‘El agente secreto’, atípico thriller sobre los confusos recovecos de la memoria histórica
“Hay un problema con esta película: le falta un momento What The Fuck”, decía la ejecutiva de Netflix. “What The Fuck?!”, gritaba un frustrado Nanni Moretti, poco después de la reunión, en una memorable escena de El sol del futuro (2023). Todo había sido planteado evidentemente como una parodia de las exigencias que el gigante de streaming suele imponer a los cineastas con los que trabaja, y son exigencias bien documentadas: hace poco Matt Damon explicaba con tranquilidad cómo Netflix obligaba a meter escenas de acción en determinados puntos y que el guion recontextualizara la trama a cada tanto, asumiendo que el espectador iba a estar mirando el móvil.
Es posible, sin embargo, proyectar el chiste de Moretti más allá del caso específico de la plataforma. Pensar en ese “momento WTF” como una obligación contractual, más o menos tácita, si se quiere hacer cine en nuestros días y prosperar. El momento WTF parece una estrategia útil en un escenario con tantísimas opciones de consumo audiovisual y, sobre todo, tanta congestión de estímulos ahí fuera (sociales, geopolíticos) como para que sea necesario llamar violentamente la atención del espectador. Al shock se puede responder con shock, y así destacar. No solo dentro de un catálogo de streaming, sino también en una carrera de premios o en un festival europeo. Es lo que ha hecho Sirat de Oliver Laxe. El shock es el motivo de que haya llegado donde ha llegado.
¿Qué es el shock, en resumen? Suspensión de entendimiento. Extrañeza, la total y paralizante rendición ante algo tan fuerte, caótico y ejem, ¿random?, que congela la razón, y que Naomi Klein diagnosticó sabiamente como una de las grandes estrategias del capitalismo para medrar en escenarios catastróficos. Pese a eso, dentro del cine no tiene por qué ser una estrategia ilegítima. Como decimos, hoy día es básicamente coyuntural. Vivimos en un mundo WTF, así que nos apelan momentos WTF. Lo que distinguiría a Kleber Mendonça Filho de una figura como Laxe es que él fue crítico de cine antes que director —de forma que podría armar todo un aparato teórico durante los segundos en que nos quedamos sin habla—, y que es alguien bastante más politizado.
Filho no ha utilizado el shock para alejarse de la turbulenta realidad de su país, sino para generar un escurridizo extrañamiento que ilumine desde rincones alternativos. Al poco de que Bolsonaro empezara a gobernar Brasil en 2019 él se consagraba a nivel internacional con Bacurau: un western que decía ser distópico para ocultarse geográfica e históricamente, y donde sin embargo no dejábamos de observar a élites políticas vendiendo sus lugareños a intereses extranjeros. Filho es consciente, pues, de cómo se ha cifrado siempre el poder y no tiene por qué subrayar nombres propios ni perseguir un realismo expositivo. Quiere utilizar el cine de otra forma, dar un rodeo.
Combatiendo el shock con el shock, quizá. Y de nuevo, es una estrategia totalmente legítima que, al envolver a su siguiente película tras Bacurau, acoge una capa extra de significado. Pues El agente secreto, nominada al Oscar a Mejor película, se pregunta qué es lo que posibilita ese mismo shock, construye una crítica al momento WTF a través del propio cine. No le queda otra para eso que descolocar severamente al espectador, ya desde el título. El personaje de Wagner Moura no es ningún “agente secreto”. Pero la clase de valentía que le empuja, toda vez que los métodos que emplea para perseguir sus objetivos, le emparentarían con esta figura seductora.
Así es como podría verle un hijo entusiasmado con las películas que Hollywood está exportando a mediados de los años 70 a Brasil, en plena dictadura militar. Así es como podría verle, desde una meridiana vocación escapista, un film más convencional que El agente secreto: uno que celebrara el heroísmo de aquellos activistas e intelectuales que quisieron rebelarse contra la barbarie. Pero no es eso lo que busca Filho exactamente. Sin duda quiere articular un discurso acerca de los abusos sufridos entonces en Brasil, pero en dicho discurso se confunden las energías que pueden convertirlo todo en espectáculo consumible —la tradición hollywoodiense— con las emitidas entonces desde el propio gobierno fascista. El estado policial/corporativo engañando a la ciudadanía.
¿Cómo? Con maniobras de distracción. Producción de shock. Que es la que trata El agente secreto desde su guion para cartografiar los avances de Moura —cuya motivación no conoceremos hasta llegado el ecuador del film—, y dedicando buena parte de su extenso metraje al empeño del poder por ocultar sus crímenes entre carnavales y marquesinas. Un andamiaje ciertamente complejo —mucho más que Bacurau, que al fin y al cabo dentro de toda su abstracción podía rendir como ejercicio de género— al que cabe afearle la contradicción o, mejor dicho, la comodidad que halla entre las recompensas inevitables del momento WTF. Cuando, ante la sorpresa y la complicidad calculada, las ocurrencias quieren parecer más inteligentes de lo que son.
Los altibajos del recuerdo
Si El agente secreto busca desentrañar la verdad entre las cortinas de humo del sistema, ¿cómo hemos de tomarnos la mitomanía hacia los EEUU setenteros que marca la mirada de Filho? Sin duda como una concesión lúdica a su propia cinefilia, tamizada por el exquisito tratamiento fotográfico y un genial Moura que se mira en el reflejo del Al Pacino de Serpico. Pero también nos lo podemos tomar como una frivolidad, un deseo de “dar que hablar” en medio del ruido omnipresente que conduciría a ese fetichismo por el Tiburón de Steven Spielberg: problemático crisol de metáforas en El agente secreto que termina embarullando el rigor intelectual de la obra.
El agente secreto es, en resumen, una película frustrante. Una película a la que se le divisan las preocupaciones —y son todas ellas encomiables— poco antes de perderse en la arbitrariedad. Y esta tiene, evidentemente, su sentido interno —El agente secreto es una de esas películas, tan ingratas de abordar, que se hacen la crítica a sí mismas—, pero se antoja tan copiosa como para renunciar a cualquier organicidad, cualquier pretensión de que haya una ficción auténticamente significativa por debajo de esas capas cuyo carácter engañoso obsesiona tanto a Filho.
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Tanta confusión recaba para sí —con sus elipsis, dilataciones y anticlímax— que no es de extrañar que El agente secreto al final se sienta obligada a asegurarse de que su tesis queda clara. Casi como pensando en las escuelas donde se recomendará su visionado para no repetir la historia y tal, en sus últimos minutos Filho recurre a una comunicación franca y aplanada que es la que se puede entender mejor… dentro de un prisma hollywoodiense. Conectando así tanto con el frágil llamamiento a revoluciones futuras de Una batalla tras otra como con la encorsetada visión de la memoria histórica que realizaba aquel otro film brasileño que también gustó mucho en los Oscar.
A Aún estoy aquí de Walter Salles le pasaba algo similar el año pasado a El agente secreto, siendo este un film mucho más simplón y transparente. Y es que se hallaba más cómodo cuanto más iconografía absorbía de la época rememorada —frente a los modismos Nuevo Hollywood de Filho, Salles proponía una fiesta de la radiofórmula brasileña—, y menos cuando había que preocuparse de cómo encajar todos esos recuerdos en el presente inmediato.
Aún estoy aquí era lineal por fuerza, por plantearse desde un recuerdo que se preciaba completo y ejemplarizante. El agente secreto lo acaba siendo también porque, aun siendo consciente de que la memoria es perfectible —y siempre nos acechará pidiendo cuentas—, no tiene otra forma de responder a ella. El shock, finalmente y aun cuando lo haya querido enfrentar con sus propias armas, lo ha dejado paralizado. What The Fuck.