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    <title><![CDATA[infoLibre - Películas]]></title>
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      <title><![CDATA[Cómo ‘Gente en sitios’ arruinó cualquier expectativa y descubrió una risa nueva]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/gente-sitios-arruino-expectativa-descubrio-risa-nueva_1_2235132.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b1f787f5-29bb-43af-83d3-10c4fe456dec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo ‘Gente en sitios’ arruinó cualquier expectativa y descubrió una risa nueva"></p><p>Puede que Jordi Costa editara <em><strong>Una risa nueva</strong></em><strong> </strong>(Lengua de Trapo, 2018)<strong> </strong>demasiado pronto, aunque por eso mismo esta colección de ensayos alrededor de lo que entonces venía sucediendo en la<strong> comedia internacional</strong> se revela tan profético. El crítico español ya hablaba abiertamente de <strong>“posthumor” </strong>en 2010, y podía apoyarse en una tira cómica de <a href="https://www.infolibre.es/autores/dario-adanti/"  >Darío Adanti</a> incluida en ese mismo volumen para definirlo. En sus viñetas se afirmaba entonces que, si<strong> “el humor es la representación sintética del fracaso”</strong>, cualquier expresión de comedia debería emanar de esto mismo: <strong>del fracaso</strong>.</p><p>“El humor absurdo es el fracaso de la razón, el <em>slapstick</em> es el fracaso del hombre ante los elementos, el humor costumbrista es el fracaso de las convenciones sociales, y <strong>el posthumor es aquel que anula el supuesto de triunfo a la hora de sorprender con el fracaso</strong>”. Es decir, que el posthumor es el fracaso de los <strong>“propios mecanismos de la comedia”</strong>, sin que eso implique que la risa no esté entre sus prioridades. Sin risa no hay humor posible. No obstante, la risa que invoca el posthumor tiene<strong> otro timbre</strong>. Es nerviosa, incluso histérica, <strong>nace para cubrir un silencio abochornado</strong>.</p><p>Es un tipo de risa que se puede rastrear hasta finales de los 60, cuando Costa propone una genealogía estadounidense del posthumor a partir de <em><strong>Los productores,</strong></em><strong> </strong>de<strong> Mel Brooks</strong>. Recordemos, aquel film cuyos protagonistas ponían en pie un musical sobre <strong>Adolf Hitler</strong> con la idea de que fracasara y, a su vez, “fracasaban” en este empeño,<strong> pues el musical... era un éxito</strong>. Más tarde, un formato tan veterano como <em>Saturday Night Live</em> querría estimular <strong>la anarquía entre sus humoristas y </strong><em><strong>sketches, </strong></em>sin que fuera imperativo hacer partícipe al público en todo momento de la broma.</p><p>Justamente sería <em>Saturday Night Live</em> el puntal desde el que empieza a rastrearse algo parecido al posthumor en España, y de forma bastante intencionada. Los personajes del <em>show</em> de <strong>Lorne Michaels</strong> empezaron pronto a saltar al cine <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank">con películas propias</a>, siendo <em>Movida en el Roxbury</em> una expansión de los <em>sketches</em> de <em>The Roxbury Guys</em> y, también, la gran inspiración de <em><strong>El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo</strong></em> (2004). El retrato de esos inquietantes fiesteros se tradujo en España como dos hombres inmaduros y pijísimos interpretados por<strong> Santiago Segura y Javier Gutiérrez</strong>, sumergidos en una delirante <em>road movie</em> para acudir a ver el supuesto regreso de <strong>Mecano </strong>a los escenarios. </p><p>Borjamari y Pocholo eran patéticos e insoportables, y la comedia que generaban se basaba en el estupor. Quizá por ello el film fue tan mal recibido, a la vez que aumentaba el aura de culto alrededor de <strong>Juan Cavestany</strong>, como codirector de la película junto al productor <strong>Enrique López Lavigne</strong>. En los 2000, el apellido de Cavestany era inseparable de <strong>Animalario</strong>, grupo de teatro donde hallábamos a <a href="https://www.infolibre.es/cultura/alberto-san-juan-parece-abrumadora-mayoria-medios-activamente-negar-realidad_1_2232758.html"  >Alberto San Juan</a>, <strong>Willy Toledo</strong> o el citado Gutiérrez, que había llegado a ser <strong>de lo más radiactivo </strong>tras hacerse cargo del guion y la ejecución de la gala de los Goya de 2003. Es decir, <a href="https://www.eldiario.es/premios-goya/20-anos-goya-no-guerra-gala-historica-convirtio-pp-peor-enemigo-cine-espanol_1_9932424.html" target="_blank">los Goya del “No a la guerra”</a>, los que inauguraron la beligerancia de la derecha contra el cine español. </p><p>Diez años después —<strong>con el PP nuevamente en el poder</strong>— Cavestany estrenaría <em><strong>Gente en sitios</strong></em>. Entonces el país había cambiado por completo, y el posthumor parecía plenamente consolidado.</p><p>La trayectoria de Cavestany entre <em>Borjamari y Pocholo</em> y <em>Gente en sitios</em> distó de seguir, por lo demás, una línea recta. El cineasta tardó en aclimatar una voz propia, lanzándose a dirigir en solitario con otro título de críticas demoledoras —<em><strong>Gente de mala calidad</strong></em><strong>, </strong>en <strong>2008</strong>— y solo atisbando una sofisticación completa a partir de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=xhYfWYNoBx8" target="_blank"><em>Dispongo de barcos</em></a>. Este pequeño largometraje de 2011 nacía de un corto previo, <em>El último golpe</em>, centrado en la planificación de un atraco que fracasaba desde las mismas conversaciones de los atracadores (incapaces de entenderse ni en las cuestiones más básicas) y, a la hora de saltar al cine, destacaba sobre todo por <strong>su factura</strong>. Totalmente barata y descuidada, <em><strong>Dispongo de barcos</strong></em><strong> parecía inseparable de Internet</strong>.</p><p>El posthumor en España tiene la particularidad de haber nacido anclado en la <strong>brecha digital </strong>y, en concreto, en las facilidades que le daba internet a los nuevos creadores. Dejando de lado el carácter pionero de <em>Borjamari y Pocholo</em>, hay que remitirse al impacto que tuvo que los fans de <em>L</em><em><strong>a hora chanante</strong></em> subieran los programas a YouTube —logrando mucha más visibilidad que cuando se emitía en Paramount Comedy—, y a la celeridad con la que en esta plataforma —a la vez que proyectos como <em>¡Qué vida más triste!, Malviviendo</em> o <strong>los vídeos de los Compadres</strong>— despuntaban discursos tan esquinados como los de <strong>Venga Monjas y Carlo Padial</strong>. Junto a la aparición de<strong> Miguel Noguera</strong> y la complicidad ocasional de <strong>Carlos Vermut</strong>, nos topábamos con una confluencia de talentos cuya comedia no hacía otra cosa que<strong> superponer nichos extraños</strong>.</p><p>Nichos que, o bien permitían la conversión de estos creadores en cineastas —Carlo Padial saltó al cine con <a href="https://www.youtube.com/watch?v=iLU5iKFzDCY" target="_blank"><em>Mi loco Erasmus</em></a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=iLU5iKFzDCY" target="_blank"> en 2012</a>—, o por lo menos asentaban un clima afectivo donde las excentricidades de Cavestany (o el colectivo <a href="https://www.condeduquemadrid.es/actividades/canodromo-abandonado" target="_blank">Canódromo Abandonado</a>) tenían <strong>un hueco asegurado</strong>. No sorprende entonces que <em>Gente en sitios</em> sea, en líneas generales, <strong>una película de amiguetes</strong>. Luego de que <em>Dispongo de barcos</em> participara del<strong> desaliño internetero</strong> —incrementando el surrealismo para que, por esta vez, alguien pudiera pensar que a Cavestany le había dejado de interesar hacer reír— y de que <a href="https://www.youtube.com/watch?v=iO2Mw2EGKN4" target="_blank">el mediometraje de </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=iO2Mw2EGKN4" target="_blank"><em>El señor</em></a> (2012) asentara ciertas preocupaciones existenciales, el desarrollo de <em>Gente en sitios</em> se fundamentó en pedir <strong>favores a gente afín</strong>.</p><p>Puesto que Cavestany llevaba años en la industria, esto implicaba que la película estuviera atiborrada de estrellas del cine español, con apariciones de pocos minutos e incluso segundos en el marco de <strong>un caótico encadenado de </strong><em><strong>sketches</strong></em>. La idea era esa, “gente en sitios”, celebridades del audiovisual patrio (más <strong>Juan Carlos Monedero en pleno despegue de Podemos </strong>para reflexionar sobre ¿la mezquindad humana?) en situaciones rocambolescas con una capacidad indómita para significar y evocar. Por ejemplo, cierta escena con<strong> Raúl Arévalo y Luis Bermejo</strong>.</p><p>Arévalo asegura a un Bermejo desempleado que sabe quién le puede dar trabajo. Quedan al día siguiente para ir a las oficinas de esta persona, pero hay un problema: Arévalo solo le ha dicho eso porque se sentía mal ante el sufrimiento de su amigo. No existe tal empleador así que, una vez Bermejo se presenta en la quedada (con un peluquín horrendo que<strong> subraya el patetismo</strong>), no le queda otra que guiarle por un peregrinaje absurdo a lo largo de la ciudad, a la espera de que se le ocurra algo. Los minutos pasan, las calles se suceden, <strong>todo es incómodo y miserable</strong>. Por supuesto, a <em>Gente en sitios</em> se la leyó mucho en su día como <strong>metáfora de la crisis económica</strong>.</p><p>¿Y cómo negarlo? Siendo un director más de instinto que de discurso —como evidencian las últimas mutaciones de su cine, volcadas al <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/juan-cavestany-vuelve-redescubrir-madrid-matadero-espejo-ciudad-decrepito-convive-posibilidad-vanguardia_1_13259156.html" target="_blank">documental psicogeográfico de Madrid</a>—, Cavestany es sobre todo un observador que, a la hora de plantear <strong>el andamiaje fragmentario</strong> de <em>Gente en sitios,</em> se preocupó por que este estuviera bañado de <strong>un sentimiento unitario</strong>. La película tiene un personaje recurrente que ha de enseñar a otros cómo realizar acciones básicas <strong>(caminar, beber, dormir)</strong>, una vez percibe la confusión y parálisis que los envuelve. También, en otro <em>sketch</em>, vemos a <strong>Eva Llorach</strong> contemplar <strong>una bandera de España borrosa</strong>, por haberse dado justo antes un golpe en la cabeza.</p><p>Son estampas sugerentes que pretenden huir de la literalidad, como bien demuestra <strong>la clara influencia de David Lynch</strong> —en muchos aspectos <em>Gente en sitios</em> rebusca en las sensaciones y el aparato formal de <em>Inland Empire</em>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/david-lynch-sonador-hizo-preguntaramos-sonaba_1_1930191.html" target="_blank">último largometraje del genio estadounidense</a>— y, sobre todo, de <strong>Kafka</strong>, cuyo relato <em>El puente</em> adapta directamente en otro pasaje. Y, aún así, hay que volver a ese <strong>sentimiento unitario</strong>. Hay que incidir en cómo <em>Gente en sitios</em>, tras unos primeros <em>sketches</em> absolutamente explosivos, va bajando revoluciones, y la omnipresencia del <strong>cielo agreste de Madrid </strong>otorga nuevas texturas <strong>al </strong><em><strong>shock</strong></em> en que parecen instalados todos los personajes de la película. </p><p>La desorientación que comparten debe emanar de un trauma asimismo compartido: todos estos personajes pensaron que existía <strong>una determinada manera de vivir</strong> —o, mejor dicho, de guiarse por la vida—, pero esta ha saltado por los aires, dejándoles sin brújula y obligándoles a hacer el ridículo continuamente. Las carcajadas que dispensa <em>Gente en sitios</em> se congelan a medida que <strong>esta estructura anímica se asienta</strong> y el espectador puede reconocerse en ella. Sin duda, se trata de <strong>un fracaso a gran escala</strong>, pero es un fracaso que también ha de apelarnos a nosotros como ciudadanos. </p><p>Así de orgánicamente, los presupuestos del posthumor se alían con <strong>esa Gran Recesión que ya llevaba más de un lustro abatiéndose sobre Occidente</strong> cuando se estrenó <em>Gente en sitios</em>, y así se ilumina una verdad de lo más sencilla: <strong>el posthumor es la comedia de la crisis</strong>, la comedia de la precariedad y el futuro cancelado (<strong>la certeza del fracaso</strong> de la que hablaba Adanti). Si asumimos que nunca hemos llegado a salir del bache y que estamos condenados a seguir encadenando crisis,  ¿cómo no asumir entonces que <strong>la buena salud que aún hoy conserva el posthumor</strong> viene de ahí?</p><p>Desde <em>Gente en sitios, </em>esta <strong>“risa nueva”</strong> ha continuado extendiéndose. Los Burnin’ Percebes de <em>Searching for Meritxell</em> y <em>La reina de los lagartos</em>. Julián Genisson, de Canódromo Abandonado, estrenando <em><strong>Inmotep</strong></em> en 2022. Chema García Ibarra con el antológico debut al largo de <em><strong>Espíritu sagrado</strong></em>. Y la suerte de <em>crossover</em> de buena parte de estos talentos <a href="https://www.infolibre.es/cultura/candidaturas-goya-mejor-direccion-novel-continuismo-industrial-busqueda-rumbo_1_2150044.html" target="_blank">que fue </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/candidaturas-goya-mejor-direccion-novel-continuismo-industrial-busqueda-rumbo_1_2150044.html" target="_blank"><em>Balearic</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/candidaturas-goya-mejor-direccion-novel-continuismo-industrial-busqueda-rumbo_1_2150044.html" target="_blank"> este mismo año</a>, candidata al <strong>Goya a Mejor dirección novel </strong>para Ion de Sosa. La conclusión es inevitable: desde que Cavestany estrenó aquella película, <strong>seguimos atrapados en el mismo sitio</strong>. Con miedo, con <strong>risas temblorosas </strong>que desesperadamente se empeñan en contestarle al vacío.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Aug 2026 04:01:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[La comedia española más allá de Torrente,Películas,Cine español,Cine]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘El motín’, rocosa y sencilla película de acción donde Jason Statham vuelve a hacer lo que mejor sabe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/motin-rocosa-sencilla-pelicula-accion-jason-statham-vuelve-mejor_1_2235225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eae76e30-6720-42db-8ae3-51566990e003_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El motín’, rocosa y sencilla película de acción donde Jason Statham vuelve a hacer lo que mejor sabe"></p><p>Que <strong>el cine popular ya no es lo que era</strong> resulta una afirmación poco sorprendente, cautelosa incluso, que hoy día nadie discutiría con excesiva convicción. Por eso parece tranquilizador que siga habiendo cosas que nunca cambian, o que han cambiado lo justo. <strong>El cine de acción de bajo presupuesto</strong>, por ejemplo. Esas películas protagonizadas por tipos duros, escasamente distintas entre sí por la necesidad de ajustarse a las particularidades de cada estrella, que antes solían recalar en los videoclubs y ahora, con suerte, se irán acumulando tras su discreto paso por cines en el catálogo de Prime Video. Quizá sea más difícil seguirles la pista, pero <strong>en esencia todo sigue igual</strong>. </p><p>Todo, en fin, sigue modulando <strong>una mini industria propia</strong>, con sus nombres comunes delante de la pantalla (<strong>Jason Statham, Scott Adkins, Gerard Butler, Frank Grillo</strong>) y detrás, nutriendo toda una constelación de artesanos: directores como <strong>Ric Roman Waugh o Joe Carnahan</strong>, y adiciones tímidas —por las ínfulas artísticas que tuvieron que ir dejando poco a poco de lado— estilo <strong>David Ayer y Jean-François Richet</strong>. Tiene gracia, a su vez, que estos últimos hayan trabajado con Jason Statham últimamente. Pues ambos, desde un pasado marcado por la violencia —Ayer en el ejército, Richet en los <em>banlieues</em> de París—, empezaron a hacer películas con una pulsión autoral, cine social rabioso labrado por recuerdos personales… <strong>cuya violencia terminó siendo banalizada</strong>. </p><p>Ayer y Richet se decantaron por el camino que les acercaba a Statham, eligieron <strong>el cine de acción cochambroso</strong>. Y bien por ellos. Richet en particular es<strong> un director hábil</strong>, con un llamativo interés por acotar el espacio que por ejemplo le llevó a firmar <strong>un claustrofóbico </strong><em><strong>remake</strong></em><strong> de </strong><em><strong>Asalto a la comisaría del distrito 13</strong></em>, de John Carpenter, en su salto a Hollywood. De esto han pasado 20 años y la firma de Richet ha perdido mucho <em>glamour</em> por el camino, si bien tuvo una suerte de repunte en 2023 al cruzarse con Gerard Butler. El actor protagonizó a sus órdenes <a href="https://www.youtube.com/watch?v=7AGyfcwVssE" target="_blank"><em><strong>El piloto</strong></em></a>, que se distanció de otros tantos productos suyos porque tuvo algo parecido a <strong>buenas críticas</strong> y una recaudación más holgada de la cuenta, lo suficiente como para que se anunciara <strong>una secuela y todo</strong>.</p><p>Esta secuela hoy por hoy está cancelada pero ha consolidado el prestigio suficiente para que <em><strong>El motín</strong></em>, tres años después, presuma de venir firmada por <strong>“el director de </strong><em><strong>El piloto</strong></em><strong>”</strong>. Además de la presencia estelar de Jason Statham, claro. Se entiende que <em>El motín</em> no solo dispone entonces de la garantía de Statham —en sí misma muy valiosa, pues no hay mejor <em>actioner</em> a día de hoy en Occidente, o <strong>al menos un </strong><em><strong>actioner</strong></em><strong> que dé tanto gusto ver hacer lo mismo continuamente</strong>, que Statham— sino de un director que sabe manejar la cámara, y dentro de sus escasos medios pulirá una mínima sofisticación. Sobre todo si, como en <em>El piloto</em> y <em>Asalto al distrito 13</em>, regresa a<strong> una única localización</strong> que estreche el cerco en torno a sus aguerridos personajes.</p><p><em>El motín</em> vendría a ser por tanto <strong>una calculada derivación de </strong><em><strong>El piloto</strong></em>—comparte asimismo guionista, J.P. Davis, y vuelve a distribuir Lionsgate—, capaz de acoger sin embargo algún significado extra por haber cambiado<strong> a Butler por Statham</strong>, y nutrirse en este sentido del momento tan curioso que vive ahora mismo la carrera de este último. Statham no se halla en su crepúsculo porque seguramente se aburriría en él —<strong>su rostro esculpido en piedra es inmune al deterioro emocional</strong>—, pero sí ha alcanzado algo parecido a<strong> la autoconsciencia</strong>. La certeza de haber hallado una parcela específica en el cine contemporáneo donde quedarse y acomodarse. Por eso ya tiene su propia productora para controlar cada proyecto, y esta productora se llama<strong> “Punch Palace”</strong>.</p><p><strong>Sí, “Palacio de los Puñetazos”</strong>. Por eso sus últimas películas serían asimismo capaces de diluir la personalidad del director de turno, en función a<strong> las derivaciones narrativas</strong> que mejor encajan con su presencia en pantalla. Statham siempre ha interpretado a profesionales de la violencia con<strong> un férreo código de honor</strong>, tal es su identidad y apenas se ha tambaleado en todo este tiempo. Lo que ha ocurrido, a la postre, es que este código viene últimamente concretándose en <strong>una ciega lealtad hacia sus empleadores</strong> —convertidos en algo parecido a su familia—, de tal forma que si tienen problemas Statham hará todo lo que sea necesario para solucionarlo, y si sufren alguna injusticia o mueren hará todo lo que sea necesario<strong> para vengarlo</strong>. En una escena especialmente divertida de <em>El motín</em>, Statham se limita a aseverar que su único objetivo es<strong> “venganza”</strong>. No hace falta más. </p><p>En este caso la “venganza” pasa efectivamente porque han matado a la única persona que creyó en él cuando<strong> Cole Reed</strong> (nuevo nombre furibundo a añadir a la lista de hilarantes nombres furibundos de los hombres-Statham) tuvo problemas con la justicia, y esto le lleva a toparse con una trama de <strong>tráfico de personas</strong> en medio del océano. El lore propio de Richet impele entonces a que la mayor parte de la trama suceda en <strong>una única localización</strong>: un barco donde Statham tiene que sobrevivir con la única ayuda de<strong> Annabelle Wallis (</strong><em><strong>Maligno</strong></em><strong>)</strong>, y <em>El motín</em> se perfila entonces como un fructífero diálogo de<strong> las inquietudes respectivas de director y estrella de acción</strong>. </p><p>Un diálogo más equilibrado, por ejemplo, que el que Statham se venía trayendo con Ayer —<strong>vulgarizando la firma del director de </strong><em><strong>Escuadrón suicida</strong></em> al tiempo que legitimaba la suya propia—, y que como ocurría en <em>El piloto</em> halla su mayor baza <strong>en la sencillez</strong>. La promoción no ha podido resistirse a emular la jugada de hace unos años con <a href="https://www.google.com/search?sca_esv=48859e6e254d7cae&sxsrf=APpeQntyFsP3ye20amqmL68XbAbQJ2_qUQ:1785228624948&udm=2&fbs=ABfTbFUDadgeu2mn4mYJ8iEZ1GUDd8ABuXxNzQEi57SWOuuPdRxYc1FnvMrXxViP5DgoOrxO8fAe-FxvQXPA29Xr9AZP2lgdqBR3akwuzDzm-jbwcJyFlircPjT9vt8dlRIvfK6QwL2OLaXqIKXAJlBTGFUV3OQ3QZID0fHU3SnYGTov28vbAr8P6JyvkGM8l3gj4fdKqw_VApuGLzWn0ftcOYFz-SRBUA&q=skyscraper+dwayne+johnson+poster&sa=X&ved=2ahUKEwjsvKDw_vSVAxVl1AIHHbNIN64QtKgLegQIFBAB&biw=1163&bih=501&dpr=1.65#sv=CAMSURoyKhBlLUs1ME1CMzVSOXRTdUhNMg5LNTBNQjM1Ujl0U3VITToOMy13WkkwbFE2RnBteE0gBCoXCgFzEhBlLUs1ME1CMzVSOXRTdUhNGAEwARgHIPmbwIQMSggQARgBIAEoAQ" target="_blank"><em>El rascacielos</em></a> —muy reivindicable película protagonizada por Dwayne Johnson— y ha aprovechado para homenajear en <a href="https://www.google.com/search?q=mutiny+jason+statham+poster&sca_esv=48859e6e254d7cae&udm=2&biw=1163&bih=501&sxsrf=APpeQnvEuKO0DG-NVqosXvjZ7JXsFrDR4w%3A1785228626860&ei=Um1oaraHNIW8i-gPvdK8mAI&ved=0ahUKEwi2-JXx_vSVAxUF3gIHHT0pDyMQ4dUDCBE&uact=5&oq=mutiny+jason+statham+poster&gs_lp=Egtnd3Mtd2l6LWltZyIbbXV0aW55IGphc29uIHN0YXRoYW0gcG9zdGVyMgQQABgeMgYQABgIGB4yBhAAGAgYHkioE1AAWMURcAB4AJABAJgBiQGgAYUNqgEEMTcuM7gBA8gBAPgBAZgCDqAChwnCAggQABgHGB4YE8ICChAAGAcYHhgTGArCAgYQABgHGB7CAggQABgIGAcYHpgDAJIHBDEzLjGgB9xJsgcEMTMuMbgHhwnCBwUwLjYuOMgHM4AIAQ&sclient=gws-wiz-img#sv=CAMSURoyKhBlLUd2R1VHVDlycEZjVTFNMg5HdkdVR1Q5cnBGY1UxTToON3NDQ2h0WTc3ak5WVE0gBCoXCgFzEhBlLUd2R1VHVDlycEZjVTFNGAEwARgHINHa7E9KCBABGAEgASgB" target="_blank">el póster de </a><a href="https://www.google.com/search?q=mutiny+jason+statham+poster&sca_esv=48859e6e254d7cae&udm=2&biw=1163&bih=501&sxsrf=APpeQnvEuKO0DG-NVqosXvjZ7JXsFrDR4w%3A1785228626860&ei=Um1oaraHNIW8i-gPvdK8mAI&ved=0ahUKEwi2-JXx_vSVAxUF3gIHHT0pDyMQ4dUDCBE&uact=5&oq=mutiny+jason+statham+poster&gs_lp=Egtnd3Mtd2l6LWltZyIbbXV0aW55IGphc29uIHN0YXRoYW0gcG9zdGVyMgQQABgeMgYQABgIGB4yBhAAGAgYHkioE1AAWMURcAB4AJABAJgBiQGgAYUNqgEEMTcuM7gBA8gBAPgBAZgCDqAChwnCAggQABgHGB4YE8ICChAAGAcYHhgTGArCAgYQABgHGB7CAggQABgIGAcYHpgDAJIHBDEzLjGgB9xJsgcEMTMuMbgHhwnCBwUwLjYuOMgHM4AIAQ&sclient=gws-wiz-img#sv=CAMSURoyKhBlLUd2R1VHVDlycEZjVTFNMg5HdkdVR1Q5cnBGY1UxTToON3NDQ2h0WTc3ak5WVE0gBCoXCgFzEhBlLUd2R1VHVDlycEZjVTFNGAEwARgHINHa7E9KCBABGAEgASgB" target="_blank"><em>El motín</em></a> a <em>La jungla de cristal</em>, aun cuando la humildad de sus postulados se queda muy atrás del <strong>ejercicio de virtuosismo de John McTiernan</strong>. Richet no es un presumido, la película nunca quiere aparentar más de lo que es, y ahí confluyen<strong> tanto sus virtudes como sus defectos</strong>.</p><p>La buena noticia es que <em>El motín</em><strong> no es un producto tan desaliñado como </strong><em><strong>El piloto</strong></em> —cuya fotografía horrenda y su racismo caricaturesco contribuían bien poco a que calaran las inquietudes estéticas de Richet—, y que lidiamos con una realización de lo más solvente. No ya porque el tratamiento del espacio destaque en exceso —la visualización del barco es más bien sosa, y nunca transmite más encierro o peligro que el que Statham pudiera sentir en un núcleo urbano cualquiera—, como por <strong>la contundencia de las peleas</strong>. Son encontronazos breves, de montaje muy preciso, planificados con <strong>la misma sombría eficacia</strong> con la que la estrella de acción se abre paso por la trama. En algún que otro momento se atisba <strong>una suerte de </strong><em><strong>summum</strong></em><strong> para el Universo Statham</strong>, la alianza definitiva con el director que mejor partido puede sacarle a su personalidad. </p><p>El enfrentamiento final con el capitán del barco —un Roland Møller deliciosamente ridículo— da buena cuenta de lo que hablamos, combinando sangre y puñetazos exquisitamente ejecutados para realzar la imagen de Statham como <strong>prodigioso cuerpo-máquina</strong>. Ciñéndonos por completo al ámbito de los guantazos, <em>El motín </em>discurre por ligas superiores a las recientes colaboraciones de Statham con Ayer. Al mismo tiempo, y sin alejarnos de la dupla <em><strong>Beekeeper-A Working Man</strong></em> <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/jason-statham-working-man-tontisimo-divertimento-mayor-gloria-carisma_1_1968022.html" target="_blank">que ensambló Ayer</a>, <em>El motín </em>adolece de problemas graves.</p><p>Fundamentalmente, porque la eficacia con la que Statham reparte y Richet lo filma se reduce casi con exclusividad a los momentos en que Statham reparte, como <strong>gozosos islotes en medio de un mar en calma</strong>. Hay un obvio desinterés por desarrollar todo lo que rodea a los encuentros violentos, materializado en<strong> diálogos penosos incluso para el tipo de producción que tratamos</strong>, y facilitando que las razones sumamente esquemáticas por las que Cole Reed ha llegado a este barco muevan al tedio cada vez que estas no desembocan en zurrarle a alguien.</p><p>Richet, en resumidas cuentas, <strong>es incapaz de orquestar un clima de suspense para </strong><em><strong>El motín</strong></em><strong> </strong>—de ahí que sea todavía más inoportuna la cita de <em>La jungla de cristal</em>—, y nunca logra que la electricidad de las escaramuzas de Statham se quede con él cuando ha de hacer otras cosas estilo coordinarse con Wallis, asegurar a las víctimas de la trata de personas que todo saldrá bien, o <strong>simplemente deambular por el barco</strong>. A Cole Reed le envuelve la rutina sorprendentemente rápido para ser una película tan sintética, y sin duda parte del tenue aburrimiento resultante se debe a algo que <em>Beekeeper</em> y <em>A Working Man</em> sí se esforzaron en cuidar: <strong>el sentido del humor</strong>.</p><p>Se entiende que no es el estilo de Richet y que él, a su modo, se toma demasiado en serio su trabajo como para querer aflojar la intensidad de la violencia, pero del mismo modo que habría venido bien <strong>un poco de ligereza</strong> para digerir la trasnochada propuesta de <em>El piloto</em>, también se le podría haber sacado un poco más de partido a la vis cómica de Statham en <em>El motín</em>. </p><p>La sensación final de la película es que desde luego cabe alegrarse de que la estrella haya encontrado su sitio —alejándose firmemente de los <em>blockbusters</em> tras <strong>las tristísimas películas de </strong><em><strong>Megalodón</strong></em>—, pero que este sitio todavía no ha alcanzado del todo su potencial. Curiosamente y pese a las carencias de <em>El motín</em>, Richet sigue pareciendo <strong>el aliado idóneo</strong> para que esto ocurra, así que esperemos que sus caminos vuelvan a cruzarse pronto. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Aug 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El motín’, rocosa y sencilla película de acción donde Jason Statham vuelve a hacer lo que mejor sabe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Carmina o revienta’: entre la idiosincrasia andaluza y los nuevos ritmos digitales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/carmina-revienta-idiosincrasia-andaluza-nuevos-ritmos-digitales_1_2234758.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7967c7ca-99f3-4f7d-b31a-16960b1fa36f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Carmina o revienta’: entre la idiosincrasia andaluza y los nuevos ritmos digitales"></p><p>Era bastante improbable que, de <strong>los más de nueve millones de espectadores </strong>que vieron <em><strong>Ocho apellidos vascos</strong></em> en la primavera de 2014, una porción mayoritaria conociera de antes a <strong>los Compadres</strong>. Esta comedia inmensamente exitosa debía estar sirviendo de catapulta para <strong>el dúo Alfonso Sánchez-Alberto López</strong>, introducidos como alegres escuderos del protagonista que encarnaba Dani Rovira. Salvo que no era así exactamente. Más bien, <em>Ocho apellidos vascos</em> se hacía eco de <strong>otro fenómeno previo</strong>, que sí sabrían reconocer unos cuantos espectadores, después de todo. </p><p>Del mismo modo que los guionistas <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/borja-cobeaga_1_1552492.html"  ><strong>Borja Cobeaga</strong></a><strong> y Diego San José</strong> provenían de un fenómeno tan vasco como <em><strong>¡Vaya semanita!</strong></em>, Sánchez y López enlazaban con <strong>un proyecto ferozmente andaluz</strong>. Sevillano, para más señas. Los atractivos localistas se cruzarían en <em>Ocho apellidos vascos</em> para terminar de asegurar<strong> una jugada infalible a efectos industriales</strong>, mucho más global de lo que nunca habrían esperado los Compadres, pues ellos ni siquiera habían empezado en la tele como Cobeaga y San José, sino <strong>en YouTube</strong>, y habían tenido su puesta de largo cinematográfica dos años antes, en <strong>una histórica edición del Festival de Málaga</strong>. Nunca antes, alrededor de este certamen, había brillado así el acento sureño, la libre expresión de <strong>la idiosincrasia local</strong>.</p><p>El festival de 2012 antecedió por semanas el laureado estreno de <em><strong>Grupo 7</strong></em>, <em>thriller</em> policíaco de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/antonio-torre-barbara-lennie-son-tigres-cinta-emocionante-alberto-rodriguez_1_2087644.html" target="_blank">Alberto Rodríguez</a> que se ambientaba en la Sevilla de finales de los 80 y contaba, asimismo, con los Compadres en pequeños papeles, quienes, a su vez, venían de competir en Málaga con su primer largometraje. <em><strong>El mundo es nuestro</strong></em> estaba dirigida por Sánchez y expandía <a href="https://www.youtube.com/watch?v=7e8w9HZgw9c" target="_blank">sus cortos de YouTube</a>, retomando a los personajes del Cabeza y el Culebra como unos raterillos cuyo asalto a un banco de <strong>Triana </strong>se convertía en un circo mediático a medio camino de<strong> </strong><em><strong>Tarde de perros</strong></em><strong> y </strong><em><strong>La estanquera de Vallecas</strong></em>. Siendo como era un proyecto larvado en Internet, <em>El mundo es nuestro</em> había precisado de una campaña de micromecenazgo fundamentada en los fans, recaudando unos 600.000 euros. </p><p>“Apadrina a un tieso”, se llamó <strong>este pionero </strong><em><strong>crowdfunding</strong></em>. Y <em>El mundo es nuestro</em> se proyectó en el certamen andaluz haciendo gala de una factura extremadamente humilde pero no, en absoluto, de un humor para conversos: el detallismo con el que abordaba la cultura sevillana resultaba de lo más simpático, y su contextualización con <strong>la crisis económica de entonces</strong> podía conectar con espectadores fuera de YouTube o de Andalucía. <em>El mundo es nuestro</em> arremetía contra <strong>un constructo nacional</strong> que dentro del <em>mainstream</em> español había acostumbrado a asfixiar particularidades, acaso participando de una tendencia floreciente pues, en ese mismo festival, había triunfado otra película baratísima ambientada inequívocamente en Sevilla:<strong> </strong><em><strong>Carmina o revienta</strong></em>.</p><p>El debut en el largometraje de <strong>Paco León</strong> también le hacía, como en el caso de <em>El mundo es nuestro</em> a <em>La estanquera de Vallecas</em>, un guiño al cine <strong>quinqui</strong>. Aunque aquí era más nominal que otra cosa, remitiéndose a <em><strong>El Lute: Camina o revienta</strong></em> como estrategia preventiva para celebrar <strong>la personalidad desbordante de Carmina Barrios</strong>, la madre del cineasta, que ganaría el premio a Mejor actriz en Málaga —junto al Premio Especial del Jurado y el Premio del Público— básicamente <strong>por interpretarse a sí misma</strong>. Porque <em>Carmina o revienta</em> se anclaba en la tradición del falso documental. </p><p>Tal era su estrategia para espolear la comedia. Y, en principio, parecía un paso lógico para León, ya sobradamente conocido por interpretar al <strong>Luisma </strong>en <strong>una exitosa </strong><em><strong>sitcom, Aída</strong></em>, que también mostraba un interés notable por acercarse a las vivencias de los barrios obreros. <em>Carmina o revienta</em>, sin embargo, buscaba un enfoque<strong> más naturalista</strong>, rechazando que el humor se fraguara en ritmos televisivos para encomendarse al <strong>ingenio espontáneo</strong> de Carmina Barrios (así como <strong>María León</strong>, su hija también en la vida real, y su marido ficticio, <strong>Paco Casaus</strong>). Se trataba de una empresa arriesgada, pero León no edificaba sobre el vacío. <em>Carmina o revienta</em>, a su modo, estaba tan influenciada por <strong>la estética de Internet</strong> como lo estaba <em>El mundo es nuestro</em>.</p><p>A cada tanto, resurge en redes sociales <a href="https://www.youtube.com/watch?v=B7Lv18ZUIAQ" target="_blank">un vídeo</a> donde un individuo, entrevistado por un reportero de Canal Sur, muestra un comportamiento excéntrico rematado con un hilarante <strong>“que me quedo sin comer”.</strong> Y, a cada tanto, alguien debe aclarar que no es un vídeo real, sino<strong> una escena de </strong><em><strong>El mundo es nuestro</strong></em>. La confusión es posible gracias a la habilidad de los Compadres emulando retransmisiones televisivas pero, sobre todo, a <strong>una intuitiva experiencia</strong> con las formas del <em>mockumentary</em> que habían traído diversas expresiones de la comedia reciente. Tanto desde la televisión —las dos versiones de <em><strong>The Office</strong></em> en los 2000—, como a través de formatos solo posibles gracias a la red —caso de <em><strong>Qué vida más triste</strong></em>, webserie convertida en 2008 en una recordada producción de La Sexta—.</p><p>Tanto los Compadres como Paco León participaban de un lenguaje cambiante al compás de <strong>un Internet juvenil y democrático</strong>, proclive a creaciones de bajo coste y apoyadas por públicos tan entusiastas como concentrados. A ellos se encomendaban estos nuevos narradores, que incluso en el caso de León podían no solo modificar el desarrollo tradicional de los proyectos, sino atentar contra <strong>sus modelos de distribución</strong>. Hoy, <em>Carmina o revienta</em> se recuerda sobre todo por haber tenido un estreno simultáneo <strong>en cines, DVD y plataformas digitales</strong>. Antes de que alguien oyera hablar de Netflix en España, y cuando ni siquiera esta había empezado a desarrollar contenidos propios, <em>Carmina o revienta</em> estuvo disponible en un pequeño servicio de suscripción <strong>llamado Filmin</strong>.</p><p>Y no fue mal negocio. León presumió incluso de que su madre había <a href="https://x.com/pacoleonbarrios/status/222279936407371776" target="_blank">“conseguido más en la lucha contra la piratería que la Ley Sinde”</a>, si bien lo más interesante de <em>Carmina o revienta</em> residía en su propuesta cómica: en la sofisticación <strong>(o falta de ella)</strong> con la que se hacía eco de la ambigüedad ontológica del falso documental, combinándolo ahora con las humildades de <strong>este paradigma digital de derribo</strong>, y la honesta exploración de los resortes de determinada identidad cultural. <strong>La andaluza, claro</strong>. La <em>sevillanidad</em>, que León halló especialmente proclive a dialogar con las contradicciones del formato. <strong>El carácter sevillano</strong> parece inseparable de la noción de <em>performance</em>, de una personalidad que gana estridencia al contacto con otras y que, por tanto, al desenrollarse frente a la cámara podría ofrecer <strong>un espectáculo realmente... ¿problemático?</strong></p><p>¿Es Carmina Barrios realmente <em>así,</em> o solo se está magnificando ella misma frente a la cámara? <strong>¿Cuánto hay de escrito y cuánto de improvisado? </strong>Y, lo que haya sido improvisado, ¿sería más <em>verdadero</em> que el guion original? Son dudas irresolubles, atrapadas en una contradicción andante que sintetiza a la perfección el personaje de Paco Casaus:<strong> “La vida es tan bonita que parece de verdad”</strong>. Una frase que pondría en suspenso el valor categórico de la “verdad”, sea lo que sea eso.</p><p>Estas inquietudes no se limitaron a <em>Carmina o revienta</em> dentro de la filmografía de León como director. Este año, sin ir más lejos, estrenó <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/camera-cafe-aida-vieja-sitcom-le-dando-cine-espanol-mejores-comedias_1_2134845.html" target="_blank">una película de </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/camera-cafe-aida-vieja-sitcom-le-dando-cine-espanol-mejores-comedias_1_2134845.html" target="_blank"><em>Aída</em></a> que bien puede considerarse una continuación natural de su debut a la hora de tensar <strong>los límites entre realidad y ficción</strong>, proponiendo con <em><strong>Aída y vuelta</strong></em> otro vehículo donde engarzar chistes rápidos con reflexiones de mayor calado. Fue más lejos en ese sentido que con la secuela directa de <em>Carmina o revienta</em>, que llegó en 2014 volviendo a presumir de personalidad —“<strong>Yo no miento nunca</strong>, cuando miento se convierte en verdad”, aseguraba la protagonista—, pero no así de interés por seguir haciéndose preguntas.</p><p>El desaliño de <em>Carmina o revienta</em>, con sus formas deglutidas del documental, iba a tener un pábulo absoluto en la evolución de Internet —<strong>sus </strong><em><strong>jump cuts</strong></em>, cortes que eliminan un fragmento dentro de una toma continua, son hoy día una herramienta básica para vídeos de redes sociales—, y quizá no tanto por el ingenio de León como por <strong>su arraigo poderosamente coyuntural</strong>, corriendo a exprimir cosas que ya estaban en el aire. Igualmente, su valentía creativa fue dejada de lado en <em><strong>Carmina y amén</strong></em>, en favor de una narrativa más convencional que dejaba intuir una veloz domesticación. Y esto antes de que<strong> sus compañeros de travesía</strong>, los Compadres, vivieran algo parecido. </p><p><em>Ocho apellidos vascos</em> no solo echó a perder las posibilidades de <strong>una "Nueva Comedia Española"</strong> tras <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/encanto-navideno-no-controles-tragedia-borja-cobeaga_1_2232549.html"  ><em>No controles</em></a><em>, </em>también cogió la exaltación de la diferencia de <em>¡Vaya semanita!</em> y <em>El mundo es nuestro</em> para recombinarla en <strong>una única y masiva propuesta</strong>, llegando a iniciar una curiosa guerra de acentos entre <strong>Mediaset y Atresmedia</strong>. A la vez que la primera exprimía tan intensamente <em>Ocho apellidos vascos</em> como para agotar todo su potencial cómico en tiempo récord (en la secuela inmediata <em><strong>Ocho apellidos catalanes</strong></em>), Atresmedia respondía con una serie del mismo patrón,<strong> </strong><em><strong>Ahí abajo, </strong></em>protagonizada tanto por las protagonistas de <em>Carmina o revienta</em> como por los Compadres. </p><p>Quienes, desde <em>El mundo es nuestro</em>, no han dudado en explotar ellos mismos el fenómeno, acometiendo<strong> dos secuelas</strong> desde entonces: <em>El mundo es vuestro</em> y <em>El mundo es suyo</em>. Dos comedias que ya no encabezan el Culebra y el Cabeza, sino dos señoritos sevillanos con patillas de hacha que representan involuntariamente el escaso empuje que mantiene la fórmula. Poco quedaría hoy, entonces, de<strong> la energía silvestre desatada en 2012</strong>, aunque a cada tanto es posible toparse con herederos tardíos. Ahí está <a href="https://www.youtube.com/watch?v=LYz03-bTC6w" target="_blank"><em>Muchos hijos, un mono y un castillo</em></a>, de 2019. Este, sí, es un documental de verdad, pero lo firmó otro cineasta encandilado con la personalidad de su madre, Gustavo Salmerón. Y no hay candidata más válida que Julita para recoger el legado de Carmina Barrios y de una determinada autenticidad que es<strong> más verdadera cuanto más falsa parece</strong>. O algo así. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 04:01:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Carmina o revienta’: entre la idiosincrasia andaluza y los nuevos ritmos digitales]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[La comedia española más allá de Torrente,Películas,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Vivir la tierra’, una compleja e imponente inmersión en el mundo rural asediado por la  modernidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/vivir-tierra-compleja-e-imponente-inmersion-mundo-rural-asediado-modernidad_1_2234962.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5f6314ff-ee4f-4bbb-b728-fc29ca216829_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Vivir la tierra’, una compleja e imponente inmersión en el mundo rural asediado por la  modernidad"></p><p><strong>Fatima Bhutto </strong>no le dedicó un solo capítulo <strong>a China</strong> en su ensayo de 2019 <em>Los nuevos reyes del mundo</em>, en favor del k-pop, las telenovelas turcas y el cine de Bollywood. Por entonces ya estaban sobradamente aceptadas, sin embargo, <strong>la preeminencia internacional del país</strong> y su capacidad para albergar una industria cultural autosuficiente, sin <strong>el imperativo de exportación</strong> que Bhutto no dejaba de asociar a Corea del Sur, Turquía e India. Entonces estábamos en vísperas de que gracias al covid China adelantara a EEUU como <strong>cinematografía que hacía más dinero en taquilla</strong>, con lo que está claro que este país juega <strong>a algo distinto</strong> a lo que examinaba el estupendo ensayo de Bhutto. </p><p>Sin embargo, una de las ideas centrales que maneja la autora puede bien adaptarse a China, en cuanto al auge económico-cultural de tantos países fuera de Occidente una vez concluida la Guerra Fría. Sería tan sencillo como que, en un breve periodo de tiempo, <strong>la mayoría de las ciudades del mundo se llenó de gente</strong>. Gente que, en estos nuevos contextos, pudo concentrarse e interaccionar de forma que diversas industrias prosperaran, y corrieran a apuntarse <strong>a una globalización sistémica</strong>. Es lo que posibilita, por ejemplo, que hoy podamos sentirnos tan identificados con lo que cuenta <strong>Huo Meng</strong> que pasó en China a principios de los 90. Hasta el punto de que buena parte de <strong>los planteamientos de </strong><em><strong>Vivir la tierra</strong></em> recuerden a lo que <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/romeria-decepcionante-final-trilogia-carla-simon-cambiado-cine-espanol_1_2055882.html" target="_blank">Carla Simón</a> contaba en <em>Alcarràs</em>. </p><p>Tal parece que Simón y Meng —o, cuanto menos, <strong>el álter ego infantil</strong> de Meng que protagoniza su segundo largo como director— tuvieron experiencias similares en un periodo similar de tiempo, separados de sus padres para irse a vivir con otras ramas de la familia a <strong>una pequeña comunidad rural</strong>. En el caso de Meng no porque sus padres fallecieran, sino porque se habían mudado a la ciudad en busca de una nueva vida hasta que, llegado el momento, pudieran llevarse a su hijo con ellos. <em>Vivir la tierra</em> se desarrolla a lo largo de <strong>las cuatro estaciones de 1991</strong> sin que, por otro lado, apenas haya un conflicto como tal. No hay, como en <em>Alcarràs</em>, una amenaza directa al modo de vida de sus personajes. No hay otra amenaza que <strong>la historia contemporánea, la historia del mundo</strong>.</p><p>La comunidad rural que examina <em>Vivir la tierra</em> está condenada a desaparecer. <strong>La industrialización se consolida a toda velocidad</strong> una vez el Partido Comunista, con Jiang Zemin a la cabeza, se revuelve contra el trauma de las protestas de Tiananmén de 1989 y le queda poco para introducir el concepto<strong> “economía de mercado socialista” </strong>en el discurso público. La situación emprende una marcha imparable, <strong>la modernización</strong> se impone de forma despótica y Meng, aun anclado en sus recuerdos infantiles, se niega a sentir nostalgia. Es lo primero que puede sorprender de <em>Vivir la tierra</em>. Un rótulo al final de la película afirma que acabamos de ver un sentido homenaje a las personas que criaron a Meng, pero lo hace luego de <strong>un desfile de estampas dudosamente idílicas</strong>.</p><p>Quizá tenga que ver con la resignación. Quizá sea lícito acordarse de cuando <strong>Yasujiro Ozu </strong>examinaba <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/restauracion-historia-vecindario-puerta-entrada-obvia-cine-yasujiro-ozu_1_1663972.html" target="_blank">transformaciones análogas de Japón</a> en los años 50 sin tampoco lamentarse en exceso, asumiendo que <strong>la vida continuaba</strong>. La cuestión es que la visión de Meng es algo más áspera y se revuelve contra afirmaciones fáciles, acercándose a la rabia que en su propio país pudo abanderar esa Sexta Generación de directores chinos que, justamente enfurecidos por <strong>la violencia de Tiananmén</strong>, quisieron repasar en tiempo real las injusticias del proceso posterior. Caso de <strong>Jia Zhangke</strong> o Guan Hu, que justo el año pasado volvía <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/black-dog-evocadora-reflexion-traumas-historicos-china_1_2024095.html" target="_blank">con </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/black-dog-evocadora-reflexion-traumas-historicos-china_1_2024095.html" target="_blank"><em>Black Dog</em></a> a <strong>las Olimpiadas de 2008</strong> para darle nuevas imágenes a todo lo que dejaba atrás esta carrera hacia la hegemonía mundial. </p><p>La particularidad de <em>Vivir la tierra</em>, su originalidad por así decirlo, es que Meng tampoco tiene muy claro que lo que se perdió con el mundo rural —<strong>¿con la China vaciada?</strong>— fuera categóricamente virtuoso. En un tiempo donde buena parte del mundo se asfixia en las ciudades y su rechazo a <strong>los ritmos cada vez más inhumanos del capitalismo tardío</strong> empuja a volver atrás, es demasiado fácil mirar el campo como <strong>una Arcadia perdida</strong>. Tan fácil, de hecho, como para que el propio capitalismo <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/genio-drive-my-car-lanza-mal-no-existe-incomodo-vez-bellisimo-alegato-ecologista_1_1779961.html" target="_blank">pueda aprovecharlo</a>. Así que la voluntad de Meng es <strong>eminentemente dialéctica</strong>. No puede ser de otro modo cuando es uno de tantos individuos atrapados en el frenesí urbano, cuyos recuerdos de niñez inevitablemente mitificados apuntan a un tiempo donde todo era distinto, más sencillo acaso. Meng debe <strong>negociar con ese recuerdo</strong>. <em>Vivir la tierra</em> es fruto de esta negociación.</p><p>El director razona que lo más adecuado es plantar distancia y no convertir la película en <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/cuenta-verano-1993_1_1842721.html" target="_blank">un </a><a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/cuenta-verano-1993_1_1842721.html" target="_blank"><em>coming of age</em></a><a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/cuenta-verano-1993_1_1842721.html" target="_blank"> cualquiera</a>: el paso a la madurez del niño no debe regir lo que muestra <em>Vivir la tierra</em>. <strong>Su subjetividad ha de importar lo justo</strong>. Por eso la puesta en escena se prodiga en tomas generales y llenas de <strong>gente haciendo cosas diversas</strong>, recorridas por lentos <em>travellings</em>. La coreografía que precisan todos los elementos del plano trasluce así una habilidad escénica bastante sorprendente en un director con la limitada experiencia de Meng, pero sobre todo transmite admirablemente los propósitos de la obra, en tanto a <strong>una mirada casi entomológica</strong>. Meng se limita a atender el día a día de un grupo de humanos sumidos en diversas actividades. Puede ser trabajo, pueden ser celebraciones, y todo se sucede orgánicamente, <strong>sin que la cámara tome un partido evidente</strong>. </p><p>Lo que ocurre con un planteamiento así es que <em>Vivir la tierra</em> exhuma, valga la redundancia, <strong>vida</strong>. Las estaciones van sucediéndose, la atención se reparte equitativamente entre los humanos y el paisaje que <strong>transitan o trabajan</strong>, y todo abraza la armonía suficiente para zanjar la amenaza urbana en tanto a una dolorosa claudicación del mundo frente a lo que se ha denominado <strong>Antropoceno</strong>: el hombre como medida de todas las cosas. No era lo que sucedía, propone Meng,<strong> cuando estábamos en el campo</strong>. Aunque esto no fuera necesariamente positivo para nosotros, añade el director, y es entonces cuando recurre a la dialéctica para <strong>recargar semánticamente todas estas magníficas tomas</strong>, tan excelentemente compuestas, tan naturales y desproblematizadas en apariencia.</p><p>En principio, a una película tan bucólica como <em>Vivir la tierra</em> le habría venido bien una banda sonora </p><p>luminosa, quizá con cuerdas y orquestaciones similares a las que Ozu usaba para <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/kontinental-25-brillantisima-satira-sindrome-culpa-europeo-inmovilismo_1_2111918.html" target="_blank">las codas</a> de sus películas. La música de Wan Jianguo, sin embargo, es más bien sombría. Se decanta por notas cual zumbidos molestos que arrinconan a los personajes. Suenan en fin a <strong>fábrica e industria</strong>, como si la modernidad que pende sobre la película hubiera encontrado una expresión sonora con la que<strong> amenazar a los personajes</strong> y dar la sensación de que todo lo que experimentan está condenado a expirar. Supone sin duda una estrategia extemporánea por parte de Meng: el subrayado de que no es más que otro sujeto perdido contemplando el pasado <strong>en busca de claves para entenderse</strong>.</p><p>No es que esta banda sonora aparezca abundantemente en <em>Vivir la tierra</em> —la película prioriza el sonido incidental del trabajo, <strong>las manos escarbando en la tierra</strong>—, pero su impacto en ciertas secuencias ayuda a realzar <strong>la incómoda ambigüedad</strong> del film. Aceptando que la mirada de Meng parte de un lugar insatisfactorio en el futuro, resultan más chocantes todos esos apuntes argumentales que revelan <strong>las insuficiencias del modo de vida rememorado</strong>. <em>Vivir la tierra</em> empieza por ejemplo con un funeral, y el director subraya la ridiculez de estos ritos a través de una mujer (la madre del niño) incapaz de disimular que está haciendo <strong>una </strong><em><strong>performance</strong></em><strong> plañidera</strong>.</p><p>Esto, que podría ser entrañable, se transforma en un abuso intolerable cuando una tía del protagonista es obligada a <strong>casarse con alguien que no quiere</strong>, vistiendo encima un eufórico rojo que contrasta con su tristeza. Las costumbres antiguas que Meng retrata en pantalla aparecen <strong>con su crítica incorporada</strong> del mismo modo que lo hacen las huellas de la modernización organizada —las injerencias de la <strong>“planificación familiar”</strong> organizada por el Estado que van llegando al pueblo—, con lo que al ritmo plácido de <em>Vivir la tierra</em> no le queda otra que cobijar un <strong>intenso intercambio de pros y contras</strong>. Una discusión abierta, que se despliega con tal generosidad como para que cuando alcanza puntos climáticos <strong>la emoción conjurada sea estremecedora</strong>.</p><p>Es el caso del primo discapacitado del niño, condenado a ser superado por el arraigo de <strong>la razón instrumental </strong>que reflejaría la implantación rural de la tecnología. O de ciertas escenas que ofician de metonimias poderosísimas, como <strong>cada conversación del niño y su bisabuela</strong>, o cierto encuentro nocturno que no inquieta en absoluto al protagonista, porque aun en medio de la completa oscuridad sabe cómo guiarse en su regreso a casa, porque “conoce su pueblo”. El film <strong>es fascinante</strong> por todas las ambivalencias que conjuga y por la ferocidad con la que las visualiza, logrando que <strong>la fisicidad esencial</strong> a sus planteamientos —imprescindible si se ha de indagar en nuestro vínculo con la tierra— se mantenga e incluso gane impacto con la concatenación de ideas y elementos en cuadro.</p><p>De ahí la importancia de los <em>travellings</em>, de ahí que a veces todo pueda aclararse con <strong>un simple reencuadre</strong>. O un elaboradísimo <em>zoom out</em>, como el que clausura la película en el que es seguramente el plano más potente del año. Lo mejor que se puede decir de <em>Vivir la tierra</em> es que sabe que el cine, en toda su complejidad, es antes que cualquier cosa <strong>una forma de expresión del tiempo</strong>, y que por eso no hay recurso más idóneo con el que reflejar su paso inmisericorde.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 13 Aug 2026 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Vivir la tierra’, una compleja e imponente inmersión en el mundo rural asediado por la  modernidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El encanto navideño de ‘No controles’ y la tragedia de Borja Cobeaga]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/encanto-navideno-no-controles-tragedia-borja-cobeaga_1_2232549.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bedafe38-b436-4bbb-97a4-6718f89ec4f2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El encanto navideño de ‘No controles’ y la tragedia de Borja Cobeaga"></p><p>A lo largo de los primeros 2000 la etiqueta <strong>“Nueva comedia americana”</strong> se convirtió en un cajón de sastre. En él cabía cualquier cosa. Cualquier película, cualquier incipiente talento cómico de EEUU, aunque desde luego vino bien que parte de estos surgieran a la vez, engrosando algo parecido a una generación. Los cineastas <strong>Judd Apatow</strong> y <strong>Paul Feig</strong>, por ejemplo. Intérpretes como <strong>Seth Rogen, Jason Segel </strong>y<strong> James Franco</strong>. Como todos ellos pasaron por una misma serie de culto de finales de los 90, se suele catalogar <em><strong>Freaks and Geeks</strong></em> como la cantera de la "Nueva comedia americana". Ahí habría empezado todo. También <strong>una nueva forma de entender el humor</strong>.</p><p>Es complejo definirla a partir de <em>Freaks and Geeks</em> o sumergiéndonos en las trayectorias, tan dispares, de sus integrantes, pero acaso pudiera postularse una atención prominente y melancólica a<strong> la inmadurez masculina</strong>. Combinada esta con arrebatos dramáticos y falta de temor a lo específico, pues se asume que<strong> las referencias culturales</strong> construyen personajes y relaciones. De esta forma, y amparándonos en cómo <em>Freaks and Geeks</em> empleó la nostalgia ochentera de los institutos adolescentes para modular su estética, hallaríamos<strong> algo parecido en España</strong>. Otro formato televisivo, estrenado justo el año en que<strong> </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/mortadelo-filemon-inauguro-enterro-superproduccion-comica_1_2230058.html"  ><em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em></a> articulaba una posible y estridente vanguardia de la risa... y agotaba todas sus posibilidades ahí mismo. </p><p>Frente al delirio de <strong>Javier Fesser</strong>, el influjo de <em><strong>Vaya semanita</strong></em><strong> </strong>ha durado bastante más, por suerte. También el de otro programa, <em><strong>La hora chanante</strong></em> (a partir de 2002, un año antes de <em>Vaya semanita</em>). En ambos conglomerados de <em>sketches</em> hallamos fuertes equivalencias con <em>Freaks and Geeks: </em>la creciente cercanía de su comedia con <strong>lo extraño</strong>, las especificidades trocadas en localismos (<em>Vaya semanita</em> en Euskadi, <em>La hora chanante</em> en Albacete). La dupla que nos interesa, <strong>Borja Cobeaga</strong> y <strong>Diego San José</strong>, había empezado a trabajar entretanto en <em>Vaya semanita, </em>aunque entonces no tenían espacio para desarrollar personajes y<strong> </strong>preocuparse tragicómicamente de sus destinos. Pero todo se andaría. </p><p>A finales de la década, cuando <strong>el toque Apatow</strong> había explotado del todo en EEUU, ya había gente impaciente en España por seguir su senda. En 2009, Cobeaga dirigió y coescribió con San José <em><strong>Pagafantas</strong></em>. Y, poco después, doblaron la apuesta con la que hoy por hoy supondría, indudablemente, <strong>la cima de la "Nueva comedia española"</strong>. En caso de que hayamos tenido realmente de eso.</p><p><em><strong>No controles</strong></em> se estrenó una vez <em>Pagafantas</em> había tenido una acogida generalmente positiva, apreciándose que los creadores de <em>Vaya semanita</em> hubieran intentado traducir <strong>la comedia tan estimulante </strong>que se estaba produciendo en EEUU. No es que, por lo demás y vista hoy, se trate de la mejor expresión del estilo, tan desaliñada y prematuramente vieja —<strong>el machismo que late en los términos “pagafantas” o su pariente </strong><em><strong>friendzone</strong></em>— como desaliñados y prematuramente viejos no dejaban de ser, en realidad, títulos inaugurales desde EEUU estilo <em>Virgen a los 40</em> o <em>Lío embarazoso</em>. Las cimas, por definición, tardan en alcanzarse, y del mismo modo que hubo que esperar un poco para tener joyas como<strong> </strong><em><strong>Supersalidos</strong></em><strong> </strong>o <em><strong>Paso de ti</strong></em>, hubo que aguardar a 2011 para <em><strong>No controles</strong></em>.</p><p>Que es, defenderemos, <strong>la máxima refinación </strong>de lo que buscaban Cobeaga y San José. <strong>Una comedia romántica de manual</strong>, como ya había sido <em>Pagafantas</em>, empeñada en hacer malabares con su equipaje de referencias. Sucedía entonces que el esquema de <em>No controles</em> ya no solo remitía a los <strong>hombres con síndrome de Peter Pan</strong> del cine de Apatow, sino que las simpatías foráneas iban más atrás en el tiempo, hasta los años 80 que ya había exprimido <em>Freaks and Geeks</em>. <em>No controles </em>participaba, por decirlo así, de<strong> una nostalgia que no era suya</strong>, volviendo sobre el esquema de un clásico como <em>Mejor solo que mal acompañado</em> para plantarnos a un tipo desorientado (Steve Martin, ahora <strong>Unax Ugalde</strong>) que, en vísperas de Acción de Gracias (o Nochevieja) y deseando volver con su familia (aquí su exnovia), se topa con<strong> </strong>un aliado de lo más irritante, <strong>John Candy. </strong>Aquí, un <strong>Julián López</strong> recién catapultado a la fama por <em>La hora chanante</em> y su secuela, <em>Muchachada Nui</em>. </p><p>Cobeaga y San José homenajeaban, en resumidas cuentas, el cine de <strong>John Hughes</strong>, en una jugada interesante pues tuvo ecos inmediatos —de la estupenda <em><strong>Promoción fantasma</strong></em> de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/wolfgang-nino-sindrome-asperger-producto-estereotipado-totalmente-aseptico_1_1959157.html" target="_blank">Javier Ruiz Caldera</a>, a la senda de <em>El club de los cinco</em>, que vio la luz al año siguiente—, sobre todo por el difícil equilibrio que entablaba con elementos puramente nacionales. Si bien el Sergio de Ugalde parecía una criatura apátrida, no ocurría lo mismo con <strong>el Juancarlitros de López</strong>. </p><p>Este personaje apasionante servía tanto para explicitar el frikismo de sus creadores —<strong>“Esto es </strong><em><strong>La jungla de cristal</strong></em><strong> del amor”</strong>, le espetaba a Ugalde al comienzo de la película, en torno a ese motel de carretera navideño donde trataría de reunir a los amantes—, como para corresponder a una tradición muy nuestra,<strong> la del cuentachistes casposo</strong>. Las gracietas de cinta de gasolinera, reforzadas por juegos de palabras infames —“¿Cómo andamios?”— y, en el marco concreto del film, una incomodidad que confirmaba el arraigo español del llamado<strong> “posthumor”</strong>. Algo que ya habrá tiempo de examinar, ciñámonos por ahora a la definición del crítico Jordi Costa: un <strong>“humor que fracasa”</strong>.</p><p>Aunque Juancarlitros no fracasaba, exactamente. De hecho, el trabajo de López fue tan icónico como para poder toparnos años más tarde con una réplica infantil: Rodrigo Gibaja, con su propio <em>mullet</em>, en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/necesita-cantar-si-parece-espontaneo-problema-nuevo-musical-espanol_1_2031216.html" target="_blank"><em>Voy a pasármelo bien</em></a>. En lo que respecta a <em>No controles</em>, Juancarlitros era la cara visible de una compenetración humorística entre lo hollywoodiense —<strong>una comedia romántica que se permitía ser sofisticada</strong>— y lo patrio, que también podía rastrearse<strong> en el ámbito musical</strong>. La contundente angustia amorosa de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/segundo-premio-no-pelicula-planetas-realidad-si_1_1796715.html"  >Los Planetas</a> guiaba, a través de su tema <em><strong>Segundo premio</strong></em>, los créditos iniciales, mientras que la conexión entre Sergio y Bea (<strong>Alexandra Jiménez</strong> al borde de ser un rostro central en la comedia comercial que venía) se cifraba en compartir música nostálgica frente al piano.</p><p>Música que podía ser la de<strong> </strong><em><strong>jingles</strong></em><strong> publicitarios</strong> o, sin ir más lejos, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=DHIRo-0BA6Y" target="_blank">el tema de Olé Olé</a> que daba título a la película, sirviendo de espaldarazo final para la inmensa satisfacción que deparaba <em>No controles</em>. <strong>Un film sólido, divertidísimo</strong>, que sabía extraer toda la grandeza emocional del género como si España dispusiera de <strong>una tradición propia</strong>, y no simplemente de <strong>unos cuantos guionistas espabilados (y muy cinéfilos)</strong>. Contradiciendo levemente los postulados de la "Nueva comedia americana", <em>No controles</em> aseguraba que<strong> una cierta madurez era posible</strong>, que del mestizaje internacional podía salir algo valioso. Lo triste fue, entonces, cómo <strong>esta misma fórmula se acabó revelando traicionera</strong> poco tiempo después. Con los mismos Cobeaga y San José como cómplices.</p><p>Es sumamente fácil señalar el final de la "Nueva comedia americana", más que nada porque en 2013 se estrenó una película titulada <em>This is the end —Esto es el fin</em> o, como lo tradujimos aquí, <em><strong>Juerga hasta el fin</strong></em><em>—</em>. El componente meta era insoslayable por cuanto teníamos a los principales rostros del movimiento (Seth Rogen, James Franco, Jonah Hill, Michael Cera)<strong> interpretándose a sí mismos</strong>, e involucrados en un apocalipsis como excusa para hablar del paso del tiempo y la inevitabilidad de separar caminos en función a los pálpitos creativos de cada cual. No es que, por lo demás, Cobeaga y San José se hayan separado (en 2025 crearon la serie <a href="https://www.infolibre.es/cultura/series/majestad-satira-monarquica-princesa-caprichosa-victoria-federica-ayuso_1_1950251.html" target="_blank"><em>Su Majestad</em></a><em>)</em>, pero desde luego sí nos topamos con otro<strong> “final de algo” </strong>a mediados de la década pasada.</p><p>Y es que las mismas estrategias de <em>Pagafantas</em> y <em>No controles</em>, en cuanto a la hibridación de referentes, fueron replicadas en <em><strong>Ocho apellidos vascos</strong></em>, escrita por Cobeaga y San José, cambiando las filias hollywoodienses por las europeas, a cuenta de esa <em>Bienvenidos al norte</em> que tanto éxito había tenido en Francia con la contraposición de<strong> las diferencias locales de sus habitantes</strong>. Había, por supuesto, mucho de <em>Vaya semanita</em> en los esfuerzos de los guionistas —como también lo había en <em>Negociador</em>, <strong>sombrío y fascinante film</strong> escrito por Cobeaga en solitario que irónicamente se estrenó el mismo año, 2014, que <em>Ocho apellidos vascos</em>—, pero sobre todo había una providencial afinidad con <strong>lo que justo quería ver entonces el público más masivo</strong>.</p><p>Como resultado, <em>Ocho apellidos vascos</em> sigue siendo a día de hoy <strong>la película más taquillera del cine español</strong>. Un terremoto absoluto cuyas consecuencias siguen rastreándose. No habría que desdeñar, sin embargo, lo positivo del asunto: estrenándose meses antes que la penosa <em><strong>Torrente: Operación Eurovegas</strong></em>, la escalofriante recaudación de la película dirigida por <strong>Emilio Martínez-Lázaro</strong> demostró que el modelo Segura estaba agotado y debía reinventarse, logrando en fin mantener al <strong>policía fascista </strong>alejado de la gran pantalla durante más de una década. Eso que nos llevamos, pero no menos cierto es que <em>Ocho apellidos vascos</em> instauró el molde de una comedia comercial <strong>mucho más plana y conservadora </strong>que el que pudiera hacer intuir <em>No controles</em>. </p><p>Esta comedia ha cambiado las interpretaciones desbocadas por <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/camera-cafe-aida-vieja-sitcom-le-dando-cine-espanol-mejores-comedias_1_2134845.html" target="_blank">el ritmo de la </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/camera-cafe-aida-vieja-sitcom-le-dando-cine-espanol-mejores-comedias_1_2134845.html" target="_blank"><em>sitcom</em></a>, la construcción meditada del <em>gag</em> por <strong>el chiste fácil</strong> y las mutaciones de la tradición española por<strong> la losa de lo rancio</strong>. A fuerza de que <em>Ocho apellidos vascos</em> incidiera en el choque estereotípico y los caracteres inmovilistas enfrentados, la fórmula que salió de ahí —y que <a href="https://www.youtube.com/watch?v=BdGEZgcBqEU" target="_blank">el propio Cobeaga</a> lamentaría más adelante— obliga a que la comedia patria, para ser comercial,<strong> esté protagonizada invariablemente por españolitos cuñaos</strong>. Una sucesión interminable de<strong> nuevos y trasnochados Juancarlitros</strong>, que siguen produciendo incomodidad sin que esta tenga ya ninguna gracia.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Aug 2026 04:00:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El encanto navideño de ‘No controles’ y la tragedia de Borja Cobeaga]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[La comedia española más allá de Torrente,Cine,Cine español,Películas]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[‘El amor que permanece’, una gélida inmersión en el declive de un matrimonio con resquicios de luz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/amor-permanece-gelida-inmersion-declive-matrimonio-resquicios-luz_1_2234698.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6928aaa2-f91e-463b-9d1f-df2b631623ed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El amor que permanece’, una gélida inmersión en el declive de un matrimonio con resquicios de luz"></p><p>En su periplo festivalero <em><strong>El amor que permanece</strong></em> ha venido acompañada de una película derivada, una suerte de <em>spin-off</em> si tal etiqueta fuera admisible dentro de la categoría autoral a la que pertenece <strong>el ceñudo Hlynur Pálmason</strong>. Este cineasta islandés ha desarrollado en paralelo a <em>El amor que permanece</em> <a href="https://www.youtube.com/watch?v=K9ddUACBlWU" target="_blank">un film de apenas una hora de duración titulado </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=K9ddUACBlWU" target="_blank"><em>Joan of Arc</em></a>, cuyo montaje se reduce a una misma posición de cámara a lo largo de varias estaciones. Este plano nos muestra entonces a un maniquí o un espantapájaros, ataviado como un caballero de la edad media (o una mujer guerrera, como llega a proponerse) con el que <strong>tres hermanos practican tiro con arc</strong>o.</p><p>Esos tres hermanos forman parte del elenco de <em>El amor que permanece</em>. Dos de ellos, los gemelos Þorgils Hlynsson y Grímur Hlynsson, <strong>son hijos en la vida real de Pálmason</strong>, y comentan con su hermana en la ficción, mientras se divierten con el muñeco, la relación terminal de sus padres. De modo que <em>Joan of Arc</em> <strong>“refleja” la trama de </strong><em><strong>El amor que permanece</strong></em> —no deja de ser una expansión de los ya de por sí numerosos planos fijos que protagonizan el muñeco y los niños en este otro largometraje—, toda vez que la sintetiza reforzando esos elementos a los que Pálmason vuelve una y otra vez en su carrera. Las conversaciones casuales de los chavales, las flechas que van amontonándose en el blanco, tienen una fuerza análoga a <strong>los cambios en el clima y el paisaje</strong>.</p><p>Es decir, que muestran algo tan sencillo como<strong> el paso del tiempo</strong>, abatido contra una familia con la misma virulencia con la que golpea<strong> un objeto inanimado en el paisaje islandés</strong>. Este paso del tiempo es inseparable de su incidencia en la naturaleza, que es lo que más interesa a Pálmason y fundamenta<strong> una nueva aportación a su proyecto poético</strong>. <em>Joan of Arc</em> se distancia un poco de él en la medida de que por vez primera toma fuerza el afán lúdico,<strong> el juego por el juego</strong> que reflejan las travesuras de los críos, pero igualmente el discurso es inequívoco: para Pálmason, <strong>la naturaleza es violencia y degradación</strong>. El paso del tiempo, en lugar de acompasar el crecimiento, <strong>desgasta y daña</strong>, mientras el ser humano solo puede resignarse a aprehender esta violencia y así sobrevivir.</p><p>Por eso <em>El amor que permanece</em> —la narración completa que dejaría entrever<strong> el fuera de campo de </strong><em><strong>Joan of Arc</strong></em>— se centra en la desintegración de un matrimonio, al parecer basándose en experiencias cercanas de Pálmason y volviendo con ello más enigmática la presencia de sus hijos. Debe ser una película muy personal para él, toda vez que vuelve a resignarse a su visión de las cosas. Los títulos que impulsaron su popularidad en los certámenes europeos —<em><strong>Un blanco, blanco día</strong></em> en 2019, <em><strong>Godland</strong></em> en 2022— ya la reflejaban desde esa dinámica de <strong>planos fijos e interacciones entrecortadas </strong>que reencontramos entre <em>Joan of Arc</em> y <em>El amor que permanece</em>.</p><p>La majestuosidad de los paisajes naturales registrados, aliada entonces con la angustiosa insignificancia del ser humano frente a sus mutaciones, conjura una simpatía por los postulados de alguien como <strong>Werner Herzog</strong> protegiéndose, eso sí, de cualquier posibilidad de asombro. La cámara de Pálmason es sensible a los prodigios de la naturaleza pero los contempla <strong>entre la cautela y el temor</strong>, consciente de cómo toda esta grandeza inconmensurable nos atormenta y minimiza como habitantes. Son planos generales, admirablemente compuestos, que parecen exhumar más seguridad en sí mismos <strong>cuanta más humanidad ha perdido el ser humano en su concatenación</strong>. </p><p>De ahí que en el cine de Pálmason estas tomas generales parezcan siempre desligadas de los individuos, y de ahí también que la respuesta de los individuos suela ser <strong>la violencia estridente</strong>. En particular si hablamos de <strong>hombres</strong>. Pálmason debe creer que <strong>la masculinidad heterosexual</strong> es la mejor expresión dialéctica de los instintos naturales frente a las inclinaciones civilizatorias —entre <strong>el apetito y la necesidad de trascendencia</strong>—, siendo una tensión que ha acostumbrado a explotar —de forma sumamente desagradable, asegurándose presencia vitalicia en Cannes— con hombres sufriendo e infligiendo daño. Es lo que bien podría pasarle a Magnús, el marido que interpreta Sverrir <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Sverrir_Gu%C3%B0nason" target="_blank">Guðnason</a> en <em>El amor que permanece,</em><strong> al ver cómo está perdiendo a su familia</strong>.</p><p>Pero no es lo que pasa exactamente. La voluntad lúdica de <em>Joan of Arc</em> no es exclusiva de este <em>spin-off</em> y también baña a veces <em>El amor que permanece</em>, transmutada en<strong> una ligereza </strong>que modifica el rutinario corpus cinematográfico de Pálmason para construir<strong> su película más luminosa y quizá más lograda</strong>. Desde luego Magnús es un tipo más bien desagradable, que reacciona con <strong>bufidos animales a cambios vitales que le superan</strong>. Pero al mismo tiempo es un tipo con el que es fácil empatizar, rodeado por un contexto emocional mucho más amable de lo acostumbrado, gracias a los juegos infantiles y a <strong>una perrita que lo cambia todo</strong>. Su nombre es Panda.</p><p>Panda ganó la prestigiosa<strong> Palm Dog</strong> en Cannes, dedicada a todos esos buenos perros cuya presencia mejora de forma incalculable ciertas películas. En el caso de <em>El amor que permanece</em> es sin duda lo que ocurre, pues la mirada curiosa y desprejuiciada de<strong> la mascota de la familia</strong> lleva la ficción de Pálmason a otro lugar. <strong>Matiza el tremendismo</strong>, dinamiza esos planos de paisajes naturales cuya aparente impenetrabilidad tan amenazadora resultaba en los films previos del director islandés. Sobre todo, como ocurre con todo lo que rodea al maniquí, expresa por fin que la naturaleza es algo más que un cambio a peor, que una transgresión tras otra, en favor de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/corrientes-fascinante-estudio-conciencia-desacopla-ritmo-vida_1_2220800.html" target="_blank">una ignota fluidez</a>.</p><p>Según se identifica con dicha fluidez, <em>El amor que permanece</em> favorece que su película evolucione, y que lo que podría ser el declive lineal de <strong>una aleación de materia cualquiera</strong> albergue variaciones y altibajos. Permite que Pálmason maneje otros significantes en tanto a la comedia —una fundamentalmente negra y mordaz— o <strong>el surrealismo</strong>. Como seguimos anclados en una narración pesada y mínima, donde cada plano es una losa que cae, es difícil no agradecer estas distensiones. El problema es que su funcionamiento es desigual, quizá porque carece de la suficiente convicción, y<strong> el film vuelve a caer en los vicios de Pálmason</strong> desde otra frecuencia.</p><p>A la hora de caligrafiar el sufrimiento del exmarido, la película coquetea con<strong> segmentos oníricos</strong>, arrebatos de violencia humorística y alguna que otra estampa muy sugerente, como la que centra sus últimos minutos. No deja de enfatizar por otro lado <strong>el esencial patetismo del personaje</strong>, como en otros sentidos más mezquinos ya hacían <em>Godland</em> o <em>Un blanco, blanco día</em> (o sobre todo <em>Winter Brothers</em>, atroz debut con el que Pálmason todavía no ha puesto suficiente distancia), así que tampoco estamos dejando tan atrás <strong>un motor creativo demasiado satisfecho de sí mismo</strong>. </p><p>Este motor es pródigo en subrayados groseros —el escaso diálogo invertido a veces en evidenciar pensamientos y, por tanto, ilustrar<strong> unas profundas carencias comunicativas </strong>tanto por parte de los personajes como, sobre todo, del director y guionista—, dilataciones arbitrarias y un ritmo contemplativo que no siempre compensa<strong> la magnífica fotografía y los aún más magníficos paisajes islandeses</strong>. Se trata, en resumidas cuentas, de una película más de Pálmason. </p><p>Una obra continuista, donde, sin embargo, brillan con luz propia esos arrebatos frívolos. Señales, en fin, que se despliegan en evidencias de una humanidad contradictoria —esa que es capaz de albergar <strong>ironía e introspección honesta</strong>—, a la postre mucho más gratificante que los plomizos y reiterativos “corazones de las tinieblas” previamente esbozados por el islandés. </p><p>Es con lo que hay que quedarse. Sin que llegue a ser una película del todo satisfactoria, <em>El amor que permanece</em> cuenta con los suficientes sobresaltos entre la alegría infantil y el sentido del humor como para creer que hay luz en el futuro de Pálmason.<strong> La floreciente certeza de que existe algo más</strong>, de que un diálogo con la naturaleza es posible. De que<strong> las huellas humanas</strong> quizá podrían resistir, después de todo, sobre la superficie del hielo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 06 Aug 2026 04:01:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El amor que permanece’, una gélida inmersión en el declive de un matrimonio con resquicios de luz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La herencia del padre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/herencia-padre_129_2229427.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/340f6a3c-6b7c-4cac-856a-e461af40ca05_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La herencia del padre"></p><p>En mis años como director de instituto, cuando me reunía con las familias en momentos especiales, como el inicio o final de curso, suelo decir que <strong>la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos es que estén ahí</strong>. Que estén en reuniones como esa, al pie, constantes y vigilantes ante el viaje que queda por delante. </p><p>La figura del padre ha sido, desde los albores de la literatura occidental, esa especie de <strong>brújula moral que necesitan los más pequeños</strong>; un punto de luz que acompaña a quien siempre fue el sostén de la crianza, la madre, y, a menudo, una ausencia que organiza el relato y le da cierto sentido trágico. </p><p>En <em><strong>La Odisea</strong></em>, la embriagadora última película de Nolan, esa presencia (o ausencia) unas veces es tenue y otras desbordante. <strong>A muchos, el relato nos suena a nuestra infancia</strong>. Este eje emocional sostiene la película y la proyecta hacia una reflexión amplia sobre lo que realmente heredamos de nuestros progenitores: qué significa ser padre en un mundo que parece haber olvidado la importancia de la transmisión, del sentido, los hechos y las palabra que pasan de una generación a otra. </p><p>La historia del cine reciente<strong> ha tendido a desplazar la figura paterna hacia los márgenes</strong>, a convertirla en un símbolo de conflicto o en un mero dispositivo narrativo. Ya en ocasiones se nos ha mostrado como un mito hiperbólico; lo vimos, por ejemplo, en la espléndida<strong> </strong><em><strong>Big Fish</strong></em>, de <strong>Tim Burton</strong>.  </p><p>El padre sobre el que cantaba Homero es también un mito, una narración exagerada. Su función es literaria, no real: es <strong>un relato que el hijo debe descifrar para comprender su identidad</strong>. Nolan hereda de las historias de los aedos griegos algo esencial: el padre como viajero, como guardián del relato, como quien sostiene el hilo que permite a los hijos orientarse en un mundo que se desmorona. Ulises no es solo el héroe que regresa; es <strong>el padre que lucha por recuperar el lugar</strong> que su ausencia (buscada o provocada) ha erosionado.</p><p>En <em>La Odisea</em> de Nolan, el viaje del protagonista es también un viaje hacia la paternidad entendida como responsabilidad narrativa, social y cultural: ser padre es contar, es transmitir, es dejar un mapa. Y ese gesto se sigue oyendo cada vez que <strong>en las aulas se recuperan estas historias legendarias</strong>, a través de asignaturas desplazadas ante el empuje de la tecnología o el emprendimiento. Ocurre con Literatura Universal, Latín o Griego.   </p><p>La escuela, que debería ser el espacio donde los jóvenes se hacen las grandes preguntas de la humanidad, se ha convertido en demasiadas ocasiones en <strong>un territorio donde lo urgente devora lo importante</strong>. La desaparición progresiva del mundo clásico es una amputación simbólica. Sin esos relatos fundacionales, sin esos padres literarios que nos enseñaron a nombrar el mundo,<strong> los estudiantes quedan abandonados</strong>, como el Telémaco del relato homérico.</p><p>La película de Nolan, sin pretenderlo, nos recuerda que la ausencia del padre no es solo un drama íntimo de heridas sociales. Cuando falta un padre, el viaje vital se vuelve incierto. <strong>La adolescencia</strong>, que ya es de por sí una travesía turbulenta,<strong> necesita referentes que no siempre encuentra</strong>. Y aquí la literatura, incluso en su estado residual, sigue dándonos mensajes.</p><p>La literatura es, en esencia, una conversación entre padres e hijos. Cada texto clásico es un padre que habla, que advierte, que acompaña. Cuando enseñamos <em>La Odisea</em>, <em>Edipo Rey</em>, <em>La Eneida</em> o <em>Hamlet</em>, no estamos transmitiendo contenidos: estamos ofreciendo modelos de conflicto, duda, identidad, pérdida y reconciliación. Estamos dando a los jóvenes<strong> palabras para nombrar lo que sienten y mapas para orientarse</strong>.</p><p>En <em>La Odisea</em> de Nolan el protagonista se enfrenta a un mundo que se desmorona, pero <strong>su brújula es la relación con su hijo</strong>. Esa relación dota de sentido a su travesía. En la escuela ocurre algo similar: cuando un alumno encuentra una figura adulta que le acompaña —un padre, una madre, un docente que protege—, su viaje se transforma. La presencia adulta no garantiza el éxito, <strong>pero sí la posibilidad de construir un relato propio</strong>.</p><p>Ver la película también me ha invitado a reflexionar sobre la distancia. El padre que se aleja para proteger, para buscar un futuro, para sostener la vida, es un arquetipo que la literatura ha explorado desde hace milenios. Pero hoy, <strong>en un mundo hiperconectado y paradójicamente desatento</strong>, la distancia adopta nuevas formas: padres ausentes por exceso de trabajo, por precariedad, por desconcierto, por miedo. Padres que abandonan a los hijos a su suerte. La escuela recibe a esos huérfanos que buscan un lugar donde anclar su identidad.</p><p>Aquí la literatura vuelve a ser esencial. Aunque el sistema educativo la relegue, su capacidad de ofrecer sentido permanece intacta.<strong> La literatura es el padre que nunca falta</strong>, el que siempre está disponible, el que habla desde décadas de distancia y aun así nos comprende. El padre que siempre quisimos.</p><p>Quizá por eso <em>La Odisea</em> de Nolan no deje a nadie indiferente: nos recuerda que el viaje del padre es también el del hijo, y que ambos necesitan encontrarse en nuevas historias. En un tiempo en que la educación parece obsesionada con lo útil, conviene recordar que<strong> lo verdaderamente útil es aquello que nos permite comprender quiénes somos</strong>.</p><p>La película nos devuelve a la raíz: sin relato no hay identidad; sin padre (real o literario) no hay brújula; sin leyendas no hay futuro. En la escuela, donde cada alumno emprende su odisea, la literatura sigue como esa herencia del padre: un faro que ilumina el camino, incluso cuando todos insisten en apagarlo.</p><p>__________________________________________</p><p><em><strong>Albano de Alonso Paz</strong></em><em> es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Aug 2026 04:00:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Albano de Alonso Paz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La herencia del padre]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Literatura,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo ‘Mortadelo y Filemón’ inauguró (y enterró) la superproducción cómica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/mortadelo-filemon-inauguro-enterro-superproduccion-comica_1_2230058.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fe0024a7-a70a-4f9d-b054-3ef8b965bbe1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo ‘Mortadelo y Filemón’ inauguró (y enterró) la superproducción cómica"></p><p>Que <em><strong>Torrente, presidente</strong></em> haya logrado ser la cuarta película española más taquillera de la historia no debería sorprender a nadie. Nuestro <em>ránking </em>histórico está dominado por esta y otras entregas de <em>Torrente,</em> mientras <strong>la conexión de Santiago Segura con el público</strong> parece fuera de toda duda, ya sea encadenando aventuras del policía o incursionando en el cine familiar. Ocurre que, si hay un género con capacidad de atraer gente en masa a los cines españoles, <strong>ese es, indudablemente, la comedia</strong>. Pasa desde hace más de medio siglo. Es atávico. <strong>Marca España o algo así</strong>.</p><p>En 1970, <em><strong>No desearás al vecino del quinto,</strong></em><strong> con Alfredo Landa</strong>, atraía a más de 4 millones de espectadores. Y, no mucho después, <strong>Andrés Pajares</strong> y <strong>Fernando Esteso</strong> <a href="https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/mariano-ozores-star-wars-destrono-retraso-imperio-contraataca-derroto-5714288/" target="_blank">forzaban a aplazar dos semanas</a> el estreno de <em>El imperio contraataca</em>, de forma que no tuviera que medirse con <em><strong>Yo hice a Roque III</strong></em>. Que Torrente arrase con su machismo y su exaltación burlona del carácter español (<strong>con la caspa</strong>, vaya) no es para nada nuevo; se diría propio de nuestro ADN. Como si necesitáramos la excusa de esta clase de productos para espolear la condescendencia y vociferar <strong>la palabra “españolada”,</strong> mientras no dejamos de pasar por caja y contribuir al arraigo del estereotipo.</p><p>Si la comedia española comercial se dirime, hoy por hoy, entre Segura y <strong>una ristra infame de títulos clónicos</strong> —con los mismos actores, la misma tipografía en los pósters e incluso a veces el mismo argumento—, no deja de deberse, entonces, a <strong>una sintomatología histórica</strong>. Parece que es el tipo de humor que pedimos y, por consiguiente, el que merecemos. El género debe tener un rendimiento asegurado, revelándose en este punto una certeza que acaso libraría al público de la totalidad de la culpa: <strong>resulta que la comedia es barata</strong>. Por eso se hacen tantas. Es un cine <strong>rentable</strong>. Es el género estrella del cine español, y podríamos proponer que únicamente <strong>por su funcionalidad</strong>.</p><p>Hubo un breve momento en su recorrido, no obstante, en que esta norma fue desafiada; en que una comedia se permitió reunir <strong>un presupuesto altísimo y kamikaze</strong>, a la altura de referentes hollywoodienses tan honorables y excesivos <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank">como </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank"><em>Granujas a todo ritmo</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank"> (1980)</a> o, más cerca de ella en los 2000, <a href="https://elpais.com/icon/2026-06-23/es-una-locura-que-nos-dejaran-hacer-esta-pelicula-freddy-el-colgao-es-aun-mas-salvaje-25-anos-despues.html" target="_blank"><em>Freddy el colgao</em></a>. Superproducciones que movían a preguntarse <strong>qué demonios pensaban los productores</strong> poniendo tanto dinero en algo tan chiflado. Superproducciones entre las que brilla <em><strong>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</strong></em> (2003), porque no solo recuperó de sobra su inversión, sino que a día de hoy sigue amarrada al <strong>top 10 de lo más taquillero</strong> del cine español.</p><p>En febrero de 2003, la existencia de una película así desconcertó a todo el mundo, y es un desconcierto que no ha hecho sino crecer con el tiempo. Hoy es<strong> muchísimo más impensable</strong> <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em> que hace 23 años, y no tanto por una cuestión ideológica —<em>Torrente</em>, a fin de cuentas,<em> </em>nunca ha dejado de triunfar haciendo bandera de su incorrección política y <strong>la fascinación por las pulsiones ultraderechistas</strong>— como por condiciones industriales. </p><p>Esto va más allá del hecho de que, desde mediados de la década pasada, las producciones de escala millonaria (es decir, los <em><strong>blockbusters</strong></em>) hayan desaparecido de nuestro cine. Tienen que ver con ello el impacto del <em>streaming</em> y un sistema de financiación estatal que hoy prima <a href="https://box-office.es/news/por-que-ha-desaparecido-el-blockbuster-del-cine-espanol/" target="_blank">los presupuestos humildes</a>, pero puestos a desplazarnos a los primeros 2000 —a los años en que Telecinco Cinema podía ir a <em>blockbuster</em> por año,<strong> de </strong><em><strong>Alatriste</strong></em><strong> a </strong><em><strong>Ágora</strong></em>—, habría que examinar el contexto que amparó el ascenso de <strong>Javier Fesser</strong>, responsable de la travesura. Un cineasta con un sentido del humor que iba más allá de la escritura de <em>gags</em> para colapsar cada ángulo de la diégesis —lo que viene a ser <strong>un mundo propio</strong>—, tan particular que para acotarle tradición habría que irse lejos de España.</p><p>Rastreando influencias, nos iríamos a <strong>Sam Raimi</strong>, a <strong>Jean-Pierre Jeunet</strong> e incluso a <strong>Emir Kusturica</strong>, y aún así faltaría algo, pues el motor principal de Fesser es <strong>la cultura española</strong>, que es justo lo que posibilitó tanto su arraigo como el de otros cineastas que habían empezado a sacudir poco antes la taquilla patria: <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/aplana-cautivo-mito-cervantes-cine-amenabar-frivola-comprension-historia_1_2060663.html" target="_blank">Alejandro Amenábar</a>, <strong>Álex de la Iglesia, </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/juanma-ulloa-correccion-politica-institucionalizado-hipocresia_1_2128443.html"  >Juanma Bajo Ulloa</a> e incluso el propio <strong>Santiago Segura</strong>, que le arrebató el Goya a Mejor dirección revelación con el primer <em>Torrente</em>, una vez Fesser lograba ser candidato en 1998 con su debut<strong> </strong><em><strong>El milagro de P. Tinto</strong></em>. Son directores muy distintos, pero todos convinieron en negociar sus filias foráneas con<strong> </strong>la <strong>especificidad nacional</strong>.</p><p>Una negociación de grandes resultados, permitiendo hablar de una nueva generación de cineastas tan jóvenes como frikis —<strong>¿los Tarantino y los Kevin Smith patrios?</strong>—, así como de un grupo de películas que, definitivamente, <strong>“no parecían españolas”</strong>. Por los referentes manejados, por el lenguaje descarado y, sobre todo, por la inversión millonaria que empezó a considerarse prudente hacer según se encadenaban los éxitos de<strong> </strong><em><strong>El día de la bestia, Tesis, Airbag</strong></em><strong> </strong>y<strong> </strong><em><strong>Torrente</strong></em>. La industria entraba en una fase de euforia irrepetible capaz incluso de la exportación masiva: <em><strong>Los otros,</strong></em><strong> de Amenábar,</strong> se estrenó dos años antes de <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em> y, a día de hoy, sigue siendo la producción con capital español<strong> que más ha recaudado en todo el mundo</strong>. </p><p>De forma que, al mirar al mundo exterior, sería plausible reubicar fórmulas y tendencias de forma más organizada. Trascender el bagaje de cada cual con un objetivo más amplio, por ejemplo, cogiendo propiedades intelectuales y<strong> transformándolas en taquillazos</strong>. Fue una suerte, entonces, que de cara a adaptar el cómic español más famoso de todos Fesser estuviera disponible. </p><p>La idea, por fuerza, tenía que llevar mucho tiempo deambulando por los despachos. En 1999, <strong>Astérix y Obélix </strong>habían protagonizado una película en acción real en Francia, a cuyo gran rendimiento se unió nuestra taquilla, gracias a la popularidad de los personajes de René Goscinny y Albert Uderzo. El precedente de <em>Astérix y Obélix contra César</em> encendió el deseo de hacer algo similar aquí, recurriendo a una tradición de cómic que tampoco parecía tan alejada del prestigio de nuestros vecinos. Nosotros teníamos a<strong> Francisco Ibáñez y la Escuela Bruguer</strong>a. Y así fue como, llegado el año 2000, la televisión pública lanzó <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Ipy92lbj3SE" target="_blank">una adaptación </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=Ipy92lbj3SE" target="_blank"><em>live action</em></a> de <em><strong>El botones Sacarino</strong></em>.</p><p><strong>La serie era mala</strong>, si bien no completamente desechable. Para emular los golpes de Ibáñez, la serie protagonizada por <strong>Jorge Roelas </strong>insertaba onomatopeyas<strong> </strong>en la acción: estrategia rudimentaria donde se visualizaba una preocupación creciente por acercarse al lenguaje del cómic, algo mucho más complicado al lidiar con personas y <strong>no dibujos animados</strong>. Que era, en fin, como Mortadelo y Filemón solían saltar a la pantalla: primero con <a href="https://www.youtube.com/watch?v=yobG818FMPc" target="_blank">los cortos de Rafael Vara</a> de finales de los años 60, luego con <a href="https://www.youtube.com/watch?v=fYHWrjc3NRE" target="_blank">la serie de Antena 3 </a>de los 90. Llegado el nuevo siglo, existía la confianza suficiente para hacer<strong> algo más ambicioso</strong>, solo se necesitaba algo más de dinero del que había dispuesto RTVE.</p><p>Y también, por qué no, a alguien no solo entusiasmado por <strong>el legado de Ibáñez</strong>, sino que también hubiera demostrado poder hacerse cargo de una empresa tan intimidante. <em>El milagro de P. Tinto</em> fue —casi tanto como los primeros y extraordinarios cortos de Fesser, <em><strong>Aquel ritmillo</strong></em><strong> </strong>y<strong> </strong><em><strong>El secdleto de la tlompeta</strong></em>— una carta de presentación modélica, que rezumaba amor por los tebeos <strong>sin estar adaptando necesariamente nada</strong>. Fue una mezcla providencial: el frenesí de una industria que se creía capaz de todo con el talento de <strong>un extravagante visionario</strong> que, además de adorar el material de partida, creía poder ponerlo en diálogo con sus propias señas de identidad.</p><p>Esto último es, en definitiva, lo que convierte a <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em> en <strong>una película tan sumamente extraña</strong>. Fesser no quiso adaptar con fidelidad —esto lo dejaría, más o menos y aprovechándose de la animación, para la asimismo catedralicia <a href="https://www.youtube.com/watch?v=aNgdO0CQAVw" target="_blank"><em>Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo</em></a> de 2014—, sino que más bien cogió el universo de Ibáñez y lo insertó en el suyo propio. La inversión millonaria de Telecinco, Canal+ y afamados productores, como <strong>Fernando Bovaira</strong> (mano derecha de Amenábar) y Enrique López Lavigne, vino a hacer posible un choque épico, donde se amontonaba buena parte del canon del dibujante —uniendo a Mortadelo y Filemón con <em><strong>Rompetechos</strong></em><strong> </strong>y <em><strong>13 rue del percebe</strong></em>— pasado por un filtro, digamos, sacrílego.</p><p>Por eso <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em> convierte a Rompetechos en un <strong>nostálgico franquista</strong>. Por eso hay tacos, por eso los golpes prodigiosamente coreografiados duelen así, por eso la película está sumergida <strong>en semejante clima de violencia histérica</strong>. Y por eso, sobre todo, el Filemón de <strong>Pepe Viyuela</strong> tiene tanto protagonismo en detrimento de Mortadelo (aquel <strong>Benito Pocino</strong> que no había actuado nunca y llegó a la película exclusivamente <strong>por su efigie</strong>, en otra de tantas decisiones desopilantes). Fesser ideó a Filemón como <strong>un personaje trágico</strong>, que quería hacer las cosas bien pese a su incompetencia y, con ello, alteró del todo los términos de la obra original.</p><p>De pronto la tan esperada película de <em>Mortadelo y Filemón</em> se permitía experimentar con el drama, sin resignarse a cumplir las expectativas de público y productores. Porque así lo había querido Fesser, y así vendría a consumar tras P. Tinto <strong>el verdadero milagro del efímero </strong><em><strong>blockbuster</strong></em><strong> español</strong>: una superproducción nacional cuyos carísimos efectos especiales se ceñían a un aparatoso diseño de producción y <strong>un humor físico hiperreal</strong>; una superproducción nacional cuyo objetivo primordial era hacer reír y que, por si fuera poco, no dejaba de ser, sí, <strong>cine de autor</strong>. </p><p>Es difícil no considerar entonces <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em> <strong>una improbabilidad cuántica</strong>, algo que nunca debería haber existido. Pero el caso es que existió y, por si fuera poco, recaudó una millonada capaz de dejar atrás a <em><strong>Torrente 2: Misión en Marbella</strong></em>. De modo que es necesario recordarla hoy que el regreso del <em>blockbuster</em> patrio parece impensable, y sufrimos a cada tanto una nueva decepción por parte de la comedia comercial española. La grandeza de <em>La gran aventura de Mortadelo y Filemón</em><strong> sigue brillando</strong>, por suerte. Y, lo que es aún mejor, los tremendos mamporros orquestados por Fesser siguen atronando en nuestros oídos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Jul 2026 18:07:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cómo ‘Mortadelo y Filemón’ inauguró (y enterró) la superproducción cómica]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[La comedia española más allá de Torrente,Cine,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/mother-mary-anne-hathaway-estrella-pop-confusa-reflexion-resortes-creatividad-inspiracion-artistica_1_2231860.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c4cae09-8b0f-4718-8645-38498ccec0ca_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad"></p><p>En la medida en que <strong>los macroconciertos son lo más grande y absurdo</strong> a lo que la industria cultural aspira hoy día, es normal que sus entresijos interesen cada vez más a los cineastas. No tanto por la relevancia mediática o la escala que demandan sino, quizá, <strong>por la ironía</strong> que los envuelve. Convocan multitudes, los estadios tiemblan con el furor fan y, sin embargo, la estrella queda atrapada en algo parecido a una burbuja. <strong>O, mejor, una isla</strong>. Una isla rodeada de gente que la adora, pero que no es capaz de comunicarse con ella, convertida en una masa informe de alaridos y pantallas de teléfonos móviles. Todas esas personas han sido cautivadas por la obra del artista —que en estos contextos suele ser una mujer—, pero<strong> el diálogo es poco menos que imposible.</strong></p><p>La artista supone que su música habrá significado mucho para cada uno de esos rostros anónimos, acompañándolos en momentos vitales ignotos, y de forma tan determinante como para favorecer <strong>un desembolso económico crecientemente exagerado</strong>. Así que debe haber gratitud en todo <strong>ese horizonte oscuro</strong>, desde luego. También hay, sin embargo, algo intimidante en su ambigüedad, en las potencialidades que encierra, y es ahí cuando <strong>la épica de la estrella pop</strong> se antoja hoy mucho más elocuente que cuando eran las bandas y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/timothee-chalamet-busca-bob-dylan-terminar-encontrarlo-complete-unknown_1_1950125.html" target="_blank">el rock levemente contracultural</a> los que guiaban los sentidos de la época. Este otro tipo de música es, en fin, el que sigue acaparando los <em>biopics</em> de Hollywood, con un regusto inequívocamente añejo y el deseo de relanzar la impronta de sus artistas para, quizá, combatir justamente el arraigo de <strong>estas nuevas (y solitarias) voces contemporáneas</strong>.</p><p>Entretanto, otros cineastas, más jóvenes y espabilados que <strong>el James Mangold de turno</strong>, intuyen que hay algo valioso en estos contextos tan ridículamente aparatosos. En <a href="https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/nuevo-conservadurismo-ensenar-tetas-bailar-casita-leon-xiv_129_2205716.html" target="_blank">la Casita de Bad Bunny</a>, en la boda de Taylor Swift en el Madison Square Garden. En el gigantismo que se da la mano con la frivolidad, <strong>la trágica ligazón entre la soledad vulnerable y el baño de masas</strong>. Energías tan fecundas como para que cada cual las pueda llevar donde quiera. Brady Corbet, antes de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/adrien-brody-estremece-the-brutalist-prodigio-absoluto-mejor-tradicion-hollywood-clasico_1_1932277.html" target="_blank"><em>The Brutalist</em></a> y en lo que podría ser el asalto definitivo al tema —no así el más comprendido—, se preguntó con <em><strong>Vox Lux</strong></em> por <strong>la posibilidad mesiánica</strong>: la capacidad ilimitada de una diva pop para significar y guiar fuerzas históricas que escapaban trágicamente a su control. Y daba miedo, bastante más que cuando Parker Finn quiso exprimir el horror que escondía tanta adulación en <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/smile-2-supera-primera-entrega-terror-gamberro-despiadado_129_11741006.html" target="_blank">la secuela de </a><a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/smile-2-supera-primera-entrega-terror-gamberro-despiadado_129_11741006.html" target="_blank"><em>Smile</em></a>.</p><p>Ese mismo año, 2024, <strong>M. Night Shyamalan</strong> realizó el acercamiento más cándido al tema en <em>La trampa</em>, aun cuando su película estuviera protagonizada por un asesino en serie que se había llevado a su hija a un concierto de <em><strong>The Eras Tour</strong></em>. Le interesaba la conexión de la estrella con el público y el poder que esta podía llegar a tener, mas que <strong>aquello que pudiera pasarle a la </strong><em><strong>popstar</strong></em><strong> por la cabeza</strong> mientras enfervorizaba de tal modo a las masas. <strong>David Lowery</strong>, por su parte, lidia en <em><strong>Mother Mary</strong></em> con asuntos más complejos, pero igualmente pone en pantalla estampas muy hábiles con las que representar <strong>esta inopia extraordinaria</strong>. Reaparece la oscuridad, donde el brillo de los teléfonos parece proceder de estrellas distantes. Y Lowery enfoca a su cantante de perfil en el escenario, avanzando hacia la derecha en toma continua como quien ha de superar obstáculos. Como quien juega a <strong>un videojuego </strong><em><strong>beat’em up</strong></em>, ese género apodado en España “yo contra el barrio”.</p><p>Yo contra el barrio. <strong>Sola contra todos</strong>. El aislamiento demanda una demostración de fuerza, que la protagonista del filme de Lowery intensifica —muy al modo de Natalie Portman en <em>Vox Lux</em>— con <strong>los ropajes de una figura religiosa</strong>: una Virgen María, una madre celestial que<strong> secretamente teme a sus hijos</strong> porque no los entiende. O, peor aún, porque no sabe si se merece esa reverencia. Partiendo de los estrafalarios temores de una voz artística a medio camino entre <strong>la explotación y la introspección, </strong>Lowery lo tiene fácil para llevárselo todo a su terreno. No deja de ser un cineasta de ínfulas elevadas que, de vez en cuando, ha tenido que <strong>“venderse”</strong>: ha firmado <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank">dos</a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank"><em> remakes</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank"> en acción real para Disney</a>. La misma cantidad que Jon Favreau, para que nos hagamos una idea.</p><p>Así, <em>Mother Mary</em> vendría a ser una indagación en los resortes creativos una vez la persona que los necesita está sometida a<strong> una extenuante hipervisibilidad</strong>. Lowery se infiltra entre bambalinas y en el interior de un penoso proceso de indecisión artística, huyendo, por fortuna, de los alegatos de autoayuda estilo <strong>la película de Bruce Springsteen</strong> que vimos el año pasado, <em>Deliver Me From Nowhere</em>. Esta pertenecía, evidentemente, al linaje de los <em>biopics</em> que ya no saben leer la contemporaneidad. <em>Mother Mary</em>, en cambio, mira de frente el vacío, la confusión del artista cuando <strong>ya se ha convertido en un espectáculo en sí mismo</strong>, y lo hace sin interés alguno en perdonar a Mother Mary. Porque <strong>quien debería perdonarla es su antigua diseñadora</strong>, Sam Anselm.</p><p>La película de Lowery se articula a partir de la relación entre ambas, interpretadas por <strong>Anne Hathaway y Michaela Coel</strong>. El personaje de Hathaway está sufriendo una crisis cuya naturaleza se irá desvelando progresivamente y necesita la ayuda de aquella persona que le acompañó en los momentos más boyantes e ingenuos de su carrera. Fue alguien a quien despreció en el pasado y a quien ahora debe acercarse con total arrepentimiento. Así, el  estudio de la creatividad que Lowery quiere desarrollar abandona el escenario para atender a quien nunca llegó a subirse a él.<strong> Al menos, en persona</strong>. Sam Anselm puso <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/retrato-moda-couture-deja-frivolidad-diablo-viste-prada_1_2188806.html" target="_blank">mucho de sí en los vestidos de Mother Mary</a>. Esta estrella es una creación tan suya como de la abatida mujer a la que encarna Hathaway.</p><p>De ahí que los primeros compases de <em>Mother Mary</em> (los mejores, cuando Lowery experimenta con <strong>formas casi teatrales</strong> y las estiliza eficazmente a través de la música) se reduzcan a un diálogo cargado de reproches entre las dos mujeres. Sam reclama su parte de autoría sobre el fenómeno y reduce el talento de Mother Mary a una suerte de <strong>magia escénica</strong> para que la cantante, por toda respuesta y en una secuencia realmente memorable, pase a ejecutar la coreografía de uno de sus números… sin música. Los movimientos y jadeos espasmódicos que lanza entonces no solo nos muestran a <strong>una actriz que lo está dando todo</strong> —y es sin duda el trabajo de Hathaway, junto a la verborrea sardónica de Coel, lo más potente del filme—, sino también a un ser enajenado, cuya identidad puede confundirse en un fogonazo artístico que le dará a <strong>cada persona, cada testigo y cada feligrés</strong>, justo aquello que necesita sentir. Mientras ella misma, claro, no sabe exactamente cómo sentirse.</p><p>Seguramente porque cuando más atinadamente lo intuía era <strong>en conexión con su diseñadora</strong>; la cocreadora, en fin, de su imagen. La persona con la que, a diferencia de la muchedumbre que espera ahí fuera, podía dialogar. <em>Mother Mary</em> plantea entonces la creatividad desde<strong> un trabajo conjunto</strong>, matizando la figura solitaria iluminada por los focos, y a continuación decide<strong> </strong>que ese trabajo conjunto<strong> pasa por la gestión, asimismo conjunta, de la inspiración</strong>. Lo más misterioso, lo más inexplicable que existe. Es entonces cuando <em>Mother Mary</em>, tristemente,<strong> empieza a perder pie</strong>. </p><p>El director, acaso por encontrarse ante su filme más personal, fuerza el rumbo hacia una de sus inquietudes recurrentes: <strong>los fantasmas. </strong>Y traza un puente metafórico entre ellos y el motor creativo de ambas protagonistas. El resultado no es desechable en absoluto. Tiene mucha gracia, de hecho, que las miradas de Mother Mary y Sam confluyan en <strong>un fantasma de color rojo</strong>, frente a las figuras de <strong>rutilante esmeralda</strong> que centraron <em>Peter y el dragón</em> o <em>El caballero verde</em>. Entonces, el color verde nos hablaba de la naturaleza y de un afán de trascendencia, mientras que el color rojo —que exhibe un amasijo de trapos asimismo remitente a <em>A Ghost Story</em>— ahora implica <strong>pasión y salvajismo</strong>. Algo que no se puede controlar, con lo que únicamente se puede negociar: <strong>la imaginación creativa</strong>. </p><p>El problema es que, cuando <em>Mother Mary</em> empieza a seguir <strong>la estela de este peculiar fantasma</strong> —y se aleja de las intimidades de la estrella y Sam—, la película se sumerge en <strong>una deriva narrativa tan esotérica</strong> como bien pueden ser las fuerzas que guían la inspiración, sin el vértigo o la electricidad de estas. En su lugar tenemos minutos más bien aburridos y soluciones pueriles para que la película pueda abandonar el drama de cámara perdiéndose en <strong>los recuerdos de las protagonistas</strong>. <em>Mother Mary </em>sacrifica todo aquello que podría haberle convertido en una película emocionalmente satisfactoria —aun cuando el <em>soundtrack</em> a cargo de gente como <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/cumbres-borrascosas-adaptacion-audaz-tipo-miedo-ridiculo_1_2144117.html" target="_blank">Charli XCX</a>, Jack Antonoff y FKA twigs nunca llegue a calar del todo— para encadenar fugas oníricas e insistir en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/sonido-caida-criptico-fascinante-retrato-fantasmas-no-terminamos_1_2180429.html" target="_blank">las contradicciones de la figura del fantasma</a>, obedeciendo más al capricho que a un desplazamiento orgánico.</p><p><strong>Y todo se queda un poco en nada</strong>. En potencialidad, ideas y energías veladas que laten de principio a fin, atenazando la película de Lowery e impidiéndole en su parálisis ser todo lo iluminadora que podría haber sido,<strong> que por instantes logra ser</strong>. El misterio de la estrella pop es irresoluble porque es uno de los grandes misterios de nuestro tiempo y está bien que así sea, pero da pena que un director tan imaginativo como Lowery se haya quedado tan a medias <strong>solo por ensimismarse</strong>. Por dar la espalda al público desde un escenario enorme y vacío. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Jul 2026 04:00:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Cuando la Luna escribe el guion: el eclipse en la historia del cine]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/luna-escribe-guion-eclipse-historia-cine_1_2229717.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c90bf2a-3b3b-429d-81dc-6e92220d690b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando la Luna escribe el guion: el eclipse en la historia del cine"></p><p>El 12 de agosto de 2026 asistiremos a un eclipse excepcional: será el primero que atraviese la península en más de un siglo y coincidirá, además, con el pico de las Perseidas y una alineación de planetas. Sin embargo, todos los eclipses tienen algo de excepcional y de mágico,<strong> y así lo vemos reflejado a lo largo de la historia del cine.</strong></p><p>El Séptimo Arte descubrió desde <strong>muy pronto el potencial narrativo de este fenómeno astronómico</strong>. Los eclipses solares han servido a los guionistas para provocar asombro, anunciar apocalipsis, desencadenar amenazas o aportar un extraordinario realismo visual. Su presencia en la pantalla constituye una pequeña pero fascinante historia paralela a la historia del cine.</p><p>Las primeras representaciones del eclipse aparecen en el cine mudo, cuando la propia imagen en movimiento era todavía una novedad. Un ejemplo paradigmático es <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film593636.html" target="_blank"><em>El eclipse: El cortejo entre el Sol y la Luna</em></a> (1907), de Georges Méliès. <strong>Considerada la primera película de ficción que describe un eclipse solar</strong>, transforma una explicación astronómica en una fantasía humorística donde el Sol y la Luna adquieren rasgos humanos y protagonizan un peculiar cortejo romántico.</p><p>Pocos años después, el eclipse pasó a formar parte del imaginario visual del expresionismo alemán. En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film848808.html" target="_blank"><em>Los Nibelungos</em></a> (1924), de Fritz Lang, <strong>los cielos oscurecidos y las atmósferas crepusculares evocan simbólicamente la idea del eclipse como presagio de tragedia.</strong> El propio Lang volvería a explorar la fascinación por los fenómenos celestes en <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film265602.html" target="_blank"><em>La mujer en la Luna</em></a> (1929), donde la aventura espacial incorpora imágenes fantasmagóricas que conectan la oscuridad con la leyenda y la fascinación.</p><p>Ningún ámbito cinematográfico ha explotado tanto el eclipse como las adaptaciones de la novela de Mark Twain <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Un_yanqui_en_la_corte_del_rey_Arturo" target="_blank"><em>Un yanqui en la corte del rey Arturo</em></a>.<strong> En ellas, el fenómeno deja de ser un espectáculo natural para convertirse en una herramienta de poder o un modo de escapar de una situación apurada.</strong></p><p>La primera adaptación relevante fue <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film606633.html" target="_blank"><em>A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court</em></a> (1921), dirigida por Emmett J. Flynn en Estados Unidos. <strong>Su protagonista utiliza el conocimiento de un eclipse inminente para convencer a la corte del rey Arturo de que posee poderes mágicos.</strong> La oscuridad del cielo se convierte así en una demostración de autoridad basada en el contraste entre la ciencia que él posee y la superstición de quienes le escuchan.</p><p>El recurso reapareció en la adaptación de 1931 de David Butler, y alcanzó su versión más popular <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film984395.html" target="_blank">en la comedia musical de 1949</a>. Dirigida por Tay Garnett y protagonizada por Bing Crosby, la película utiliza el eclipse para establecer un momento decisivo en la narración. También la animación cinematográfica ha creado su propia versión en <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Bugs_Bunny_in_King_Arthur%27s_Court" target="_blank"><em>Bugs Bunny in King Arthur’s Court</em></a> (1978), producción estadounidense de Warner Bros., <strong>donde el conejo más famoso del cine emplea el mismo truco para impresionar a los habitantes de Camelot.</strong></p><p>Con el paso de las décadas, el eclipse dejó de representar únicamente el choque entre conocimiento y <strong>superstición para convertirse en símbolo de transformación vital.</strong></p><p>En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film793580.html" target="_blank"><em>Lady Halcón</em></a> (1985), de Richard Donner, se cuenta la historia de dos amantes que se ven separados por la luz y la oscuridad. Maldecidos por un obispo, ella se convierte en un halcón de día y él en un lobo de noche. Nunca pueden verse, hasta que un mágico eclipse de Sol consigue que los dos puedan encontrarse simultáneamente bajo forma humana. <strong>El fenómeno astronómico funciona aquí como una interrupción temporal de las leyes que gobiernan su condena.</strong></p><p>Otras películas emplean también el eclipse como marco emocional. El drama <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film172800.html" target="_blank"><em>Eclipse</em></a> (1994), <strong>dirigido por Jeremy Podeswa</strong>, sitúa su historia en las semanas previas a un eclipse solar para reforzar la introspección de sus personajes. Algo similar ocurre en <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film671774.html" target="_blank"><em>Judy Berlin</em></a> (1999), de Eric Mendelsohn, <strong>donde un eclipse prolongado altera la rutina de una comunidad y empuja a sus habitantes a revisar sus vidas.</strong></p><p>Más recientemente, <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film368520.html" target="_blank"><em>Apocalypto</em></a> (2006), dirigida por Mel Gibson, utiliza un eclipse durante una ceremonia de sacrificio humano. La repentina oscuridad es interpretada por los sacerdotes mayas como una señal divina y cambia el destino del protagonista. En otro registro, <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film327585.html" target="_blank"><em>La saga Crepúsculo: Eclipse</em></a> (2010), de David Slade, convierte el eclipse en metáfora del triángulo amoroso entre los tres personajes protagonistas: <strong>Bella, Edward y Jacob.</strong></p><p>El eclipse también ha demostrado ser un eficaz generador de miedo. En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film477011.html" target="_blank"><em>La tienda de los horrores</em></a> (1986), dirigida por Frank Oz, una planta extraterrestre aparece en la Tierra<strong> coincidiendo con un eclipse extraordinario, dotando al fenómeno de resonancias sobrenaturales.</strong></p><p>La ciencia ficción recurrió igualmente a este recurso. En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film837257.html" target="_blank"><em>Pitch Black</em></a> (2000), de David Twohy, un eclipse libera criaturas letales que permanecían ocultas por la luz de varios soles. Pero la película más emblemática de este apartado es, sin duda, <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film388868.html" target="_blank"><em>Lara Croft: Tomb Raider</em></a> (2001), dirigida por Simon West. En ella, una alineación planetaria asociada a un eclipse de Sol desencadena la búsqueda de un artefacto capaz de controlar el tiempo. <strong>Durante la casi totalidad del metraje, la idea del eclipse está presente en la narración y en la mente de los personajes.</strong></p><p>Finalmente, en <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film362105.html" target="_blank"><em>Hellboy</em></a> (2004), <strong>del mexicano Guillermo del Toro</strong>, la llegada del demonio a la Tierra debido a un conjuro nazi se convierte en ocasión de salvar al mundo y de abrir un portal al infierno, justamente gracias a un eclipse solar.</p><p>La capacidad del eclipse para alterar la percepción de la realidad lo ha convertido también en aliado de relatos criminales y sobrenaturales. En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film276375.html" target="_blank"><em>Dolores Claiborne</em></a> (1995), de Taylor Hackford y basada en la novela de Stephen King, <strong>un eclipse solar sirve de telón de fondo para un misterio familiar y un antiguo crimen.</strong></p><p><strong>Finalmente, la utilización más espectacular de un eclipse en la historia del cine no tuvo lugar en una ficción sobre el tema</strong>. En <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film210592.html" target="_blank"><em>Barrabás</em></a> (1961), historia del criminal que fue indultado por Poncio Pilatos en lugar de Jesucristo, el director Richard Fleischer decidió rodar la escena de la crucifixión durante un eclipse solar auténtico, pues el Evangelio dice que “el Sol se oscureció desde el mediodía hasta las tres”.</p><p>La filmación tuvo lugar el 15 de febrero de 1961 cerca de Roccastrada, en la Toscana italiana. El director de fotografía Aldo Tonti dispuso las cámaras para registrar los escasos minutos de semioscuridad disponibles. <strong>No hubo posibilidad de repetir tomas ni de corregir errores; la secuencia se rodó con varias cámaras, sin efectos especiales</strong>. El resultado proporcionó una intensidad visual imposible de recrear artificialmente en aquella época.</p><p>Ese fue un caso excepcional, pero la atracción del eclipse sigue viva para los cineastas. <strong>Más de un siglo después de Méliès</strong>, el cine sigue encontrando en él una fuente incomparable de misterio, fascinación y amenaza.</p><p>________________________</p><p><em><strong>Alfonso Méndiz Noguero </strong></em><em>es</em><em><strong> </strong></em><em>catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad y rector, Universitat Internacional de Catalunya.</em> Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://theconversation.com" target="_blank">The Conversation</a>. Lea el <a href="https://theconversation.com/cuando-la-luna-escribe-el-guion-el-eclipse-en-la-historia-del-cine-285450" target="_blank" >original aquí.</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jul 2026 04:01:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfonso Méndiz Noguero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cuando la Luna escribe el guion: el eclipse en la historia del cine]]></media:title>
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      <title><![CDATA[‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/motor-city-experimento-espantosamente-fallido-musical-pelicula-accion_1_2227882.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3ec6b379-ce4f-42ec-94cc-5a4dad887995_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción"></p><p>Entre que Disney afrontara el proyecto más arriesgado de su carrera con <em><strong>Fantasia</strong></em> y que MTV estandarizara <strong>el videoclip musical</strong> pasaron cuatro décadas. De 1940 a 1981. No es que, desde luego, en todo este tiempo hubiera quedado suspendido<strong> el avance de los diálogos cine-música</strong>. El musical de Hollywood inspirado por Broadway se había ido sofisticando cada vez más, por ejemplo. Y antes de <em>Video Killed the Radio Star</em> habían ido surgiendo un puñado de piezas que, cada una a su manera, se preguntaban cómo realzar el talento de los músicos para impulsar su carrera musical. Pero ahí estaba justo la clave. Antes de<strong> la homogeneización de MTV,</strong> el eje ya se había invertido.</p><p>Así que, dejando de lado <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank">las diversas fases del musical</a> como género —género, a fin de cuentas, más históricamente asentado en el teatro que en el manejo de las formas cinematográficas—, nos topamos con un rechazo frontal a lo que Walt Disney se había propuesto con <em>Fantasia</em>, pues pasamos a hablar de distintos objetivos de venta. Los videoclips quieren vender la música de los artistas utilizando la imagen. Los cortos que componían <em>Fantasia</em>, a cambio, <strong>querían vender la imagen en sí</strong>. El talento de los animadores. Una capacidad nunca lo bastante explorada de que <strong>su arte evolucionara al ritmo de la música</strong>, aprovechando <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/tipos-malos-2-frenetico-entretenimiento-le-saca-gran-partido-animacion_1_2038321.html" target="_blank">la infinita maleabilidad de la animación</a> para posibilitar <strong>experiencias estéticas imprevisibles</strong>. Sublimes, llegado el caso.</p><p>Todo era posible con la animación, y si <em>Fantasia</em> no hubiera fracasado quizá la trayectoria del medio <strong>habría sido distinta</strong>. Quizá, en lugar de asimilar convenciones narrativas para asentar comercialidad, se hubiera aferrado a lo intuitivo, y el diálogo hubiera podido prosperar más equitativamente. Por su parte la acción real (el audiovisual habitado por personas y no por dibujos) hubo de resignarse a este papel subsidiario si hablábamos de <strong>industria musical</strong>, y a breves instantes de armonía dentro del cine. Sergio Leone componiendo imágenes con la música de Ennio Morricone en mente. O <strong>Edgar Wright engrasando </strong><em><strong>Baby Driver</strong></em> con su virtuosismo escénico y su melomanía. </p><p>Quizá sea <em>Baby Driver</em>, como ocurrencia desgajada de <strong>los caminos no tomados por el cine tras </strong><em><strong>Fantasia</strong></em>, el título que más convenga tener en cuenta al arrimarse a <em><strong>Motor City</strong></em>. <em>Baby Driver</em> se erigía en la carrera de Wright como alegre coartada para reafirmar intereses expresivos: una patente de corso desde la que limitarse a <strong>explorar</strong> <strong>la acción estilizada por su música favorita</strong>. Con el montaje, los movimientos de cámara, el ritmo interno del plano. <strong>Un videoclip gigantesco </strong>cuyo <em>soundtrack</em> se fundamentaba en las filias del británico con irresistible personalidad: sin duda la intriga criminal era de lo más trasnochada —como lo es, vamos avisando, la de <em>Motor City</em>—, pero parecía deberse más al atolondramiento de <strong>haber escrito cualquier cosa </strong>en pos de agilizar trámites.</p><p>Pues <strong>el guion era lo de menos</strong>. Lo que importaba era jugar con imágenes y sonidos, entrelazándose </p><p>con un afán lúdico que amparaba la dulce combinación de<strong> </strong>gusto musical y talento cinematográfico. Que <em>Motor City</em> sea entonces <strong>una película tan fallida</strong> (tan irritante, espantosamente fallida) se debe a que ambos brillan por su ausencia. Empecemos por el gusto musical.</p><p>Dejando de lado la banda sonora incidental de Steve Jablonsky —flagrantemente plana, insistiendo en un <em>crescendo</em> emocional que no respalda ni su talento compositivo ni la escasa trama con la que estamos lidiando—, <em>Motor City</em> viene presumiendo de contar con <strong>Jack White</strong>, de los White Stripes, como <strong>“director musical”</strong>. Es decir, que cabría responsabilizarle a él de elegir <strong>las canciones no originales</strong> que pueblan la película. Cabría echarle la culpa a él de la selección más genérica del mundo y de una notable pereza a la hora de pensar qué debería sonar en una película de acción ambientada en<strong> el Detroit de los años 70</strong>. La respuesta es, evidentemente, canciones más o menos contemporáneas. Estando las susodichas en buena parte trilladísimas, <strong>sobadas a más no poder.</strong></p><p>La <em>playlist</em> de White adolece de falta de curiosidad hasta el punto de que sus canciones no parecen venir de una escucha atenta, sino de haberse topado con ellas en otros films anteriores. <strong>David Bowie, Donna Summer, Fleetwood Mac o los Moody Blues</strong> desfilan por <em>Motor City</em> con sus temas más famosos, tan cargados de una memoria iconográfica propia como para que, al irrumpir en el film, no puedan expresar absolutamente nada. <strong>Una antología plastificada de Rock FM</strong>, que clama al cielo que se le haya ocurrido a un artista como White, en lugar de a un ejecutivo cualquiera que ha averiguado cómo montar de forma impactante <strong>el tráiler de una futura película de superhéroes. </strong></p><p>Para engarzar música y cine hay que amar la música. Como hallazgo, como juego. <strong>Hay que sentir entusiasmo por la mezcla</strong>. Tener, en fin, buen gusto, y ya que aparentemente White carece de él —o no ha querido darle media vuelta al encargo—, el artefacto habría sido mínimamente digno si hubiera alguien con ganas de hacer cosas con la puesta en escena. Ninguno de los temas enumerados son malos, evidentemente. Si causan hastío es justo porque son muy buenos y muchos grandes cineastas se han querido servir de ellos antes. Sería absurdo pedirle entonces a<strong> Potsy Poncirolli</strong>, director de <em>Motor City</em>, que se mantuviera a la altura de Tarantino, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/batalla-paul-thomas-anderson-alia-dicaprio-pelicula-divertida-esperanzadora_1_2067341.html" target="_blank">Paul Thomas Anderson</a> o James Gunn. Por citar a unos pocos directores que se hayan servido antes de estos temas.</p><p>Y no se lo vamos a pedir, desde luego. Pero tan clamorosa como la vaguería de White es la inacción de Poncirolli, la completa desorientación —o el completo desinterés, que nunca hay que descartar al evaluar todas las deficiencias de este film— a la hora de encabalgar de forma sugestiva la imagen con esta<strong> música para cuñados</strong>. La tragedia se veía venir desde el momento en que observamos los compases previos de la carrera de este director estadounidense, por otro lado. <em><strong>Old Henry</strong></em><strong> y </strong><em><strong>Fuera de la ley</strong></em> ya eran totalmente incapaces de sustraerse de la referencia. Entre el <em>western</em> y el humor negro de los Coen, los dos primeros films de Poncirolli representaban<strong> los extremos más vulgares de un posmodernismo tardío</strong>. Imágenes de saldo, reverberaciones conservadoras.</p><p><em>Old Henry</em> y <em>Fuera de la ley</em> no tenían en definitiva <strong>nada genuino</strong>, pero al menos se quedaban lejos de la debacle de <em>Motor City</em> gracias simplemente a contar con guiones que, mejor que peor, pudieran reclamar nuestra atención. Nos distraían de <strong>la pobreza de las imágenes y los pensamientos</strong>, algo que <em>Motor City</em> es incapaz de hacer puesto que no hay guion digno de ese nombre. En su lugar hay una servilleta según la cual Alan Ritchson (<strong>el fortachón de </strong><em><strong>Reacher</strong></em>) es un buen hombre al que tienden una trampa para alejarle de su amada (Shailene Woodley), y ansía salir de la cárcel para emprender acciones vengativas contra quienes le metieron ahí. Es una servilleta, en fin,<strong> incluso más misógina que </strong><em><strong>Baby Driver</strong></em>, y tan simplona que carece de mérito que se sostenga sin diálogos.</p><p>Porque sí, ese es el gran eslogan de <em>Motor City</em>. Que es una película <strong>casi enteramente muda</strong>, consagrada a la acción y guiada por la música de White y Jablonsky. Con lo que toda su capacidad de impacto descansa en la puesta en escena, y todo viene a depender de <strong>un director de tan escasas virtudes como Poncirolli</strong>. La discreta banda sonora busca entonces imágenes que estilizar y manipular, pero no encuentra nada. Aparte de la anemia narrativa a la que se ha limitado orgullosamente la servilleta (firmada por un tal Chad St. John de quien se nos asegura que tuvo el proyecto durante años dentro de la Black List, <strong>cual broma de pésimo gusto</strong>), Ponciroli es incapaz de diseñar estrategias u organizar secuencias de forma que algo brille o impacte.</p><p>Lo más sencillo habría sido recurrir a <strong>un montaje así como impresionista</strong> para adecuarse al ritmo de cada canción —es, por otro lado, aquello que más pulió Wright—, pero <em>Motor City</em> lo descarta tanto como otras dialécticas más complejas, por ejemplo<strong> un contraste irónico</strong> propio de Tarantino y Scorsese. En realidad, las canciones inciden sobre la acción de <em>Motor City</em> como si fuera cualquier otra película.<strong> Linealmente</strong>, solo distinguiéndose porque acostumbran a sonar en toda su extensión pero incluso rigiéndose, a veces y de forma caprichosa, por imperativo de la diégesis. En otra muestra de <strong>lo arbitrario que es el mecanismo del film</strong>, los volúmenes suben y bajan como si los personajes escucharan los temas desde radios cercanas, según se mueven de un lado a otro.</p><p>Así que también la inmersión se pierde por ahí. Y no queda otra que afrontar <em>Motor City</em> en todo su vacío y, especialmente, <strong>toda su incompetencia</strong>. La sensación que impera es que la película es tan mala porque <strong>nadie ha querido entusiasmarse con lo que estaba haciendo</strong>: ni con la mezcla musical, ni con la acción violenta —totalmente contenida y arrítmica—, ni con la ambientación —¿para qué ceñir todo a Detroit como “ciudad del motor” si no se quiere hacer nada con su bagaje cultural?—, ni con una realización que resulta <strong>angustiosamente lenta y morosa</strong>, obligando a las imágenes a arrastrarse de espaldas a una música con la que ni quiere ni sabe dialogar. </p><p><strong>Lo que viene siendo un desastre</strong>, en resumen. Cuando lidiamos con experimentos es normal toparse con fracasos, y que esos fracasos retengan cierta dignidad al haber querido ir más allá de lo esperable. No es el caso de <em>Motor City</em> porque nunca ha querido ir a ningún sitio, y porque lo único inesperado que alberga es que una escena con temazo incorporado sea <strong>lo más aburrido del mundo</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jul 2026 04:01:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura,Estados Unidos,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/christopher-nolan-logra-odisea-adaptacion-magnifica-ligeramente-alejada-mejor-carrera_1_2225399.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/10c65a9a-ecaa-4c60-87f1-ac947c9d68c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera"></p><p>En la tradición de la Antigua Grecia resulta básico el concepto de <strong>la </strong><em><strong>xenia</strong></em>. Se trata de <strong>un contrato de hospitalidad</strong>, un catálogo de buenas prácticas para guiar la interacción entre anfitriones y huéspedes, que tiene su ancla en la religión. La <em>xenia</em> es —y así se refieren a ella los personajes de <em><strong>La Odisea</strong></em><strong> de Christopher Nolan</strong>— la "<strong>Ley de Zeus"</strong>, pues remite a la costumbre del dios griego de bajar del Olimpo y camuflarse entre los seres humanos como un vagabundo. Conviene tratar bien al huésped, en resumidas cuentas, porque nunca sabes si ese huésped podría ser <strong>un dios disfrazado</strong>. </p><p>No cabe leer la <em>xenia</em>, sin embargo, como una prevención para <strong>el engañoso chantaje de los dioses</strong>. En realidad es <strong>un mandato de virtud</strong>, alrededor de un código ético que los filósofos griegos solían articular con sus dioses como referencia. La <em>xenia</em> no es más que tratar a los humanos<strong> (tratarnos) </strong>como dioses. “No hay que seguir los consejos de quienes dicen que debemos tener pensamientos humanos y mortales puesto que somos hombres y mortales somos”, escribió Aristóteles en <em>Ética a Nicómaco</em>. “Sino que debemos, en la medida de lo posible, <strong>inmortalizarnos</strong>, y hacer todo lo que esté en nuestra mano por vivir de acuerdo con lo más excelente que haya en nosotros”.</p><p>Así que la Ley de Zeus no es de Zeus, <strong>sino nuestra</strong>: es la que mueve a pensar en el humano como más que un humano, como <strong>algo mejor</strong>, alentando la solidaridad y la convivencia. También es <strong>un impulso innato de trascendencia</strong>, que podría tanto garantizar la organización de las sociedades con las leyes —leyes, recomendaba Aristóteles, que debieran apuntar a la excelencia de los dioses antes que a la falibilidad de los mortales— como, en instancias posteriores de la Historia, el surgimiento de<strong> individuos extraordinarios</strong>, que no precisen rezarle a nadie. La historia de Occidente puede cifrarse en esta creciente y egoísta voluntad de poder, <strong>siendo Dios sustituido por el Sujeto</strong>, y siendo este Sujeto susceptible de delirios prometeicos. Como <strong>el protagonista de </strong><em><strong>Oppenheimer</strong></em>.</p><p>Como otros protagonistas de la obra de Nolan, en realidad. El director inglés ha prestado una atención progresiva a personajes mesiánicos, que aceptan sobre sus cabezas el peso de la civilización con <strong>un rictus tan solemne como torturado</strong>. Individuos con una energía maníaca que les impulsa hacia adelante, hacia arriba, y acaban traicionando la <em>xenia</em> <strong>al rechazar la idea de Dios en el prójimo</strong> por erguirse ellos mismos encima de él. Con lo que no resulta extraño que, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/oppenheimer-nolan-salva-clase-pelicula-bomba-atomica-senalar-japon-mapa_1_1554214.html" target="_blank">tras </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/oppenheimer-nolan-salva-clase-pelicula-bomba-atomica-senalar-japon-mapa_1_1554214.html" target="_blank"><em>Oppenheimer</em></a> (su película más unánimemente alabada, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/oppenheimer-impone-oscar-pasan-sociedad-nieve-robot-dreams_1_1738130.html" target="_blank">según los Oscar recibidos</a>), Nolan haya vuelto sobre los pasos de Ulises. O de Odiseo, como se le conoce en todo momento en su film. </p><p><em>La Odisea</em> de Homero, en contra de lo que pudiera parecer, no le interesa a Nolan por <strong>el viaje del héroe</strong> que tanto ha llegado a enamorar al cine de Hollywood, ni siquiera por <strong>ese </strong><em><strong>nóstos</strong></em> (la vuelta a casa) que también es clave en el poema.<strong> A Nolan le interesa </strong><em><strong>La Odisea</strong></em><strong> por la </strong><em><strong>xenia</strong></em>.</p><p>Es algo que se ha estudiado mucho, aunque no posea el atractivo inmediato de cíclopes y sirenas. <em>La Odisea</em> reafirma la necesidad de <strong>la Ley de Zeus como índice vertebrador del mundo</strong>, ante las transgresiones que esta pueda sufrir. El ejemplo central serían los groseros pretendientes que Penélope acoge en Ítaca <strong>mientras Odiseo está ausente</strong> y, a la vez que le exigen que se despose con uno de ellos, abusan de su cortesía indefinidamente. También ha tenido su pábulo el episodio con Polifemo, por si este pobre cíclope merecía quedarse tuerto, y no les estaba bien empleada a los hombres de Odiseo <strong>la posterior maldición de Poseidón</strong>. Nolan, por su parte, va algo más allá.</p><p>De ahí que <em>La Odisea</em> cuente a grandes rasgos lo mismo que <em>Oppenheimer</em>, gracias al énfasis que Nolan hace como guionista en la infracción de la <em>xenia</em> a manos de Odiseo, y cómo plantea a partir de ahí todo el poema como <strong>una épica consecuencia de su pecado contra los dioses</strong>. La culpa de Odiseo, la progresiva pérdida de sus hombres en su largo camino a casa y, aún más, su secreta reticencia a volver a Ítaca —esa alargada estancia junto a Calipso con la que empezaba el poema y también empieza el film—, son<strong> un eco de los ojos conmocionados de Cillian Murphy</strong> en la película anterior. La aterrada consciencia de haber iniciado algo cuyas repercusiones durarán siglos.</p><p>No es esta <em>Odisea</em> una revisión ni una actualización, por tanto (y aunque hayan dado que hablar hasta tal punto las decisiones del diseño de producción), en favor de simplemente <strong>una adaptación lucidísima</strong>. La ingeniosa aportación de <strong>un verdadero entusiasta de los mecanismos de la cultura</strong>, un artista que se siente partícipe de una tradición milenaria no tanto en su cambiante definición del espectáculo —que también, desde luego—, como <strong>en su condición de bardo y narrador</strong> que va registrando amorosamente la sensibilidad estética de sus semejantes. Hablamos de <strong>ambición megalómana</strong>, sí, pero también de algo más encomiable como es el simple hallazgo de unas preocupaciones comunes en <strong>un poema fundacional</strong>, y de la hábil explotación de las mismas.</p><p><strong>Nolan había nacido para adaptar </strong><em><strong>La Odisea</strong></em>. Por su fijación por los personajes de ambición trágica. También por su forma de escribir. El poema es un caótico caudal de saltos temporales y testimonios enfrentados. <strong>Polifónicos relatos que se entrecruzan</strong>, ¿y no es eso justo el cine de Nolan? ¿No es bellísimo, en ese sentido, que su narración más lineal hasta la fecha sea igualmente un revoltijo por querer adaptar a Homero con lealtad extrema? El estilo de Nolan tiene en esta obra milenaria un encaje de lo más orgánico, y sumando afinidades era impensable que pudiera fracasar.</p><p>Así que no lo hace. <em>La Odisea</em> es una película estupenda, con <strong>algunos puntos realmente sublimes </strong>—cuando el Odiseo de <strong>Matt Damon</strong> abandona por fin a Calipso, cuando gracias a un <em>flashback</em> de absurda complejidad arquitectónica descubrimos cuál fue en realidad la primera falta del protagonista—, y sirve de cabo a rabo para revalidar a Nolan como <strong>el gran narrador popular de nuestro tiempo</strong>. También el que tiene una vocación más masiva, y es cuando tristemente nos topamos con una serie de problemas que<strong> alejan a </strong><em><strong>La Odisea</strong></em><strong> de la excelencia</strong>.</p><p>Problemas, por otra parte, achacables a buena parte de la carrera de Nolan, cimentando esa esencial imperfección —hay quien la llamaría, ante el volumen de las voces de sus detractores,<strong> esa dulce vulnerabilidad</strong>— que suele disimularse cuanto más robusto es el conjunto aledaño. Nolan nunca ha sido un buen director de acción <strong>ni ha tenido sentido de la escala</strong>. Dentro del linaje inglés al que pertenece quizá le gustaría ser <strong>David Lean</strong> pero se queda en <strong>el gran relevo humanista de Alfred Hitchcock</strong> (siendo mucho peor realizador que este, por otro lado) y, al tiempo que su dependencia del montaje le hace indiscutiblemente contemporáneo, también <strong>coarta la sugestión de sus imágenes</strong>. Todo lo cual lo sufre esta <em>Odisea</em>. La historia de la que surgen todas las historias, la película de la que surgen todas las películas de Nolan… <strong>sin ser en absoluto la mejor de estas</strong>.</p><p>Ocurre entonces que el montaje de <em>La Odisea</em>, si bien tan capacitado como siempre para <strong>entretener con ferocidad</strong> y aclimatarse como un tráiler de tres horas, es bastante desastroso. Los diálogos se superponen ruidosamente entre cortes, dificultando su digestión y entendimiento, y abocando a una intensa sensación de desorden en función a <strong>la familiar necesidad de un clímax eterno</strong>. Este desorden infecta tanto las escenas de acción como la mera descripción del espacio, convirtiendo en algo así como superfluo el empeño de Nolan de presumir de<strong> localizaciones reales y formatos IMAX</strong>. ¿De qué sirve rodar con cámaras pioneras, descartar efectos digitales sencillos y apostar en resumen por <strong>la fisicidad</strong>, si la edición va a emborronar todo lo que se pueda retener de ello?</p><p>El guion de Nolan, por otra parte y contagiándose de esa innecesaria urgencia en la planificación, no siempre es afortunado al traducir las distintas peripecias del poema, ni logra prosperar del todo en sus decisiones más llamativas de adaptación (caso de <strong>los personajes de Elliot Page y Robert Pattinson</strong>, estupendamente engarzados con el discurso homérico pero pésimamente explicados). Curiosamente tratándose de un director tan dependiente del solaz del público, es<strong> en sus pasajes más ásperos cuando mejor funciona </strong><em><strong>La Odisea</strong></em>. Cuando el diálogo se suspende, se privilegia lo atmosférico a caballo de <strong>la banda sonora (extraordinaria) de Ludwig Göransson</strong>, y las andanzas de Odiseo se antojan no solo amargas o melancólicas, sino también ¿terroríficas?</p><p>El ingenio siniestro que traslucen segmentos como el de Circe o los Lestrigones —así como la tétrica racionalización del encuentro de las sirenas o la sombra formidable de Agamenón— insiste, por encima del mejorable ensamblaje, en proclamar la personalidad de <em>La Odisea</em>, y <strong>la fructífera felicidad de su diálogo con la imaginación de Nolan</strong>. Cabe preguntarse si esta película sería mejor (o al menos más depurada) si se hubiera rodado en compases más anteriores o posteriores de la carrera del cineasta, prudentemente alejados de este momento de esplendor absoluto. Si hubiera servido de prólogo tentativo, o de epílogo crepuscular para toda una forma de contar historias.</p><p>Pero se ha estrenado hoy, en 2026, con Nolan convertido en el único cineasta capaz de que <strong>el </strong><em><strong>blockbuster</strong></em><strong> siga presumiendo hoy día de audacia y originalidad</strong>. Y tampoco está mal. No hay un solo segundo, en toda su extensión, en que <em>La Odisea</em> no quiera ser grande, <strong>que no quiera ser mejor y más virtuosa que sí misma</strong>. Y eso, bien lo sabían los griegos, es todo lo que importa. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 16 Jul 2026 04:01:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[‘Las corrientes’, el fascinante estudio de una conciencia que se desacopla del ritmo de la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/corrientes-fascinante-estudio-conciencia-desacopla-ritmo-vida_1_2220800.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/44a93223-1860-4258-ae17-e94588d29d09_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Las corrientes’, el fascinante estudio de una conciencia que se desacopla del ritmo de la vida"></p><p>Las voces más benévolas con <strong>esa posmodernidad</strong> que sigue marcando nuestras sociedades aseguran que, nos guste o no, esta solo es <strong>una consecuencia lógica de la modernidad</strong>. Una intensificación, en realidad, de algunos elementos básicos de la misma, suficientes para considerar lo que vino luego como poco más que una fase. Saldremos de aquí, nos dicen. Es solo lo que toca. Pero claro, llevamos tanto tiempo atrapados en el laberinto posmoderno como para considerarlo <strong>una aberración histórica</strong>, forzándonos a aceptar alternativas de desigual convicción a partir de ahí. </p><p>Sean los nuevos fascismos, sea <strong>el tímido metamodernismo</strong> que empieza a latir <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/spielberg-recuerda-dia-revelacion-merece-pena-creer-plena-conspiranoia_1_2206720.html" target="_blank">en ciertos rincones</a>, es fácil aceptar la teoría de que lo posmoderno solo sea un estadio avanzado de lo moderno si acudimos a las vanguardias, hace justo un siglo, y recordamos que el buque insignia del modernismo literario fue el <strong>“monólogo interno”</strong>, también llamado <strong>“corriente de conciencia”</strong>. La corriente de conciencia fue la herramienta preferida de <strong>James Joyce o Virginia Woolf </strong>para, rompiendo con cualquier ortodoxia, acercarse a <strong>una verdad profunda en sus personajes</strong>. A través de ella se introdujeron en su cerebro, emularon el ritmo y velocidad de los pensamientos, y deformaron todo lo que había fuera de ellos en una exaltación subjetiva tan prometedora como, finalmente,<strong> peligrosa</strong>.</p><p>Porque, cuanto mejor conocíamos esas cabezas, <strong>más borroso era lo que les rodeaba</strong>. Más deforme, confuso, posmoderno. Más alejado, en fin, del registro de algo trascendente que armonizara tantas perspectivas distintas. Woolf afrontó directamente las consecuencias en su novela <em><strong>Al Faro</strong></em> a través de las tribulaciones de la señora Ramsay. “Tenía una clara percepción de que ahí estaba la vida y era algo que no compartía ni con sus hijos ni con su marido. <strong>Ella estaba a un lado, la vida al otro</strong>, y a veces parlamentaban (...) Podía haber grandes escenas de reconciliación, pero tenía que admitir que lo que llamaba vida era <strong>terrible, hostil, y se abalanzaba sobre ti </strong>si le dabas oportunidad”.</p><p>La corriente de conciencia bien podría habernos alejado de<strong> las corrientes de la vida</strong>. Así que Woolf, sin dejar de lado esta valiosa herramienta, intentó que su voz literaria acogiera volumen acuático. Por eso escribió una novela titulada <em>Las olas</em> a continuación, con un uso del monólogo interno aún más radical. Y luego, en una triste ironía, sucumbió<strong> a las propias aguas</strong>, arrojándose al río Ouse de Sussex. <em><strong>Las corrientes</strong></em><strong> de Milagros Mumenthaler</strong> recuerda lo suficiente a Woolf —afortunadamente, disculpando así la frivolidad— como para que los ecos vayan mucho más allá de que su protagonista <strong>se tire igualmente a un río </strong>en los primeros minutos del film. </p><p><strong>A la senda de Virginia Woolf</strong></p><p>En <em>Las corrientes</em> <strong>también hay un faro</strong>, por ejemplo. Es un faro que, en los minutos más bellos de la película de Mumenthaler, ilumina la ciudad ante los ojos de la protagonista, Lina (<strong>Isabel Aimé González-Sola</strong>), y su hija. La luz del faro incide sobre el espacio urbano mientras suena la sinfonía de <em>Los planetas</em> de Gustav Holst y las imágenes, completamente identificadas con la mirada de Lina hasta ahora, hacen una tentativa <strong>por acercarse a otros sujetos, otras vidas</strong>. Bien podría haber una salvación en ello pero es una tentativa efímera, como tantas otras que hace la protagonista durante el film para superar su malestar. <strong>“Intento no sentirme tan efímera, como imagino que intenta todo el mundo”, </strong>le ha explicado poco antes Lina a su psicólogo. </p><p>¿Por qué Lina se siente efímera? ¿Por qué, tras ganar un premio por sus logros profesionales en Ginebra, ha querido saltar de un puente, sobreviviendo por poco a este intento de suicidio? Debería haber, desde luego, mucho de rechazo a la hipocresía de estos entornos, a la necesidad de convertir lo social en <strong>una pantomima engañosa</strong>, pero lo interesante verdaderamente es que, antes del salto, Lina se ha topado en un escaparate con una obra que le sugestiona mucho: un tapiz que muestra a tres ancianas tejiendo, <strong>los hilos confundiéndose en los contornos de sus cuerpos</strong>. La mirada de Lina se ha visto seducida por la contundente expresión visual de lo que, a fin de cuentas, persigue su existencia: <strong>un diseño armonioso, perfecto, matemático</strong>. Lina es <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/retrato-moda-couture-deja-frivolidad-diablo-viste-prada_1_2188806.html" target="_blank">estilista de moda</a>. El premio que le han dado es por ser una gran diseñadora en su campo.</p><p>En sintonía a esto, en alguna escena posterior veremos cómo Lina llena su despacho de <strong>ingenios mecánicos</strong>, manivelas y aparatitos que construye metódicamente y con los que se siente agredida en el momento que alguien (su marido, por ejemplo) los toca sin permiso. Parece claro, entonces, que Lina es <strong>una obsesa del andamiaje</strong>. Ansía organizar los materiales en formas reconocibles y funcionales. Su obsesión es la de la señora Ramsay por ejercer de casamentera, o la de <strong>la señora Dalloway teniendo que ocuparse ella misma de comprar las flores</strong>, y son obsesiones que de repente afrontan un fracaso mortal. Tan sencillo como pararse a observar el agua de un río. El desorden de las olas, las corrientes que fluyen ajenas a todo lo que ella quiera o pueda hacer. <strong>Así que esta era la vida</strong>. Podemos intuirlo porque no la estamos viviendo, sino que la tenemos enfrente.</p><p>Mumenthaler describe, entonces, un <strong>desajuste con la realidad</strong>. Su heroína se ha sentido tan violentada por el agua porque debe haber dejado de seguirle el ritmo, y por eso su primera reacción tras el intento de suicidio es una suerte de alergia a la misma (provocando, a su vez y en <strong>una rima visual muy lograda</strong>, que su cabello sucio y encrespado persiga una cualidad semejante). La argentina, en el marco de<strong> un proyecto artístico inequívocamente woolfiano</strong> —sus dos primeras películas, <em><strong>La idea de un lago </strong></em><strong>y </strong><em><strong>Abrir puertas y ventanas</strong></em>, ubicaban sus conciencias en recuerdos juveniles de casas inolvidables, como aquella que no dejaba de centrar <em>Al Faro</em>—, vuelve a acercarse en <em>Las corrientes</em> al fallo moderno por antonomasia: <strong>el desacoplamiento del yo con respecto a la vida</strong>. Qué sale de ahí, en cuanto al aislamiento y <strong>la depresión</strong>, es algo que todos conocemos bien.</p><p>La mayor virtud de Mumenthaler como cineasta es que, teniendo muy claro sus intereses estéticos, trata de cubrirlos acorde a <strong>unas sensibilidades oportunamente modernistas</strong>: antes que lo referencial —los relatos previos que se hayan acercado canónicamente a estas tensiones— prefiere <strong>lo sensorial</strong>, que la cámara se haga una con los progresos de la protagonista e intente seguir, al compás de sus éxitos y fracasos,<strong> el verdadero ritmo de las aguas</strong>. Se articulen estas como un río, como una ducha o como una lluvia pertinaz. Es lo que necesita la atormentada Lina, es lo que busca la directora, y las cimas de <em>Las corrientes</em> se cifran en todas las veces que <strong>atinan a coincidir</strong>.</p><p>Que son muchas, felizmente. A Mumenthaler le hace algo de daño que, aun contando con el mismo fotógrafo que en <em>La idea de un lago</em> —<strong>Gabriel Sandru</strong>—, la factura de <em>Las corrientes</em> sea mucho más rutinaria que la de su película previa. Tampoco terminan de funcionar esas alucinaciones que se cortan abruptamente —estableciendo algo así como una horizontalidad expositiva que contradice los propósitos de la obra— y unas concesiones al <strong>psicologismo más obvio</strong>, cuando Mumenthaler se acaba viendo en la necesidad de “justificar” la deriva de su heroína con traumas maternos. Apuntan a ser inercias de nuestra coyuntura, pasajes manchados de presente que emborronan la, por lo demás, admirable autonomía de Mumenthaler, su compromiso con<strong> una modernidad rediviva</strong>.</p><p>En este regreso providencial a formas de expresión que todavía siguen cargadas de futuro, Mumenthaler conecta la corriente de conciencia con otras estrategias de inicios del siglo pasado como<strong> la escritura automática </strong>—volcada en una intuición que no hace prisioneros—, y blinda su tercer largometraje contra reproches y explicaciones simples. Conduciéndolo todo como si tal cosa a <strong>un plano final inolvidable</strong>, mientras nos fuerza a dejar de ver la vida como algo que tenemos delante de nosotros,<strong> o con lo que hay que negociar</strong>. Revelándola, simplemente, como algo que hay que aprender a nadar.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Jul 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Día de caza’, un remake femenino y kamikaze de ‘La caza’ de Saura para repensar España]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/dia-caza-remake-femenino-kamikaze-caza-saura-repensar-espana_1_2218029.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/93c3b1d9-01ab-40e4-9906-ef1fb79a5003_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Día de caza’, un remake femenino y kamikaze de ‘La caza’ de Saura para repensar España"></p><p>"Si alguien tiene un destino se trata de un hombre, si alguien <em>consigue</em> un destino <strong>se trata de una mujer</strong>”. Con esta cita comienza <em><strong>Día de caza</strong></em><strong> </strong>y la pronuncia la voz del joven personaje de Diana (Zoe Arnao), que en la versión original de esta historia resultaba tener el rostro asimismo juvenil de Emilio Gutiérrez Caba. Como la diferencia más notable de <em>Día de caza</em> con respecto a <em>La caza</em> de 1966 es que <strong>ha cambiado a sus protagonistas masculinos por mujeres</strong>, es inevitable entenderla como un comentario directo sobre dicha jugada. Quienes eran hombres arrogantes y poderosos hace 60 años ahora son mujeres arrogantes y, <strong>sí, también poderosas</strong>. ¿Cómo ha sido posible algo así?</p><p>Forzosamente <strong>estas mujeres han </strong><em><strong>conseguido</strong></em><strong> su destino</strong>. Si aceptamos que los hombres ya nacieron con uno en el heteropatriarcado, toca aceptar que las mujeres hayan tenido que luchar por él. Así que la cita de Diana sería… <strong>¿empoderante?</strong> ¿Las mujeres lo <em>consiguieron</em>? En 1966 habría sido imposible imaginar el guion de Saura y Angelino Fons declamado por mujeres, pero <strong>en 2026 podemos</strong>, o al menos podemos ver como realista a mujeres maduras en puestos de poder, con dinámicas equivalentes a las retratadas en <em>La caza</em>. Estas empresarias (<strong>Blanca Portillo, Rossy de Palma y Carmen Machi</strong> sucediendo a Ismael Merlo, Alfredo Mayo y José María Prada) practican incluso <strong>un pasatiempo tan viril como la caza</strong>, y no parecen sentir ninguna alienación por ello.</p><p>Uno de los elementos más sugerentes de <em>Día de caza</em> es que <strong>apenas se hace mención al género de sus protagonistas</strong>: las mujeres cazadoras se limitan a hacer lo que creen que les corresponde, y al margen de la frase inaugural, ni siquiera insisten en que hayan tenido que esforzarse mucho más que los hombres para llegar ahí. De forma que <strong>el director y coguionista Pedro Aguilera</strong> no solo está despojando de triunfalismo a esta actualización —¿estamos mejor socialmente que hace seis décadas?— sino que viene aferrándose a <strong>una connotación lampedusiana</strong>: “Que todo cambie para que todo siga igual”, se proclamaba en <em>El gatopardo</em>. <strong>Todo ha cambiado pero todo sigue igual</strong>, porque trascendiendo el género, ha habido otra fuerza que no ha parado su avance en este tiempo. Es la que siempre logra recabar legitimidad con esas retóricas del esfuerzo y el destino. Es <strong>el capital</strong>.</p><p><strong>La feminización de </strong><em><strong>La caza</strong></em>, por lo demás y al margen de las contundentes interpretaciones que garantiza su elenco, no va mucho más allá de este cinismo medular. Las mujeres de <em>Día de caza</em> se comportan a grandes rasgos del mismo modo que sus homólogos masculinos: tratan con la misma condescendencia a sus sirvientes —una que, en pos de la procedencia de los mismos, puede teñirse además de <strong>racismo indisimulado</strong>—, imprimen la misma hipocresía a su amistad, y sienten la misma excitación hacia <strong>la violencia asimétrica cuando portan la escopeta</strong>. Son mujeres que han adoptado el lenguaje del poder asumiendo que este <strong>es un lenguaje patriarcal</strong>, de ahí que pueda romperles tanto los esquemas que, en un momento dado, una amiga le regale a otra <strong>un Satisfyer</strong>.</p><p>Así que este cambio de género acorde al feminismo liberal de, <a href="https://www.eldiario.es/rastreador/ana-patricia-botin-feminista-fortaleza-estructuralse_132_1972950.html" target="_blank">pongamos por caso, Ana Botín</a>, no tiene mucho más intríngulis. El guion que Aguilera firma con <strong>Lola Mayo </strong>(que viene de escribir la extraordinaria <em>El amor de Andrea</em> con Manuel Martín Cuenca) cifra los cambios sensibles aparejados al paso de todas estas décadas de múltiples formas, y alguna incluso carece de la retranca de esta feminización. Por ejemplo,<strong> el maltrato animal</strong>: afortunadamente <em>Día de caza</em> se aparta de los aspectos más desagradables<strong> (y menos justificables incluso entonces) </strong>del original de Saura, y rechaza la visualización directa del sufrimiento de conejos y hurones. No es necesario cargar más las tintas simbólicas, sobre todo cuando se lidia con un contexto tan rico y matizado alrededor.</p><p>¿Cuál es este contexto? Pues toca volver al escenario de <em>La caza</em>, y determinar cuál era ese <strong>“buen sitio para matar”</strong> del que hablaban los personajes. En ambas películas lidiamos con cotos de caza desérticos del interior de la península, grandes extensiones de terreno yermo que podrían ser trabajadas y en su lugar son utilizadas para <strong>el frívolo esparcimiento de las élites</strong>. Esto a nivel superficial, pero bien sabemos que Saura era <strong>incapaz de trabajar sin metonimia</strong> y acostumbraba a recargar sus ficciones con la memoria nacional. Así ocurre que se ha acostumbrado a leer <em>La caza</em> <strong>como metáfora de la Guerra Civil</strong> ampliando el significado de esos conejos que tratan de ocultarse en sus madrigueras, semejantes a los escondrijos de los republicanos exterminados.</p><p>Es difícil limitar <em>La caza</em>, sin embargo, a este carácter metafórico cuando se nos cuenta textualmente que en estos terrenos hubo una batalla y <strong>llegamos a ver el cadáver de un soldado</strong>. La potencia real del film estriba en su concatenación de significados y su habilidad para no aislarse alegóricamente del presente: por supuesto que sus protagonistas son los vencedores de la Guerra Civil y representan el régimen, pero lo interesante <strong>es </strong><em><strong>cuándo</strong></em><strong> lo representan</strong>. Y lo representan concretamente en 1966, el año de estreno. Cuando el franquismo ha iniciado <strong>su apertura al capitalismo global</strong>, asentando las condiciones modernas (<strong>codicia, olvido interesado del pasado</strong>) para ser derruido desde dentro. Se basta y se sobra para ello. Por eso estos cazadores <strong>van a matarse entre sí</strong>. </p><p>Ya que <em>Día de caza</em> es <em>remake</em> a la vez que actualización, ha de avanzar en el tiempo tanto como sea necesario, y ubicarse en <strong>nuestra contemporaneidad</strong> según los dictados de Saura. El egoísmo se mantiene a medida que el capitalismo entra en nuevas fases de histeria —sea el neoliberalismo o la monstruosidad que estemos viviendo hoy— y el trauma fundacional ya no es la Guerra Civil, aun cuando <strong>las pulseritas con la bandera de España</strong> de estas señoras ilustren que seguimos hablando de <strong>ciertos “vencedores”</strong>. Este trauma resulta ser entonces otro punto de inflexión en la experiencia nacional, un nuevo germen de conflictos irresolubles. <strong>La Gran Recesión de 2008</strong>, claro.</p><p>Aquí hallamos la mayor virtud de la propuesta de Aguilera, pues es capaz de modificar el esquema de <em>La caza </em>de forma bastante más drástica que con la feminización de los protagonistas. El espectro de la crisis económica y <strong>la especulación inmobiliaria </strong>que la aceleró determina la angustia del personaje de Blanca Portillo, llamado asimismo Blanca —los personajes de las tres actrices veteranas comparten sus nombres—, y el favor que le pide a Rosa por deferencia al siniestro pasado que les une. También toma cuerpo en <strong>la urbanización fantasmal</strong>, uno de tantos remanentes de <strong>la cultura del pelotazo</strong> —esa que ya se dejaba intuir en <em>La caza </em>de Saura—, que se yergue a poca distancia del coto de caza, como residuo de tantas codicias combinadas.</p><p>Las carreras y caracteres de las protagonistas veteranas de <em>Día de caza</em> se han fraguado en esta crisis, nuevamente ofreciendo una posible panorámica de cómo ha quedado la estructura de sentimiento español tras lo ocurrido. A la hora de aclararlo, el guion de Aguilera y Mayo apunta ocasionalmente <strong>a descarrilar</strong>. Sugiere que lo que trajo ante todo la Gran Recesión fue la sensación compartida de que <strong>el futuro había sido cancelado</strong> —pues la máquina siguió funcionando más o menos igual, utilizando más capitalismo para corregir los excesos del capitalismo— y que esto estimuló <strong>un nihilismo generalizado</strong> que cada individuo entendería a su manera, pero para hacerlo se embarulla en rimas insistentes con Saura, en reflexiones poco sofisticadas y diálogos sobreexpositivos. </p><p><em>Día de caza</em> habla tanto de la crisis económica como de la <strong>“crisis de representación”</strong>, apelando a que hay algo roto en nuestra agencia política como fruto último de los excesos que, acotando el caso español, empezaron a darse con <strong>el desarrollismo franquista</strong>. Así que, en ese sentido, es una respuesta orgánica y <strong>hasta cierto punto admirable</strong> a <em>La caza</em>, afrontando la difícil tarea de leer nuestros días según nos enseñó Saura hace décadas y logrando esquivar presentismos tentadores. </p><p>Todo lo cual no implica que, al margen de sus intenciones, <em>Día de caza</em> funcione especialmente bien. <strong>El apego clónico</strong> al esqueleto de <em>La caza</em> —retomando monólogos en <em>over</em> y discursos mirando a cámara, fotocopiando escenas enteras— termina pesando como una losa, y condenando ocasionalmente la película al ridículo con réplicas mal atemperadas y excesos melodramáticos. <em>Día de caza</em> funciona mejor<strong> cuanto más esquiva y cerebral es</strong>, y cuanto más descarta la obviedad dentro del proceso de actualización de sus ingredientes. También se preocupa por ser misteriosa y esquivar las revelaciones fáciles de su entramado dramático, lo cual a veces resulta de lo más estimulante —<strong>la presencia constante de los drones</strong> intensificando la paranoia— y otras, no tanto. </p><p>Siendo una película, entonces, muy irregular,<strong> toca agradecerle el riesgo</strong>. Era fácil que <em>Día de caza</em> fracasara y no lo hace. No lo hace, quizá, por algo más inmanente que la arquitectura dramática o el trabajo <strong>(casi ensayístico)</strong> de transposición de significados. Y es que hay una fe muy clara y potente sobrevolándolo todo: la fe en que con <em>La caza</em> de Carlos Saura no nos hallamos solo ante un clásico del cine español, sino <strong>ante todo un mito identitario</strong>. <em>La caza</em> parece menos coyuntural, más categóricamente española, que <strong>el mismo himno nacional</strong> que tararea distraídamente uno de los personajes en cierto momento del film de Aguilera. Está todo en ella. <em><strong>La caza</strong></em><strong> nunca se acaba</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jul 2026 04:01:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Día de caza’, un remake femenino y kamikaze de ‘La caza’ de Saura para repensar España]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas,cartelera]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘La otra hermana Bennet’: la búsqueda de la felicidad de la chica torpe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/continuara/hermana-bennet-busqueda-felicidad-chica-torpe_1_2217420.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0516c48a-78b1-4504-b0c5-02bf8756183e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La otra hermana Bennet’: la búsqueda de la felicidad de la chica torpe"></p><p>Con gran éxito se estrenó en marzo en el <a href="https://www.infolibre.es/temas/reino-unido/" target="_blank" >Reino Unido</a> <em><strong>La otra hermana Bennet</strong></em><strong>,</strong> <strong>que ya puede verse en Movistar +</strong>. “La otra” pasa a ser la protagonista. La joven sin gracia creada por <strong>Jane Austen en </strong><em><strong>Orgullo y prejuicio</strong></em> florece como una venganza de los menos afortunados. </p><p><strong>Diez episodios de media hora</strong> adaptan la novela de Janice Hadlow, ex directiva de la <a href="https://www.infolibre.es/temas/bbc/" target="_blank" >BBC</a>. En ella se escribe una carta de amor al personaje menos mimado de la familia cuya historia se cuenta en la novela. <strong>“Una joven sin halagos”</strong> según el poema de <strong>William Wordsworth</strong> citado en la serie.</p><p>De las cinco hermanas Bennet, <strong>Jane Austen</strong> puso un foco tenue y sin cariño sobre Mary, pedante, torpe socialmente y aislada entre sus vivaces familiares. Esta historia, la de la novela y la serie, lo apuesta todo por la que era <strong>candidata a llevar una vida solitaria y frustrada. </strong></p><p>La convierte en una figura sorprendente, interesante y por quien resulta imposible no sentir simpatía. El suyo es <strong>un viaje hacia el crecimiento y la propia felicidad</strong>. Y para ello no se convierte en otra persona, más fácil de encajar en las expectativas sociales.</p><p>Su camino deja que la vida le enseñe dónde encontrar el amor propio. <strong>Hay un lugar para ella en el mundo</strong>. Y en el romance. Acompañarla en este despertar es todo un placer. Sensible, divertido y original.</p><p><strong>Sarah Quintrell</strong> ha sido la encargada del guion de la adaptación, la directora <strong>Jennifer Sheridan</strong> ha dirigido los primeros episodios y sentado el tono. Ambas son fans de la reverenciada serie de la BBC de 1995 sobre <em>Orgullo y prejuicio</em>, que puede encontrarse en Prime vídeo.</p><p>La serie que ellas han desarrollado comienza con el argumento de la novela original, visto desde la perspectiva de Mary, <strong>“una introvertida en una familia de extrovertidos”</strong>, como la define la actriz que la interpreta, <strong>Ella Bruccoleri</strong> en una promoción. </p><p>Sus hermanas se casan, único objetivo concebido para todas por una madre ansiosa que no podía mantenerlas económicamente de otra manera. A partir de ahí, Mary, que recibe un desprecio tras otro, <strong>escapa por una rendija </strong>a su destino de patito feo. </p><p>Su trayectoria está llena de tropiezos y de esperanza, contada con mucho humor y enorme ternura. Los episodios funcionan como capítulos literarios que terminan una etapa del viaje y <strong>siempre</strong> <strong>consiguen despertar la curiosidad por Mary</strong>. Es difícil dejarla a medias.</p><p>En entrevista a <a href="https://www.google.com/search?q=sarah+quintrell+interview&sca_esv=9c297ecd27ddd5cd&rlz=1C5CHFA_enES961ES961&sxsrf=APpeQnuRlpMHVjGr6k8IGR48dJ1LnVix6w%3A1782809707963&ei=a4RDapyqOtGG9u8PyJz_6AI&biw=1081&bih=886&ved=0ahUKEwjci-Hay66VAxVRg_0HHUjOHy0Q4dUDCBE&uact=5&oq=sarah+quintrell+interview&gs_lp=Egxnd3Mtd2l6LXNlcnAiGXNhcmFoIHF1aW50cmVsbCBpbnRlcnZpZXcyCBAAGIAEGMsBMggQABiABBiiBDIFEAAY7wUyBRAAGO8FMgUQABjvBUjzFlCyBliSFXABeACQAQCYAXigAY0HqgEDOC4yuAEDyAEA-AEBmAILoAKwB8ICCRAAGAcYHhiwA8ICCxAAGIAEGMsBGLADwgIIEC4YywEYgASYAwCIBgGQBgmSBwM5LjKgB7kfsgcDOC4yuAesB8IHBTAuOC4zyAcZgAgB&sclient=gws-wiz-serp#fpstate=ive&vld=cid:712d7acb,vid:7XjGQA9T5wo,st:0" target="_blank">LRM</a>, la responsable del proyecto, Sarah Quintrell reafirma que “todos tenemos algo de sentirnos al margen que caracteriza a Mary. Por eso <strong>conectamos con su experiencia de vida </strong>y el sentimiento de que todos los demás lo hacen bien y yo no”.</p><p>Una experiencia que en el caso de las mujeres sigue yendo muy unido a las expectativas que la sociedad tiene y que llevan a una sensación de fallo.<strong> “Antes te juzgaban tus padres y ahora las redes sociales”</strong>, dice Bruccoleri.</p><p>En el caso de la serie, el lema “matrimonio o miseria” se monta y se desmonta, como uno de los mitos de los que hablaba Austen, quien, por cierto, vivió algún romance pero no se casó. </p><p>La <strong>búsqueda de la felicidad</strong> aparece como otro de los temas, siguiendo la visión aristotélica. La felicidad como conquista diaria, como un hábito resultado de la razón y un comportamiento justo, es lo que resuena en los personajes. Especialmente en los tíos de Londres que viven una vida amable y disfrutona.</p><p>Brucolleri, actriz que la encarna, nunca había llevado el peso de una protagonista, y está encantada con la experiencia, aunque afirma que no se siente obligada a repetir como tal y que cualquier personaje bien escrito es suficiente para ella.</p><p>Uno de los rasgos de Mary es ser una mala cantante. Brucolleri en cambio <strong>es vocalista en la banda </strong><em><strong>Marry me Emelie!</strong></em><strong> </strong>con el que fue su pareja durante trece años y tiene un precioso tono.</p><p>Brucorelli afirma que cuando leyó el guion, sin haber leído ni visto nada de Austen, se sintió muy entendida y está viendo que es una reacción muy universal. El mismo comentario hace la intérprete argentina <strong>Griselda Siciliani</strong> sobre su personaje en la serie <em><strong>Envidiosa</strong></em>, plagado de miserias. </p><p>Las series que cuentan a mujeres imperfectas y su derecho a aspirar a la felicidad y ser reconocidas, como el reciente éxito <em><strong>Se tiene que morir mucha gente</strong></em>, nos hablan de como las mujeres nos contamos a nosotras mismas. </p><p>Frente a comedias pensadas por hombres en las que ellos metían la pata acompañados de mujeres encantadoras, cuando las mujeres han tomado el relato se prefieren así, llenas de defectos y queribles, en búsqueda de llegar <strong>a buenos términos consigo mismas. </strong></p><p>En el caso de <em><strong>La otra hermana Bennet</strong></em>, su intérprete la describe como “mojigata, sermoneadora, una pedante todo lo sabe, y es alguien increíblemente<strong> empatizable, emocinalmente inteligente, vulnerable y muy divertida </strong>sin tratar de serlo”.</p><p>Lo mejor es que en su viaje ella no pierde su esencia ni cambia milagrosamente. Su consistencia le permite encontrar su lugar y ser descubierta por <strong>otras almas que buscan lo auténtico</strong>, y de paso son atractivos caballeros.</p><p>Los principales miembros del equipo están encantados con el resultado y con la camaradería del rodaje. Acaba de anunciarse un especial navideño con <strong>tres nuevas entregas de la serie</strong>, así que todavía quedan oportunidades de disfrutar con la ninguneada Mary Bennet.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jul 2026 04:00:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Piedad Sancristóval]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La otra hermana Bennet’: la búsqueda de la felicidad de la chica torpe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Series televisión,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/letras-robadas-nick-jonas-paul-rudd-enfrentan-derechos-autor-significado-exito_1_2213370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2758d907-01e5-4643-80bf-e85f053e0022_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)"></p><p>En las inmediaciones del tercer acto de <em><strong>Letras robadas</strong></em> asistimos a<strong> un anticlímax </strong>ciertamente frustrante. Ocurre al poco de que Rick Power (<strong>Paul Rudd</strong>) haya decidido viajar a Los Ángeles para pedirle explicaciones a Danny Wilson (<strong>Nick Jonas</strong>) por la canción que ha impulsado su carrera musical.<strong> </strong><em><strong>How to write a song</strong></em> es el título del <em>hit</em> y resulta que ambos lo compusieron juntos tiempo atrás, durante la memorable noche en la que se conocieron y forjaron algo parecido a una amistad. Pero Wilson no acreditó a Power.<strong> Le “robó” la canción</strong>, y esta traición ha devastado a Power. La escena a la que nos referimos, el anticlímax susodicho, alude a<strong> la reconciliación final de ambos</strong>.</p><p>Danny Wilson admite en uno de sus conciertos que <em>How to write a song</em> no es únicamente suya, para que acto seguido aparezca Power en el escenario y<strong> ambos interpreten el tema</strong>. Es una escena preciosa, definitivamente catártica… que sin embargo es falsa. <strong>Solo es un sueño</strong> que Power tiene en el vuelo Dublín-Los Ángeles. Su reencuentro real con Wilson será mucho más difícil, y las conclusiones se alejarán de lo que esperaba. O, desde luego, de lo que podía esperar un seguidor de <strong>John Carney</strong>. El anticlímax parece contradecir los intereses de este cineasta irlandés, aquellos que ha paseado durante<strong> varias comedias musicales</strong> desde hace 20 años, cuando estrenó <em>Once</em>.</p><p>El protagonista de aquella película, Glen Hansard, es el líder de la popular banda dublinesa The Frames. Y justamente Carney fue el bajista de una de sus formaciones previas, durante los años 90. Así que <strong>la música deviene central en su filmografía</strong>, y no solo la música sino el hecho de <strong>componerla y tocarla</strong>, pues Carney ha deducido que las relaciones humanas entabladas a la medida de estos verbos han de ser de lo más emotivas. Por supuesto, <strong>tiene toda la razón</strong>. Desde <em>Once</em>, y ayudado de una serie de canciones originales a cual más exquisita —normalmente compuestas por él en compañía de Gary Clark—, Carney ha construido <strong>una obra de eficacia demoledora</strong>.</p><p>Y lo ha hecho proclamando una y otra vez <strong>el poder de la música para construir vínculos</strong>. Dos músicos callejeros en <em>Once</em>, cantautora y productor en <em>Begin Again</em>, adolescentes marginados en <em>Sing Street</em>, una madre y un hijo en la oportunamente titulada <em>Flora y su hijo Max</em>… las relaciones siempre fluyen al compás de una expresión determinada de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rondallas-daniel-sanchez-arevalo-demuestra-nuevo-rey-comedia-comercial-espanola_1_2120634.html" target="_blank">la </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rondallas-daniel-sanchez-arevalo-demuestra-nuevo-rey-comedia-comercial-espanola_1_2120634.html" target="_blank"><em>feel good movie</em></a> (de un cine cuidadosamente cursi y empeñado <strong>en hacerte sentir bien</strong>) que Carney ha aprendido a manejar a la perfección como director, guionista y propiamente músico. Por eso<strong> es tan disruptiva</strong>, y a tanto volumen, <em>Letras robadas</em>. En los primeros minutos, incluso, el personaje de Jonas le regala a Rudd una guitarra, tal y como Flora hacía con su hijo en el film anterior de Carney. </p><p>Esta guitarra es un regalo posterior a la larga secuencia en la que Power y Wilson, intercambiando alcohol y porros, se funden en <strong>una </strong><em><strong>jam session</strong></em> mostrándose sus canciones, tocándolas y haciendo sugerencias sobre la marcha. Forjando una amistad, en resumen, con tal espontaneidad y camaradería como para remitir a los mejores momentos de la filmografía de Carney, y<strong> producir velozmente esa emoción </strong>que con tanto denuedo busca como cineasta (¿como artista pop?). </p><p>El problema, claro, es que los minutos más logrados de <em>Letras robadas</em> preceden la traición, y a la película no le queda otra que hacer suya la angustia del personaje de Rudd, su desengaño y cómo este va mutando en <strong>rabia y desazón</strong>. Porque Power es un músico frustrado que toca versiones en bodas. Así es de hecho como ha conocido a Wilson, en el crepúsculo de su vida.</p><p><em>How to write a song</em> no ha sido solo, para él, la traición de alguien a quien consideraba un espíritu afín. También es un giro que a Power —justo el tipo de personaje, perdedor y entrañable, que <strong>Rudd ha nacido para interpretar</strong>— le lleva a reexaminar su vida, comparando el triunfo de Wilson con sus fracasos vitales así como las decisiones que un día tomó y le alejaron de ser<strong> la estrella de </strong><em><strong>rock </strong></em>que acaso estaba destinado a ser. Esta aceptación del fracaso es retratada al detalle en los minutos iniciales que presentan a Power junto a su banda actual, unos viejos rockeros cuyos años de optimismo creativo han quedado bien atrás, transmutados en<strong> inagotables </strong><em><strong>covers</strong></em><strong> de las canciones más trilladas del mundo</strong>. Power tiene razones de peso para odiar a Wilson, en definitiva.</p><p>Entonces, ¿qué nos dice todo esto del momento vital de Carney como narrador? ¿Acaso ha descubierto, con el paso del tiempo, que <strong>sobrevaloró la capacidad de la música para unir destinos</strong>? ¿Que la música, al estar mediada por lógicas mercantiles, a veces no es suficiente para paliar<strong> el egoísmo humano</strong>? Sin duda <strong>algo huele a viejo</strong> en el corazón de <em>Letras robadas</em>, y no cabe la menor duda de que Carney se identifica con el personaje de Paul Rudd. <em>Letras robadas</em> bien puede ser la película que haría un músico fracasado, como <strong>cuando Damien Chazelle dirigió </strong><em><strong>Whiplash</strong></em> una vez se había dado por vencido en el conservatorio. Pero hay una diferencia sustancial.</p><p>Y es que Carney es alérgico a la amargura. Por lo menos, es alguien que quiere mantenerse<strong> alejado en lo posible del cinismo</strong>, bien porque no va en su carácter, bien porque es consciente de que la eficacia de sus propuestas radica en esquivarlo y decantarse siempre por la ruta más luminosa. <em>Letras robadas</em> se acerca a ella en una escena que, sin embargo y para nuestra consternación, es un pasaje onírico, así que ha de dar <strong>un rodeo más</strong> para ello. Buscar la luz con un recorrido alternativo, aceptando que el paso del tiempo puede matizar el optimismo, y que todo cueste un poquitín más.</p><p>Es algo que le viene estupendamente a <em>Letras robadas</em>. Porque, mientras que <em>Flora y su hijo Max</em> evidenciaba<strong> cierto agotamiento de la fórmula</strong>, la nueva película de Carney no da nada por supuesto y se pregunta si la música (y, con ella, la amistad y el amor) puede resistir a los egoísmos que promulga la industria cultural, que el guion de Carney asocia a Wilson. Un personaje triste y trágico, en absoluto malvado de forma monolítica —por suerte el cineasta no cae en esa tentación— frente al que inevitablemente <strong>se reivindica el modo de vida de Power</strong>, y la forma de entender la música que ha ido madurando a lo largo de sus años de adultas desventuras.</p><p><strong>La música, entonces, sigue siendo capaz de modular relaciones</strong>. Que luego todo salga como salga no le quita la honestidad, el vértigo de la comunicación recién descubierta, a esa absorbente <em>jam session</em> de Paul Rudd y Nick Jonas. Y, sobre todo, no evita que Power haya formado su familia gracias a ella: <strong>una mujer y una hija </strong>por quienes decidió tomarse con más calma su carrera. Este tipo de apuntes argumentales centran <em>Letras robadas</em>, añadiendo a la ecuación la pregunta de si la trascendencia de la música se mide por el dinero o la cantidad de gente que escucha. La respuesta de Carney, naturalmente,<strong> es la más ingenua posible</strong>.</p><p>De esta forma, su última película coge cuerpo en <strong>una llamada al conformismo </strong>ciertamente anticlimática (volvemos a las frustraciones que entraña la relación de los dos protagonistas), para al mismo tiempo beneficiarse de todo<strong> lo inspirador y cotidiano</strong> que tenga dicho conformismo. Para tratarse de una trama considerablemente más elaborada que las obras previas de Carney, es admirable <strong>la ligereza</strong> que el cineasta logra conjurar. Hay una sensación de ingravidez, <strong>de plácida aceptación de cualquier eventualidad</strong>, que se traduce incluso en elementos tan llamativos como que <em>How to write a song</em> <strong>ni siquiera sea el tema más memorable de la banda sonora original</strong> del film, en favor de algunos de los versos sueltos que improvisa Rudd con la guitarra.</p><p>Mientras que el motor de Carney sigue rindiendo estupendamente y todo fluye al ritmo de <strong>canciones proverbialmente estimulantes</strong> —sin librarse, por otro lado, de algún artificio dramático demasiado estridente o de <strong>una realización ciertamente descuidada</strong> cuando no hay instrumentos de por medio—, <em>Letras robadas</em> nos permite conocer a Carney en lo que debe ser <strong>su fase otoñal</strong>.</p><p>Una fase tardía más interesada en una humildad existencial que, al atender a la música y su recepción antes que a su elaboración, recuerda a los logros de otra fabuloso melodrama reciente como era <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JCgkpDbtP98" target="_blank"><em>Song Sung Blue</em></a>. Si ahí eran Hugh Jackman y Kate Hudson quienes, con <strong>su imitación de Neil Diamond</strong>, defendían que el poder de la música nada tiene que ver con la firma sino con la comunicación, aquí Rudd ha de entender algo similar, y conectarlo con una noción del éxito que le haga reafirmarse en estar viviendo <strong>la mejor vida posible</strong>, junto a su familia y sus amigos.</p><p>De tal forma que con su serenidad, al tiempo que con sus ligeros desvíos, <em>Letras robadas</em> se antoja un raro caso de <strong>obra formulaica que, sin embargo, cobija un avance expresivo</strong>. Carney, sin dejar de ser fiel a sí mismo, ha sabido renovar el calor que ya había fraguado de sobra en nuestros corazones con <strong>estas películas tan pequeñas y tan bonitas</strong>, hoy un paso más cerca de dar con<strong> la verdadera esencia </strong>de la música. Una búsqueda que desde luego es bien complicada, pero que sin duda nunca podremos completar solos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2026 04:01:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘La maldición de Widow's Bay’, el arte de unir en un único lugar lo encantador y lo terrible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/continuara/maldicion-widow-s-bay-arte-unir-unico-lugar-encantador-terrible_1_2213345.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/69644f0b-fa7c-43f6-a661-dbb7803a8c4a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La maldición de Widow's Bay’, el arte de unir en un único lugar lo encantador y lo terrible"></p><p>La televisión ha tenido gran éxito entrelazando géneros en principio opuestos. Especialmente en el caso de la unión entre asesinatos y comedia amable. Lo hacía con <em>Se ha escrito un crimen</em>, <em>Colombo</em> y otras tantas, y lo ha reactivado en los últimos años con títulos muy queridos como <em>Solo asesinatos en el edificio</em>.</p><p>Mucho menos frecuente es la mezcla que borda <em>La maldición de Widow's Bay</em>, en Apple TV: <strong>el terror y la comedia amable</strong>. <em>Stranger things</em>, <em>Miércoles</em> o <em>Lo que hacemos en las sombras</em> son algunos ejemplos <a href="https://www.infolibre.es/continuara/vuelve-cabo-miedo-poderoso-javier-bardem-cape-fear-serie_1_2209866.html"  >que unen la comedia al terror</a>, pero ninguno aspira a un costumbrismo entrañable como el de esta serie, que recuerda al de <em>Doctor en Alaska</em>.</p><p>Una de las premisas de esta comedia se formulaba así: “Tomemos una aldea ideal y arruinémosela a todo el mundo”. El objetivo se ha cumplido a medias. La bahía del Viudo (Widow's Bay) es la población de una pequeña isla imaginaria en Massachusetts. </p><p>Y sí, se ha conseguido que sea un lugar encantador, lleno de personajes excéntricos.</p><p>Pero, lejos de arruinársela a su audiencia, la serie la ha entusiasmado y <strong>ya ha conseguido la renovación para al menos una segunda temporada</strong>. </p><p>La serie parte de un lugar pintoresco, marcado por el carácter excéntrico de sus personajes. Entre ellos, un alcalde no muy popular con una misión: atraer hordas de turistas a la villa. Y con un obstáculo: algunos de sus vecinos creen que sobre la isla recae una espantosa maldición.</p><p>El regidor está interpretado por el escocés <strong>Matthew Rhys</strong>, inolvidable espía soviético en <em>The Americans</em> y reciente protagonista del drama de suspense <em>La bestia en mí</em>. Sus compañeros afirman que es una de las personas más divertidas del mundo.</p><p>Su personaje recorre un extenso arco durante la temporada, siempre agobiado, eso sí. Encarna a la vez a Mudler y a Scully, el creyente y la escéptica de <em>Expediente X</em>. <strong>Defiende la comedia desde lo serio</strong> y con microgestos de reacción ante las situaciones disparatadas que se le presentan. Y funciona hasta la carcajada.</p><p>Esta infrecuente mezcla de géneros parte de los gustos específicos de su creadora, la guionista y cómica <strong>Katie Dippold</strong>. Fanática de las películas de terror, ha desarrollado su carrera en la comedia: como monologuista, como parte del equipo de la serie <em>Parks and Recreation</em> y como creadora de las películas <em>Cuerpos especiales</em> y <em>Cazafantasmas</em> de 2016.</p><p>La idea de esta serie le rondaba la cabeza hacía muchos años y el problema siempre residía en encontrar el tono adecuado. Su primer guion era una sucesión de chistes, uno tras otro, y su autora no estaba satisfecha. “No creo que yo misma hubiera visto la serie tal como estaba planteada al principio”, afirma Dippold en <a href="https://www.google.com/search?q=katie+dippold+interview&rlz=1C5CHFA_enES961ES961&oq=katie+dippold+interview&gs_lcrp=EgZjaHJvbWUyBggAEEUYOTIKCAEQABiABBiiBDIHCAIQABjvBTIHCAMQABjvBTIHCAQQABjvBTIHCAUQABjvBdIBCTcxNjNqMGoxNagCCLACAQ&sourceid=chrome&ie=UTF-8#fpstate=ive&vld=cid:0352e08c,vid:fDmbsxZosnU,st:0" target="_blank">Hollywoood First Look</a>.</p><p>En la serie que quería ver <strong>el terror es real</strong>, se toma en serio y apuesta por los personajes. Así que se han sacrificado muchos chistes para que cada momento tenga su propia personalidad.</p><p>Dippold encuentra parecidos entre cómo se construye un buen golpe en clave de miedo y cómo se levanta uno de humor. En ambos casos, el guion arma un artefacto que estalla en grito o en risa. <strong>Un truco de magia artesano, según su propia descripción</strong>.</p><p>Su equipo ha reescrito mucho, ha dado muchas vueltas a cada escena para que este trabajo de artesanía funcione. Eso le ha dado carácter a la comedia, que a veces queda en segundo plano. La autora explica en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=7U8xsSnRU1s" target="_blank"><em>Ringer Tv</em></a> que le gustan esos toques humorísticos que no detienen la acción, esos que sientes que, si parpadeas, te los has perdido.</p><p>El primer fichaje de la guionista fue el director <strong>Hiro Murai</strong>. El tipo de textura que había impreso en la serie <em>Atlanta</em> era exactamente lo que buscaba para este pueblo imaginario.</p><p>Murai también ha aprendido sobre la marcha el lenguaje de <em>La maldición de Widow's Bay</em>. Pidió a los intérpretes que funcionaran en tono de drama y, sobre lo demás, señala que “estás construyendo el avión mientras vuelas”.</p><p>La británica Kate O'Flynn, Stephen Root, la fascinante Dale Kickey, el tierno Jeff Hiller y la sorprendente K Callan forman parte de un elenco con la gran virtud de que estás deseando volver a ver a cualquiera de ellos por su <strong>carisma y personalidad</strong>.</p><p>Juntos han conseguido el propósito de hacer de la serie ese lugar al que quieres volver. La respuesta ha sido sorprendentemente positiva. En palabras del protagonista, Matthew Rhys: “Ha sido un alivio, la forma más elevada de felicidad”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Jun 2026 04:01:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Piedad Sancristóval]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La maldición de Widow's Bay’, el arte de unir en un único lugar lo encantador y lo terrible]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Series televisión,Películas,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Viva’, una exuberante y anárquica inmersión en todo lo que tiene de contradictorio vivir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/viva-exuberante-anarquica-inmersion-contradictorio-vivir_1_2209891.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b36223b7-875a-499b-89ce-c5567016f525_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Viva’, una exuberante y anárquica inmersión en todo lo que tiene de contradictorio vivir"></p><p>Los millonarios y tecnooligarcas del presente tienen una coartada intelectual para todos sus excesos en lo que el filósofo Nick Land ha denominado<strong> Ilustración Oscura</strong>. Bajo este paraguas se sitúa el empeño compartido de edificar <em>freedom cities</em> (ciudades en medio del mar donde eludir la presión fiscal del Estado), posibilitar el viaje a Marte o, por supuesto, <strong>alcanzar la vida eterna</strong>. Esa es la gran obsesión de, por ejemplo, Peter Thiel, siniestro fundador de PayPal y Palantir. “Cuando muera ha establecido que debe ser criogenizado para señalar que hay una posibilidad abierta para la tecnología del futuro”, detalla Carlos Fernández Liria en su libro <em><strong>Contra la Ilustración Oscura</strong></em>.</p><p>“Es decir, la muerte ya no es encarada como una misteriosa condición existencial, sino como<strong> una deficiencia o una impertinente avería </strong>destinada a ser superada técnicamente”. El pensamiento compartido por el linaje de Thiel, Elon Musk y Silicon Valley apunta por tanto a una fe irredenta en la tecnología como contrapartida al rechazo a condicionantes terrenales, de los cuales creen que podrán distanciarse<strong> gracias al privilegio económico</strong>. Tanto la Tierra como la vida que entendemos —la que posee un inicio y un desenlace— <strong>se le quedan pequeñas a estas élites</strong>, rechazando la existencia de cualquier clase de final y contentándose con, más que una vida, una <em><strong>huida eterna</strong></em>.</p><p>Se trata entonces de alargar la vida sin ningún fin aparente, entendiendo “fin” aquí como desenlace… <strong>y como propósito</strong>. Resurge <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/domingos-adolescente-quiere-monja-marca-panfleto-accidental-iglesia-catolica_1_2084771.html" target="_blank">el nihilismo</a> que pende sobre otros rincones de la sociedad actual, y que buscando todo tipo de relatos acomodaticios se fundamenta en un amplio sentimiento de <strong>futuro cancelado</strong>. El planeta, en efecto, se muere, y eso no es lo peor sino que ni siquiera sabemos <strong>por qué motivo vivir</strong> lo que nos queda hasta que todo se muera. Una estructura de sentimiento que <em><strong>Viva</strong></em><strong> </strong>refleja desde tres ángulos: el paisaje, el trabajo y la experiencia concreta.</p><p>El paisaje: una sequía de signo distópico que asola Barcelona. El trabajo: un ambicioso proyecto científico para alargar<strong> los años de existencia humana</strong>. La experiencia concreta: una doctora que vive en Barcelona, que trabaja en el proyecto susodicho además de ser docente, y que acaba de superar<strong> un cáncer de mama</strong>. Estos tres ángulos confluyen en Nora (<strong>Aina Clotet</strong>) y se caracterizan por su definición negativa: la muerte acecha a todos ellos, determinándolos y amenazándolos. En <strong>la impactante escena inicial</strong> de <em>Viva</em> Nora descubre, para colmo, que puede tener un tumor en el otro pecho. El que le queda tras la mastectomía que debería haberle ayudado a superar el cáncer.</p><p>Así que la pregunta es sencilla a la vez que intimidante: <em><strong>por qué</strong></em><strong> aferrarse a la vida</strong>. Es la pregunta que la Ilustración Oscura no puede responder sin recurrir a <strong>un egoísmo categóricamente fascista</strong>, y la que mueve a Nora a comportarse de un modo tan errático como para <strong>desafiar cualquier empatía </strong>que pudiera inspirarnos su historial clínico. Debido a unas circunstancias que parecen a todas luces agónicas —la sequía como índice de un mundo al borde del colapso donde de poco va a servir <strong>alargar los años humanos</strong>—, y que ahora se ven asaltadas por la inquietud de un final todavía más cercano y directo, Nora siente que lo único que puede hacer es sumergirse en un “feroz <em>carpe diem</em>”. <a href="https://www.vogue.es/articulos/aina-clotet-entrevista-viva" target="_blank">Así lo ha descrito Clotet</a>, que además de su intérprete es<strong> la directora y guionista de </strong><em><strong>Viva</strong></em>.</p><p>Un feroz <em>carpe diem</em>. El propósito de vivir el presente de forma desenfrenada, ante la abismal consciencia de que todo se acaba. Así que Nora <strong>abraza la irresponsabilidad</strong>, le da la espalda a todo lo que no suponga un placer instantáneo, y vagabundea por el desierto barcelonés sin desechar ninguna pulsión, sin meditar nada ni darle media vuelta a quién podría hacer daño con esta conducta. El guion se centra sobre todo en <strong>sus caóticos avatares sentimentales</strong>: en cómo al poco de saber que la muerte no se ha alejado abandona a la pareja que le cuidó durante su convalecencia previa, para arrojarse a los brazos de un escultural bailarín mucho más joven que ella.</p><p>La puesta en escena de Clotet nos propone ajustarnos a la perspectiva de su protagonista y, si es posible,<strong> no juzgarla con dureza</strong>. Aunque, de hacerlo, tampoco perdería la película impacto por ello. La propuesta pasa por verlo todo con sus ojos, lo que implica tanto imaginar el rostro de su nuevo <em>crush</em> repetido entre los alumnos de su clase (en una escena bastante ridícula, todo hay que decirlo), como sentir que<strong> la sequedad de la tierra se coordina con la libido</strong>. Dentro de esta fusión del calor y el frenesí sexual, el deseo irrefrenable, Clotet alcanza momentos realmente valiosos, remitentes al <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/daniel-craig-entrega-forma-suicida-queer-lamento-soledad-luca-guadagnino_1_1922168.html" target="_blank">cine de Luca Guadagnino</a> y a una textura visual propia.</p><p><strong>La cálida fotografía de Nilo Mur</strong> modula el paisaje por el que se mueve Nora de forma claustrofóbica, debido a lo mucho que la protagonista se contagia de él y a cómo<strong> cada mala decisión resuena sobre la piedra y la arena</strong>. Fortalece en varios sentidos la sensación de que <em>Viva</em> sería como <strong>el </strong><em><strong>Sirat</strong></em><strong> barcelonés</strong>, rindiendo incluso <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rave-resistencia-neoliberalismo-oliver-laxe-sacude-cimientos-cine-prodigiosa-sirat_1_2007012.html" target="_blank">mejor que Oliver Laxe</a> cuando toca <strong>problematizar su nihilismo</strong>, y las cuentas pendientes de aquella producción con el conflicto del Sahara occidental aquí se asientan en <strong>la crisis ecológica</strong>. Es decir, en el planeta terminal que viene vehiculando tanto las desmesuras de la Ilustración Oscura como <strong>la desorientación de Nora</strong>. </p><p>Porque, en cierto momento, el periplo de Nora pasa por desperdiciar dramáticamente el agua de la casa que comparte, en<strong> un gesto extremo de negligencia</strong>. Clotet asume que cada persona es un mundo y que cada persona puede hacer tanto daño a otra persona<strong> como al mismo mundo</strong>, sin por ello dejar de cederle margen de equivocación a su antiheroína. De hecho, y aunque la ficción de <em>Viva</em> se aparte de los cauces autobiográficos por los que pasan buena parte de las óperas primas del último cine español —el mayor rasgo en común que tiene Clotet con Nora es que su padre sea efectivamente un médico de enorme reputación en Cataluña, aquí con el rostro de <strong>Guillermo Toledo</strong>—, es significativa <strong>la visceral conexión</strong> que la cineasta persigue con el personaje.</p><p>Secuencias como la del hotel cerca del final, cuando termina de estallar la relación con Tom (Naby Dakhli) ejemplifican una meritoria entrega de Clotet a la protagonista, habiendo depositado en ella dudas existenciales de <strong>lo más interesantes y urgentes</strong>. Pues si bien <em>Viva</em> no es una historia de redención —es más bien una historia de<strong> confusión y vagabundeo</strong>, de ahí que los excesos y arritmias en el desarrollo se antojen inevitables—, la brújula ética que organiza Clotet (y que se comunica con todo lo que la protagonista tiene alrededor) <strong>sí es firme y dialogante</strong>.</p><p>Es, sobre todo, <strong>un ejercicio de libertad reflexiva</strong>, que no queda sino celebrar por muy pasada de vueltas que resulte en algunos compases del vagabundeo (los montajes musicales, <strong>su indefinición tonal de comedia romántica</strong>). Hay que celebrar <em>Viva</em> entonces por la independencia que ha salvaguardado Clotet, dándole un nuevo matiz al cine español que triunfa extramuros —su película ganó un premio revelación en<strong> la Semana de la Crítica del último Festival de Cannes</strong>, reclamando su propio foco junto a Rodrigo Sorogoyen, Almodóvar y los Javis— y un empaque mucho menos encorsetado que el visto <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/no-morire-amor-discreto-drama-domestico-impacto-familiar-alzheimer_1_2188191.html" target="_blank">en otros debuts</a> que hoy día atraviesan laboratorios y residencias.</p><p>Y hay que celebrar <em>Viva</em>, sobre todo, <strong>por venir cargada de presente</strong>. Por una ambición que no teme ahondar en cuestiones filosóficas de plena actualidad, por aceptar que no tiene las respuestas pero sí las preguntas, y por su lúcida asunción de que esto <em><strong>no puede ser todo</strong></em>. De que hay tanto vacío en la muerte singular como en ese nihilismo que llegue a separarnos de los demás según <strong>deseos inmediatos o caducos</strong>. <em>Viva</em>, por los caminos más enrevesados y caóticos, deduce que el sentido de vivir es que el vivir se acaba y que no hay que negarlo, sino asegurarse de que el placer que pueda llegar a proporcionar durante su brevedad tenga <strong>un valor auténtico y trascendente</strong>.</p><p>Nora, en algún que otro momento de su viaje, vislumbrará ese sentido. Comprenderá que no sirve de nada vivir si el motivo se reduce a una angustia egocéntrica, que<strong> no se trata de negar la muerte sino de afirmar la vida</strong>. Con un poco de suerte, dejando atrás a todos <a href="https://www.theguardian.com/us-news/ng-interactive/2025/apr/13/end-times-fascism-far-right-trump-musk" target="_blank">esos fascistas del fin de los tiempos</a>, quizá también lleguemos a comprenderlo junto a ella.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 Jun 2026 04:01:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Spielberg nos recuerda en ‘El día de la revelación’ en qué merece la pena creer en plena era conspiranoica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/spielberg-recuerda-dia-revelacion-merece-pena-creer-plena-conspiranoia_1_2206720.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/788fa9a6-ae1b-4a9c-977d-620b6fe3a79c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Spielberg nos recuerda en ‘El día de la revelación’ en qué merece la pena creer en plena era conspiranoica"></p><p>Con la posible excepción de <em>Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal</em>, todas las historias de Steven Spielberg sobre alienígenas antes de <em>El día de la revelación</em> han sido metáforas. <em>Encuentros en la tercera fase</em> era un <strong>viaje a través del autodescubrimiento artístico</strong> con el que hacía justicia a los inicios de su carrera —cuando a mediados de los 60 había debutado con una película casera de ambición desmedida, <em>Firelight</em>, ya dedicada entonces a la confraternización alienígena—, mientras que E.T. El extraterrestre exorcizaba una infancia traumatizada. Y, por último, <em>La guerra de los mundos</em> acometía una <strong>radiografía del </strong><em><strong>shock</strong></em><strong> estadounidense tras el 11 de septiembre</strong>. </p><p>No es de extrañar que un cineasta tan interesado en los ovnis haya acostumbrado a <strong>utilizarlos como excusa para hablar de otras cosas</strong> porque, en fin, la ufología siempre ha consistido un poco en eso. Desde finales del siglo XIX, antes de que H.G. Wells ideara su visión original de <em>La guerra de los mundos</em> como una crítica al imperialismo británico. Entonces los primeros avistamientos se limitaban a <strong>cuerpos celestes ciertamente reconocibles</strong> <strong>para los estándares culturales</strong> de la época: su diseño solo parecía, entonces, levemente más avanzado que los primeros dirigibles. La imaginación ufológica no se iba muy lejos de lo que hubiera alcanzado la ciencia entonces, en una dinámica que se iría repitiendo a lo largo del siglo posterior. Intensificada, claro, por esos conflictos bélicos donde la carrera tecnológica/armamentística devenía central, propulsada hacia las estrellas.</p><p>Así que no es ninguna casualidad que la II Guerra Mundial y la Guerra Fría enmarquen los puntos cumbre del rastreo de platillos volantes, del incidente de Roswell en 1947 a la obsesión por el Área 51 avivada en 1989 por Bob Lazar. La preocupación por la existencia de los aliens —y, a veces más importante, por lo mucho que las altas esferas están empeñadas en ocultarla— se acelera en <strong>momentos de incertidumbre, momentos donde el presente se tambalea</strong> y precipita la desconfianza hacia los constructos sociales junto al cuño de nuevos relatos que puedan canalizarla. La ufología sirvió muy bien a estos objetivos, hasta que en 2019 pasó algo trágico. El movimiento “<a href="https://www.clarin.com/mundo/-invadamos-area-51-broma-misteriosa-base-podria-terminar-desastre_0_i0ttFDr.html"  >Invadamos el Área 51, no pueden pararnos a todos</a>”, según el cual varios creyentes en los ovnis ocuparían esta instalación gubernamental, fue un sonado fracaso. <strong>Un ridículo mortal</strong>.</p><p>Y entonces vendría la pandemia. Y, en tanto que teoría de la conspiración, la ufología quedaría totalmente desfasada. Perdida en medio de una miríada de <strong>nuevos relatos igual de excéntricos pero mucho más agresivos</strong>, más beligerantes con el presente. Se pasó de los platillos volantes a los chemtrails. La conspiranoia legó nuevos y peligrosos cultos como el Q-Anon o, bajo la urgencia del coronavirus, los dictados antivacunas. De modo que hoy día, a la hora de querer retomar su pasión por los aliens (o por la metáfora de los aliens), Spielberg lo tenía todo en contra. No solo porque la ufología haya perdido aplomo en la tribuna pública, sino porque la conciencia colectiva, mundial, deviene segregada en un <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/bugonia-lanthimos-emma-stone-rien-conspiranoia-eficaz-comedia-macabra_1_2092839.html"  >catálogo inabarcable de sectas y creencias</a> reforzadas. </p><p>¿El día de la revelación? Spielberg se ha empeñado en titular así esta nueva película y su <strong>actitud parece entre arrogante y tristemente ingenua</strong>: en todo caso, el mundo actual solo sería capaz de albergar “un día con revelaciones”. Una pluralidad caótica, por cuanto hoy por hoy no existen garantías de que la humanidad vaya a ponerse de acuerdo en mirar a un mismo sitio. Así que el esfuerzo de Spielberg, con un paisaje así, <strong>no deja de ganar connotaciones</strong>. Puede ser valiente, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/megalomania-megalopolis-bochornosa-genial-inmolacion-director-padrino_1_1875138.html"  >puede ser metamoderno</a> en su vocación de prensar todos los relatos en uno solo. Y también puede ser tremendamente irresponsable desde el punto de vista político. De esto parece haber sido consciente.</p><p>Así que ha tomado precauciones. La principal es que ya no hay metáfora que instrumentalice el contacto con los aliens: <em>El día de la revelación</em> va realmente de un contacto con los aliens y eso es todo: la revelación es tan sencilla como que no estamos solos en el universo y al fin va a hacerse público. Ahora bien, la importancia de esta revelación va más allá de la revelación en sí. <strong>No es contingente ni ocurre en cualquier momento, ocurre ahora</strong>. Cuando más la necesita el mundo, con la mirada perdida en multitud de direcciones que precisan converger. En <em>El día de la revelación</em> es necesario además porque hay un conflicto geopolítico en ciernes. Conscientes de lo peliagudo que es esto, <strong>Spielberg y el guionista David Koepp imaginan un enfrentamiento con Corea del Norte</strong>. Acaso razonan que hoy es el lugar más fácil de mirar, con la imagen más plana y distante.</p><p>Seguimos, en fin, instalados en una subjetividad yanqui, que de forma voluntarista <strong>extrae algunas nociones así como esenciales del atolladero global</strong> de nuestros días (hasta que Donald Trump tenga una nueva ocurrencia). No merece la pena darle muchas vueltas a ello —<em>El día de la revelación</em> pertenece a las mismas coordenadas idealistas/escapistas de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/mision-imposible-sentencia-final-excelente-cierre-mejor-saga-accion-historia-hollywood_1_1999229.html"  ><em>Misión imposible: Sentencia final</em></a>— , aunque sí reparar en otra precaución algo más jugosa: una relectura de la psicosis anti-estatal que siempre había guiado la imaginación ufológica.<strong> “El gobierno nos miente”, y demás</strong>. Con la que está cayendo no es necesario desacreditar más al Estado, así que El día de la revelación nos plantea que el problema no ha sido tanto del gobierno como de una empresa privada que lo secuestró.</p><p>¿Podríamos respirar aliviados, en ese sentido, de que ningún indeseable vaya a apropiarse del trasnochado mesianismo de <em>El día de la revelación</em>? Aun asumiendo que algo así pudiera suceder —que una película tan romántica y llegada de otra época como la de Spielberg hallara encaje fértil en las infinitas paranoias contemporáneas—, pasa que <strong>hablamos sobre todo de una película de autor</strong>, que solo le rinde las cuentas imprescindibles (las ya citadas, básicamente) al presente. El temperamento artístico de Spielberg ha cimentado su película alrededor de la necesidad de creer —se ha abalanzado al “quiero creer” noventero de <em>Expediente X</em>, vaya—, y de una fe primordial que dentro de su cine ha transitado alternativamente de la religión a los extraterrestres.</p><p>Ambos entes resultan ser complementarios en <em>El día de la revelación</em>: posibles remedios contra la enfermedad del último hombre nietzscheano —ese al que, cuando se murió Dios, no se le ocurrió otra cosa que <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/domingos-adolescente-quiere-monja-marca-panfleto-accidental-iglesia-catolica_1_2084771.html"  >volverse nihilista</a>— que en la esfera del presente <strong>se antojan tan problemáticos a efectos políticos como nutritivos a nivel cinematográfico</strong>. La temeridad no solo cobra forma en el rostro de Eve Hewson como una antigua novicia que perdió la vocación y duda si la humanidad necesita saberlo todo —su personaje es el más interesante del film, aunque no el mejor utilizado—, sino que se proyecta un torbellino expresivo que justifica cada halago que haya recibido nunca Spielberg como gloriosa metonimia de todo a lo que puede aspirar Hollywood.</p><p>Lo cierto es que, como narración audiovisual, <em>El día de la revelación</em> es un escándalo. Un <strong>derroche de virtuosismo</strong>, de soluciones audaces de planificación, de atemperamiento de fuerzas emotivas, que confluye admirablemente con la necesidad de la trama por empujarnos hacia el momento decisivo. La impaciencia que sienten <strong>Josh O’Connor </strong>y<strong> Emily Blunt</strong> en sus dos fenomenales composiciones como mensajeros de la verdad contagia cada apartado de la producción, la sumerge en un frenesí apabullante —<em>El día de la revelación</em> es, a grandes rasgos, una persecución de dos horas y media—, que no se libra de trastabillar sin embargo por un guion que podría haber definido mucho mejor algunos de sus rincones, y que a veces sepulta a la película en una ingrata inercia.</p><p>Elementos como los poderes que Blunt recibe como emisaria o la naturaleza de cierto <strong>talismán heredado de los alienígenas</strong> adolecen de falta de reescrituras. Tanto como una transición hacia el tercer acto que aunque sirva de bello homenaje de Spielberg a sus pálpitos infantiles —mezclando <em>Encuentros en la tercera fase</em> con el aliento nostálgico de <em>Los Fabelman</em>— no rectifican la sensación de que <em>El día de la revelación</em> es una narración más guiada por el sentimiento a flor de piel que por la construcción meticulosa. <strong>Lo que tampoco llega a ser muy grave</strong>. Se dignifica por la energía del conjunto, por la visión segura y grandilocuente de quien, habiendo sido el más grande de los narradores, no puede concebir que el ejercicio de narrar se vulgarice. </p><p>Porque es lo que, en sus ángulos más brillantes y conmovedores, proclama <em>El día de la revelación</em>. Que lo grave no es tanto que hayamos dejado de mirar a las estrellas como que hayamos depositado la mirada en otros lugares anecdóticos, <strong>conformándonos con lo fácil y lo cercano mientras el mundo se fragmentaba de forma irreparable</strong>. Tanta preocupación hay por esta tesitura, por un presente que el viejo Spielberg no entiende del todo —y tal vez sea mejor así—, que todo acaba replegándose no tanto sobre la dualidad entre creer y no creer, como sobre la simple voluntad de creer. Pero creer en las cosas que lo merecen. No solo en el cine de Spielberg, sino también en la trascendencia compartida de la humanidad y el universo. Que a veces, de forma milagrosa, parecen lo mismo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Jun 2026 04:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Spielberg nos recuerda en ‘El día de la revelación’ en qué merece la pena creer en plena era conspiranoica]]></media:title>
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      <title><![CDATA[‘He-Man y los Masters del Universo’, firme candidato a peor taquillazo del año]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/he-man-masters-universo-firme-candidato-peor-taquillazo-ano_1_2203271.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/365b2816-07eb-4b47-8984-95224831421c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘He-Man y los Masters del Universo’, firme candidato a peor taquillazo del año"></p><p>El daño que Marvel le ha infligido a la industria del cine es bastante incalculable. Le bastó poco más de una década para ello, entre que <em>Iron Man</em> inaugurara la franquicia en 2008 y <em>Vengadores: Endgame</em> cerrara la Saga del Infinito en 2019. Causa vértigo pensar en todas las carreras de prometedoras estrellas que <strong>quedaron truncadas</strong> (no a nivel económico, claro) por sus disfraces y sus contratos de varias películas. También es desagradable reparar en cómo la obsesión por la serialidad y la dependencia de la propiedad intelectual que marcan hoy el <em>blockbuster </em>vienen de ahí. O resignarse ante la imposibilidad de que el espectáculo apoyado en efectos digitales vuelva a causar un mínimo asombro, tras la <strong>carrera tecnológica emprendida entre los 70 y los 2000</strong>.</p><p><strong>El </strong><em><strong>blockbuster </strong></em><strong>está en crisis</strong> porque ya no emociona, porque ya no es excepcional. ¿Cómo va a hacerlo, cómo podría serlo, si cada <em>blockbuster </em>es la antesala a otro mediando escena poscréditos, y el avance del CGI —la imagen generada por ordenador— está congelado en función a <strong>producciones descuidadas y funcionariales</strong>, donde más que por el sentido de la maravilla se aboga por un sentido del reconocimiento? La fruición por la secuela y la IP —la propiedad intelectual— viene de aquí, del desinterés por el riesgo y el acomodo del público, y por supuesto que hay otros culpables aparte de Disney o Kevin Feige en tanto a director creativo de Marvel Studios. Simplemente es inevitable centrar en ellos gran parte de los lamentos, sobre todo cuando la enfermedad se enquista, y descubrimos nuevas consecuencias de su tóxico imperio.</p><p>Ocurre entonces que <strong>la infección de Marvel Studios llega incluso a ser autoral</strong>. Porque hay algunos cineastas que han militado en sus filas y lo han hecho con una personalidad propia, que al dialogar inmejorablemente con los presupuestos de Marvel posibilitaron una combinación letal. Ahora mismo en Marvel no hay autores —como no contemos la continuada labor de terrorismo audiovisual de Joe y Anthony Russo—, pero hubo un tiempo en que sí hubo algo parecido.</p><p>Joss Whedon, James Gunn, Taika Waititi. Cuando hablamos de plantilla de Marvel también hablamos de sus temperamentos creativos entrelazados. Whedon se traía su whedonismo, la sorna pop tanteada en<em> Buffy cazavampiros </em>que hoy retienen títulos como <em>Proyecto Salvación</em> —una de tantas películas que promueven engañosamente un nuevo horizonte para el <em>blockbuster</em>—, mientras que <strong>Gunn aportaba una introspección psicológica alineada con un creciente estudio del lenguaje del cómic</strong>. Esto último, en el caso de Waititi, quedó reforzado por un estallido de colorines que podía ser muy convincente a la hora de disimular lo esquelética que se iba quedando la plantilla de Marvel. Tanto Gunn como Waititi añadieron, para rematar la jugada, mucho rock viejuno.</p><p>Y amplificaron el daño. Una <strong>reformulación de los atractivos estéticos marvelitas</strong> que ni siquiera tenía que ceñirse al superheroico —aunque Gunn ha preferido quedarse ahí, y quizá por ser el más honesto de los cineastas citados sigue siendo capaz de brindarnos alegrías como su último Superman—, para afianzarse en otros terrenos, otras coordenadas del cine IP que según va alejándose de las viñetas debe tantear otras fuentes. <strong>Videojuegos, juguetes, juegos de mesa…</strong> franquicias multimedia, en fin, que si se arriman lo bastante a este código fuente alcanzarían a disimular que solo son artefactos robóticos sin capacidad real de competir con cualquier cosa que vomite la inteligencia artificial. Es lo que intenta la nueva Masters del Universo. Sin lograrlo.</p><p><em>He-Man y los Masters del Universo</em> es otro caso de cine IP tan definido por sus condiciones corporativas que más que en salas debería proyectarse en una reunión de accionistas o como si fuera un anuncio de televisión de tantos, para vender juguetes en vísperas de Navidad. A primera vista, más que en el amasijo de simulacros narrativos de Marvel nos recordaría a <em>Barbie</em>: <strong>otra</strong> <strong>orgullosa película-anuncio con la que comparte empresa juguetera</strong>, Mattel. Su CEO Ynon Kreiz dijo en el verano de 2023, al poco de que <em>Barbie </em>hubiera empezado a arrasar, que tenían previsto hacer hasta 45 películas más basadas en sus juguetes. Es una amenaza a la que aparentemente le ha costado coger forma, porque en estos tres años solo han podido hacer esta Masters del Universo.</p><p>No se han alejado mucho de <em>Barbie </em>para ello. La intención de hacer otra película en acción real de esta línea de juguetes —luego de un film de serie B de los años 80 con Dolph Lundgren que por supuesto es homenajeado en la obra que nos ocupa— lleva mucho tiempo desfilando por los despachos de Hollywood. <strong>Ha dejado multitud de posibles directores por el camino</strong>, y parece haberse concretado gracias justamente al influjo de la muñeca de Mattel: Greta Gerwig planteó su adaptación como un anuncio que se burlaba de sí mismo y es más o menos lo que hace Masters del Universo. Consciente de la <strong>ridiculez de su universo y sus personajes</strong>, la película nunca se toma en serio para, desde esta distancia segura, perseguir la complicidad del espectador. </p><p>Lo peor no es que sea una estrategia cobarde —y, a estas alturas, más que sobada— sino que no hay más decisiones al margen de esta. Las lecturas más voluntaristas apuntarían al director y guionista contratados para que <em>He-Man y los Masters del Universo</em> reclamara algún tipo de distinción: <strong>dirige Travis Knight y escribe Chris Butler, ambos llegados de un estudio de animación tan prestigioso como Laika</strong>. Sus marcas respectivas pretenden implantar una narrativa concreta: han concebido su adaptación de <em>He-Man y los Masters del Universo</em> como una película de dibujos animados, llena de color y reminiscente a la popular serie de Filmation emitida a principios de los 80.</p><p>¿Es, entonces, <em>He-Man y los Masters del Universo</em> cine de animación camuflado? <strong>¿Una bufonada adorable y festiva, cuyos personajes quisieran parecer dibujitos antes que seres de carne y hueso? </strong>Posiblemente es lo que le gustaría ser y lo que algunas críticas desesperadas le concederían (¿quién podría culparles a estas alturas, por otro lado?), pero va a ser que no. Está dirigida por Travis Knight, sí, pero en este caso su firma aludiría, antes que a la celebración artesanal de Kubo y las dos cuerdas mágicas, al hecho de ser el hijísimo del fundador de Nike y un ejecutivo todoterreno.</p><p>Porque <em>He-Man y los Masters del Universo</em> es otra <strong>emanación de tantas de un sistema en bancarrota</strong>: un producto deshumanizado que se aferra a estrategias de éxito probado para ir encadenándolas todas sin imaginación ni vergüenza alguna. En su propósito de regurgitar cualquier cosa que se mueva ahora mismo en Hollywood el anuncio listillo de <em>Barbie</em> se le queda pequeño, y ha de recurrir a Marvel. <strong>Siguiendo la estela de artefactos previos como </strong><em><strong>Dungeons & Dragons: Honor</strong></em><strong> </strong><em><strong>entre ladrones</strong></em><strong> o </strong><em><strong>Borderlands</strong></em> —con cuya miseria extraordinaria parece querer batirse esta He-Man—, la producción de Mattel vuelve a rebuscar en el legado de Whedon, Waititi y Gunn, a la espera de que el cinismo chatgepetero de la operación se transmute en encanto y jovialidad.</p><p>Así que ahí tenemos a Nicholas Galitzine como el príncipe Adam: <strong>actor penoso</strong> que por supuesto se crecerá en sus flaquezas haciendo de guapo tontorrón que no puede gritar con confianza aquello de “por el poder de Grayskull”. Y a una <strong>Alison Brie que no sabe dónde meterse</strong>. Y a un <strong>Idris Elba que nunca va a cansarse de acumular chatarra en el currículum</strong>. Y también a Jared Leto, este ofreciendo casi lo único de Masters del Universo que no sería completamente deleznable (que ya hay que fastidiarse), gracias a la atolondrada expresividad de su Skeletor. </p><p>Todo este reparto, embutido en <strong>trajes horteras de los que se burlarán los propios personajes</strong>, ha de arrastrarse por una duración que además resulta intolerablemente extensa. Porque la película se ambienta en su mayor parte en Eternia, el planeta donde Adam ha de combatir a Skeletor, pero también hay bastante metraje en nuestro planeta sin apenas justificación argumental: solo sirve para sumar minutos, <strong>meter temas ochenteros</strong> y alumbrar chistes sobre la difícil inserción terráquea de Adam. En este caso para encima exhibir un leve talante anti-woke ironizando con los pronombres de He-Man y la jefa racializada que tiene que aguantar. <strong>Por si fuera poca la infamia</strong>.</p><p>Poco después desfilan los <strong>chistes sobre la masculinidad</strong>, se alivia cualquier gravedad dramática para aceptar el mamarracheo, y la película completa su transformación en un trasnochado híbrido de Gunn y Waititi. <em>Guardianes de la galaxia</em> se da la mano con las películas de <em>Thor</em>, los cromas de colores chillones se alinean con presuntas <em>splash pages</em> de cómic, y todo fructifica en una alegría tan impostada como finalmente temblorosa. La contundencia esporádica de algunos golpes en las peleas no logra disimular que <strong>la planificación es nula, que el guion es terrible</strong>, y que la valía de la firma de Knight y Butler solo es un efecto visual de tantos, tan cutre como cualquier otro.</p><p>La sensación final que depara <em>He-Man y los Masters del Universo</em> es una <strong>mezcla de indignación y hastío</strong>. Y también mucha angustia, angustia lacerante por el hecho de que ya hemos perdido la cuenta de todos los años que llevamos con este <em>blockbuster </em>falso y degradado. Con esta agonía interminable. Esta muerte que no llega.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Jun 2026 04:01:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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