España arde Los efectos del cambio climático

El fuego se ceba con la España pobre, envejecida y despoblada y oscurece aún más su futuro

Un hombre observa las llamas del incendio en Losacio (Zamora) el 17 de julio.

Chema Mezquita, profesor de Secundaria en Aliste (Zamora), lleva años clamando en el desierto –y casi no es un decir– por medidas contra la despoblación en áreas de su provincia que cabría integrar con honores en eso que se ha dado en llamar "España vaciada". Lo hace por muchos motivos, entre ellos porque el abandono rural es un eficaz facilitador del fuego, ese animal salvaje que ha demostrado cebarse con las piezas más indefensas. Estos días de cielos teñidos de rojo, Mezquita ve confirmados sus presagios. Y repite, en conversación con infoLibre, una palabra: "Mazazo". "Es un mazazo –dice– para el orgullo, para el ánimo, para la economía". Y se detiene en este último punto: "Incendios así [como Sierra de La Culebra o Losacio] nos cercenan lo que podrían ser nuestros puntos fuertes para el futuro".

¿Qué puntos fuertes? Mezquita resopla. Conoce las posibilidades de su tierra y las quiere explicar, al menos mencionar, para que nadie pueda pensar que arde un páramo sin vida. La actividad micológica tardará treinta años en recuperarse, explica. La producción de miel, unos tres años. "Ah, y la madera va a haber que venderla a precio de saldo. Todo el turismo natural –hay gente que viene a ver al lobo, o la berrea del ciervo, o la naturaleza en sí– va a sufrir, como la actividad cinegética", explica. Luego cierra con este mensaje: "Esto es un destrozo para una generación entera". A pesar del pesimismo, trasluce más cabreo que amargura.

Desde la Cuenca Minera de Huelva, un hombre observa, también cabreado, cómo se ennegrecen Zamora y León y Ávila y Lugo y Ourense. Son días que le traen recuerdos. ¿De cuándo? De 2004. 18 años separan el incendio de Sierra de La Culebra, con más de 22.000 hectáreas quemadas, del incendio de Minas de Riotinto, donde fueron consumidas cerca de 35.000 en 13 pueblos de Huelva y Sevilla. Desde la que fue considerada "zona cero" de aquel fuego, Berrocal, un pueblito de poco más de 300 habitantes, habla este hombre, Juan Romero, el fundador tras aquella tragedia de la plataforma Fuegos Nunca Más. Se declara "dolido" por lo que ve. Primero, porque conoce la "fantástica" Sierra de La Culebra, dice. Pero también porque cree saber lo que le queda por delante a los habitantes de la zona que ha visto arder en las noticias. Por desgracia, el ecologista de la depauperada zona minera tiene que darle la razón al profesor de la Zamora lindante con Portugal: la miseria que deja el fuego se extiende una generación e incluso más allá, sobre todo cuando cae en zonas, dice Romero, que sufren abandono, despoblamiento y estrechez económica.

Oímos a Romero, con un testimonio crudo sobre el fuego a largo plazo: "Ha sido una ruina para los pueblos que vivían del bosque, sobre todo del corcho. Más de la mitad del alcornocal se quemó. Una pena. Fíjate, había una cooperativa de explotación de corcho que quería pasar a la transformación, que es siempre lo que falta en Andalucía. Obtenemos la materia prima, pero exportamos sin transformar, así que el valor añadido se va. Pues bien, entonces la cooperativa quería hacer tapones y hoy está a punto de entrar en crisis de cierre total. Se sigue cogiendo corcho, pero mucho menos. Antes, aquí en Berrocal se cogían 10.000 o 12.000 quintales, siendo 46 kilos el quintal. Ahora apenas se cogen mil. Así que se vive un poquito del corcho, pero como complemento, porque no da. Hay algo de apicultura, pero pasa lo que te decía: falta la transformación. Hay algo de turismo rural, poquito. Algo de construcción. Un coto social de caza. ¿Ganadería extensiva? Algo. Se ha perdido mucho".

Un hilo une las reflexiones de Chema Mezquita y de Juan Romero. El fuego, en 2022 en la zamorana Tierra de Tábara y en 2004 en la onubense Cuenca Minera, se ceba con la España más despoblada, envejecida y pobre, siendo a su vez consecuencia del abandono y causa del agravamiento de sus males. No son los dos únicos casos.

Incendios, pobreza, despoblamiento, envejecimiento

Tomando las ocho provincias afectadas por los incendios de mayores dimensiones esta semana, vemos este listado: Zamora, León, Ávila (Castilla y León), Lugo, Ourense (Galicia), Guadalajara (Castilla La Mancha), Barcelona (Cataluña) y Zaragoza (Aragón). Salvo estas dos últimas, todas reúnen dos características: están por debajo del conjunto de España en renta per cápita y en habitantes por kilómetro cuadrado. Además, quitando el caso de Guadalajara –además de Barcelona–, están por encima en edad media de su población.

Cojamos el ejemplo de Zamora, la provincia más castigada por este verano de llamaradas. Su población, de 51,33 años de media (44,07 en España), se reparte en número de 15,97 habitantes por kilómetro cuadrado (93,6 en España) y su PIB per cápita sólo llega a a ser un 77,1% del nacional, es decir, casi 23 puntos por debajo. Sí, la provincia en llamas –llamas que ahora harán aún más difícil fijar población– era pura "España vaciada" antes de estos incendios que harán mucho por vaciarla aún más.

Veamos los números de las otras provincias:

– León: 83,19% del PIB, 28,99 habitantes por kilómetro cuadrado, 49,56 años.

– Ávila: 79,1%, 19,67 hab/km2, 47,99 años.

– Lugo: 91,2%, 33,07 hab/km2, 50,35 años.

– Ourense: 88,7%, 41,96 hab/km2, 51,19 años.

– Guadalajara: 80,4%, 21,74 hab/km2, 42,22 años.

La concentración de los incendios en esa España menos poblada, más vieja y más pobre –comparativamente hablando– no es un fenómeno que se ciña en exclusiva a la actual oleada. Nueve provincias destacan por haber sufrido en 2022 los mayores aumentos de su superficie quemada. Pues bien, ahí están de nuevo Zamora y Lugo, a las que se suman Teruel, Segovia, Soria, Cáceres, La Rioja, Navarra y Málaga. Todas salvo Málaga tiene menos habitantes por kilómetro cuadrado que el conjunto del país. Es más, todas salvo Málaga reparten cinco o menos escaños en las generales. Y todas, salvo Málaga, tienen una población más envejecida que la del total del país. Sólo tres de estas provincias –Navarra, La Rioja y Soria– son más ricas que la media.

La pauta se repite mirando las hectáreas forestales quemadas en los últimos tres lustros. Ahí aparecen cinco provincias de lo que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) llama "cuadrante noroeste", especialmente castigado por el fuego: Zamora, León, Ourense, Asturias y Cantabria. Se suma Cáceres.

En 2020, último año con datos cerrados por el Miteco provincia a provincia, sólo hay cuatro provincias en las que la superficie forestal quemada supera el 1%. Los nombres nos sonarán: Ourense, Cantabria, Asturias y Huelva. En las cuatro se dan al menos dos de las tres características analizadas: más pobres, más envejecidas o más despobladas que el conjunto de España. Y aquí hay que añadir, además, lo que apuntan organizaciones ecologistas y expertos en la lucha contra el fuego: incluso cuando los incendios se producen en provincias con densidades de población en la media o por encima de la media, normalmente ocurren en las zonas rurales más abandonadas, valgan como ejemplo los incendios de 2021 y 2022 en Sierra Bermeja, en Málaga.

De modo que los mismos nombres surgen una y otra vez, tanto para los superincendios que tiñen de rojo esta semana telediarios y periódicos como para las estadísticas que nos dan una visión a largo plazo. Son las mismas zonas que denuncian "olvido institucional". No es casual que las plataformas del movimiento España Vaciada se hayan volcado con la causa.

Olvido y urbanocentrismo

WWF acaba de publicar un listado de los que considera los incendios más destructivos de la historia reciente de la Península Ibérica, teniendo en cuenta no sólo extensión quemada, sino otros factores como arrasamiento paisajístico o estrago económico. Junto a Minas de Riotinto y Sierra de la Culebra figuran en el listado los desastres de Sierra de Gata en Cáceres en 2015, la oleada gallega de 2017, el fuego de Moguer en el entorno de Doñana aquel mismo año, Valleseco en Gran Canaria en 2019 y Navalacruz (Ávila), donde las llamas se llevaron por delante más de 22.000 hectáreas en agosto de 2021.

Nos detenemos en el incendio originado en Navalacruz, caso ilustrativo porque un informe sobre su impacto económico de la Consejería de Medio Ambiente de Castilla y León da idea de cómo el fuego puede castigar por múltiples flancos económicos una zona ya de por sí lastrada por el binomio despoblación-envejecimiento. "El incendio –recoge el informe– ha producido una influencia negativa especialmente en el sector primario, en la que se incluyen actividades como la ganadería, el aprovechamiento forestal, la producción de miel y otros aprovechamientos como el cinegético y el micológico. Podríamos citar también la agricultura, aunque esta fue afectada en menor medida [...]. Es probable que el turismo disminuya".

Un portavoz de la Plataforma para la Recuperación de la Paramera y Valle Amblés señala que, directa o indirectamente, sufren todos los sectores de los que viven los 14 pueblos afectados. Y expone una preocupación: que sobre el tema acabe cayendo el olvido. El profesor Chema Mezquita teme no sólo al olvido, sino a la indiferencia pura y dura. Más allá del "shock" de estos días, el portavoz de la Coordinadora Rural de Zamora se pregunta si de verdad se comprende la gravedad económica de la tragedia. "Imagínate que en Madrid se destruyera el 70% de la actividad económica, que es lo que aquí está vinculado al entorno natural. Pero no sólo eso, es también cargarse el ocio. Aquí el deporte lo hacemos en el monte. Piensa, no sé, lo que sería cerrar el Bernabéu o el Calderón...". Mezquita cree que hay un problema de mentalidad. "Está instalada esa visión de que los pueblos no son rentables, de que invertir aquí no merece la pena, de que esto no tiene remedio. De ese ninguneo, viene esto", señala.

Desde el otro lado del Atlántico, comparte reflexión Dolors Armenteras, profesora de Biología de la Universidad Nacional de Colombia y una de las colaboradoras en un extenso informe sobre incendios publicado por la ONU en febrero. " Claro que [el fuego] afecta a los más pobres, pero sale en las noticias sólo cuando se afecta infraestructura de ricos", señala. Aunque catalana de origen, su especialización está en Latinoamérica. "Los incendios forestales son en zonas rurales y alejadas. Sólo cuando la calidad del aire de ciudades se ve afectada, sale. Sólo cuando se quema cerca de zonas de turismo de gente con dinero, se habla", explica. Afirma no sentirse autorizada para opinar si el mismo fenómeno se da en el caso español, pero sí cree que existe el mismo sesgo urbanocentrista.

Un castigo extra para los pobres

El informe en el que participó la profesora Armenteras, del Programa de la ONU para el Medio Ambiente, presenta la originalidad de vincular los incendios con la pobreza en una doble dirección. Por un lado, la pobreza favorece los incendios. Por otro, los incendios agravan la pobreza. "Los incendios forestales afectan desproporcionadamente a los países más pobres del mundo [...], profundizando en las desigualdades sociales", señala el estudio, elaborado por más de 50 expertos de todo el mundo. Hay más incendios y dejan peores consecuencias en países pobres; dentro de los países, hay más incendios y dejan peores consecuencias en las zonas pobres.

Anotan los autores: "El coste de estas catástrofes suele ser difícil de determinar, pero en términos de impacto a largo plazo, las comunidades más pobres del mundo se ven desproporcionadamente más afectadas". Los investigadores señalan efectos a primera vista inadvertidos. Un ejemplo: los tóxicos que deja un incendio se acumulan en la escorrentía y atentan contra la salud humana, con especial riesgo para embarazadas, fetos y recién nacidos. El informe también señala que las zonas ya de por sí abandonadas, mal comunicadas y con menor acceso a inversiones son las más susceptibles de sufrir los problemas de acceso a agua posteriores a los grandes incendios. De modo que tampoco ante los incendios –por más que el fuego queme por igual todas las pieles humanas– somos todos iguales.

En España los investigadores de Universitat Politécnica de València Aitziber Ferreiro y Daniel Collado recogieron en un trabajo cómo la marginalidad económica conduce a más probabilidad de incendios, que a su vez dejan heridas de graves en las economías afectadas. Existen, señalan los autores, unas "políticas económicas que incentivan el abandono" del ámbito rural. El campo abandonado se convierte en una bomba de relojería, una tea lista para arder. Si se produce el fuego, acaba con cultivos, ganado, madera, maquinaria, infraestructura, cerramientos. Es decir, suma otro incentivo más para poner pies en polvorosa, cuando además el suelo pierde fertilidad. En un reciente informe sobre incendios, WWF describe otra dinámica perversa: al competir la ganadería extensiva en "desigualdad de condiciones" con la intensiva, escasean cada vez más los rebaños en el monte. Esto facilita los incendios, lo que a su vez dificulta aún más la ganadería extensiva. El fuego quema con más facilidad el futuro de los que más difícil tienen su lucha por el futuro.

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