BUZÓN DE VOZ

Golpe petrolero en Caracas (y aquí con la matraca de la gran coalición)

Dejémonos de eufemismos. Lo que Trump perpetró en la madrugada del sábado en Caracas fue un golpe de Estado que viola la legalidad internacional e incluso la de Estados Unidos. La operación –que no hace falta ser Le Carré para suponer que contaba con alguna complicidad interna– se llevó por delante al menos 80 vidas según los cálculos iniciales. Todo para secuestrar (dejémonos de “extracciones”, que no hablamos de muelas) a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, acusados de narcotráfico, terrorismo, posesión de armas (¡manda carallo!, viniendo del país en el que cada vecino porta un rifle) y algún otro asunto tan fundamentado en pruebas (que sepamos) como aquellas “armas de destrucción masiva” inventadas para justificar la invasión de Irak a principios de siglo. 

Este asalto al orden mundial anunciado sin rodeos en el documento que recoge la Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU, publicado el 10 de diciembre (ver aquí), ha dejado desnudos a unos cuantos ‘reyes’ de la política española y europea. Abascal se ha quedado colgado del retrato de un Trump autoproclamado emperador del “hemisferio occidental” que pisotea la soberanía de quien le plazca por un interés nada disimulado: se refirió 22 veces al petróleo en su alocución del sábado (ni una sola al concepto “democracia”). Feijóo se puso a hacer cabriolas que giraban desde la satisfacción con el golpe de Trump hasta el mareo desorientado al conocer que Delcy Rodríguez es la jefa del Gobierno de “transición” (signifique esto lo que se quiera), con un desprecio explícito (una señora “muy agradable” pero “sin apoyo”) a María Corina Machado (flamante Premio Nobel de la Paz con méritos inextricables, cosa que Trump no le perdona) y a Edmundo González, muy probable ganador de las elecciones de 2024 deslegitimadas por observadores internacionales (incluido el Gobierno español). 

Entérense: el régimen autoritario de Maduro no es la causa del asalto golpista, sino la excusa del mismo para apropiarse de sus recursos energéticos

Marine Le Pen parece conocer a Trump mucho mejor que sus colegas de la derecha y la ultraderecha españolas, al condenar sin ambages el golpe desde el minuto uno: “La soberanía de los Estados nunca es negociable”. Obvio –o debería serlo–. Si se acepta la toma del poder por la fuerza por parte de cualquier potencia extranjera –por muy autoritario y rechazable que sea el régimen intervenido con violencia–, ese país se convierte automáticamente en vasallo, en siervo que ha de entregar sus riquezas al emperador. Entérense: el régimen autoritario de Maduro no es la causa del asalto golpista, sino la excusa del mismo para apropiarse de sus recursos energéticos.

Una reflexión de perogrullo en términos democráticos que debería llevar a la Unión Europea a repensar de inmediato su inadmisible respuesta al golpe de Trump. Ni el comunicado oficial (ver aquí) ni la cacofonía escuchada a los distintos líderes de las principales ¿potencias? sirven nada más que para visibilizar una especie de felpudo a mayor gloria del trumpismo. Si Europa quiere tener algún papel en la reorganización del mundo no puede sino condenar sin rodeos un atropello al derecho internacional y a la soberanía nacional de cualquier otro país. ¿O acaso va a reaccionar de la misma forma si Trump cumple (y desgraciadamente viene cumpliendo) sus amenazas de asaltar el poder de otras naciones latinoamericanas o de Groenlandia, territorio netamente europeo diga el emperador lo que le plazca? Si la UE prefiere sucumbir al vasallaje de un secretario general de la OTAN que se dedica a reírle las gracias al capo de Washington, la defunción de la Unión Europea como proyecto político, económico y de valores democráticos está asegurada en no mucho tiempo.

EL PAPEL (DIGNO) DE ESPAÑA

Mientras las derechas hacen trompos con su discurso sobre Venezuela, sobre Trump y sobre la sucesión de Maduro (hasta el punto de utilizar a Zapatero una vez más como saco de todos los golpes al margen de la realidad comprobable), el Gobierno de coalición ha dado dos pasos consecuentes e inteligentes: ha ido bastante más lejos que la UE en su condena de la intervención trumpista en Venezuela y ha lanzado un mensaje diáfano en coalición con México, Brasil, Colombia, Chile y Uruguay para decirle a Trump que América Latina no es su patio trasero ni su cortijo (ver aquí). Como ocurrió con el genocidio en Gaza, el Gobierno de Pedro Sánchez puede y debe ser la locomotora que vaya arrastrando al resto de la UE a posiciones más dignas y contundentes que las que hasta el momento se atreve a postular. Y en el caso de lo ocurrido en Venezuela, con el factor añadido del peso que España debe tener en la interlocución con Latinoamérica. 

¿Cabe exigir medidas aún más ambiciosas como la ruptura de relaciones con EEUU o con la OTAN, como hacen Izquierda Unida o Podemos? Por supuesto que son exigencias defendibles, aunque también escasamente plausibles en el corto plazo. Pero todo empujón es poco hacia la reivindicación de la dignidad democrática y de los valores de la UE y su papel en el mundo. A estas alturas, más que nunca en el pasado, cabe efectivamente preguntarse qué sentido tiene una organización como la OTAN 37 años después de la caída del Muro de Berlín y al servicio –militar, industrial y económico– de un socio tan poco fiable como EEUU. Ese debate debería abrirse a fondo. Como el de las bases militares estadounidenses en España, utilizadas de forma completamente opaca para operaciones en Oriente Medio de dudosa o nula legalidad. Lo urgente para nosotros es blindar la ciberseguridad y luchar sin descanso contra la desinformación. Esas son nuestras guerras.

Lo cierto es que en términos de política nacional, el atropello ilegal al régimen de Maduro deja descolocada a la oposición de derechas y facilita un nuevo marco de debate que sitúa la conversación no tanto en los términos simplones e interesados de izquierdas y derechas sino entre demócratas y no demócratas. Deberíamos empezar a identificar, con todas sus virtudes y defectos, a quienes defienden con hechos la legitimidad democrática y la soberanía del pueblo con todas sus consecuencias. Nos ayudaría también a poner en su lugar esa resurrección de la matraca de la denominada “gran coalición”, siempre consistente en una genuflexión del PSOE para que el PP pueda gobernar cómodamente (ver aquí). 

NI UNA IDEA NUEVA EN QUINCE AÑOS

Asistimos de nuevo a la divulgación de una especie tramposa, que sólo se produce cuando el PP está en la oposición o con posibilidades (débiles) de gobierno. Nunca cuando quien recibe el respaldo de las urnas es el PSOE o la suma de opciones progresistas y nacionalistas. En este último caso, la derecha reclama de inmediato y casi a gritos “¡elecciones anticipadas!”, como ya hizo al día siguiente de la exitosa moción de censura de 2018 o a los dos días del fracaso del intento de investidura de Núñez Feijóo en 2023. Las mayorías parlamentarias no son fuente de legitimidad para la derecha, por más que se trate de una norma constitucional básica. A Rajoy le regalaron su segunda  investidura desde el viejo PSOE de Felipe González, Guerra, Susana Díaz y compañía después de “extraer” a Sánchez de la secretaría general del partido aquel 1 de octubre de 2016. Y Feijóo necesita ahora un movimiento telúrico en las filas socialistas (indignadas con razón por los casos de corrupción de Cerdán o Ábalos y por la nefasta gestión de las denuncias de acosos machistas) para que vuelva la cantinela de la “gran coalición”, si es posible con Pedro Sánchez en prisión (tarea a la que están indisimuladamente entregados algunos sectores carpetovetónicos de la cúpula judicial).

Incluso personalidades de la esfera mediática a las que uno ha admirado y sigue leyendo con atención vienen contribuyendo a este enésimo intento de resucitar el bipartidismo. Desde un José Antonio Zarzalejos que firma un libro en el que achaca la crispación al propio Sánchez, dejando en el olvido el origen exacto y contrastable de la crispación como estrategia política basada además en la desinformación pura y dura: los atentados del 11M y las teorías conspiranoicas sobre su autoría, precisamente las que le costaron el puesto como director de ABC por orden expresa de Esperanza Aguirre. Tenía a Zarzalejos por un analista equilibrado y coherente, y me encuentro desde hace tiempo con alguien que compra el pack completo del “antisanchismo” como doctrina política. Hasta una Soledad Gallego Díaz que sostiene una tesis mucho más argumentada pero –en mi modesta opinión– igualmente peligrosa: tiene que irse Sánchez y dejar el cartel a una mujer progresista (ya puestos, sí, mejor que sea una mujer para cortar el vuelo de los nombres masculinos en danza, de Jordi Sevilla a Edu Madina, a quienes ponen en órbita esos programas de televisión que aparentan ser de izquierdas para mayor gloria de los intereses conservadores).

Hace tiempo que sostengo que, en otras circunstancias políticas diferentes, los casos de presunta corrupción de sus hombres de confianza y la gestión de los acosos sexuales denunciados en las filas del mismo partido que aprobó la ley del matrimonio igualitario, las leyes de igualdad o las de violencia de género le habrían costado el cargo a Pedro Sánchez, como mínimo por su responsabilidad in vigilando. Pero no vivimos circunstancias políticas homologables a ninguna otra etapa en las cuatro décadas de democracia. Asistimos a un asalto antidemocrático decretado contra todo gobierno progresista desde los tiempos de Zapatero, y aún más en la reciente fase de gobierno de coalición. “El que pueda hacer que haga”. La arenga aznariana se viene cumpliendo hasta extremos patéticos, como el de la condena sin prueba alguna del fiscal general Álvaro García Ortiz o el de una instrucción disparatada y prospectiva del juez Peinado contra la esposa del presidente. (De lo que supone una distorsión maquiavélica de la justicia sabe Zarzalejos lo suficiente para no caer a estas alturas en los dislates que figuran en su nuevo libro o en unos cuantos de sus recientes artículos).

¿Cuándo van a enterarse de que la realidad de este país es mucho más diversa, plurinacional, plurilingüística y resultante de un acervo multicultural que tiene muy poco que ver con la burbuja madrileñista que todo lo condiciona?

En referencia al tablero político doméstico digo lo mismo que escribía en relación con el atropello de Venezuela: el pulso esencial es entre demócratas y no demócratas, y da la impresión de que parte de la que un día pasó por ser la crema de la intelectualidad socialdemócrata no ha elaborado ni una sola idea nueva en los últimos quince años. Vuelta a la matraca: gran coalición o bipartidismo imperfecto. ¿Cuándo van a enterarse de que la realidad de este país es mucho más diversa, plurinacional, plurilingüística y resultante de un acervo multicultural que tiene muy poco que ver con la burbuja madrileñista que todo lo condiciona, en términos políticos y mediáticos?

Para entendernos, quizás debería ponerse más atención en la “polarización” (permítanme la broma) de la Nochevieja: 5,8 millones de espectadores vieron la televisión pública y tomaron las uvas con Chenoa y Estopa; 3,8 millones prefirieron el perchero alucinógeno de Pedroche, con semidesnudo posterior requeteanunciado. Una diferencia de dos millones. Es un simple síntoma. Sólo lo menciono como signo de que no se debería dar por hecho que entramos en el año del fracaso inevitable de cualquier opción progresista. Quizás dependa más de lo que haga cada cual en su propio ámbito, desde el centro hasta la extrema izquierda. ¿Qué tiene que pasar para que todo ese espacio asuma que asistimos a un pulso casi agónico entre demócratas y no demócratas mientras se frotan las manos los “depredadores” de recursos energéticos, los magnates tecnológicos y –aquí más cerquita– quienes nunca han aceptado que en este país gobiernen otros que no sean las derechas?

Mal vamos si las únicas propuestas que van surgiendo son la matraca de la gran coalición, las conspiranoias propagadas por la desinformación o los ajustes de cuentas dentro de la propia izquierda. 2026 puede ser el año de la implantación de vasallajes o bien el de la ambición de una nueva izquierda realista que cargue de contenido la democracia: en retos como la vivienda, el poder adquisitivo, los salarios, los avances pendientes en igualdad, la sanidad y la educación públicas, la progresividad fiscal de verdad… Y sí, sin complejos, la defensa radical del pueblo palestino y del derecho internacional. Hacen falta (creo) más Mamdanis y menos profetas del desastre.

Más sobre este tema
stats