Quiroga arranca su nueva etapa al frente del PP vasco con el reto de cerrar heridas

En los últimos años, desde la marcha de María San Gil de la presidencia del PP vasco en 2008 por discrepancias con Mariano Rajoy, los conservadores de Euskadi eran vistos puertas adentro de la formación como un modelo a exportar. Antonio Basagoiti, que asumió la presidencia tras la marcha de San Gil –todo un referente para la derecha y para las víctimas del terrorismo– logró que el grueso de su formación, salvo un reducido sector crítico de fieles a la antigua presidenta que se ha ido desgastando con el paso de los años, funcionase como una piña. Ahora, el escenario es diferente. Y el partido que dejó en manos de Arantza Quiroga atraviesa un bache. 

Este sábado, Quiroga será proclamada presidenta del PP vasco con los votos de los militantes de la formación –es la primera vez que se enfrenta a este proceso– y arropada por el presidente del Gobierno y de su partido, Mariano Rajoy. Y una vez que se apaguen los focos del congreso, tendrá en sus manos la delicada labor de rehacer algunas piezas del partido que han quedado tocadas desde que hace poco más de un mes anunciase su decisión de prescindir de Iñaki Oyarzábal como secretario general. Este alavés, responsable de Justicia y Libertades Públicas del Partido PopularPartido Popular, ha sido número dos del partido en el País Vasco desde la llegada de Basagoiti hasta este mismo sábado en el que la vizcaína Nerea Llanos tomará el testigo.

El principal foco de resistencia con el que se encuentra Quiroga es con el PP de Álava, en manos de Alfonso Alonso. Pese a que este viernes todos los mensajes que se lanzaron desde el entorno de ambos iban encaminados a apuntar hacia un cierre de filas para no empañar el congreso, los fieles a Oyarzábal siguen dolidos por la forma en la que se ha gestionado su sucesión. Primero, por la gestión de su marcha. Y, después, por la elección de su sustituta.

Los conservadores alaveses se sienten traicionados por el relevo del secretario general. Según cuentan, todos los territorios estaban de acuerdo en que hubiese un congreso para ratificar, con el voto de todos los militantes, a Quiroga. De hecho, se comprometieron a demandarlo ante la dirección nacional. Pero también estaban de acuerdo, aseguran, en que, además de que ella sería la candidata, Oyarzábal seguiría siendo su número dos. Este pacto fue quebrado el día en que la presidenta, hace casi un mes, reunió a los presidentes regionales de Álava (Alfonso Alonso), Guipúzcoa (Borja Sémper) y Vizcaya (Antón Damborenea) y les comunicó que el secretario general iba a ser sustituido para dar un nuevo impulso a esta nueva etapa. 

Una vez que Álava asumió que no tenía margen de insistir con el nombre de Oyarzábal, la siguiente batalla fue la de apostar por otro perfil, pero igualmente alavés. Esta segunda fase del proceso ha servido para desgastar de nuevo a Alonso y a sus fieles. Pero también para poner a prueba la capacidad de Quiroga para gestionar las crisis. En un intento de reconducir la situación, se conjuró para buscar un alavés, el concejal de Vitoria Manuel Uriarte, para cubrir el hueco de Oyarzábal. Pero la forma en la que fue anunciado al resto de sus compañeros, algunas filtraciones y, según las fuentes consultadas, el convencimiento de que este nombramiento era más que suficiente para calmar al portavoz del PP, torcieron de nuevo la fase precongresual.

El pasado miércoles, a horas de hacer el anuncio del fichaje de Uriarte, Quiroga daba marcha atrás obligada por la renuncia de este concejal a sustituir a Oyarzábal. Sobre su marcha hay dos tesis en el PP con igual número de adeptos. Una: fue presionado por la dirección del PP alavés a dar marcha atrás porque la intención era negociar toda la directiva y no solo el secretario general. Y dos: a última hora, Uriarte reconsideró la oferta y vio que esta nueva competencia era incompatible con su puesto en el Ayuntamiento de Vitoria, que lidera Javier Maroto.

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Álava es la provincia que tradicionalmente ha acaparado todo el poder político del PP en Euskadi, de ahí que sus dirigentes siempre recurran a este argumento para reclamar cuotas de poder en la dirección regional de la formación. Se trata de un argumento al que se oponen en Vizcaya, que siempre se ha considerado infrarrepresentada en los órganos de partido, máxime después de la marcha de Basagoiti, que militaba en esta provincia.

Guipúzcoa, por su parte, liderada por Borja Sémper, cerró filas con Quiroga días después de que esta comunicase que prescindía de Oyarzábal. Pero la formación provincial se ha mostrado muy crítica con la forma en la que se ha gestionado este proceso. El principal problema que han tenido es que la presidenta, Quiroga, es guipuzcoana y la militancia no entendería que se le plantase cara. No obstante, las fuentes consultadas consideran que, ante otra eventual lucha de poder, Sémper se ubicaría del lado de Álava.

Así las cosas, el gran apoyo de la presidenta es Vizcaya y su presidente provincial, Antón Damborenea, un dirigente al que no se la atribuyen grandes apoyos en el PP. Al menos, no tan grandes como los de Alonso, integrante del círculo próximo a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, una de las personas a las que más escucha Rajoy.

En los últimos años, desde la marcha de María San Gil de la presidencia del PP vasco en 2008 por discrepancias con Mariano Rajoy, los conservadores de Euskadi eran vistos puertas adentro de la formación como un modelo a exportar. Antonio Basagoiti, que asumió la presidencia tras la marcha de San Gil –todo un referente para la derecha y para las víctimas del terrorismo– logró que el grueso de su formación, salvo un reducido sector crítico de fieles a la antigua presidenta que se ha ido desgastando con el paso de los años, funcionase como una piña. Ahora, el escenario es diferente. Y el partido que dejó en manos de Arantza Quiroga atraviesa un bache. 

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