectado mucho más a las comunidades más marginales, en su mayoría afroamericana y latina. Pero el reciente asesinato de un hombre afroamericano, George Floyd, en Minnesota, a manos de la policía, trajo a la superficie las enormes divisiones raciales que existen en el país y empeorado aún más la brecha entre las diferentes comunidades del país.

Hoy la epidemia ha matado a más de 24.000 residentes de Nueva York. La ciudad está paralizada desde hace más de dos meses. La epidemia ha vaciado las calles de la ciudad. A diferencia de 2001, no hay rostros persiguiéndonos por las calles, ni caminantes tratando de evitar aquellas miradas. Hoy sentimos el silencio de sus barrios como una amenaza. Sus calles siempre bulliciosas, repletas de gente yendo y viniendo a cualquier hora del día y de la noche, hoy están vacías. Sus bibliotecas, galerías, museos, restaurantes, teatros que son el alma de la ciudad, hoy cerrados, refuerzan la sensación de desolación y vacío en la que vivimos. La soledad de sus calles resulta abrumadora y el silencio resuena como una amenaza.

La ciudad de Nueva York fue el epicentro de la pandemia. Se sabe que el virus llegó con los viajeros que regresaban de Europa. Hoy las cifras de muertos y contagios del estado están disminuyendo, pero no así en otras regiones de los Estados Unidos. El número de muertos en el país sigue aumentando y ya pasa de los 100.000. Mientras el presidente Trump contradice a los especialistas y se niega a seguir las recomendaciones de su propia administración, crece la desconfianza de la población no ya hacia su presidencia sino hacia un sistema que parece incapaz de detener la masacre y la brecha económica y social que ha dejado al descubierto.

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Marta López Luaces es poeta, novelista y profesora de Literatura Española y Latinoamericana en la Montclair University de Nueva York.

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