Carta a Miguel de Cervantes

Una forma de pensarse

Retrato de Cervantes elaborado por Nicolas-Auguste Leisnier.

Retrato de Cervantes elaborado por Nicolas-Auguste Leisnier. Album / Heritage-Images / The Print Collector

Aquí me tienes, querido don Miguel, en el amanecer de un 26 de junio de 2020, empezando a escribirte esta carta, después de haber estado un rato con el codo en el bufete, la mano en la mejilla y la luminosa pantalla del ordenador a la espera de que mi cabeza y mis dedos supiesen lo que querían decir. Pensar las cosas sigue siendo necesario, y sigue siendo una tarea tan compleja como decisiva este tomarse en serio la relación entre el pensar y la mano, entre las ideas, los sentimientos y el hacer. Ser persona es una forma de hacerse y de pensarse, algo imprescindible en un mundo en el que todo se hace, aunque hay demasiadas cosas que no se piensan o se piensan mal.

Con nuestras manos hacemos la escritura, el amor y la política. De ahí que la libertad sea un asunto de autoridad y responsabilidad, y que el hacer sea un decidir, el resultado de una espera en la que hemos estado pensando antes de la primera palabra. Qué importante resulta el tiempo de espera: el codo en el bufete y la mano en la mejilla. Como ves, me tomo en serio todavía una de tus lecciones más importantes. El mundo que nos traemos entre manos vuelve a tener problemas serios a la hora de distinguir los milagros y las industrias. Paso ahora de las palabras de tu famoso prólogo al no menos famoso episodio de las bodas de Camacho. No hace falta que te explique de lo que hablo, pero voy a contárselo a otra gente que puede leer esta carta, porque existen curiosos para todo, los ojos son fisgones y la tinta libre

En el amor de una pareja joven se mete por medio el rico Camacho. Cosa no sólo de tres, Quiteria, Basilio el pobre y Camacho el rico, sino de muchos, porque también están el cura, los amigos invitados, el pueblo, don Quijote, Sancho y los lectores. Viendo que iba a perder su amor, su razón de vida, Basilio piensa y se pone manos a la obra. Aparece en la boda, dice que está desesperado por la situación y se acuchilla. Saber ponerse en situación es importante. La sangre certifica la agonía hasta conmover a los presentes. Ya es inevitable su muerte, sólo queda esperar que su alma consiga subir a los cielos, cosa difícil en un estado de desesperación. Quizás si lo dejaran que se casase con Quiteria podría recuperar la calma, ponerse a bien con Dios, morir tranquilo y perdonado. A Camacho le dará igual contraer matrimonio con una viuda virgen. Pero ocurre que, en cuanto se celebra la boda primera, Basilio sale de la agonía como se salta de una cama y regresa feliz a la vida. Milagro, milagro, exclama el cura, y Basilio responde que no ha sido milagro, sino industria, una industria humana, orgulloso él de la treta que ha ideado para aparentar su muerte y conseguir a Quiteria.

La libertad moderna nació en esa diferencia fundamental entre el milagro y la industria humana, la capacidad de pensar y llevar a la práctica las decisiones. La escritura no copió desde entonces la palabra de Dios, hubo que apoyar el codo en el bufete y la mano en la mejilla para pensar lo que convenía inventarse. Así aprendimos a distinguir los milagros y las supersticiones de la ficción moderna. Lo que ocurre en una ficción puede ser verosímil, pero no es verdad, se trata de una invención humana. Las sociedades no descendieron de la voluntad divina, sino que se crearon con un contrato por decisión soberana de los individuos que acordaban convivir. El Estado como obra de arte, según Maquiavelo. Más que descender de las alturas, el poder ascendió de los suelos, y los individuos, sin dejar de tener los pies en el suelo, ascendieron a una nueva condición: la ciudadanía. Para eso, para tener libertad y autoridad en la firma de un contrato de convivencia, antes hubo que acordar la espera del pensar y la acción de las manos para hacernos personas.

Eso ya no lo sabes tú, querido Miguel, porque la historia cívica de nuestras democracias fue consolidándose poco a poco después de tu muerte. Pero sí sabes que la libertad es un tesoro humano lleno de imprevistos. La gran paradoja de tu obra maestra estuvo en que fundaste la escritura como ficción, conseguiste que tus personajes dejaran de ser unos siervos para que pudiesen elegir libremente sus destinos, y el más importante de todos ellos decidió libremente elegir la servidumbre, vivir fuera de tiempo, sometido a los mandatos feudales de la caballería. Fue la libertad de un someterse. La industria volvió al milagro en su cabeza, se confundieron de nuevo las cosas inventadas con la verdad. Y la ficción de los molinos de viento se hizo en el alma superstición de gigantes. Por fortuna tus lectores, avisados por ti, no iban ya al libro como se va a una misa, no perdieron la distancia entre la ficción y el milagro, entre un trozo de pan y el cuerpo de un dios. Por eso pudieron observar que la locura maravillosa de don Quijote, en medio de situaciones ridículas, se llenaba de dignidad y de bondades generosas. Su voluntad equivocada merecía compasión y respeto en un mundo plagado de engaños y egoísmos. Hacer de un loco una persona digna fue un acierto tan grande como convertir a un ser libre en siervo por propia elección. La libertad necesita de la fraternidad si quiere conseguir que se respete la igualdad entre todos los seres humanos.

Lo que tú no sabes, y sí saben los lectores curiosos que nos acompañan hoy, es que la libertad moderna se ha complicado mucho porque la ficción humana está volviendo al milagro y la verdad se confunde otra vez con la superstición. Las injusticias que no hemos podido vencer con la razón vuelven a contar con la hechicería, ahora tecnológica, como aliada. Existen poderosísimos medios de industria que crean realidades virtuales. Redes tecnológicas, que a veces asumen la función de los nuevos púlpitos, extienden como informaciones de la verdad sus mentiras. Este nuevo evangelismo borra la experiencia, la capacidad de hacerse y de pensarse, de consolidar la ética personal en la propia vida de carne y hueso. Nos ponemos manos a la obra y respondemos sin poder pensar lo que decimos o pensándolo con los pies en un mundo de supersticiones. La distinción entre la ficción y la verdad, o entre el Estado representativo y la vida, se desborda continuamente en el imperio de unos instintos que suelen estar gobernados por el miedo.

El año 2020 trajo una pandemia que recuerda a las pestes medievales. No ha sido tan grave como aquellas pestes europeas que reducían la población del continente a la mitad, pero ya no estamos acostumbrados a las fragilidades humanas, no tenemos un trato cotidiano con la muerte. Ha sido una experiencia dolorosa. Como vivimos en la prisa, en el instante, en la pérdida de la memoria, con mil nuevas noticias al día que no dejan huella y dejan a la palabra sin honor, la realidad se vive ahora creyendo que todo cambia de golpe. Parece que el mundo va a ser distinto después de la pandemia. Y yo creo que lo que ha ocurrido con la enfermedad es que nos ha abierto los ojos en esta sociedad de clientelas hedonistas y de indiferencias al dolor. Nos ha recordado nuestras fragilidades, la necesidad de cuidarnos. Nos ha dado la posibilidad de comprender lo que estaba pasando con nosotros. 

Los Estados nos obligaron a confinarnos en los domicilios y pensaron en nuevas formas de control. Se trataba de salvar vidas. Llama la atención que algunas personas hayan querido identificar esta medida sanitaria como una agresión a la libertad. ¿Qué entienden por libertad? La borradura del Estado, la destrucción de los espacios públicos, la confusión entre las invenciones humanas sobre las que tenemos autoridad y la desregulación que nos hace súbditos de las supersticiones. La libertad, nacida del contrato de convivencia e industria del pobre Basilio, quiere confundirse con una ley del más fuerte que facilita los egoísmos sin límites del rico Camacho.

Este reto de hacer compatible la libertad con los espacios públicos y las regulaciones democráticas está en la raíz de la ficción moderna y de los Estados democráticos. Porque la ficción tiene estrategias y reglas, aunque no sean inmutables como las verdades divinas. Acostumbrados al tiempo que se concibe como una mercancía de instantes que se usan y se tiran, el tiempo fuera del tiempo, pensamos ahora que los controles son un asunto provocado por la epidemia. Pero llevamos muchos años en los que cada vida está vigilada por la tecnología, por las cámaras en la calle, por las pantallas de ordenador en los domicilios y los trabajos. Estamos muy, muy fichados, y tenemos sobre la mesa el debate democrático de la libertad y la necesidad de que la industria esté al servicio del buen amor entre Quiteria y Basilio. El rico Camacho está interesado en volver al mundo de los milagros, de las especulaciones virtuales, borrar el Estado en nombre de una fantasmagoría que ahora ni siquiera tiene un mandato espiritual religioso, porque se funda en el imperio de la avaricia. Evitar que la política y la ficción caigan en manos de los avariciosos es la tarea de los que quieren pensar y hacerse. 

Ya sabes que yo tengo pocas esperanzas, pero cultivo mis convicciones. Por loco que sea, tú me enseñaste que don Quijote merece respeto y actúa con deseos y modos que son inseparables de su dignidad como persona. Me enseñaste también que contar historias es una forma de rebeldía contra la muerte y el olvido, y que el relato de la experiencia humana, cuando se empeña en volver a los principios del pasado, nos compromete a pensar en los fines del futuro. Un futuro en el que debemos resolver muchas injusticias.

Por eso estoy aquí, cuando ya ha amanecido el día 26 de junio de 2020, escribiéndote la ficción de una carta y empeñado en elegir mis palabras, en hacer, en hacerme, para que mis ideas se pongan manos a la obra y combatan las supersticiones desde un lugar de La Mancha, convencido de que la escritura, la ciencia y la tecnología deben ponerse al servicio de la dignidad humana. Recogemos tu herencia para que sea posible el amor de Quiteria y Basilio dentro de la ley. Fuera de ella, sólo saldrán ganando los poderes salvajes.

*Luis García Montero es director del Instituto Cervantes.

*Esta carta está publicada en el número de verano de tintaLibre, ya a la venta. Si eres socio de infoLibre, puedes consultar todos los contenidos de la revista y los números anteriores haciendo clic aquíaquí

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