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España hay más de una

Durante la Segunda República, los territorios con lengua propia tuvieron su propio Estatuto.

Viví mi infancia en el barrio granadino del Realejo, al pie de La Alhambra. En aquella época, hace más de medio siglo, no había turismo de masas ni apenas tráfico automovilístico en La Alhambra, así que las madres del Realejo enviaban a los niños a jugar en sus bosques y jardines. Muchas cosas de aquel recinto mágico me llamaban la atención, pero para los propósitos de este artículo solo voy a recordar la inscripción que podía leerse en algunos frisos: Imperator Karolus V Hispaniarum Rex.

Aquella fórmula en latín aludía a Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Rey de las Españas. Sí, han leído bien: las Españas. En plural. Es decir, los reinos de Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada…, amén de otras regiones, plazas e islas situadas en Italia, el norte de África y allende el Atlántico.

A lo largo de los siglos XVI y XVII, la denominación Hispaniarum Rex fue habitual para referirse a los titulares de la monarquía hispánica, la surgida del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. Aludía a un heterogéneo conjunto de territorios —cada cual con su propia historia, sus propias instituciones y sus propias leyes y costumbres— gobernados por un mismo soberano: Carlos V, Felipe II, Felipe III… No existía en aquella época una única nación española; había un único rey y una única fe, pero varias naciones. Y así fue hasta comienzos del siglo XVIII, cuando los Borbones, que habían derrotado a los Austrias en la Guerra de Sucesión, procedieron a implantar una mayor homogeneidad y un mayor centralismo en la península ibérica de su propiedad, toda excepto Portugal, que había recuperado su independencia en 1640.

Ya ven, me interesó tanto aquello de Hispaniarum Rex descubierto en La Alhambra que aún lo recuerdo. Pero no se asusten, no sueño con volver a los siglos XVI y XVII. Esa fórmula es un guiño privado que ahora traigo a colación para decir que creo que España es una nación tan grande que en su seno caben varias naciones, lenguas y religiones, además de muchas filosofías, visiones del mundo y opiniones políticas. O de proclamar que España me gusta tanto que me parece estupendo que haya varias.

A mí, lo confieso, me gustan casi todas las Españas. Me gusta aquella que sus habitantes llamaban Al Andalus y también aquella que sus habitantes llamaban Sefarad. Me gusta la España del catolicismo pagano de las procesiones andaluzas, esa España que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz, y también la de Antonio Machado, la que prefiere al Jesús que anduvo en la mar. Me gusta la que emplea mi lengua, la de don Quijote, y también las del catalán, el vasco y el gallego. Me gusta la España federal del presidente Pi i Margall y también la España mejor, construida sobre la roca viva, pero corregida por la razón, de don Manuel Azaña. Me gustan las Españas aventureras de Anselm Turmeda, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Buenaventura Durruti, y las humorísticas de Gila y Berlanga.

La única España que no me gusta es la que tuve que sufrir en los primeros 21 años de mi vida, los que viví bajo el franquismo. Esa España que niega el pan y la sal a todas las demás, la que expulsó a nuestros compatriotas judíos y musulmanes, la que persiguió a nuestros compatriotas erasmistas, luteranos, ilustrados, afrancesados, liberales, republicanos, masones, socialistas, comunistas, anarquistas o simplemente cultos. Esa España que asesinó o exilió a Goya, Blanco White, Lorca, Machado y Picasso. La del españolismo excluyente, la de ese nacionalismo rancio, clerical y militarista que hoy resucita al atávico grito de ¡A por ellos!

Insisto, viví 21 años bajo la dictadura de ese nacionalismo rojigualdo. Lo conozco. Una pedante fórmula falangista definía entonces a España como “una unidad de destino en lo universal”. ¿Qué carajo quería decir eso? Los niños y los jóvenes de la época no lo sabíamos, pero deducíamos que debía de equivaler a la vida en un cuartel. Uno más bien frío y cochambroso regido por un vejestorio desalmado.

Nunca me ha gustado esa España Una, Grande y Libre; la España única, unificada, unitaria, unánime y uniformada en la que fui adoctrinado por la dictadura franquista. La que aún persiste, lo sé, en los corazones de los millones de compatriotas que creen que la sagrada unidad de España es eterna, anterior incluso al Big Bang; que España entera habla castellano desde antes de que el latín llegara a la Península; que es cristiana desde antes del nacimiento de Jesús, y que quien diga lo contrario es un hijo de puta. Y la pena es que esta visión unitaria y centrípeta, impuesta durante décadas a través de las escuelas, las parroquias, los periódicos, los cuarteles y los calabozos, siguió siendo la oficial y la dominante tras la muerte de Franco. Excepto en determinadas comunidades periféricas que recuperaron sus propios nacionalismos.

Una visión centrípeta

Esta visión de que España solo hay una —la que digan los que mandan en Madrid— comenzó a forjarse tras la victoria borbónica en la Guerra de Sucesión. A la heteróclita monarquía hispánica de los Austrias le sucedió un régimen homogéneo y centralizado de raíces castellanas. Las peculiaridades políticas y jurídicas de los antiguos reinos peninsulares fueron mayormente abolidas y se estableció el principio de un rey, una fe y una nación. Como en la Francia absolutista. Y de haber tenido España una historia semejante a la de tantos otros lugares de Europa, la Ilustración del siglo XVIII y el liberalismo del XIX hubieran terminado produciendo en todos sus territorios un indiscutido sentimiento de pertenencia a una sola y misma nación eterna.

No fue así. Es evidente que algo falló. Resucitado con virulencia por los recientes delirios del independentismo catalán, el nacionalismo españolista se queja con amargura de que la bandera borbónica rojigualda no sea aquí tan unánimemente apreciada como lo es en Francia la bandera tricolor republicana. De que la Marcha Real no concite el acuerdo de la Marsellesa. De que esos y otros símbolos, y el mismo modelo de unidad política y territorial, no sean incuestionables. Ni para la mitad o más de los vascos y catalanes, ni para no pocos progresistas y republicanos de otras partes.

Al españolismo del barrio de Salamanca y sus sucursales en provincias no se le ocurre preguntarse el porqué de estos desapegos. Eso requiere trabajo y es mucho mejor irse a cazar o a ponerle los cuernos al cónyuge. Prefiere culpar a los eternos enemigos de España: los herejes, los librepensadores, los rojos, los separatistas, toda esa gentuza. El españolismo no lee e ignora que los símbolos y los sistemas de Estados Unidos y Francia son herederos de las revoluciones democráticas de finales del siglo XVIII, las que aquí no se produjeron o no triunfaron. Y olvida, si es que alguna vez lo supo, que, al abolir la Constitución de 1812, el rey felón Fernando VII abortó lo que iría ocurriendo en muchos lugares de Europa a lo largo del siglo XIX: la transferencia de la soberanía desde los monarcas al conjunto de los ciudadanos, esto es, a la nación.

Ya a finales del XIX, con la aparición de pulsiones centrípetas en Cataluña y Euskadi, resultó evidente que la nación única española no había terminado de constituirse como una apetecible casa común basada en la libertad, la igualdad y la prosperidad. España no había hecho su revolución nacional democrática contra el Antiguo Régimen. Y al liberalismo oficial de Villa y Corte de los reinados de Isabel II y Alfonso XII le habían fallado los instrumentos que en Francia habían creado una identidad común atractiva para las poblaciones de los reinos originarios. No había podido crear un sistema de libertades y derechos. Ni una escuela pública universal y gratuita. Ni una administración del Estado basada en la meritocracia y la igualdad de oportunidades. Tampoco una buena red de carreteras y transportes. No, el Estado español del XIX no había podido superar el clericalismo, el militarismo, el caciquismo, la corrupción, el autoritarismo y la ineficacia política, económica y bélica.

España seguía inconclusa, invertebrada, laberíntica o como quiera usted llamarle cuando en 1898 perdió Cuba y Filipinas, los últimos restos de un gran imperio. Los intelectuales —Ángel Ganivet, Ramiro de Maeztu, Unamuno, Ortega y Gasset…— reaccionaron intentando explicar qué era exactamente España y por qué era tan problemática. Unos hablaron del senequismo, otros del cristianismo, algunos citaron a los godos, no faltaron los que denostaron el casticismo ni los que exaltaron el romanticismo. Y Unamuno sentenció: “España está por descubrir, y solo la descubrirán españoles europeizados”.

El sueño federalista

En la Guerra Civil se enzarzaron todas las Españas. Ganó la Una, Grande y Libre de Franco y Millán-Astray, la que tenía sobrada fuerza bruta. Manu militari, esta España impuso durante los 40 años siguientes el dogma de que aquí solo hay una nación: la suya, faltaría más; la de lengua castellana, religión católica, forma de Estado monárquica y bandera rojigualda. Y aquel al que no le guste, que se vaya a Rusia.

Pero hete aquí que tampoco los generales Primo de Rivera, primero, y Franco, después, consiguieron en el siglo XX provocar una abrumadora e indiscutible adhesión al nacionalismo español y extirpar de estas tierras cualquier otro. Así que la Constitución de 1978, con una mayoría de españoles que deseaba ser europeizada, optó por una solución ambigua y pragmática: aquí no hay más que una sola e indisoluble nación —la española—, pero esta contiene nacionalidades (Cataluña, Galicia y Euskadi, las comunidades con lengua propia que ya habían tenido un estatuto especial en la Segunda República) y regiones que tienen derecho a la autonomía.

Podría haber funcionado si se hubiera mantenido el espíritu flexible y tolerante del momento, el que permitía que uno de los siete padres de la Constitución, el nacionalista Miquel Roca i Junyent, hablara de “la realidad plurinacional de la nación española”, y otro, el comunista Jordi Solé Tura, dijera que la visión de España como “una nación de naciones” no es “extraña en nuestra reflexión política y teórica”.

Pero solo funcionó cinco o seis lustros. ¿De quién fue la culpa de que, a comienzos del siglo XXI, amplios sectores de Euskadi y Cataluña proclamaran su sentimiento de soberanía y reclamaran el derecho a decidir si querían o no seguir en España? ¿De los partidos nacionalistas de esas comunidades que habían alimentado tales sueños? ¿Del descaro con que el nacionalismo español —atrincherado en el Tribunal Constitucional y razón de ser del Partido Popular— interpretaba de modo restrictivo y autoritario los pactos de la Transición? ¿Por qué no de las dos partes?

Los nacionalismos generan comportamientos egoístas y excluyentes. Los nacionalismos se retroalimentan, la fiebre de uno se convierte en la alta temperatura de su rival. Una sentencia de los jueces de habano y copa de coñac del Tribunal Constitucional se cargó en 2010 una reforma del Estatut catalán aprobada por dos parlamentos y un referéndum popular. Esto inflamó al nacionalismo catalán y provocó el procés. Y el procés resucitó el nacionalismo de la derecha españolista.

El nacionalismo no es solo el de los países sin Estado propio, lo que en España se llama periférico. Nacionalismo es también el de los territorios con Estado. En España tenemos los dos tipos de nacionalismos: uno centralista, con Estado, y dos o tres periféricos, sin sus Estados. Los dos están rabiosos. Los periféricos por no haber conseguido su propio Estado en el último siglo y pico. El españolista porque se siente truncado o fallido. Porque millones de personas no lo comparten.

No me gustan las fronteras, no quiero que se levanten nuevas fronteras. Al contrario, quiero que desaparezcan las existentes. En 2015 escribí en infoLibre: “Si me obligaran ustedes a definirme, les diría que soy internacionalista, cosmopolita, judío errante, pirata del Caribe, León el Africano, ciudadano del mundo o cualquier fórmula de ese tipo que me proponga Joaquín Sabina. Tengo un especial afecto a la tierra en la que nací, faltaría más, y aún se lo tengo más a la lengua con la que me gano la vida: el castellano de Cervantes. Pero por encima de uno y otro afecto procuro colocar la idea de la fraternidad entre los seres humanos. Rubrico lo que escribió Alphonse de Lamartine: ‘Solo el odio y el egoísmo tienen patria. La fraternidad no la tiene”.

Pero quizá algunos de ustedes deseen que sea un poco más preciso. Así que les diré que lo que más recordaría a esa España en plural que me gusta desde que era un niño sería una federal o confederal que recogiera ideas y anhelos del republicanismo de Pi i Margall, propuestas del municipalismo, el iberismo y la democracia directa de nuestros anarquistas. Una que se viera como un pequeño continente con una fuerte identidad propia, en el que conviven distintas naciones y regiones con sus rasgos diferenciales. Una España, construida desde abajo y desde la libertad, que terminara integrándose en una República Federal Ibérica, miembro a su vez de los Estados Unidos de Europa.

Post scriptum.- Y ahora mismo, en este año 2020, ¿qué? Pues no veo otra vía razonable que la que evite que el choque de los nacionalismos catalán y español nos lleve a todos a perder las libertades. La de un diálogo civilizado que conduzca a un acuerdo sensato y modesto. Quizá uno que le reconozca a Cataluña su sentimiento nacional y le conceda más autogobierno en una España más federal.

*Este artículo está publicado en el número de febrero de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí. aquí

España en construcción, en 'tintaLibre'

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