Plaza Pública

Violencia

Baltasar Garzón

Observar la realidad que nos rodea se puede convertir en algo muy peligroso por el riesgo de depresión profunda en que podemos caer. Ante los hechos que se suceden en el día a día, es inevitable que domine el desánimo y se imponga la conclusión de que el género humano está destinado a la destrucción. Creo que cada vez es más evidente que el dialogo y el debate han desaparecido de nuestra vida pública; la proximidad que nos otorgan las redes sociales nos coloca en una lejanía evidente en la que no escuchamos a nuestro interlocutor, sino que pretendemos su eliminación o, cuando menos, su sometimiento.

El concepto de otredad ha desaparecido o está a punto de desaparecer. Dentro de poco, en términos universales, dejaremos de conciliar y solo pretenderemos dominar; en vez de dialogar emitiremos sentencias inapelables; en vez de emprender iniciativas solidarias, simplemente anhelaremos conquistar la plaza discutida. Es probable que esto venga fraguándose desde hace tiempo, lo que sucede es que ahora en el ejercicio de esta violencia sostenida, a veces absolutamente gratuita o cuando menos inútil, tenemos capacidades más que suficientes para destruirnos de forma masiva, cosa que antes no sucedía.

Nos rodean diversas categorías de violencia: la violencia física, la psíquica, la dialéctica, la de las armas, la económica, la machista, la medioambiental, la política, la moral, la oculta, la visible, la mediática, la grupal, la del bullying, los acosos, la de la indiferencia, la étnica, la animal…

Algunos políticos parecen programados para llevar a la sociedad a un estado de tensión intolerable que en algún momento estallará y salpicará a todos de terror y desesperación. Pienso en algunos ejemplos claros. En Europa, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y sus purgas que han llevado a miles de ciudadanos a prisión tras un supuesto golpe de Estado que ha contado con la aquiescencia de medio mundo. O en el terreno que abona en Hungría el primer ministro Orban que, a base de inculcar el odio a la amenaza extranjera, ha conseguido que la palabra inmigrante sea un insulto.

De cerca, le sigue el peligroso presidente del partido Justicia y Ley Jaroslaw Kaczynski, hombre fuerte de Polonia. Por no hacer demasiada largo el listado, hago ya solo mención del ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, y su guerra xenófoba contra la inmigración. Estos son algunos de los espejos continentales en que se mira el ultraderechista Santiago Abascal, presidente de Vox, que está dispuesto a poner las bases de la involución en nuestro país utilizando una violencia sostenida de incitación.

Trump y el desprecio

El filósofo coreano Byung-Chul Han, en su obra Topología de la violencia, destaca que “la violencia de una lengua hiriente también remite, como la violencia física, a la negatividad, pues resulta difamadora, desacreditadora, denigradora, o desatenta”. Esa es la primera fase en la estrategia de Vox que sufrimos cada vez con más frecuencia y que se extiende a la vida política, a los debates parlamentarios y a las tertulias radiofónicas y televisivas. Usan la mentira sin ni siquiera otorgarle el valor que merece, y la utilizan como arma cargada de intención, con más precisión que las pistolas, para derribar sus objetivos en un horizonte en el que todo vale.

Ahí tenemos las cada vez más habituales agresiones sexuales en las que la derecha practica un laissez faire amparado por un peligroso poso de resentimiento hacia la mujer que consideran nunca debió salir de su papel único de apoyo y regocijo del hombre. Un discurso que rezuma violencia cuando los agresores son de origen extranjero. Y aun así, no defienden a la víctima, que 'seguramente se lo tenía merecido' desde su planteamiento, sino que atacan a quienes permiten que vivan aquí personas de otros países –sobre todo moros o sudacas–, que para la ultraderecha son causantes de todos nuestros males.

Un planteamiento a imagen y semejanza del que despliega Donald Trump al otro lado del océano. La vergonzosa diatriba del presidente de Estados Unidos contra las cuatro congresistas, tres nacidas en Estados Unidos de padres oriundos de otros lugares y una congresista nacionalizada, a las que exhortó “a volver a su país”, calificándolas de antipatriotas, continúa azuzando a todos los descerebrados o perfectamente cuerdos que hacen del odio su vocación.

Las dos últimas matanzas cometidas estos días atrás no son ajenas a la actitud del mandatario, quien este lunes, tras la última masacre, aseguraba ser “la persona menos racista que puedas conocer jamás”. Sin duda sus expertos en imagen le han requerido para que ponga millas de por medio de su admirador Patric Crusius, supremacista blanco y asesino de 20 personas en El Paso, cuyo objetivo confesado era el de contener la invasión de hispanos.

De aquellos polvos vienen estos lodos y por mucho que ahora Trump lo niegue, los hechos están ahí: un presidente de los EEUU despreciando a los afroamericanos o empeñado en erigir un muro que frene a quienes desde su visión son violadores, drogadictos, criminales… El intento de veto de Trump a personas provenientes de países musulmanes; Trump y su campaña de odio que lanza como un bumerán hacia otros rincones del planeta y acaba retornando más potente, más flamígero, tras derribar a su paso valores, ética, libertades y derechos.

Inquietud por Colombia y Brasil

No puedo evitar seguir con zozobra la situación en Colombia y cómo el tremendo esfuerzo realizado entre tantos defensores de los derechos humanos, dirigentes políticos nacionales e internacionales, sindicalistas, académicos, líderes indígenas, campesinos y afrodescendientes, actores armados, y víctimas en general, se puede quedar en agua de borrajas. Ocurre así porque el presidente Iván Duque va variando paulatinamente asuntos que parecían establecidos en pro de la paz, como la sustitución de miembros de la Comisión de la Verdad. “Ahora el presidente es de derechas”, justificó, con absoluto aplomo.

Del mismo modo que me inquieta Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro trata de reescribir la historia cambiando a los miembros de la Comisión de la Verdad para que la dictadura recupere su lado amable en detrimento de los derechos de las víctimas. Al igual que niega, con la desfachatez que caracteriza a toda la extrema derecha en el mundo, la responsabilidad de la deforestación de la Amazonia, cumpliendo uno de los objetivos para los que accedió al puesto. Su gobierno está generando una situación de pérdida paulatina de libertades que provoca temor.

El teólogo Leonardo Boff lo analizaba así en noviembre de 2018: “(…) No nos sirve de nada que el futuro presidente condene los eventuales actos de violencia, pues se desacreditaría totalmente si los tolerase. Pero convengamos: él fue quien creó las condiciones psicosociales para que la violencia irrumpiera. Él está en el origen e, históricamente, debe ser responsabilizado por haber despertado ese odio y esa violencia, que continúa en las redes sociales, en los twitters, blogs y facebooks (…)”.

Añadía el teólogo algo que me parece especialmente valioso: “Necesitamos urgentemente personas-síntesis, capaces de apaciguar los demonios, y de hacer que prevalezcan los ángeles buenos que nos protejan y nos indiquen los caminos de la convivencia pacífica...”.

Desactivar el avance de la derecha

La cuestión es si las fuerzas progresistas son conscientes del riesgo que corremos todos. La inercia extrema a la que nos conducen estos discursos se expande al ámbito económico, sin que seamos apenas conscientes, aumentando las desigualdades disfrazadas de guerra comercial; o al ámbito religioso, con la expansión de fundamentalismos, que ocultan carencias morales evidentes en quienes representan a esas congregaciones o tendencias. También al ámbito judicial, haciendo cada vez más patente el uso del lawfare lawfare (uso político del derecho) como instrumento para resolver judicialmente conflictos de esta índole o al ámbito político, determinando la parálisis entre quienes podrían contrarrestar estos indicadores peligrosos y reales… No lo hacen porque no aciertan a subordinar sus intereses personales o partidarios al interés general del pueblo que les votó.

Son señales que debemos atender y actuar para desactivar el avance de la derecha encauzando hacia esas vías que indica Boff. El desenfreno capitalista es imparable y tan evidente que no nos damos cuenta. Tenemos la fotografía delante, tan cerca de los ojos que el contenido se desdibuja y, en apariencia, desaparece. Así sucede con la agresión continua que nos bombardea y de la que apenas nos percatamos, inmersos en nuestros asuntos cotidianos. Hasta el día en que seamos conscientes del conjunto. Puede que entonces sea tarde y nos descubramos cómplices de un mundo violento que no supimos prevenir o no quisimos detener porque pensamos que, fieles al dogma liberal, se solucionaría por sí mismo.

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Baltasar Garzón es jurista.

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