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Del 'caso Begoña' al 'caso Peinado': el juez convierte una causa vacía en un espectáculo mediático

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La ciudad sin habitantes

Un crucero navega por los canales de Venecia en 2016.

Ejércitos de termitas devoran las ciudades por dentro. Queda el decorado, un cuerpo sin savia. La oferta hotelera se multiplica debido al maná de los pisos turísticos. Es la nueva fiebre del oro, otra burbuja de un capitalismo salvaje que se mueve más rápido que los gobiernos, las leyes y los controles. Los propietarios renuncian a los inquilinos de larga duración para engancharse al negocio del alquiler discontinuo. Suben los precios, desaparecen los vecinos tradicionales reemplazados por turistas. Con ellos se evapora el comercio de barrio, brotan las tiendas de recuerdos, la comida basura y los alquileres de segway, vehículos de dos ruedas que invaden las zonas peatonales.

“Vamos hacia el parque temático. Desaparece la ciudad como idea de encuentro entre gente diferente, que es la esencia del cosmopolitismo. Ciudades en las que la gente se siente libre porque puede vivir el anonimato. La ciudad como mezcla, como suma de barrios en los que se siente la vecindad, que es la cercanía de los vecinos y de las cosas: tiendas donde comprar y hablar, bares, parques, escuelas... Barrios en los que las tiendas tenían como función sostener ese tipo de vida”, asegura Bru Rovira, autor de Solo pido un poco de belleza (Ediciones B), una inmersión en la Barcelona cercada por la modernidad de la mano de un grupo de expulsados del sistema.

“Es uno de esos grandes temas que lo toca todo”, afirma Ariadna Trillas, experta en el tema en la revista Alternativas Económicas. “¿Cómo defenderse? Es muy complicado poner puertas al campo. Lo que se puede hacer es proteger al máximo los derechos de los ciudadanos regulando quién puede ejercer un negocio en el que no se percibe bien la diferencia entre particulares y profesionales”.

Trillas no culpa de todos los males a Airbnb y otras plataformas similares. “El problema es anterior. En el caso de Barcelona comienza en los Juegos Olímpicos de 1992 con la ampliación del aeropuerto y las grandes infraestructuras. Hubo un plan para poner de moda la ciudad y la ciudad se ha puesto de moda”.

Baleares es otro ejemplo del impacto negativo. En su caso no sólo afecta a los barrios céntricos de sus ciudades, sino a todo el archipiélago. El aumento de los precios ha dejado sin hospedaje a miles de profesionales que acuden cada verano a reforzar los servicios. Hablamos de camareros, enfermeros, médicos, funcionarios, policías... Nadie quiere destinar más de la mitad del salario a un cuchitril de 30 metros cuadrados.

“Con las nuevas tecnologías e Internet cambia la forma de producir. Los productos de Apple se diseñan en Cupertino, California, pero se fabrican en China. Las cuestiones clave son dónde se crea empleo y quién se queda con los beneficios. El empleo está en China y el dinero no se sabe. Los gobiernos son reacios a crear superestructuras que vigilen los paraísos fiscales. Tenemos una globalización desregulada que produce este tipo de competencias desleales. Existen herramientas para moderar los inconvenientes, pero falta la voluntad política”, asegura Jordi Palafox, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Valencia y experto en globalización. Su último libro, Cuatro vientos en contra (Pasado y Presente), trata sobre España, atrapada entre el clientelismo y la mundialización de la economía.

Javier Reverte, uno de los grandes escritores españoles de libros de viaje, sostiene que el problema es la masificación del viaje a través de vuelos low cost, que permiten a millones de personas sentir la ilusión de viajar. “Lo están cambiando todo. Puedes ver cruceros gigantescos al lado del puente de Rialto de Venecia que transportan a miles de personas. Todo lo que rodea al puerto donde amarran se transforma porque el negocio es el turista, no la ciudad. No soy político, pero los puertos se pueden alejar; también se puede limitar el número de viajeros”.

Manuel Otero es presidente de la Federación Andaluza de Hoteles y director del hotel Nueva Inglaterra de Sevilla. “La irrupción descontrolada de los pisos turísticos está transformando las ciudades. En Triana, que es un barrio barrio, están echando de los pisos a los estudiantes extranjeros de Erasmus para convertirlos en apartamentos turísticos. Uno no puede abrir una farmacia o una zapatería donde le dé la gana. Hay leyes que regulan estas cosas. En España existe un vacío legal. La regulación depende de cada comunidad autónoma. Como sucede a veces el producto ha aparecido antes que la norma que lo regula”.

Un capitalismo salvaje

“Para los hoteles es una competencia desleal porque los pisos turísticos ilegales no pagan a Hacienda, no pasan ningún tipo de inspección de sanidad o laboral. En estos pisos también puede haber incendios y producirse intoxicaciones alimentarias, como la legionella. Cada día me vienen a ver varios tipos de inspectores. Hay un control. Está también el asunto de la seguridad. Debo llevar un registro para la policía de quién se ha hospedado. Si los hoteles no tuviéramos que pagar impuestos ni dar de alta a los trabajadores podríamos cobrar un 40% menos. Lo que pedimos es competir con las mismas armas”, asegura Otero.

“El capitalismo más salvaje dirige nuestras ciudades socialdemócratas. Desde Palo Alto (California) implantan una ley despiadada de la oferta y la demanda. Las administraciones tardan en detectar los problemas y en aprobar legislaciones. (…) Vivo en una casa de 12 pisos de 150 metros cuadrados. La mitad ya están dedicados a Airbnb. Una empresa los alquila por habitaciones. El otro día vinieron los antidisturbios porque unos ingleses borrachos estaban tirando botellas a la calle”, asegura el arquitecto Jacobo Armero.

Airbnb surgió en San Francisco como modelo de economía colaborativa. El gran salto se produce de la mano de la globalización. Lo que nació como una idea para defenderse de la crisis, para que las personas en dificultades pudieran pagar sus hipotecas y evitar los desahucios –este es uno de los argumentos de los creadores de la plataforma– se ha transformado en un negocio en el que entran empresas y hedge funds (fondos de cobertura).

“Estamos necesitados de dinero”, reconoce M, una mujer de izquierdas contraria a los excesos del capitalismo. Los efectos de la crisis la han obligado a ser práctica. “Hay dos tipos de dueños que trabajan con Airbnb: los que necesitan alquilar la casa para lograr un extra que complete un salario endeble y los que lo hacen por negocio”. Ella acaba de alquilar la buhardilla de la casa en la que vive. Era su zona de trabajo y un espacio para acomodar a amigos y familiares de visita. Tiene 16 metros cuadrados, cocina y baño. Está equipada no por el alquiler, sino porque no quería estar bajando y subiendo a la casa. “Puse el anuncio y al día siguiente estaba alquilada. Les dije que aún faltaban detalles como las cortinas. Me dijeron que no importaba. Si hubiese querido lo tendría alquilado hasta septiembre, pero en julio lo necesito para mi familia. Esto funciona porque hay mucha demanda y mucha necesidad”.

“Se están produciendo cambios en el sistema social. Airbnb es sólo una de las caras”, dice Trillas, de Alternativas Económicas. “Las comunidades autónomas tienen las competencias. Que las tengan no significa que las estén usando. Los ayuntamientos suelen estar más dispuestos pero carecen de un paraguas normativo que les permita actuar. En el caso de Barcelona, la Generalitat intentó desarrollar una normativa sobre pisos turísticos que no dejó contento a nadie. El objetivo era salir de la alegalidad. Promete intentarlo de nuevo en otoño”.

Existen sistemas: limitar a 30, 60 o 90 los días de alquiler discontinuo, y métodos más drásticos para exigir que tengan condiciones similares a los hoteles. Los partidos de izquierda no se atreven a hablar de regulación del mercado. En España contamos los turistas como si fueran cabezas de ganado. Hay un aumento de la movilidad, del número de turistas, mientras bajan los ingresos porque gastan menos”, señala Palafox. “Uno de los problemas que se da en EE UU con empresas como Uber es qué organismo cobra los impuestos. De momento los está cobrando el Gobierno federal, que después realizará el reparto con los municipios. Es una situación similar a la de la primera Revolución Industrial, que provocó cambios brutales. También hubo resistencias. No todos fueron los ganadores, aunque ahora todos vivimos mejor”, añade el catedrático.

“Hay una traición al espíritu de la ciudad desde el dinero que se ha favorecido con la dejadez política, con la ficción de que el mercado se autorregula, y con políticas fiscales favorables”, señala Bru Rovira. “Todo empezó a destruirse con la pantomima de los nuevos ricos. Casas adosadas fuera de las ciudades donde construían su castillo, su imperio personal, sus casas de lujo porque tenían cuatro metros de jardín, donde tocaban suelo. Se crearon ciudades americanas con grandes superficies comerciales que provocaban atascos para entrar y salir de la vieja ciudad. En los barrios céntricos sólo quedan supervivientes sin comercios. Los barrios han sido invadidos por personas que no tienen ninguna relación con la ciudad”, añade el autor de Solo pido un poco de belleza.

“Los viajeros del XXI viajan igual que los del XIX, que es cuando se inventa el turismo”, dice Reverte. “Chesterton y otros afirmaban que el turista va a ver lo que ya sabe y el viajero va a encontrarse con lo que no espera. Todo se mueve por las rutas trazadas por las agencias de viaje. Si quieres escapar a la masificación apártate 500 metros de esas rutas y ya estarás en otro país. También hay gente cómoda que quiere que se lo den todo hecho, ir a la carta. El viaje es, sobre todo, una actitud”.

Las masas de turistas que buscan hospedarse en las viviendas más céntricas valoran la autenticidad de esos barrios, desean vivir por unos días en la ficción de ser uno más, no un turista. La paradoja es que su presencia masiva está destruyendo los centros y la autenticidad. Palafox recuerda un viaje con su esposa a Praga antes de la caída del Muro. “Era bellísima. Volvimos no hace mucho y todo está lleno de tiendas dedicadas al turismo”. Praga, Venecia y Barcelona son ejemplos de la invasión de las termitas que provoca el rechazo en los habitantes originales, una cierta turistofobia que olvida que todos somos turistas en algún momento de nuestra vida. Pregunto a Javier Reverte dónde se iría para huir de la masa, responde: “Si pudiera me iría a Canadá. Allí puedes estar en lugares sin nadie a 100 kilómetros a la redonda, solo con los osos”.

“Hay una gran presión para que las gentes humildes abandonen los centros”, apunta Rovira. “Ha sucedido en el Raval, en el Gòtic y la Barceloneta donde los pisos son muy pequeños, de 30 metros cuadrados. Es donde surgen las protestas contra el turismo. Son dos veces perdedores: pisos malos y pequeños y mobbing (acoso) y ruido. En Lavapiés, donde ahora vivo, la gente gana más alquilando que trabajando, gana más en una semana que en un mes con un empleo de camarero. El problema es que detrás de todo esto están también los fondos de inversión que ven negocio, ellos no son los pobres”.

“El debate se planeó en España entre una norma rígida y otra light. Con la rígida no hubiera aflorado nada. Se optó por la segunda para que los apartamentos turísticos se dieran de alta en un registro que les exija el pago de los impuestos y unas mínimas condiciones de seguridad”, dice Otero. “Lo que empezó siendo una herramienta de economía colaborativa es hoy un negocio, a menudo clandestino. En Sevilla hay más oferta de apartamentos turísticos ilegales que oferta legal”, añade.

Trillas asegura que “fuera de España se limita el tiempo del alquiler discontinuo. Hasta 60 días se entiende que no es un negocio porque vas a seguir viviendo en tu casa y por ese motivo no meterás a cualquiera. En España no se considera el tiempo. En Barcelona hay que darse de alta en un registro de pisos turísticos. Pagas tasas, eres visible. El problema es que no diferencia el particular del profesional, beneficia a aquellos que tienen una segunda residencia. Los que tienen varios inmuebles se forran”.

Una burbuja saturada

“Airbnb te recomienda un precio”, dice M. “Lo puse más barato porque faltan cosas. Me pagan 50 euros por día. Este mes sacaré 1.200 y eso que no empecé el día 1. Si lo alquilara normal, no podría pedir más de 400. Hablé con el gestor: debo pagar el IVA, unos 14 euros. Airbnb paga su parte, que es pequeña. Además del IVA trimestral tendré que declararlo en la renta. Puede que me salga a pagar 1.600 al año. No lo he registrado como buhardilla turística porque en el Ayuntamiento me dijeron que no hacía falta. Pagamos los impuestos porque debemos hacerlo, si no sería competencia desleal para los hoteles. Hacienda mira Airbnb, no es economía sumergida. Está a la vista. No es el caso del electricista que hace chapuzas”.

“El uso hotelero está legislado, deben tener acceso directo a la calle. No puede pasar por las zonas comunes. Se hace la vista gorda por las pensiones”, dice Armero. “Hay un nuevo tipo de nómada urbanita que aprovecha la situación creada por las nuevas tecnologías, que vive tres o cuatro meses en una ciudad y después se mueve a otra. Esto no tiene por qué ser malo para las ciudades porque son personas que buscan la vida de barrio y demandan servicios más estables. El boom actual depende de un precio del petróleo bajo y de los vuelos low cost”, dice Armero. “La burbuja empieza a llegar a un nivel de saturación. La gente ya no tiene los pisos tan llenos. Las inversiones para dedicar inmuebles a Airbnb generan dudas porque los ayuntamientos reaccionan con tasas y limitaciones. Cuando estalle la burbuja habrá gente que va a perder mucho dinero”, añade el arquitecto.

“La labor de inspección está transferida a las comunidades autónomas, que tienen un plan anual de inspección enfocado en el 100% al establecimiento legalmente establecido. No se dedica un 50% a cada uno. Las inspecciones en todo caso se harían con los registrados, pero no con los ilegales. No hay capacidad. Pero esto se está acabando. Hay tanta oferta que el precio empieza a bajar. No va a haber tanta diferencia con el alquiler estable. Va a compensar tener a alguien tres años con pagos seguros y no tener que cambiar las sábanas. Es un problema global y hay mucha presión en todos los sitios para que se ponga algún tipo de puerta al campo. Tiene mucho que ver con la crisis económica y la oferta de pisos vacíos. Influye también que el precio de venta es más bajo. Según se normalice todo, salgamos de la crisis, que estamos en ello, se irá normalizando”, opina Manuel Otero.

“El problema es que en el siglo XXI, los Estados tienen poco poder frente a las grandes empresas. Las fronteras se diluyen para algunas cosas y se refuerzan para otras”, dice Trillas. “Airbnb juega a todo en España: mezcla en nuestro país pisos legales registrados como turísticos con los de personas que no llegan a fin de mes porque todo se mueve en la alegalidad. Les multaron en 2014 con 30.000 euros, pero el juez ha dictaminado que no hubo ilegalidad porque no hay ley. Ellos no quieren hacer de policía”, añade.

Escritores de viajes no aptos para turistas

Escritores de viajes no aptos para turistas

¿Cómo defenderse de las termitas que transforman y destruyen las ciudades? La nueva revolución industrial, la tercera que acabamos de iniciar, debería resolver un problema mayúsculo: el cambio climático. Las ciudades serán verdes, con unos centros cada vez más peatonalizados. Deberán fomentar el uso del coche eléctrico y de las bicicletas. Ciudades basadas en el autoconsumo eléctrico y con huertos comunitarios en las azoteas. Esa ciudad que viene se enfrenta al mismo problema de la ciudad que desaparece: la insaciabilidad de los depredadores.

*Ramón Lobo es periodista. Este artículo está publicado en el número de verano deRamón Lobo tintaLibre, a la venta en quioscos y a través de la App. Puedes consultar toda la revista haciendo clic aquí. aquí

 

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