Cada mañana, desde hace casi dos años, encuentro en mi teléfono mensajes enviados desde Gaza. Varios amigos me escriben cuando pueden. Antes eran más, pero ya no están. Fueron asesinados por el Ejército israelí, de diferentes formas. Algunos, murieron sepultados por los escombros de sus viviendas bombardeadas. Otros, fueron atacados mientras se desplazaban a la fuerza al sur de la Franja de Gaza, siguiendo órdenes del Ejército ocupante. Dos más recibieron disparos directos de francotiradores israelíes en las colas del hambre, donde esperaban conseguir algo de comida.
También tengo amistades que sufren desnutrición y otras enfermedades provocadas por el bloqueo israelí a la entrada de productos imprescindibles para la supervivencia de la población palestina de Gaza. El Ejército de Israel mató a la hija pequeña de mi amiga Rula y también al hermano de mi amiga Mai.
Mohammed, médico, me va contando a cuántos pacientes podría haber salvado si hubiera tenido las medicinas necesarias, más personal sanitario, más medios. Ha amputado brazos y piernas de niños y niñas por no disponer de antibióticos para detener las infecciones de sus heridas. Hoda, cirujana, guarda dos radiografías que muestran una bala en la cabeza de un niño y otra en el pecho de otro. Disparos limpios, directos.
Los mensajes desde Gaza se entremezclan con lo que llega desde aquí, desde esta Europa cómplice que durante dos años ha facilitado y normalizado el genocidio, pese a que los crímenes han sido retransmitidos y conocidos en tiempo real por primera vez en la historia de la humanidad. En marzo de 2024 la pensadora judía canadiense Naomi Klein lo denominó genocidio ambiental: un genocidio visto en directo, desde cualquier lugar del mundo, pero tratado como si fuera un mero ruido de fondo, un hilo de música ambiental al que nadie presta atención, normalizado, asumido.
Bajo la premisa de que “Israel tiene derecho a defenderse”, la Unión Europea ha actuado durante casi dos años como aliada y socia preferencial comercial de Tel Aviv, se ha negado a suspender sus relaciones con el Estado israelí y no ha cumplido con su obligación internacional de “prevenir y sancionar”, tal y como exige la Convención sobre Genocidio.
Así lleva tiempo denunciándolo la relatora de Naciones Unidas para Palestina, la jurista Francesca Albanese, quien en marzo de 2024 publicó un informe en el que advertía de que Israel estaba cometiendo genocidio en Gaza. Dos meses antes, en enero de ese año, la Corte Internacional de Justicia había emitido su primera orden cautelar dirigida al Estado israelí, en la que ya señalaba un riesgo claro de genocidio. Tras ello, numerosos expertos en genocidio –muchos de ellos, judíos– insistieron con advertencias similares.
Organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, el Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio o la israelí B’Tselem, entre otras, también concluyeron hace tiempo que en Gaza se desplegaba un genocidio contra la población palestina. Sin embargo, los máximos aliados de Israel –Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea– siguieron mirando hacia otro lado, manteniendo relaciones armamentísticas, comerciales y diplomáticas con Tel Aviv.
Estados Unidos –tanto con Biden como con Trump– ha sido y es el gran suministrador de armamento a Israel, pero también Reino Unido o Alemania, entre otros, han enviado paquetes de material militar a territorio israelí. Otros países europeos, incluido España, cerraron acuerdos de compra de armamento a Israel cuando ya había más de 32.000 personas muertas en Gaza. Israel siguió actuando en Eurovisión y participando en competiciones deportivas como la UEFA, el Eurobasket o la Vuelta ciclista a España.
Por mucho que se retuerza la historia, no podrá esconderse el papel de los aliados tradicionales de Israel. La Corte Internacional de Justicia ha pedido a los países del mundo que impidan relaciones comerciales que contribuyan a la ocupación, pero la mayoría sigue sin adoptar medidas en ese sentido. Nadie podrá decir en el futuro que no lo sabía. Ya en 2024 los tribunales de La Haya dieron herramientas a los Estados, con dictámenes inéditos, pero las naciones europeas siguieron ignorándolas.
La responsabilidad de prevenir un genocidio
Detrás de esta naturalización de la impunidad, Israel llevaba décadas cometiendo crímenes contra la población palestina, antes de los atentados de Hamás de octubre de 2023: masacres de civiles, ocupación ilegal, asedios, desplazamientos forzados, arrestos arbitrarios, torturas, expulsiones y segregación racial, a través de leyes que niegan derechos y territorio a la población nativa. Lo ha hecho siempre con el respaldo de Estados Unidos, de Reino Unido y de la Unión Europea, que han privilegiado a la potencia ocupante frente al pueblo ocupado.
El 16 de septiembre de 2025 la Comisión Internacional Independiente de Naciones Unidas se unió a otras voces expertas y presentó las conclusiones de su investigación, con pruebas contundentes, en las que expone que Israel comete genocidio en Gaza desde octubre de 2023. En su informe, esta Comisión recuerda a los Estados que “pueden enfrentar consecuencias legales si no actúan”.
Chris Sidoti, uno de sus integrantes, ha recordado que, en enero de 2024, la Corte Internacional de Justicia informó a “los países del mundo” del riesgo plausible de genocidio en Gaza: “A partir de ese momento, si no antes, todos los países del mundo quedaron obligados por ley a actuar, no a usar palabras bonitas, sino a adoptar medidas para prevenir el genocidio”. No se hizo.
La Asociación Internacional de Expertos en Genocidio, máxima autoridad académica en el tema, ha subrayado que, ante el incumplimiento de los Estados, la sociedad civil tiene “la responsabilidad de prevenir el genocidio, alentando y asistiendo a los países para que cumplan con su obligación de prevenir y castigar”. Esto es lo que está haciendo mucha gente decente en todo el mundo, manifestándose, denunciando, exigiendo a sus gobiernos que actúen, exponiéndose con ello a castigos y represalias.
“Gaza está suponiendo una crisis muy seria para la libertad de expresión y de protesta en todo el planeta”, alertaba ya en abril de 2024 la relatora de la ONU, Irene Khan. En este mundo al revés los crímenes israelíes han sido protegidos a costa del derecho a la libertad de expresión y de protesta de muchos ciudadanos europeos y estadounidenses.
Cuando llegue la cordura, si es que llega, todo el mundo querrá decir que siempre hizo todo lo posible, pero la contundencia de los hechos será imborrable. Europa, esa Europa que se presenta como adalid de los derechos y las libertades, ha contribuido a normalizar el genocidio, y ninguna operación cosmética tardía podrá borrar este hecho.
Bajo los escombros de Gaza agoniza el derecho internacional y se fortalece la impunidad global, el marco en el que siempre pierden los pueblos. Por eso mucha gente decente en todo el mundo ha entendido qué hay en juego en Palestina. “Todos somos palestinos”, corean en las protestas de Londres. El fuego de Prometeo lo tiene hoy la gente que se atreve a decir no en mi nombre y que sigue empujando para construir un futuro diferente, en el que prevalezca la igualdad, la justicia y la fraternidad.
*Olga Rodríguez es periodista y autora de ‘El hombre mojado no teme la lluvia’ (Debate, 2009, nueva edición en 2025).
Cada mañana, desde hace casi dos años, encuentro en mi teléfono mensajes enviados desde Gaza. Varios amigos me escriben cuando pueden. Antes eran más, pero ya no están. Fueron asesinados por el Ejército israelí, de diferentes formas. Algunos, murieron sepultados por los escombros de sus viviendas bombardeadas. Otros, fueron atacados mientras se desplazaban a la fuerza al sur de la Franja de Gaza, siguiendo órdenes del Ejército ocupante. Dos más recibieron disparos directos de francotiradores israelíes en las colas del hambre, donde esperaban conseguir algo de comida.