El futuro es de los mutantes

Para la autora, el omnipresente capitalismo digital ha acelerado la desprotección de grandes sectores de la población que sufren el desmantelamiento progresivo del Estado del Bienestar.

Lola López Mondéjar

La identidad del hombre blanco heterosexual, del sujeto más privilegiado, está sujeta al miedo de que descubran que es débil. Por eso tiene tanto peligro: para demostrar que no es así, recurre a actitudes extremas, a la violencia sexual o a la de las armas

Ben Lerner — poeta, novelista, ensayista y crítico literario estadounidense

Un sistema de producción y de organización de una sociedad determina las relaciones sociales e interpersonales que se producen en ella y, por tanto, la producción de un cierto tipo de humanidad potencialmente más apta para adaptarse a los requerimientos exigidos por ese mismo sistema. 

Desde el pasado siglo XIX, la industrialización y el consumo de los recursos del planeta han adquirido un desarrollo desaforado y autofágico que amenaza con destruirnos. A mediados del siglo XX se produjo la Gran Aceleración, un incremento exponencial de la actividad humana que ha provocado unos cambios en el estado de la Tierra que no pueden atribuirse a la variabilidad natural de su ecosistema, sino a la intervención humana. Un hecho que define el llamado Antropoceno y que está causando la crisis climática y la llamada Sexta Extinción, que puede acabar con el tipo de vida que conocemos. 

El capitalismo posfordista y financiarizado y, en los últimos veinte años, el capitalismo digital, ha acentuado la desprotección de grandes masas de población, el precariado, que sufren el desmantelamiento del Estado del Bienestar, las sucesivas crisis económicas, la desaparición de recursos públicos, la polarización de la riqueza y una creciente exclusión social (trabajar más por menos), lo que dificulta la creación de proyectos de futuro para los jóvenes y acentúa la incertidumbre, la indefensión aprendida —no hay nada que pueda hacer para cambiar las cosas—, el sentimiento de desamparo y, como consecuencia, la desafección política.

Por otra parte, la infosfera nos bombardea permanentemente, poniéndonos en contacto con el dolor inasumible del mundo sin que para protegernos podamos recurrir al consuelo de los grandes relatos, religiosos o ideológicos, que retornan a modo de infructuoso paliativo con el aumento de los populismos y el ascenso de la ultraderecha y sus falaces promesas de firmeza identitaria en un mundo que se diluye. La crisis medioambiental hace temblar, además, lo que siempre fue sólido: la geografía, el planeta mismo que nos sostiene. Pandemia y guerra de Ucrania contribuyen, por último, a un mayor incremento de la perplejidad, todo lo cual nos lleva a poder afirmar que nuestra sociedad actual reúne los ingredientes para ser considerada potencialmente traumática para la mayoría de sus ciudadanos, en especial para los jóvenes, una población redundante que no siente que tenga un lugar en el mundo que no sea el de meros consumidores.

Excluidos e hiperadaptados

Existen dos modos de respuesta a esta producción de individualización de la modernidad tardía: de una parte, los excluidos que no pueden adaptarse a las demandas del sistema y sufren y expresan su incapacidad para hacerlo con síntomas como la depresión, el trastorno bipolar, las adicciones, el suicidio, los ataques de pánico, y una ansiedad generalizada que carece de representación y de relato; de otra los hiperadaptados al sistema (a quienes he llamado invulnerables e invertebrados), que tratan de sobrevivir mediante el uso de mecanismos de defensa primitivos como la negación y la disociación. Todos ellos conviven en la sociedad del capitalismo digital. Entre los unos y los otros, con distintas proporciones y combinaciones de malestar y esfuerzos de adaptación, nos encontramos el resto.

Mucho se ha escrito últimamente sobre los crecientes problemas de salud mental que nos acosan, el incremento de suicidios y autolesiones entre los jóvenes tras la pandemia habla del fracaso de esta sociedad para otorgarles un lugar habitable e insuflarles el deseo de vida que cada generación tiene el deber de trasladar a la siguiente. Sin embargo, y a pesar del incremento del malestar social y psicológico que nos aqueja, son los hiperadaptados los más numerosos

Se trata de aquellos que se ajustan al sistema mediante una dinámica singular que he denominado Fantasía de la invulnerabilidad, que podemos definir como sigue: ante la creciente incertidumbre que nos angustia, el individuo se preserva mediante una escisión funcional, escondiendo en los sótanos de sí mismo la indefensión y la impotencia, negando su vulnerabilidad e identificándose masivamente con la omnipotencia. Son quienes logran el éxito de la producción de un tipo determinado de individualización sin sujeto que permite la pervivencia del sistema a través de individuos que se adhieren a las propuestas sociales repetidas performativamente por los medios de comunicación y, sobre todo, por la red, omnipresente y adictiva. Aparentemente felices, calman su angustia con el consumo de bienes y de acciones que les alejan de sí mismos, de habitar su interior, progresivamente más y más hueco, lleno sólo de ruido.

Mantienen su ilusión de singularidad mediante lo que Bauman llamó fetichismo de la subjetividad, es decir, elaboran una identidad mimética apuntalada en sus hábitos como consumidores, de ahí que, paradójicamente, en el auge del individualismo más cruel, de la potenciación de un narcisismo que parecería intentar diferenciarnos, la producción mayoritaria sea la de individuos extremadamente homogéneos, que se sostienen a partir de una identidad imaginaria, un avatar que busca reconocimiento y atención a través de las redes, que huye de la reflexividad y de la percepción del conflicto tanto interno como externo, pues ambos les confrontarían con su vulnerabilidad negada, aparentando una felicidad a menudo ficticia.

Son pequeños y grandes psicópatas, carentes de empatía, que usan a los otros como un mero objeto o función y corren hacia delante en una actividad compulsiva para intentar calmar su angustia apenas percibida, sin que sepan identificar su causa, ni hacer de su malestar un relato, porque este les pasa desapercibido.

Mutación antropológica

Fue Pasolini quien, en sus Letras corsarias, años 60, ya advirtiera de los profundos cambios que la televisión y el consumo masivo de bienes que siguió al desarrollo económico de Italia producía en sus contemporáneos. Pasolini llamó mutación antropológica a las metamorfosis que observaba, trasladando el concepto de la biología al campo social. Observó la superficial alegría de los jóvenes, la uniformización obediente de los ciudadanos (idiotas alejados de la polis), y una transformación moral basada en la enfática exigencia de tolerancia que ya era el germen de nuestro peligroso relativismo actual, de nuestra tramposa posverdad. La era del hedonismo, la llamó, que describió aquejada de una desaparición de los valores que ha producido seres vacíos, atentos a modelos vacíos. Un mundo antihumanista que ha reducido al hombre, profetizó, a un objeto entre los objetos. Su mirada visionaria emitió un ajustado diagnóstico que hoy no podemos sino confirmar.

Hoy podemos observar síntomas de esta fantasía de invulnerabilidad en algunos de nuestros políticos, quizás la deriva camaleónica de Toni Cantó sea un ejemplo tan ridículo como paradigmático; nuestra tolerancia a la corrupción sería también el signo de una complacencia que habla por sí misma de nuestra atonía y de nuestra estulticia moral, de nuestro carácter invertebrado, de nuestra amoralidad pragmática.

Trump sería otro ejemplo de estos sujetos invulnerables y moralmente invertebrados, como también Boris Johnson. Simon Leviev, el estafador de Tinder del famoso documental de Netflix, muestra otra faceta de estos individuos sin sujeto que responden al prototipo del éxito mediante la creación de un avatar, de una impostura, con la que acaban fundiéndose.

En el orden de los afectos, quizás sea Eva Illouz quien con más acierto haya descrito la conducta de los adaptados al sistema. Tinder, afirma, “no es una plataforma para mostrar a los demás quién eres, sino para intensificar la adaptación del yo a las fotografías”. Así mismo, la difusión de las imágenes se convierte en un refuerzo para una identidad imaginaria, puro avatar, como dijimos, en ausencia de una subjetividad crítica y creativa, hoy en claro retroceso.

Identidad mimética, pues la presión para parecerse a las fotos inspiradas por los ideales de la publicidad y de Internet mueve la industria de la cirugía plástica y de los gimnasios, transformando a la par las almas y la anatomía. 

La economía de la atención que preside el capitalismo digital se encarna en los cuerpos, que la reclaman para sí utilizando los medios que la red proporciona. De ahí que nuestros niños hiper, hiperconectados, hiperactivos e hipersexualizados, quieran ser youtuberstiktokers o influencers que venden sus vidas para ser vistos, traspasando a menudo los límites de lo que considerábamos dignidad humana.

Mientras este orden de cosas se instala, observamos la destrucción de nosotros mismos con indiferencia, tanto en lo singular como en lo colectivo. La Sexta Extinción masiva que se avecina no parece asustar a nadie porque el mecanismo de negación que nos aleja de nuestra interdependencia se ha impuesto: cerramos los ojos, negacionistas de las evidencias, y seguimos caminando, ciegos, hacia el abismo.

Por su parte, los inadaptados a este sistema de producción de individualidades, sufren y se retiran, incapaces de gestionar un malestar que les avergüenza compartir, pues han singularizado una queja cuyo origen es social y les consume la culpa. Y el futuro, ¿el futuro?, queda en manos de los mutantes sobreadaptados, psicopáticos, irreflexivos, sostenidos por la fantasía de invulnerabilidad que los convierte necesariamente en invertebrados. 

Hablamos de individuos como Nadim Darrechi, 28 millones de seguidores, que miente a las chicas con las que se acuesta para que le permitan mantener relaciones sexuales sin preservativo, afirmando que se ha operado de vasectomía; y lo cuenta sin más en las redes porque su inconsciencia es tanta que ni siquiera sospecha que su conducta dañe a otro, o que sea un delito. El futuro son las chicas que no están seguras de que haya abusado de ellas porque el modelo pornográfico que se impone ha debilitado la percepción de lo que consideran o no indigno hacer o consentir, y son moldeables como la plastilina. El futuro es de los actuadores irreflexivos, de quienes mejor sigan las consignas dominantes, de los adocenados y los mutantes.

Terminemos con las proféticas palabras de Walter Benjamin:

La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden

Sentémonos, pues, delante de las pantallas para verlas venir. No pretendo consolarnos sino incomodarnos, que nos interroguemos y nos alcemos, rebeldes, de nuestras cómodas poltronas

La vox de sus amos, en 'tintaLibre' enero

La vox de sus amos, en 'tintaLibre' enero

Más sobre este tema
stats