Trump convierte la guerra contra las drogas en un instrumento de política interior y exterior

Trump convierte la guerra contra las drogas en un instrumento de política interior y exterior

Joseph Confavreux (Mediapart)

La acusación a Nicolás Maduro de ser un narcotraficante, o incluso un “narcoterrorista”, es evidentemente un pretexto. Permite afirmar que la captura del presidente venezolano es una operación policial judicial, y no un acto de guerra, y por lo tanto prescindir de la aprobación del Congreso de los Estados Unidos, teóricamente el único que puede autorizar al Ejército estadounidense a invadir un país extranjero.

Pero sigue siendo digna de interés la obsesión de Trump por las drogas y su supuesta guerra contra las drogas reformulada en una doctrina Monroe cada vez más depredadora.

De hecho, el presidente estadounidense no ha dudado en mostrar abiertamente el objetivo petrolero y extractivista de la acción de sus fuerzas armadas, y no ha intentado en absoluto ocultar, como hizo George Bush en Irak, ciertas motivaciones económicas tras consideraciones políticas o democráticas.

Que el autoproclamado sheriff jefe del planeta invoque, no obstante, la lucha contra las drogas para justificar una intervención ilegal no se explica, sin duda, solo por la voluntad de preservar ciertos aspectos de la Constitución o las prerrogativas del poder legislativo en Estados Unidos.

Ciertamente, esas prerrogativas tienen más importancia para él que los principios del derecho internacional, pero no agotan la retórica y la visión de Trump en materia de sustancias psicoactivas.

La obsesión presidencial por las drogas se sitúa, con toda probabilidad, en la convergencia de una estrategia político-electoral basada en realidades sociológicas y una forma de negación vertiginosa que actúa como un espejo revelador.

Por lo tanto, la cuestión aquí no es saber en qué medida Nicolás Maduro, al frente de un régimen corrupto y autoritario, ha podido llegar a acuerdos con algunos de los grupos mafiosos activos en el tráfico de drogas en Venezuela, aunque este país siga siendo marginal en las rutas mundiales de la cocaína.

Tampoco se trata de averiguar si las acusaciones contra Gustavo Petro, presidente de izquierdas de Colombia, descrito por Trump como “un hombre enfermo, al que le gusta producir cocaína”, tienen algún fundamento real. Incluso cuando recordamos que el exguerrillero, que se declaró “dispuesto a volver a las armas”, contemplaba, a principios de 2025, formas de legalizar la cocaína, alegando que esta se consideraba “ilegal porque se fabrica en Latinoamérica, no porque sea peor que el whisky”.

Si el tema es saber de dónde viene el enfoque de Trump en las drogas, desde sus anuncios sobre el aumento de los aranceles con México, pero también con Canadá, justificado por la supuesta laxitud de estos últimos con respecto al tráfico de fentanilo, hasta sus amenazas a los países de América Latina acusados de hacer llegar cocaína a Estados Unidos, pasando por sus intentos de prohibir los grupos mexicanos que cantan corridos, se pueden sugerir dos hipótesis, pero de dimensiones distintas.

Un mensaje electoral basado en una crisis sanitaria real

La primera se refiere a un mensaje político y electoral enviado, a intervalos regulares, por Trump a ciertas poblaciones devastadas en gran medida por el dolor psíquico, físico o económico, que solo las drogas legales o ilegales permiten a veces aliviar rápidamente.

Un estudio publicado en septiembre de 2025 por dos investigadores de la Universidad de Toronto (Canadá) mostró hasta qué punto, allí donde la crisis de los opioides había golpeado, los republicanos habían avanzado masivamente en los espacios recorridos anteriormente por los representantes de Purdue Pharma, la empresa de la familia Sackler responsable de la crisis de los opioides, incluso cuando esas zonas no eran particularmente pobres ni estaban específicamente afectadas por el tráfico de drogas.

Cuando las drogas ilegales, como la heroína y, sobre todo, el fentanilo, tomaron el relevo de los analgésicos adictivos y legales después de que se hiciera más difícil renovar la receta de OxyContin (el analgésico estrella de la familia Sackler), los republicanos, impulsados por unos medios de comunicación reaccionarios que insistían constantemente en la inseguridad y el tráfico de drogas, siguieron sacando partido político de la crisis de los opioides.

Los efectos políticos de esta crisis sanitaria, que afectó principalmente a las poblaciones blancas y de bajo nivel educativo (de las que procede el vicepresidente americano J. D. Vance, que las elogia en su autobiografía Hillbilly Elegy, marcada por la adicción a las drogas de su madre), fueron tan masivos como subestimados. Se describen con detalle en la impresionante obra de Angus Deaton, premio Nobel de Economía, y de la investigadora Anne Case, Morts de désespoir. L’avenir du capitalisme (Muertos de desesperación. El futuro del capitalismo, edit. PUF, 2021).

Con cifras como los 158.000 estadounidenses que murieron en 2017 por suicidio, sobredosis o cirrosis alcohólica, o las de las más de 700.000 personas que murieron por sobredosis relacionada con la adicción a esos medicamentos derivados del opio entre 2016 y 2026, esta catástrofe sanitaria dice más sobre el sistema sanitario estadounidense que sobre el tráfico de fentanilo desde la frontera mexicana o la introducción en las ciudades estadounidenses de cocaína producida en Perú, Colombia o Bolivia.

Este sistema sanitario absorbe ahora más del 18 % del PIB del país, mientras que en 1960 solo representaba el 5 %, lo que supone un coste de casi 11.000 dólares al año por habitante. Lo paradójico es que Estados Unidos gasta más en atención sanitaria que cualquier otra nación, cuenta con algunos de los mejores hospitales y médicos del mundo, pero la esperanza de vida al nacer lleva varios años disminuyendo y sectores cada vez más amplios de la población ya no pueden esperar recibir una atención adecuada.

Es fácil imaginar por tanto que la precariedad médica y la angustia por la salud que afecta a gran parte de la población estadounidense pueda encontrar una válvula de escape en la idea simplista, en la que Trump insiste, de que bastaría con atacar a unos cuantos narcotraficantes, reales o imaginarios, para resolver una grave crisis sanitaria cuyas implicaciones políticas siguen sin tenerse suficientemente en cuenta.

Pero es lógico que el actual inquilino de la Casa Blanca, sobre todo ante la proximidad de unas peligrosas elecciones parlamentarias de medio mandato, cuando su popularidad está en caída libre y no ha logrado actuar sobre el coste de la vida, active un pseudo solucionismo militarizado ante la dolorosa dependencia de toda una parte de su electorado de las sustancias psicoactivas y la desesperación de cientos de miles de familias ante la toxicomanía de sus seres queridos.

Donald Trump, catalizador de un mundo invivible

La segunda hipótesis de esta obsesión trumpista por las drogas es la consecuencia de esa dimensión político-electoral anclada en un desastre sanitario y social muy concreto, pero que funciona más en el ámbito de la negación y la imaginación.

Ante un mundo cada vez más insostenible desde el punto de vista económico, político, psíquico o ecológico, es bastante lógico que el consumo de drogas esté en pleno auge.

Y no deja de ser interesante señalar que, entre las sustancias que experimentan un mayor crecimiento, se encuentra la cocaína, una droga de rendimiento cuyo supuesto carácter “festivo” se ve cada vez más superado por un uso profesional ya muy extendido.

Contrariamente a lo que afirmaba recientemente Emmanuel Macron, no son solo “los burgueses de los centros urbanos los que financian a los narcotraficantes”, sino toda la sociedad, desde “la enfermera que cambia el catéter de tu abuelo” hasta “el personal extra que servirá en la boda del próximo sábado”, pasando por “ese notario al que esperas no tener que volver nunca más”, en palabras del periodista y escritor Roberto Saviano. En su libro-investigación titulado Extra pura. Viaje por la economía de la cocaína (edit. Gallimard, 2014), el italiano considera que ese polvo se ha convertido en el “petróleo blanco” de nuestro mundo capitalista.

Entre las drogas contemporáneas cuyo consumo está experimentando un importante aumento, también se encuentra, en el otro extremo del espectro, la ketamina, originalmente un anestésico para caballos, que promete a sus consumidores una burbuja nebulosa y absorbente, capaz de hacerles olvidar la violencia del mundo, al igual que la heroína en su momento, que está experimentando un importante resurgimiento.

Las dos drogas que están de moda hoy en día no son incompatibles, ya que la mezcla que está en boga en este momento se conoce como “Calvin Klein”, nombre en clave de una mezcla de cocaína y ketamina que se supone que combina los efectos, en principio opuestos, de ambas sustancias, como lo fue el speedball (mezcla de heroína y cocaína) en su momento.

Se podría hablar largo y tendido sobre la popularidad de tal o cual tipo de droga según la época y lo que puede expresar, juzgando, por ejemplo, que estos violentos estimulantes o anestésicos se corresponden adecuadamente con nuestro momento de capitalismo desenfrenado y sin salida gobernado desde la Casa Blanca. Sin duda, más que el LSD o los alucinógenos de los años 70, cuando la búsqueda de otros mundos posibles animaba incluso a los futuros amos de Silicon Valley.

Pero lo importante aquí es, en primer lugar, saber qué hacer con esta realidad esquizofrénica en la que Donald Trump es uno de los principales catalizadores de este mundo invivible —y, por lo tanto, lógicamente adicto a las sustancias que le permiten escapar o sobrevivir— y al mismo tiempo un declarado partidario de la prohibición de las drogas (a pesar de que él mismo está rodeado de personajes abiertamente dependientes de ciertas drogas, como Elon Musk con la ketamina).

Los EEUU de Trump se acomodan a un consumo exponencial de drogas porque ninguna sociedad puede soportar una extensión perpetua del ámbito de la violencia sin un recurso masivo a los psicotrópicos

Una pista para resolver esta paradoja puede encontrarse en una obra publicada en 2015 en Alemania, L’Extase totale. Le IIIe Reich, les Allemands et la drogue (El éxtasis total. El III Reich, los alemanes y las drogas, edit. La Découverte), del documentalista Norman Ohler. La obra muestra cómo “los nazis se dieron aires moralistas llevando a cabo con gran pompa una política antidroga tan drástica como punitiva, con fundamentos ideológicos”.

Pero, en realidad, por resumir muy brevemente la obra, esa política antidroga no era más que una máscara que ocultaba un consumo exponencial de diversas sustancias, que se extendía de arriba abajo en una sociedad sumida en una espiral de violencia y brutalidad, desde los chocolates con anfetaminas que se regalaban en Navidad hasta los 35 millones de dosis de pervitina (nombre histórico de la metanfetamina, ndt) que encargó la Wehrmacht al comienzo de la Segunda Guerra Mundial para llevar a cabo la Blitzkrieg, cuyo propio nombre recuerda que se llevó a cabo en gran parte bajo los efectos de esa droga.

Ahora las sustancias ya no son las mismas y la Casa Blanca no organiza la libre circulación de sustancias psicoactivas destinadas a mantener la moral de su población, aunque los exorbitantes beneficios de las farmacéuticas estadounidenses se deben en parte a su estrecha relación con Washington.

Pero el poder trumpista parece buscar hoy, por todos los medios, un nuevo “éxtasis total” concebido en forma de lluvia de dólares e imágenes cada vez más espectaculares, si pensamos, en particular, en el alucinante comentario de Trump en Fox News justo después de la operación militar en Venezuela: “Lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa de televisión”.

Así pues, está claro que, detrás de la supuesta lucha contra el fantasma del narcoterrorismo, los Estados Unidos de Trump se acomodan a un consumo exponencial de drogas porque ninguna sociedad puede soportar una estrategia de choque y una extensión perpetua del ámbito de la violencia —cuando es sufrida en primer lugar, pero también cuando es impuesta— sin un recurso masivo a los psicotrópicos.

Sobre todo porque, como escribió recientemente Mediapart, el poder mundial de la extrema derecha se basa en un “negacionismo generalizado” que no puede sino fomentar el recurso a sustancias que permiten, al menos momentáneamente, escapar de la realidad: “La extrema derecha no avanza gracias a un programa basado en soluciones a los problemas actuales. Avanza gracias a la voluntad de defender, contra viento y marea, un modo de vida amenazado. Pero este modo de vida no está amenazado porque esté asediado por enemigos imaginarios. Está amenazado porque es insostenible, tanto económica como social y ecológicamente. Es un modo de vida destructivo tanto para el ser humano como para los ecosistemas. Sin embargo, la extrema derecha no ofrece otra respuesta que negar esa destrucción.”

La supuesta guerra de Trump contra el “narcoterrorismo” combina así dos guerras que han fracasado durante décadas: la interna, “contra las drogas”, que ha diezmado o encarcelado a una gran parte de la población pobre y negra de Estados Unidos, y la guerra exterior “contra el terrorismo”, que no ha eliminado los atentados y mucho menos las raíces del mal terrorista.

Más bien revela, como un espejo, una faceta cada vez más visible del poder trumpista, a saber, un uso ilimitado de la fuerza que busca, sin importar el precio en sangre, el enriquecimiento del clan, reconociendo como única brújula la lealtad ciega o la sumisión completa.

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En resumen, una lógica similar a la de un cártel de la droga latinoamericano, aunque, en este caso, la materia prima que se codicia no es el “petróleo blanco", sino el “oro negro”.

 

Traducción de Miguel López

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