¿Cómo debería responder la UE ante la amenaza sobre Groenlandia? Ruth Ferrero-Turrión
Este último sábado se reunieron en el Palacio de Vistalegre de Madrid más de 6.000 jóvenes convocados por un laboratorio de ideas (que ya es mucho decir) denominado El Despertar. El público aplaudió a rabiar las intervenciones de algunos nombres exitosos en redes sociales por sus proclamas antiprogres, antiwoke, antisanchistas… anti un montón de cosas, porque todo lo anti supone rebelión contra el poder establecido. De modo que ahora lo “conservador” es precisamente el progresismo, la defensa de los valores democráticos, los derechos humanos o el Estado del bienestar. Lo rebelde es ser de derechas, y lo revolucionario es ser aún más de derechas, hasta simpatizar con el trumpismo y no hacerle ascos sino elogios (más o menos graciosos) al fascismo. Uno de los monólogos más aplaudidos fue el del economista youtuber sevillano Antonini de Jiménez: “España necesita más Mercadonas y menos inspectores de Hacienda. Los santos del siglo XXI serán empresarios o no serán” (ver aquí). Ovación al canto. Y en este punto es en el que uno no puede evitar saltar del sillón y lanzarse al portátil (más o menos cabreado).
Porque quizás va siendo hora de que todo el mundo se retrate, en lugar de asumir sin inmutarnos populismos de tres al cuarto y engaños masivos –presenciales o a través de redes en las que más del 70% de usuarios hace clic sin leer nada más que un titular en muchísimas ocasiones falso–. Y así se van excitando los instintos más agresivos, las emociones más primarias y los odios más personalizados. Hasta que vale todo, y gente que presume de ser outsiders de un sistema adormilado lanza falsedades una tras otra, que van calando hasta conformar un sentimiento de orgullo antipolítico y patriotero, trufado de un halo de religiosidad que permite justificar a sus feligreses todo el resto del vomitivo pack.
Ya que se reúnen intelectuales de la talla (es un decir) de Juan Manuel de Prada, Juan Soto Ivars, Ana Iris Simón, Jano García, René ZZ o el ilustre economista Antonini de Jiménez, cabría lanzarles una pregunta sencilla: ¿no deberíamos exigir a esos supuestos santos del siglo XXI ser demócratas? ¿O eso es lo de menos? Porque lo que vamos comprobando –una vez más– es que son precisamente los tecnomillonarios de Silicon Valley los que han alentado y sostienen la expansión del trumpismo, el patadón al derecho internacional, el golpe de Estado como palanca para robar los recursos de otra nación o el chantaje como fórmula de relación con socios comerciales, militares o diplomáticos. Como también hemos comprobado la patética sumisión al emperador Trump practicada por los grandes empresarios del petróleo, con medalla de oro para el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz (ver aquí).
Para mí fue inevitable, ante la escena de los petroleros en La Casa Blanca, recordar el librito de Éric Vuillard El orden del día, que relata una reunión celebrada en 1933 entre los principales industriales alemanes de la época con prebostes del régimen hitleriano para acordar voluminosas donaciones al nazismo. Si a esta lectura se suma la de Síndrome 1933, de Siegmund Ginzberg, se entenderá perfectamente que sobran los motivos para alarmarnos ante las similitudes entre lo que ocurrió y lo que nos pasa, con la preocupante diferencia de una revolución tecnológica que facilita la multiplicación y eficacia de la propaganda y el engaño masivo a una velocidad de vértigo.
Pero un elemento común, colaborador necesario para que vuelva a triunfar el fascismo (llámenlo autoritarismo o neofascismo, no discutiré por eso) es el comportamiento del mundo de las grandes empresas, en este siglo ya globales. Y en cada país esos santos del siglo XXI que vienen ofreciendo signos de inclinarse más hacia quienes mejor ejecutan sus crematísticos deseos. Que son, por supuesto, los partidarios de eliminar reglas, regulaciones, normas, impuestos, etc. Pista al artista del enriquecimiento especulativo. Les estorba cualquier tipo de condición a la hora de competir en el (presunto) libre mercado, eje de toda democracia liberal, el que ellos mismos burlan con oligopolios y monopolios consentidos y bien alimentados desde gobiernos neoliberales a base de la extracción de recursos públicos y el desmantelamiento de cualquier cosa parecida a un Estado del bienestar.
Llegados a este punto de la argumentación aparece siempre un vocero del ideario que trufa el refranero con El Despertar: “Hombre, no seas ingenuo, el dinero va a lo suyo, de toda la vida de dios”. Pues como va a lo suyo, imbécil, vamos los demás a lo nuestro, lo de todos, lo común, lo que nos salva de una pandemia o de un crack provocado precisamente por los más célebres santos del siglo XXI, a los que cada cierto tiempo se les va la mano y crean burbujas que explotan para llevarnos por delante a los demás. Ir a lo nuestro significa actuar con la fortaleza de la democracia para poner freno a los antidemócratas. Así de claro.
Comparto con mi colega Andrea Rizzi su reciente llamamiento: “Ha llegado la hora de la resistencia antifascista” (ver aquí). Una resistencia que a mi juicio hay que traducir en acción, en pasos y medidas concretas, en una valiente reacción a la reacción, de forma que señalemos, avergoncemos y exijamos responsabilidades a quienes se han pasado al bando antidemocrático, sí, a ese que ya costó dos guerras mundiales y, según algún historiador (conservador, por cierto) nos encamina hacia la tercera (ver aquí). A quienes se aprovechan de las reglas democráticas para proclamar que vivimos en una dictadura; a quienes presumen de patriotas y eluden sus impuestos mientras no se cansan de recibir adjudicaciones públicas para engrasar su negocio particular o global; a quienes niegan el cambio climático mientras pretenden quedarse con Groenlandia para explotar sus recursos ante un deshielo que no se produce por esporas, sino precisamente por el cambio climático; a quienes desprecian y combaten el feminismo (la mayor y más justa revolución –inacabada– del siglo XX) y boicotean la lucha contra la violencia machista.
Tenemos herramientas y es hora de utilizarlas sin miedo. Mejor a escala europea, pero en todo caso cada cual debe asumir el papel que le toca y actuar, porque cada gesto en nuestros entornos y cada decreto de quien gobierna servirá como mínimo para avergonzar la inacción del resto y tirar de los demás en una dirección justa y conveniente. Pongo solo un par de ejemplos: 1) Si una empresa está financiando a grupos políticos o laboratorios de ideas antidemocráticos o a medios informativos que expanden bulos o que han sido reiteradamente condenados por difundir falsedades, esa empresa no debe recibir una sola adjudicación pública (ni ella ni sus filiales actuales o futuras). 2) Hay que avanzar de forma decidida en la regulación de las plataformas digitales, a las que se puede y se debe exigir el cumplimiento de las normas vigentes contra la desinformación, bajo sanciones que sean realmente disuasorias. Brasil y Australia han aplicado ya medidas eficaces en esa línea, y hace solo unos días, X tuvo que recular en su insultante decisión de seguir permitiendo montajes sexuales mediante IA si se hacían desde cuentas Premium (ver aquí).
Sin la fábrica de desinformación que Roger Ailes inventó en Fox News, probablemente no habría triunfado el trumpismo. Revisen la fotografía de la toma de posesión de Trump. ¿Quiénes ocupaban el lugar privilegiado, justo detrás de la numerosa familia del ínclito presidente? Pues los tecnomillonarios de Silicon Valley que multiplican sus fortunas con el negocio de expandir bulos y engordar todo movimiento que debilite a gobiernos progresistas o simplemente demócratas que osen poner freno a su inmenso poder. Veremos en las elecciones de medio mandato si ya tiene algún efecto en el electorado el hecho incontestable de que Trump se dedica a militarizar las grandes ciudades, a reprimir cualquier protesta, a perseguir a sus críticos y a incendiar el tablero político mundial, con intereses más crematísticos que geopolíticos y, de paso, desviando la atención de sus fracasos internos.
Es hora de resistir actuando. Cada cual en su ámbito. Sin miedos, con claridad y plantando cara a esos ‘despertares’ de personajes que se divierten mucho burlándose de lo ‘progre’
Es hora de resistir actuando. Cada cual en su ámbito. Sin miedos, con claridad y plantando cara a esos despertares de personajes que se divierten mucho burlándose de lo progre, de lo woke, de los rojos, de los ateos… en realidad (no sé si algunos lo saben), haciendo el juego a intereses mucho más serios que pretenden seguir debilitando la democracia con tal de engordar sus patrimonios. Ese es el pulso que hay que afrontar: se trata de profundizar, reforzar y llenar de contenido la democracia frente a quienes la amenazan, desde partidos de derechas más o menos ultras, pero también desde foros y laboratorios que logran captar a miles de creyentes –muchos de ellos jóvenes– manejando con suma habilidad las emociones y la rabia –no siempre sin fundamento–.
Sí, nos quieren consumidores en lugar de ciudadanos, y es hora de responder con el arma de la palabra, los datos, los argumentos, pero también –quien pueda y sepa hacerlo– con la poderosa herramienta del orgullo, la emoción, incluso la expresión de la rabia ante el obsceno plan de liquidar derechos básicos individuales y colectivos bajo el disfraz de una guerra cultural que –de existir– van ganando los predicadores al servicio de esos santos del siglo XXI. También los demócratas tenemos derecho al sarcasmo, a la burla, al poderoso antídoto del humor. No me digan que no es genial esa iniciativa que circula en Dinamarca para “comprar el estado de California” (ver aquí). La alegría también es una forma de resistencia, como defendía nuestra añorada Almudena Grandes.
P.D. Quizás alguien piensa que las amenazas a la democracia son lejanas. Permítanme poner dos ejemplos calientes. Aún noqueados por el terrible accidente ferroviario de Aldamuz, ya se han lanzado Abascal y sus baterías de predicadores a señalar a Óscar Puente y al Gobierno sanchista como culpables de más de cuarenta muertes. Miserables. Y no es una reacción paleta o castiza. Casi al mismo tiempo, el ultraderechista francés Jordan Bardella acusa a nuestro compañero Edwy Plenel, fundador de Mediapart –socio editorial de infoLibre– de “terrorista” (ver aquí). ¿Por qué? Porque lleva toda su vida defendiendo los derechos humanos y los valores democráticos de la Unión Europea, y denunciando las corrupciones del sistema político en Francia y el neocolonialismo europeo (ver aquí). Seguimos!!!
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