Calla, que soy tu DAO María José Landaburu
Quizás lo relevante de la convocatoria de Gabriel Rufián y Emilio Delgado este miércoles en Madrid no estuviera en el escenario sino abajo, entre las casi quinientas personas que abarrotaban la sala Galileo, un templo de la noche madrileña que a los más devotos nos trae a la memoria actuaciones irrepetibles –efímeras, como ahora se estila– de Javier Krahe, de Joaquín Sabina, de Pedro Guerra, de Rozalén… de un montón de gente con mensajes cargados de inteligencia y de compromiso. Lo que Rufián y Delgado pretendían divulgar era ya más o menos sabido, aunque Rufián lo resumiera a la manera directa y eficaz que tanto domina: "Ciencia, método y orden" (ver aquí). Lo que sus oyentes emitían era sobre todo la necesidad de escuchar propuestas en lugar de reproches, soluciones en lugar de problemas, motivos para la esperanza y no regodeos en la melancolía. De algún modo, ese acto venía a ser el prólogo del que este sábado está convocado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid por la izquierda a la izquierda del PSOE (a excepción de Podemos). Sin rodeos, se trata de recuperar ese orgullo de ser izquierda que viene siendo diezmado (aquí y en todo occidente) por el ataque bestial desde las derechas, desde los poderes que mandan en el capitalismo tecnológico, desde ámbitos equidistantes siempre dispuestos a cruzar el río cuando cambia el viento y –también– desde las propias filas progresistas, donde asoman sinvergüenzas que meten la mano en la caja o entre las faldas de subordinadas sin su consentimiento.
La 'ciencia' de Rufián no es exacta. Nadie cree factible (no hay más que ver las reacciones inmediatas) una alianza electoral entre las izquierdas estatales y las nacionalistas. Un ejemplo meridiano: es impensable que ERC renuncie a presentarse en Barcelona en favor de los Comuns. Ni siquiera creo que Rufián lo crea. Más bien se trata de mover el eje de reflexión desde la alianza de investidura del actual Gobierno de coalición, en la que participan partidos de todo el abanico progresista pero también formaciones nacionalistas conservadoras (PNV y Junts), hacia otro esquema en el que prime la complicidad antifascista de todo tipo de formaciones progresistas de ámbito estatal, autonómico y hasta independentistas. Se le reprocha a Rufián que haya pasado de escribir aquel tuit de “las 30 monedas” dirigido a Puigdemont en el fragor de octubre de 2017 a protagonizar una propuesta política que asume la realidad de un Estado (plurinacional, pero Estado, que se llama España) que necesita abordar un pulso entre demócratas y no demócratas. Poco se valora el hecho de que la política del Gobierno de Pedro Sánchez sobre Cataluña tenga, entre otros muchos efectos ansiolíticos, este tan diáfano: independentistas radicales colocan hoy como prioridad blindar la democracia antes que su ruta separatista.
Sobre ese ejercicio ‘científico’ que plantea Rufián, disponemos en la hemeroteca de infoLibre de unos cuantos textos que explican las distorsiones provocadas por una ley electoral injusta, pensada en su día para favorecer el bipartidismo y para obstaculizar mayorías de izquierda (ver aquí, aquí, aquí o aquí, entre otros). Y también propuestas concretas para resolver esa anomalía democrática sin tener que hacer reformas constitucionales imposibles (aquí un artículo firmado por Cristina Monge, nuestro añorado Jaime Miquel y otros nombres de prestigio en el ámbito sociológico, politológico y de evaluación de políticas públicas). Resumiendo: ojalá en algún momento exista la valentía de reformar con 176 votos en el Congreso ese reparto provincial de escaños que no refleja en absoluto la realidad territorial y demográfica de España.
Bienvenidas las convocatorias de estos días como llamadas a la movilización y a la esperanza, que habrá que llenar de contenido y, en el momento adecuado, de liderazgos creíbles, honestos, sólidos, capaces de abanderar el grito silencioso de millones de personas que, según las encuestas fiables, se sienten desencantadas pero no vencidas
La relación entre el llamamiento a la unidad de la izquierda y el reparto injusto de escaños es cierta aunque relativa. Pueden darse casos de circunscripciones donde resulte más importante movilizar hasta el último voto aunque sea con candidaturas distintas que acudir con una lista única que puede espantar a un porcentaje no desdeñable de votos del mismo ámbito. Pero es evidente, casi 'científica', la lista de provincias donde una división de las opciones progresistas 'regalará' escaños a la extrema derecha, por la combinación perversa para la proporcionalidad que supone la LOREG y el reparto de restos que establece la ley D´Hont.
Sin embargo, todo esto, con ser importante, no es –a mi juicio– lo más importante. Porque, se quiera o no, el mensaje emitido desde la sala Galileo suena a la defensiva: todos contra el fascio. Y sí, conviene hacer un constante llamamiento incluso superador de las siglas de la izquierda o de la derecha. Todo demócrata que se precie debe asumir la responsabilidad de evitar que lleguen al Gobierno opciones que pretenden –sin disimulo– destrozar el sistema democrático desde dentro, ilegalizando opciones políticas, eliminando derechos conquistados sobre igualdad, dignidad laboral, protección contra la violencia de género, lucha contra el cambio climático… Un programa reaccionario que, como apunta Unai Sordo en TintaLibre de febrero (ver aquí), surge precisamente como reacción a los avances progresistas, y no por el supuesto fracaso de gobiernos de izquierdas, como hacen creer con su poderío mediático y su eficacia en el uso para el mal de las redes sociales y las plataformas digitales.
Lo importante, diría que lo imprescindible para las izquierdas, es mirar por encima del muro de las siguientes citas electorales y atender a lo que la ciudadanía mayoritariamente reclama: soluciones a la especulación con la vivienda, al crecimiento inasumible del coste de la vida, a la ausencia de horizontes en los jóvenes más formados de nuestra historia… a la DESIGUALDAD, en definitiva. Ahí radica la causa de casi todos los males que afectan no sólo a las minorías más vulnerables, sino a las clases medias trabajadoras que siempre han sido la base que aporta solidez y estabilidad a la democracia. Las mejoras salariales decididas desde gobiernos progresistas van siendo carcomidas por las escandalosas subidas de los alquileres y otras necesidades perentorias. Toda una charca de motivos de indignación en la que chapotean entusiasmados los artistas de la brocha gorda, abascales, alvises, Milei, Trump y compañía.
No hace falta mucha insistencia para que la ciudadanía mínimamente informada ponga en valor simplemente las virtudes democráticas frente a la sinrazón, la hipocresía y la ausencia de soluciones. Sólo en esta última semana hemos visto cómo las derechas –de la mano de lo más rancio de las patronales– se oponen a elevar el salario mínimo a 1.221 euros; cómo se permiten exigir dimisiones y lanzar calumnias contra el Gobierno por casos de agresiones sexuales que inmediatamente se responden con medidas tajantes mientras Feijóo y Ayuso se dedican a ignorar los escándalos en sus propias filas y arropan o consienten presiones directas sobre las víctimas para impedir que denuncien; cómo rozan el ridículo en su disposición sumisa a acatar condiciones facciosas de Vox para llegar a acuerdos autonómicos de gobierno, donde sea y como sea.
Las izquierdas compiten con una mano atada a la espalda: por las exigencias éticas de su propio electorado y por su incapacidad para trasladar datos y argumentos en un ecosistema informativo copado por los poderes emisores de desinformación pura y dura. Y esta es una clave imprescindible para entender lo que está ocurriendo en España y en el mundo. La única opción descartable es la paralización, la melancolía o la resignación. Ya hemos defendido en esta página la resistencia activa (ver aquí) desde una óptica esencialmente democrática, que debería trascender a izquierdas y derechas (sin caer en la trampa de pensar que no existen) y a siglas cuyos programas y líderes de verdad entiendan la prioridad de salvar la democracia a base de solucionar problemas frente a cualquier movimiento neofascista (llámenlo como quieran) dedicado a crearlos o a plantear soluciones inviables. Así que bienvenidas las convocatorias de estos días como llamadas a la movilización y a la esperanza, que habrá que llenar de contenido y, en el momento adecuado, de liderazgos creíbles, honestos, sólidos, capaces de abanderar el grito silencioso de millones de personas que, según las encuestas fiables, se sienten desencantadas pero no vencidas.
Se necesitan más Galileos, más Círculos de Bellas Artes, más Ateneos, más ciencia y más Mamdanis. Absténganse los empeñados en aferrarse a sillones tan cómodos como sectarios. Quizás un viento de esperanza renovada se los lleve por delante.
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