Hoy, cuando algunos hablan de la Transición, hay cierto menosprecio al papel que las clases populares desempeñaron durante aquel periodo. Para algunos sectores, que no vivieron los acontecimientos directamente, la democracia habría llegado como consecuencia casi natural de una reforma política diseñada “desde arriba”. Ese relato va ganando terreno sobre todo entre las generaciones nacidas en democracia. Por eso es importante, hoy especialmente, recordar acontecimientos tan simbólicos y significativos como el ciclo de luchas, movilizaciones y huelgas de enero de 1976. Estos episodios nos recuerdan otra verdad menos amable y más real: el cambio (también) se empujó “desde abajo”, con movilización social organizada, con huelgas masivas y con plantillas que, aun bajo un régimen que seguía muy vivo en sus estructuras represivas, exigían derechos laborales y libertades democráticas.
Hay que contextualizar aquel ciclo de movilizaciones y luchas obreras. España arrancaba 1976 con “un franquismo sin Franco”, pero con el aparato represivo del régimen intacto. La muerte de Franco en noviembre de 1975 no desmanteló ni la represión ni el miedo. El gobierno de continuidad franquista de Carlos Arias Navarro apostaba por una reforma política muy limitada, con medidas de “aperturismo” cosméticas, muy alejadas de las expectativas democráticas de la mayor parte de la sociedad. Y, además, el país estaba golpeado por una crisis económica profunda: inflación creciente, paro en constante aumento y pérdida acelerada del poder adquisitivo de las clases medias trabajadoras. La precariedad -aunque todavía no la llamábamos así- ya era una realidad social.
En ese contexto, las huelgas de enero de 1976 en Madrid no fueron una simple anécdota: fueron un cambio de escala, un salto cualitativo y cuantitativo en las movilizaciones obreras y sociales. Afectaron a zonas industriales enteras (Villaverde, Méndez Álvaro, Julián Camarillo, Getafe, Torrejón, Alcalá, San Fernando…), y a sectores estratégicos, Metal, Construcción, Textil, Renfe, Metro, CASA, entre otras muchas empresas, movilizando a cientos de miles de trabajadores y trabajadoras. No se trataba solo de negociar un convenio laboral, se trataba de algo más: se trataba de exigir condiciones de vida dignas y, al mismo tiempo, poner sobre la mesa una evidencia política; sin libertades, no habría solución pacífica de la crisis social.
Las reivindicaciones mezclaban lo laboral con lo político de forma inseparable. Subidas salariales, empezando por el Salario Mínimo, para frenar la caída del poder adquisitivo; medidas para parar los despidos y los expedientes de crisis; acciones institucionales contra el desempleo y mejora de las condiciones laborales. Y, a la vez, libertad sindical, derecho de reunión y de huelga. Y todas estas demandas, políticas y laborales, se condensaban en un concepto clave en aquella coyuntura de tensión y expectativa: amnistía. Quien quiera entender el papel del movimiento obrero en aquellos meses debe saber leer esa combinación: la lucha por el pan y la lucha por la palabra iban juntas. De una u otra forma, en el contexto de la Transición, reivindicar salarios más justos era reivindicar la democracia frente a un Estado que perseguía la organización colectiva.
Es aquí donde conviene decirlo sin rodeos: las huelgas de enero de 1976 contribuyeron decisivamente a abrir un nuevo marco social y político. A corto plazo, se consiguieron mejoras salariales y laborales. A medio y largo plazo, empujaron la legalización sindical, el reconocimiento del derecho de huelga y un modelo de relaciones laborales que ya no podía sostenerse sobre el sindicato vertical y el “ordeno y mando” empresarial protegido por la represión policial. Esos cambios no fueron solo un proceso institucional: fueron el resultado de la expresión social de la correlación de fuerzas (demostrada con aquellas movilizaciones) entre dos movimientos antagónicos; los involucionistas del “bunker” y las organizaciones sindicales prodemocráticas.
En el contexto de la Transición, reivindicar salarios más justos era reivindicar la democracia frente a un Estado que perseguía la organización colectiva
Nos vamos a referir al caso concreto de Plata Meneses, con una plantilla cercana a 400 personas, muestra con claridad cómo se formalizaba ese choque entre el régimen y las fuerzas prodemocráticas. En enero de 1976, la plantilla de Meneses, junto a otras empresas, extendió el conflicto laboral a gran parte de la zona en la que estaba ubicada (Julián Camarillo). Fueron siete días de huelga (y un cierre patronal posterior). La reacción patronal: cuatro despidos y dieciséis sanciones, entre los que nos encontrábamos los firmantes de este artículo, el primero despedido y el segundo sancionado.
La respuesta de la plantilla de Meneses no fue la resignación a la que, generalmente, se condenaba a toda movilización obrera en el franquismo, al contrario: hubo huelga de hambre de los despedidos y movilizaciones con participación de miles de trabajadores del sector. Conviene subrayar que la empresa estaba dirigida por Emilio Meneses de Orozco, alto dirigente de la patronal en el sindicato vertical y posteriormente el del sector del metal de la CEOE.
Tras duras jornadas de conflicto sostenido y negociación permanente, se consiguió la readmisión de los despedidos. Una victoria parcial, cierto, pero altamente simbólica. La lección de la lucha de Plata Meneses puede resultar incómoda para el relato edulcorado de una Transición pactada en la moqueta de los despachos. Pero es importante recordarla ahora, medio siglo después, para no caer en la trampa de creer que los derechos sociales y laborales “llegaron caídos del cielo”; no fue así, esos derechos se conquistaron con la movilización y la lucha obrera.
Las huelgas de enero de 1976, fue de un gran aprendizaje. En esta participamos una generación muy joven, descubrimos el poder colectivo, practicamos la solidaridad con mayúsculas, no era teoría, era experiencia directa. Hay que tener en cuenta además que, participábamos con personas que había vivido la guerra de España y la represión franquista posterior
Y todo esto en condiciones muy difíciles. Las Comisiones Obreras, todavía ilegales, tenían una presencia determinante, pero semiclandestina, en muchos centros de trabajo, también en Plata Meneses. Y la vida democrática de base -las asambleas- funcionaba como método y como mensaje: decidir colectivamente era, ya en sí mismo, una forma de deslegitimar al régimen. Pero la organización tenía costes. Los había para quienes daban la cara. Y también para quienes, sin protagonismo, sostenían el conflicto con la solidaridad cotidiana. La represión no era un recuerdo del pasado: era el presente para casi todos y un futuro posible para la mayoría.
Cincuenta años después, recordar enero de 1976 no debería ser un ejercicio nostálgico, sino una forma de interrogarnos por nuestro presente: ¿De dónde vienen los derechos laborales que hoy se consideran normales? ¿Qué costó el derecho de huelga? ¿Qué ocurre cuando se debilita la capacidad de organización sindical y se normaliza la precariedad? Conviene poner en valor aquellas huelgas y el papel del movimiento obrero y sindical en la Transición, no como un capítulo menor, sino como un elemento estructural del final del franquismo y de la apertura democrática. La Transición no fue automática ni limpia: fue el resultado de tensiones, resistencias, negociación y movilización. Y una parte clave de esa movilización ocurrió donde se arriesgaba el sustento de la mayoría: en los centros de trabajo.
Si algo nos enseña enero del 76 es que la democracia necesita de la movilización constante de la base social: que la democracia hay que defenderla todos los días, en la vida diaria y en los centros de trabajo. En un país donde vuelven discursos que trivializan la dictadura o relativizan la represión, la memoria democrática no es un lujo: es una herramienta cívica. Sirve para rendir homenaje a las personas represaliadas, al movimiento obrero y estudiantil, a las víctimas del franquismo y a quienes lucharon por derechos sociales y políticos. Pero sobre todo sirve, o debería servir, para recordar algo muy simple: la democracia no fue un regalo, fue una conquista colectiva y podemos perderla si no la protegemos entre todos y todas.
_________________
Francisco José Triviño y Rodolfo Benito, trabajadores y dirigentes de Comisiones Obreras.
Hoy, cuando algunos hablan de la Transición, hay cierto menosprecio al papel que las clases populares desempeñaron durante aquel periodo. Para algunos sectores, que no vivieron los acontecimientos directamente, la democracia habría llegado como consecuencia casi natural de una reforma política diseñada “desde arriba”. Ese relato va ganando terreno sobre todo entre las generaciones nacidas en democracia. Por eso es importante, hoy especialmente, recordar acontecimientos tan simbólicos y significativos como el ciclo de luchas, movilizaciones y huelgas de enero de 1976. Estos episodios nos recuerdan otra verdad menos amable y más real: el cambio (también) se empujó “desde abajo”, con movilización social organizada, con huelgas masivas y con plantillas que, aun bajo un régimen que seguía muy vivo en sus estructuras represivas, exigían derechos laborales y libertades democráticas.