El fútbol es el más político de los deportes, y la Copa del Mundo es el más político de los campeonatos de fútbol. Para los futboleros de ley, que contamos la vida no en años, sino en mundiales, esta ceremonia de cada cuatrienio es también una manera de leer la historia: una metáfora o cifra del momento político. La última Copa del Mundo nos dejó la final más bella de que tengo memoria –un partido que pareció diseñado para reclutar adeptos y desactivar escepticismos–, pero nos dejó también la evidencia insoslayable de la venalidad, la hipocresía y el cinismo de los dueños del negocio, que pusieron el fútbol al servicio de una autocracia donde la libertad no existe y los derechos humanos son un chiste de mal gusto. En realidad, aquello no tenía por qué sorprender a nadie: cuatro años antes, la Rusia de Putin había organizado la Copa del Mundo como si se tomara un recreo entre la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania. En tiempos de Gianni Infantino, eso es la FIFA: una máquina grotesca de lavarles la cara a los regímenes más deplorables.
Sí, todos vimos lo que sucedió en Qatar: los obreros muertos en el intento de llegar a tiempo con la construcción de un estadio, los denunciantes silenciados o encarcelados, la censura implementada con la connivencia abierta de las autoridades internacionales. Abdullah Ibhais, director de comunicación del Mundial, decidió en algún momento rebelarse contra la inhumanidad ambiente, y habló de las condiciones de esclavismo en que trabajaban muchos y de botellas de plástico vacías de agua durante semanas y de las amenazas que recibían los trabajadores por llamar a la huelga. Su testimonio gustó poco al régimen: Ibhais pasó tres años en la cárcel sin que la FIFA moviera un dedo. Tampoco esto era digno de nuestra sorpresa, claro. Poco antes, cuando algunos capitanes de las selecciones mundiales anunciaron su intención de llevar en sus brazaletes los colores de la bandera gay en un país donde rige la sharía y la homosexualidad es delito, la FIFA respondió amenazándolos con sanciones. Algunos recordamos la carta abierta (y tan, pero tan boba) que Infantino les envió a los futbolistas: “No permitan que el fútbol se vea arrastrado a cada batalla política o ideológica que exista”. Si hay maneras más evidentes de no entender el fútbol, no las conozco.
Porque el fútbol es político y es ideológico, y la Copa del Mundo ha sido el escenario de esas batallas desde 1930: el fútbol, con perdón de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. Lo ha sido siempre, para lo bueno y para lo malo, como defensa de causas más o menos legítimas o como maquillaje de monstruosidades de diverso cuño. No recuerdo quién dijo hace mucho tiempo que un hombre tiene menos ganas de matar a otro hombre en la guerra si antes ha jugado con o contra él, y no es imposible que la declaración se refiriera a ese partido de leyenda que los soldados alemanes y los ingleses disputaron en las trincheras de la Primera Guerra, allá por las navidades de 1914. Como se sabe, los altos mandos militares se opusieron a posteriores treguas, con fútbol o sin él, pues temían (con razón) que aquellos encuentros en tierra de nadie socavaran el ánimo guerrero. En otras palabras: que les quitaran a los hombres las ganas de matar. Ese episodio se nos ha convertido en símbolo de algo, pero falta saber con certeza de qué.
Pero no nos entusiasmemos demasiado. El problema con el fútbol, y su gran paradoja, es su falta de inocencia: por cada episodio de la historia en que un partido es una tregua, hay cien más en que un partido es alegoría o incluso combustible de la guerra. Alegoría: en 1986, cuando Maradona marcó un gol con la mano contra Inglaterra, no sólo fue autor de un gol tramposo y al mismo tiempo genial, sino de una reparación o venganza por la derrota argentina en Las Malvinas. Combustible: a finales de los años 60, tras décadas de conflictos no resueltos que tenían que ver con tierras cultivables, poblaciones inmigrantes, la persecución cometida por paramilitares hondureños –la infame Mancha brava– contra campesinos salvadoreños y otros cuantos ingredientes, los gobiernos de Honduras y El Salvador prefirieron irse a la guerra que lidiar con sus propios problemas internos, y el fútbol fue el subterfugio perfecto. Se disputaba la clasificación al Mundial de México 70; después tres partidos rocosos, El Salvador acabó clasificándose con un gol conseguido en tiempo de reposición. La crispación popular hizo lo suyo: agresiones, pedradas, declaraciones grandilocuentes, oportunismo político. Tras el último partido, los dos países rompieron relaciones diplomáticas. La guerra estalló el 14 de julio; terminó cuatro días y unos seis mil muertos después.
De manera que no, señor Infantino: al fútbol no se le puede pedir que se mantenga al margen de las batallas ideológicas o políticas, porque ellas forman parte de su naturaleza. Pedirle a un futbolista o a un equipo que no intervenga en política es ignorante y además absurdo, pues el fútbol siempre ha sido escenario de todas nuestras tensiones sociales. En la Bombonera de Buenos Aires los hinchas cantaban esas palabras que ahora se oyen sólo a veces: “Boca y Perón, un solo corazón”. Yo tengo en la retina la foto en que Johann Cruyff se enfrenta a un policía franquista para discutir su expulsión arbitraria contra el Málaga en 1975 [véase 'Una fe blaugrana' en TintaLibre], como si España entera no se diera cuenta de que allí se discutía mucho más que una expulsión arbitraria. Ha pasado más de medio siglo desde esa foto, pero no se puede decir que las cosas hayan cambiado. Hace un par de días Lamine Yamal, que supera apenas la mayoría de edad, puso el reflector sobre los racistas que gritaban sus bellaquerías contra los musulmanes de la selección egipcia. La ocasión fue uno de esos partidos que llamamos amistosos aunque sepamos que ese adjetivo no es realmente posible en el fútbol de selecciones: no por las selecciones, sino por lo que los hinchas proyectan sobre ellas. El de Lamine fue un gesto político, profundamente político, de un muchacho que acaso no haya votado por primera vez, pero que sabe para qué sirve el escenario más visible del mundo.
Material de propaganda
Ver másYa rueda el balón, en TintaLibre de mayo
“Dejen que el fútbol ocupe el escenario”, decía Infantino en otra parte de aquella carta, justo antes de pedirles a los futbolistas que no participaran en batallas políticas o ideológicas. Cínico Infantino: mientras redactaba o dictaba esas palabras, estaba llevando a cabo sus propias batallas políticas, que consistían en el lavado de imagen de los regímenes políticamente más tóxicos, pero económicamente más atractivos. Fue tan repugnante lo de Qatar que un neologismo inglés, sportswashing, comenzó a aparecer en nuestras conversaciones, y algunos llegaron tal vez a creer que, como la palabra era nueva, lo que nombraba era nuevo también. Pues bien, no lo es: la tradición viene de lejos. El fútbol ya era material de propaganda en la segunda Copa del Mundo, que se celebró en la Italia de Mussolini con estadios nuevos de arquitectura fascista y con un afiche promocional diseñado por el futurista Marinetti, y Mussolini se metió tanto en el asunto que inventó un trofeo propio, la Coppa del Duce, para entregar a los ganadores junto con el trofeo principal. Y no tengo que hablar, supongo, del Mundial de 1978 en la Argentina de Videla, cuando un equipo de fantasía –Fillol, Ardiles, Kempes, Bertoni– recibió una ayuda indirecta e invisible, pero también incontestable, de la dictadura militar.
La próxima Copa del Mundo no será la excepción a las manipulaciones políticas. Tendrá lugar, por primera vez, en tres países distintos, dos de los cuales no tienen ninguna tradición futbolística y uno de los cuales está intentando ahora mismo incendiar el mundo que comparte con los otros. Lo de la tradición nos importa más de lo que debería a los futboleros, y es difícil explicar al profano la importancia que tiene para un país creyente ser anfitrión de esta fiesta; pero lo que está en juego ahora va más allá de esas supersticiones. Tiene que ver con la obscenidad de que los Estados Unidos de Trump –cuyo gobierno persigue a los inmigrantes, separa a sus familias y encarcela a sus hijos menores, y cuyas agencias se han convertido en milicias paramilitares que secuestran y asesinan a la vista de todos– sean anfitriones de un encuentro que es popular sobre todo entre los inmigrantes. A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes para arrestarlos en los estadios: y así veremos los partidos de una Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres a los que Trump llamó “plaga”, a los que acusó de “envenenar la sangre” de Estados Unidos. Trump ha destruido ya las vidas de miles de latinoamericanos en su cruzada xenófoba; por otra parte, ahora mismo no puedo saber qué consecuencias tendrá su guerra ilegal con Irán, ni qué forma tomarán la violencia y el caos provocados por Trump en los partidos de esta Copa del Mundo. Pero recuerdo el trofeo que se inventó Infantino para regalarle a Trump, ese Premio de la Paz, y no puedo no pensar en Mussolini. Los parecidos son más que una mera coincidencia.
*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro es la recopilación de artículos ‘Esto ha sucedido’ (Alfaguara, 2026).
El fútbol es el más político de los deportes, y la Copa del Mundo es el más político de los campeonatos de fútbol. Para los futboleros de ley, que contamos la vida no en años, sino en mundiales, esta ceremonia de cada cuatrienio es también una manera de leer la historia: una metáfora o cifra del momento político. La última Copa del Mundo nos dejó la final más bella de que tengo memoria –un partido que pareció diseñado para reclutar adeptos y desactivar escepticismos–, pero nos dejó también la evidencia insoslayable de la venalidad, la hipocresía y el cinismo de los dueños del negocio, que pusieron el fútbol al servicio de una autocracia donde la libertad no existe y los derechos humanos son un chiste de mal gusto. En realidad, aquello no tenía por qué sorprender a nadie: cuatro años antes, la Rusia de Putin había organizado la Copa del Mundo como si se tomara un recreo entre la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania. En tiempos de Gianni Infantino, eso es la FIFA: una máquina grotesca de lavarles la cara a los regímenes más deplorables.