John Dickie: “Las conspiraciones son contagiosas, aunque estemos rodeados de información”

El autor inglés John Dickie en una imagen reciente.

Alberto G. Palomo

Se podría decir, mirando bibliografía e intervenciones públicas, que su especialidad es la Mafia. Y que precisamente ese asunto es lo que le ha llevado a otro, aparentemente opuesto: un agosto de 2013, mes de esos en los que, según dice, los periódicos, las televisiones y las radios tienen que rellenar espacios, arrestaron a un miembro de dicha organización ilícita que vivía en las afueras de Londres. Llevaba 20 años bajo un nombre falso y a él le pareció “una buena historia”. Más en esas jornadas áridas de noticias. Como experto, empezó a recibir llamadas. Iba de plató en plató. Cuando le preguntaban por estos grupos criminales surgidos en Italia, respondía con una de las definiciones que usaba uno de los capos: “La Mafia es como la masonería de los delincuentes”.

Aquella respuesta, de la que tiraba a menudo, tuvo inmediatamente otra. Al llegar a casa, de noche, le asaltó un correo del responsable de comunicación de la Gran Logia inglesa. Le invitaban a charlar y conocer la Masonería. Cosas de verano, quizás. De repente, empezó a informarse: vio que tenían un museo en Londres, una interesante tradición centenaria y muchos elementos curiosos que apenas se conocían. O se conocían de forma tergiversada: la gente, explica, posee una imagen de esta comunidad como algo críptico, oculto e incluso maligno. Decidió juntarse con el tipo amable que le proponía una cita. Y lo que salió no fue solo un encuentro cordial sino una obra alejada de su habitual temática.

John Dickie se metió de lleno en esta hermandad misteriosa y escribió La orden. Una historia global del poder de los masones, publicada ahora en español por Debate. El historiador y periodista inglés, nacido en Dundee hace 58 años, necesitó esa carambola del destino y cinco años de documentación para glosar lo que considera “una aproximación” a esta Logia. Plagado de notas, referencias e ilustraciones, el volumen narra los inicios a principios del siglo XVIII, la expansión a otros continentes o el odio que suscitó no solo en líderes religiosos sino en dictadores como Hitler, Mussolini o Franco. Y eso que entre sus filas contaba con personajes poderosos como George Washington, Giuseppe Garibaldi o Winston Churchill.

Los masones o francmasones, otra acepción de su nombre, han estado envueltos desde la raíz de un halo de intriga. No sin cierto sentido, según afirma Dickie, pues su propia razón de ser se basaba en lo arcano. “Ellos eran los primeros que tenían este secretismo, pero se engrandecía por la gente externa y sus enemigos de fe católica”, aclara sin prisas en un bar de Madrid, adonde ha viajado corriendo para presentar el libro. Esta sociedad, agrega, ha supuesto una paradoja, en parte buscada: ni su funcionamiento ni sus enseñanzas o creencias tenían nada de extraño, pero lo ocultaban para mantener el enigma. “Cuando John Coustos, joyero londinense de 40 años, fue torturado en 1743 por la Inquisición en Portugal, desveló todo, pero no le creyeron. Y esa confesión hizo que aumentara también el miedo”, expresa, en referencia a la anécdota con la que empieza el libro.

Como introducción también analiza algunos rituales, los principales símbolos o el número de miembros con el que cuenta en la actualidad. En Inglaterra, calcula, son unos 400.000. En Estados Unidos, por encima de un millón. Y en total alcanzan los seis millones. Una cifra muy inferior al siglo XIX o incluso al XX, momento en que comenzó el descenso pero cuya presencia aún era notable. No hay más que ver la lista de personalidades que se integraban en la Logia: de Mozart a Conan Doyle, de Goethe a Rudyard Kipling o de Nat King Cole a Peter Sellers. La lista abarca desde la política a la cultura y tiene su culmen en la Casa Blanca americana, donde diferentes jefes de Gobierno se han declarado seguidores de esta organización. El patrón masónico de hermandad, comenta Dickie, forma parte a la vez del ADN de grupos como la Mafia o el Ku Klux Klan.

Un pozo de secretos

“El patrón para la fraternidad, forjado por mitos, rituales y secretismo, ha sido adoptado y manoseado de innumerables maneras”, apunta el autor del superventas Cosa Nostra, de 2006, sobre las distintas asociaciones a las que se puede ver como discípulos. Todas han sufrido el estigma, la sospecha: “El juramento de silencio que hacen los francmasones durante su iniciación es todo cuanto se necesita para dar rienda suelta a la imaginación conspirativa. El secretismo de la masonería es como un pozo. Y los hombres que lo construyeron saben lo profundo que es. El resto solo podemos asomarnos por encima del muro que lo rodea y hacernos preguntas. Mientras contemplamos el agua, especulando qué podría acechar debajo, la superficie negra refleja nuestras ansiedades”.

Dickie desmitifica, no obstante, esta ocultación. Según revela, los masones se atienen a tres principios bastante obvios. “El primero es ‘intenta ser una persona amable’. El segundo, ‘intenta saber más del mundo’. Y el último, que la muerte es algo serio y hay que pensar en ella”, enumera este profesor de Estudios Italianos en el University College de Londres. 

“Nadie puede discutir sobre esto. Nadie puede negar estos estatutos. Pero en el siglo XVIII podían ser peligrosos. Y por eso incluyeron esta cláusula de misterio”, indica. Entonces, la figura de los reyes y la del Papa se confundían. El catolicismo ejercía su influencia de tal forma que los países de Europa se acercaban a un sistema teocrático. Y eso llevaba a la persecución del otro, como se comprobaba en el caso de judíos, musulmanes o masones.

Herejes, en suma, que desafían la doctrina papal. El credo único e insustituible. “El Papa es un líder religioso y también parte de la corona. Él organiza y cataloga a sus enemigos. Y lo que le vuelve loco es el secretismo. Eso genera las mayores paranoias”, anota Dickie, que habla de su libro como “una historia de malentendidos”. Por ejemplo, cuando al citado Coustos lo torturan, le inquieren sobre la ausencia de mujeres, sobre las reuniones clandestinas o sobre símbolos tan inocentes como un compás. “La idea de mantener el misterio les lleva a que los acusen de sodomitas o de hacer aquelarres satanistas, invocaciones al maligno, como había ocurrido con las brujas. Pero, ¿cuál es la función de cualquier religión si no encarar la muerte?”, sostiene. 

Uno de los errores, de hecho, fue ese: darles publicidad, aunque fuera negativa. Según Dickie, en 1850 Pio IX puso al mando a los jesuitas de la revista Civiltà Cattolica, la principal del Vaticano. Ellos se erigieron como sus enemigos y les culparon de todas las desgracias en pleno auge de las revoluciones europeas. Y los masones, que ya habían aprendido esa máxima de “que hablen de ti, aunque sea mal”, aumentaron su relevancia. Se desmarcaron de las restricciones del catolicismo y propagaron sus valores, con ecos de la Ilustración. “En realidad, defienden los derechos humanos, la sabiduría”, sostiene el historiador, “y por mucho que llamaran la atención sus métodos, por el toque de misterio, todos necesitamos unos rituales, como brindar antes de beber o dar un beso a tu bebé antes de dormir”.

“Todavía se les menosprecia, pero ellos, como cualquier religión en sus escritos, abogan por la igualdad, por la caridad. La masonería, además, es politeísta”, agrega Dickie, “y que excluyeran a la mujer no significaba más que una de las características de la época en que nació”. “Todas las creencias hablan de amor y compasión, pero luego lo traicionan, como vemos en el apoyo a regímenes asesinos o en las cruzadas”, señala el experto, que también asume las barbaridades de los masones: “Harry S. Truman era masón y fue el presidente de Estados Unidos que mandó lanzar la primera bomba atómica, provocando cientos de miles de muertos. Y lo eran muchos generales del Imperio Británico, protagonistas de atrocidades. Incluso enarbolaron programas antisemitas antes que el nazismo”. A la fijación contra ellos añade que lucieran calaveras o diversos dibujos en alusión a la muerte o que en sus rituales se rasgaran la ropa o se anudaran una soga al cuello. “Aparte de eso, la organización podría tener bastantes virtudes y riquezas, como que pude entrar cualquiera de cualquier parte del mundo”, enfatiza.

La conspiración judeomasónica

Cualidad la anterior que favorece su expansión y servía de refugio para algunos grupos discriminados. En Estados Unidos, ilustra Dickie, la masonería fue fundamental durante la segunda mitad del siglo XIX. Y continuó hasta mediados del XX. “Originalmente, George Washington sentó las bases y la puso en el centro. Él sabía que, como presidente, tenía una carta en blanco. Y tenía una buena puesta en escena, con sus desfiles o su carácter ecuménico. Aunque ahora haya mermado, ejerció mucha influencia hasta la Guerra Fría”, reflexiona el autor. La nación norteamericana propiciaba un gran nicho a la Logia, quizás porque el peso de la fe no estaba tan ligado a una institución, como pasaba en Europa. 

“No hay que olvidar que en todos los países comunistas estaba prohibida. Y en los musulmanes igual. Entonces solo quedaba un reducto del globo”, puntualiza. En Europa afloró pronto la inquina. De las peleas papales a la era de los dictadores. Mussolini, en Italia, acusaba de masones a quienes no comulgaban con sus doctrinas. Hitler también les puso en la diana. Y Franco, en España, acusó hasta a 80.000 personas de serlo, a pesar de que aquí su calado era ínfimo. “Se llegó a decir que él constaba como miembro, y lo único que parece verdad es que su hermano Ramón lo intentó y no le dejaron”, arguye, “hay un tribunal contra ellos en Salamanca, donde se comprueba esa paranoia contra ellos y el odio personal”. 

Franco era “un conspiranoico”, describe Dickie, usando la palabra en español y destacando lo que le gusta que haya un adjetivo así, tan gráfico, en nuestro idioma. Creía, según asevera, en la conspiración judeomasónica. Y superó a Hitler o Mussolini porque era “el más fanático, brutal y católico”, el que encarnaba las luchas tradicionales entre la religión y las élites intelectuales. Continuaba las corrientes de Italia o Francia, donde se achacaba el declive de la civilización por parte de una minoría selecta que maneja el dinero. “Eso lo han mantenido desde la extrema derecha, como en el nazismo, hasta la extrema izquierda de los bolcheviques”, argumenta, poniendo como ejemplos recientes a QAnon y el pizzagate que propiciaron el asalto al Capitolio o incluso a los antivacunas, que esgrimen un “nuevo orden” detrás de la pandemia orquestado por Soros o Bill Gates.

“Es normal. Todos asumimos que hay que formar parte de algo. Y las conspiraciones son contagiosas, aunque estemos rodeados de información: hay mucha gente desorientada y necesita una explicación”, concluye Dickie. “Hay que reconocerles ingredientes muy atractivos. Vivimos en un mundo muy secular y necesitamos esa unión a la que ellos instaban. Piensa en que un mercader de Glasgow o un navegante de Londres se marchaban a Australia o Canadá y se juntaban con alguien de su Logia, sin importar la raza o el credo. Eso les otorgaba un sentimiento de pertenencia que se compactaba gracias a las acusaciones de fuera”, detalla el autor, que no se ahorra los escándalos financieros o algunos desenlaces truculentos de esta organización secreta. “Cada Logia es un mundo”, resume. ¿Y ahora? “Su legado aún se percibe en las instituciones, donde se les sigue mencionando, pero su número está en descenso. Yo creo que se estancará y, tal vez, se renueve”, sopesa, asegurando que él no es masón. “No podría serlo por mi ateísmo, porque ellos están convencidos de una presencia superior. Pero mi abuelo lo era. Por eso los respeto”, concluye, sacando a la Mafia en la conversación y convencido de que no la volverá a comparar con la Logia, aunque haya semejanzas.

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