Vuelvo a verlo, una vez más. Es un vídeo viral de 2019 pero ha tenido un recorrido más largo de lo habitual. Un músico de Puerto Rico toca una pandereta a una velocidad de vértigo. Algo detrás de él, medio ensombrecido, perfilada la barba con aires de poeta decimonónico, Lionel Messi trata de encontrar el ritmo en alguna parte. Su cuerpo permanece rígido mientras no sabe dónde mirar. En ocasiones busca al músico, en otras se detiene en el pandero boricua; sea como sea, una súplica de ayuda late en cada uno de sus gestos. Messi mueve la cabeza como la movía el perro que mi padre tenía sobre el salpicadero de su Renault 21. Son apenas diez segundos, un reel rápido, suficientes para contemplar a Messi como el hombre absurdo condenado a decir sí.
Una cordial invitación
El jueves 5 de marzo de este año volví a ver este vídeo en su versión extendida, mejorada y con comentarios del director. Lionel Messi visitaba la Casa Blanca por primera vez. Su equipo, el Inter de Miami, había sido invitado como vigente campeón de la liga de fútbol de Canadá y Estados Unidos, la Major League Soccer (MLS). Una semana después del comienzo de los bombardeos sobre Irán, Messi estaba ahí. Donald Trump lo esperaba con los brazos abiertos. La puesta en escena era la de las grandes ocasiones. La fanfarria con los sones de Hail to the Chief anuncia la llegada al Salón Este de la Casa Blanca del presidente de los Estados Unidos, flanqueado a su derecha por Jorge Mas, dueño del Inter de Miami, y a su izquierda por Lionel Messi, un paso por detrás y con la cabeza gacha [véase la foto que acompaña a este texto].
No falta nadie. Tan sólo David Beckham, copropietario y cara bonita del equipo, se ha permitido el lujo de ausentarse. Por ahí rondan Marco Rubio y toda la troupe de Miami, junto al tradicional coro de palmeros. Trump comienza su discurso, por llamarlo de alguna manera. Detrás suyo, la plantilla de los campeones. Sin tregua, arranca a hablar de sus “maravillosos socios israelíes”, del “aparato militar más importante del mundo” y de variopintas mutilaciones en Teherán. En segundo plano, más que visible, entrelazadas las manos al frente, Messi baja la vista, mira al vacío. Dicen que no sabe inglés, pero entiende cada una de las palabras de Trump. Algo más que incómodo, frunce el ceño, se balancea. Leo vuelve a ser el perro en el salpicadero del coche de mi padre. No puede dejar de estar ahí. Quiere huir, aunque afirma. Trump prosigue su delirio con las bondades de Delcy Rodríguez y las amenazas de invasión a Cuba. Pasan ocho minutos para que el presidente comience a hablar de fútbol, en un batiburrillo donde se confunden el Cosmos de Pelé, su hijo Barron, Cristiano Ronaldo y los Yankees de Nueva York.
Lo conozco bien y creo que no he visto sufrir tanto a Messi como en esos más de veinte minutos de monólogo interior-exterior de Donald Trump. Mucho más cómodo entre los tacos de Pepe y Sergio Ramos, sin duda. ¿Pudo evitarse estar ahí? Quizá. Siempre se ha dicho que Messi ha logrado sortear el uso populista de su imagen por parte de la clase política, desde los años de Barcelona, sobre todo en tiempos del procés, a los vaivenes de Argentina entre Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei. Incluso rechazó la invitación de Joe Biden, en los últimos días de su mandato, para recibir la Medalla de la Libertad, máximo honor civil del país. Pero, esta vez, parece que el futbolista no pudo o no quiso negarse a la cordial invitación. Por un lado, Jorge Mas, el propietario principal de su equipo, pertenece a esa élite de cubanos de Miami, hijos del exilio, que pone ojitos cada vez que Trump menciona la palabra invasión. Y, por otro, en año de Mundial en Estados Unidos, ¿cómo renunciar al piscolabis del anfitrión? Muchos seguidores de Leo se sintieron traicionados, invocaron incluso la coherencia del genuino populista Diego Armando Maradona. El propio Messi, se diría que avergonzado, ocultó la visita a la Casa Blanca en sus redes sociales, al contrario de lo que hizo Cristiano Ronaldo sólo unos meses atrás. Ahora bien, no debemos ver el encuentro entre Donald Trump y Lionel Messi como un acto clásico de propaganda, sino como un gesto de paz. Litúrgico, ecuménico y futbolístico.
El fútbol es paz
Es fácil pensar que el presidente de los Estados Unidos escogió recibir al mejor futbolista del mundo en plena escalada bélica. No caigan en el reduccionismo. Lo cierto es que Trump invitó al jugador argentino en su condición de actual Premio FIFA de la Paz. No lean esto como un oxímoron, ni sean malintencionados. En efecto, primer Premio FIFA de la Paz. Un galardón que Donald J. Trump recibió durante el sorteo del Mundial 2026 de manos de su amigo y presidente de la FIFA, Gianni Infantino. La relación entre estos dos personajes haría levantar a Freud y Propp de la tumba. El clásico matón de escuela y su servil lacayo. Un patrón narrativo que nos ayudaron a fijar las películas adolescentes de la década de los 80. A muchos nos resultaba imposible pensar que la FIFA pudiera caer más bajo tras los mandatos del fascista João Havelange y el cleptómano Joseph Blatter, pero el bueno de Gianni lo ha conseguido con creces. Cuando la corrupción casi es inherente a tu cargo, apenas se trataba de aparentar una mínima dignidad. El suizo Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 con una ridícula pátina progresista que en estos diez años se ha disuelto en una ciénaga de autoritarismo, servilismo y modélica ejecución de sportswashing.
Gianni Infantino ha entregado la FIFA y el Mundial 2026 a Donald Trump como el más lujoso de sus diamantes. La alianza entre estos dos sujetos ha dado lugar a un gobierno futbolístico al que podríamos dar el nombre de Trumpantinato. Tan ridículo el nombre como los personajes. Dos trileros al mando de un imperio decadente y de una organización sin ánimo de lucro, no es sarcasmo, conformada por 211 federaciones nacionales. El Trumpantinato es entregar plenos poderes a tu colega, consagrar una distopía dorada seguida por miles de millones de personas, vender las entradas más caras de la historia, imponer a Arabia Saudí como sede del Mundial 2034, no imponer jamás sanciones a ese otro amigo común y, en definitiva, compartir unos ingresos que se espera vayan más allá de los diez mil millones de euros. A cambio, entre otras prebendas, el multimillonario compensó a Gianni entregándole una silla en su llamada Junta de Paz. ¿Ven como siempre terminamos hablando de paz? Ahí estaba Infantino con una gorra roja de USA, clásico modelo MAGA, como paradigma del tonto útil, sentado justo delante de Javier Milei y Viktor Orbán, lo cual es ser muy tonto y también muy útil.
Porque, en efecto, el fútbol es paz. Así nos lo demuestra la historia de los mundiales. Un pequeño repaso a un acto tan aparentemente trivial como el discurso de inauguración nos pone sobre la pista. El mejor ejemplo se dio en Argentina en 1978. Durante su proclama, el teniente general Jorge Rafael Videla, “Excelentísimo señor presidente de la Nación”, mencionó en cinco ocasiones dicha palabra y puso de relieve “esa paz dentro de cuyo marco el hombre pueda realizarse plenamente como persona con dignidad y en libertad”. Un poco más cerca en el tiempo, pero con un espíritu semejante, Vladímir Putin dio arranque al Mundial de 2018 ensalzando la unidad que permite “el fortalecimiento de la paz y el entendimiento entre los pueblos”.
Las muestras son múltiples, inagotables. De una u otra manera, la paz siempre ha estado ahí. En la Italia de 1934 o en la paloma echada a volar desde el centro del Camp Nou en 1982. Y allí donde la paz no se ha colado en las palabras de bienvenida, ha sido para abrir espacio a otros valores arraigados en la tradición local. En la última Copa del Mundo, en 2022, el emir de Qatar, Tamim Bin Hamad Al Thani, animó a dejar de lado las diferencias para “celebrar la diversidad”. ¿Será este Mundial de Estados Unidos, Canadá y México un mundial de paz? No cabe duda. Donald y Gianni se siguen esforzando para que así sea. ¿Cuántas veces pronunciará Trump durante este mes y pico la susodicha palabra? Hagan sus apuestas, deportivas, por supuesto. ¿Con la medalla del premio Nobel de la Paz ya en su poder, compensará el presidente a María Corina con la Bota de Oro del torneo?
El sí del aficionado
Hasta llegar aquí, hasta este desborde de codicia y estupidez encarnado en la FIFA, el fútbol ha recorrido un largo camino de ida y vuelta. No está de más recordarlo. Sin tener en cuenta sus precedentes, el fútbol nace y se consolida en tiempos de capitalismo industrial ligado a la élite de las public schools inglesas. Tras la creación de la primera asociación de fútbol en 1863, no tardará en irrumpir la disputa entre el amateurismo y el profesionalismo. O, lo que es lo mismo, entre quienes podían jugar sin cobrar y quienes necesitaban cobrar para seguir haciéndolo. Este debate precede al desarrollo del fútbol como fenómeno de masas dentro del capitalismo financiero en las primeras décadas del siglo XX. Hablamos de su expansión como deporte más popular del planeta, sin más, identificado de manera general con las clases trabajadoras ¿Y dónde nos encontramos ahora? Son muchos los que hablan de un regreso a aquellos primeros años de partidos entre Eton y Winchester, apenas nos toca cambiar el nombre de los college por cualquier fondo de inversión saudí o estadounidense. En tiempos de turbocapitalismo, el fútbol ofrece capital real, simbólico y un constante ejercicio de soft power. Ya no se trata sólo de su uso político, nos hemos acostumbrado también a la futbolización de la política ¿Y dónde queda el aficionado en todo esto? A fin de cuentas, ¿es necesario el aficionado?
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Voy a recurrir al menos futbolero de los escritores argentinos y autor de una de las frases más populistas, en todos los sentidos, de la historia del deporte: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. La pronunció Jorge Luis Borges, capaz de perdonarle todo a su querida Inglaterra menos que hubiera llenado el mundo de “juegos estúpidos”. A pesar de ello, junto a su amigo Adolfo Bioy Casares, escribió un relato de temática futbolística, una parábola incluida en el libro Crónicas de Bustos Domecq (1967). Con el título de Esse est percipi, los autores juegan con la filosofía idealista de Berkeley para llevarnos a un mundo donde los encuentros se dirimen tan sólo en la imaginación de los locutores: “El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”. Estadios vacíos, rentabilidad inmediata, hinchas que consumen insaciables un relato tramado de antemano, en definitiva, el sueño húmedo de cualquier propietario actual. El objetivo ya no es que la PlayStation se parezca al fútbol, sino que el fútbol sea una copia certificada de la Play. La pandemia nos mostró que era factible, la conversión del aficionado en cliente evidencia que quizá sólo es una cuestión de tiempo.
El próximo Mundial será un evento monstruoso donde por primera vez participarán 48 selecciones. Confieso mi agotamiento ante el exceso. Crecí viendo fútbol como un ritual cíclico, al modo de Mircea Eliade y Estudio Estadio, que se reproducía en determinados días de la semana. Organizo mi memoria por los cuatro años que van de un mundial a otro. El fútbol ha pasado a jugarse todos los días, a todas horas. No está permitido el tiempo de la espera, de la expectativa. La voracidad de las élites nos maltrata y expulsa, pero, después de todo, seguimos ahí. No quiero ver a Donald y Gianni juntos de la mano, pero no puedo evitar recordar que ahora Qatar es, para mí, para tantos, el país en el que Messi levantó la Copa del Mundo. Dirán la paz, es obvio. Será obsceno, grotesco y agotador. Quisiera negarme, pero afirmo de nuevo como el perro sobre el salpicadero del coche de mi padre, como Leo en el Salón Este de la Casa Blanca. Veré el Mundial, sí, encadenado a todas las contradicciones del mundo. Buscaré el juego, sea donde sea. No quiero estar ahí, pero estaré. La pandereta sigue sonando.
*David García Cames es periodista y profesor de Literatura. Autor de ‘La jugada de todos los tiempos’ (2018), ‘Kafka en Maracaná’ (2020) y ‘Gambetas entre un discípulo de Bolaño y un fanático de D10S’ (2023).
Vuelvo a verlo, una vez más. Es un vídeo viral de 2019 pero ha tenido un recorrido más largo de lo habitual. Un músico de Puerto Rico toca una pandereta a una velocidad de vértigo. Algo detrás de él, medio ensombrecido, perfilada la barba con aires de poeta decimonónico, Lionel Messi trata de encontrar el ritmo en alguna parte. Su cuerpo permanece rígido mientras no sabe dónde mirar. En ocasiones busca al músico, en otras se detiene en el pandero boricua; sea como sea, una súplica de ayuda late en cada uno de sus gestos. Messi mueve la cabeza como la movía el perro que mi padre tenía sobre el salpicadero de su Renault 21. Son apenas diez segundos, un reel rápido, suficientes para contemplar a Messi como el hombre absurdo condenado a decir sí.