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Orgullo verde

El músico Rodrigo Cuevas defiende la educación para combatir la homofobia.

Pablo Taboada

El músico Rodrigo Cuevas, en la imagen, aboga por la educación y la indiferencia ante el rechazo para combatir la homofobia. / OJOS DE HOJALATA

Los armarios del rural empiezan a airearse. El aroma a naftalina homófoba que, sin razón, asfixia a hombres y mujeres en su propia vida, se disipa tímidamente en algunos rincones, gracias a personas colmadas de buenas ideas que, en alguna ocasión, encallan por la oposición vecinal o la falta de apoyo institucional. En buena parte del campo, cualquier situación que se distraiga de la aplastante heteronormatividad impuesta a fuego en la cultura pública y en la intimidad familiar, sigue siendo vista con una mirada que mezcla extrañeza y desprecio.

“Mis colegas de toda la vida, gente con la que he crecido, dicen que no son homófobos, pero luego apostillan que no les importa que haya gais mientras no se mezclen con ellos”, explica Juan (nombre ficticio), un hombre de 27 años que vive en una aldea del interior de la provincia de Pontevedra. De su reclusión sexual sólo sale a través de aplicaciones móviles que, según dice, sirven fundamentalmente para encontrar sexo rápido “y poco más”. Es gay en un mundo virtual en el que controla a quién envía una fotografía de su cara, pero en la acera que pisa todas las mañanas al salir de casa, se enfunda un disfraz. “En mi caso no se trata de aparentar ser heterosexual y sí de parecer asexual porque, aunque tuve novia de adolescente, llevo años sin pareja”, cuenta antes de aclarar que, a veces, le preguntan por una futura esposa que no acaba de llegar, una pregunta a la que suele responder esbozando una sonrisa nerviosa.

“Me da miedo que me consideren la mariquita del pueblo porque mi vida está aquí y estoy harto de oír como desprecian a homosexuales con los que no han cruzado palabra”, relata refiriéndose a una pareja gay que abrió una pequeña casa rural en la zona. El desprecio no tiene por qué ser frente a frente: “Esa casa rural es de los pocos lugares en los que puedes tomar un café, ya que casi todo son aldeas pequeñas y no quedan bares, pero mis colegas se hacen kilómetros extra a propósito porque pasan de ir al bar de los maricones”.

Sin embargo, bajo esa losa homófoba que aprisiona a personas y que se replica casi en cualquier pueblo, comienzan a germinar iniciativas individuales y colectivas, que están aupando la visibilidad del colectivo LGTBI entre alpacas de paja y gallineros.

A Rodrigo Cuevas, un asturiano de 32 años, nunca lo han acosado o marginado por ser abiertamente gay en el campo. Se define como “agitador folclórico” y ha conseguido maridar, con notable éxito, la música tradicional con las medias de rejilla y las madreñas asturianas. Vivió en Barcelona, donde se fue a estudiar Sonología, pero se hartó “de la gente que vive ensimismada en la burbuja gay de las ciudades de forma superficial”. “Ellos también viven en un armario, pero en un armario más grande”, asevera. Tras dejar Barcelona acabó instalado en una aldea minúscula de A Lama (Pontevedra), sin coche y sin trabajo, pero con ovejas, gallinas y perros. Enseguida se mimetizó con el territorio y a las pocas semanas ya tomaba café con vecinas de las que aprendió algunas de las tradiciones que ahora estampa en sus espectáculos.

“Es curioso porque cuando era adolescente, en el colegio en Oviedo donde estudié, sí que sufrí acoso, insultos y burlas, pero desde que vivo en el campo nunca he tenido problema alguno”, relata Cuevas. Y es que en las escuelas, tanto rurales como urbanas, todavía queda mucho que predicar sobre diversidad y libertad sexual. Juan cuenta que él no sufrió acoso porque no tiene pluma, pero recuerda como se señalaba con mofa a “mariquitas y bolleras”. “En el autobús, los niños no se sentaban con el mariquita del colegio, así que con 12 o 13 años, cuando ya sabes que te gustan los chicos, si nadie te ayuda a ver esa situación con otros ojos... ¿cómo vas a reconocer algo por lo que están marginando o pegando a otros ante tus narices?”.

Rodrigo no duda en destacar que el rechazo “es miedo a lo desconocido”, pero, en su caso, “todos los vecinos se lo tomaron bien, porque en los pueblos estas cosas se aceptan de otra forma si te adaptas un poco a sus costumbres”. Él cree que la lucha del colectivo para su integración en el rural debe cimentarse en la educación social y en la indiferencia frente al rechazo. “Si te llaman maricón una vez y no haces caso, no te lo volverán a decir porque pretenden insultar y ante la indiferencia, acaban por perderle la gracia al insulto”, asiente.

El artista, que ahora llena teatros defendiendo que se puede ser gay rural sin complejos, nació tras un desengaño amoroso. “Cuando acabó La Dolores [su anterior proyecto], y tras terminar una relación de pareja, nació el actual Rodrigo agitador”, explica antes de aclarar que no haber brotado en su propio pueblo, también ayudó a apuntalar la armoniosa libertad con la marida vida y espectáculo. “Me hubiera costado más ser yo mismo en la aldea de siete habitantes de mi abuela, porque me enfrentaría a situaciones más cortantes para mí y para mi familia, pero al no ser mi pueblo, ya llegué allí empoderado”.

Camino a la normalización

Como en la agitada Inglaterra de los años ochenta, y ante las provocaciones de una desbocada Margaret Thatcher, donde los colectivos LGTBI obtuvieron el sonoro respaldo de los sindicatos de mineros, llegando incluso a desfilar con ellos por las calles durante la manifestación del día del Orgullo de 1985, a Rodrigo le aplauden hombres que picaron carbón en las cuencas mineras que se esconden bajo los Picos de Europa. Aplauden su arte, su irreverencia provocadora ejecutada sobre zuecos de madera y la fusión de la que brota su cabaré folk. Y en los corrillos posteriores a sus conciertos incluso le felicitan por su forma de ser. La normalización parece comenzar a enraizar en algunos campos ante la desconcertada mirada de urbanitas que, según Cuevas, están atados a un “gueto gay”. “No tengo que vivir en un mariconeo constante para ser feliz”, insiste.

Su sugerente visibilidad y su agitación de la espontaneidad está impulsando a otras personas del rural a querer ser libres. No muy lejos de la aldea de Cuevas, una pareja transexual ha construido con éxito otro hogar diverso. También en el rural y también alejada del anonimato que la muchedumbre urbana concede a las personas LGTBI y que, según aseguran, ayuda a llevar una vida más fácil. Pero la figura de Cuevas igualmente genera halagos entre quienes quisieron y no pudieron. De hecho, relata emocionado cómo, en plena montaña, un hombre septuagenario al que no conocía de nada le dijo que “tenía mucha suerte porque vivía con mucha libertad”, algo que él no pudo hacer y que le llevó a formar una familia heterosexual. Son lentos y son insuficientes, pero son cambios.

Otro de los espacios rurales que celebran la diversidad sin complejos está en una granja de la comarca de A Ulloa (Lugo). Se llama Agrocuir. Hasta hace poco era el Agrogay, pero debido al éxito que ha acumulado en casi un lustro, y la inclusión de todos los colectivos diversos, mudaron su nombre con la adaptación de la forma inglesa queer. Al Agrocuir se va de gira y a escuchar música en directo, pero también a comprar quesos que hacen mujeres de la comarca. Entre robles se debate en mesas redondas sobre ecología o sexualidad, pero también se enseña diversidad en talleres infantiles. Y, sobre todo, se visibiliza la normalidad. Buena parte de su éxito reside en la implicación de los vecinos en una actividad que, hasta entonces, sólo veían en televisión con pensamiento contrariado.

Visualizar la diferencia

Para Braulio Vilariño, Lalo, uno de los ideólogos, “todo se está abriendo y comienza a haber cierta convivencia naturalizada”. “Nosotros huimos del capitalismo rosa porque defendemos que en el rural también se puede ser feliz siendo gay sin gueto”, destaca. Aunque vive en el campo desde hace tiempo, durante décadas residió en Santiago de Compostela, una ciudad pequeña pero con un ambiente LGTBI desenfadado, una experiencia vital que le permite diseccionar ambos modos de vida. “Tampoco vamos a pensar que la sociedad rural es la leche, porque sigue siendo conservadora, pero ahora valoran mucho más la relación directa con la persona y no tanto el colectivo”, matiza después de detallar que, en general, no ha sufrido acoso por ser un gay en el rural, pero tampoco puede negar que en alguna ocasión ha vivido “situaciones desagradables”. Cada año entregan un premio a la visibilidad, que en la pasada edición recayó en Gaspar, un vecino de un municipio cercano que se convirtió en María. “Tenemos que seguir trabajando por visibilizarnos. Tenemos a un niño transgénero de ocho años respaldado por su entorno y eso era absolutamente impensable hasta hace nada”, asegura Vilariño, orgulloso de ayudar a sembrar su tierra de libertad porque “el festival está teniendo un efecto maravilloso y es que muchos jóvenes se han atrevido a decir lo que sienten”. El Agrocuir incluso ha conseguido dar la vuelta al éxodo que expulsa a las personas LGTBI del rural hacia la ciudad, ya que cada edición acoge a más visitantes llegados desde las ciudades de Galicia para celebrar la diversidad junto a ovejas y vacas en un robledal.

Marta Álvarez nació en Vigo pero acabó poniendo en marcha una granja de vacas y pintando una casa de aldea con los colores de la bandera arcoíris. Laura Halçague es una argentina que se enamoró de una asturiana mientras peregrinaba y ya no abandonó España. Davide Salvado es de Marín (Pontevedra) y compagina su trabajo como músico con una granja de caballos en una solitaria aldea de la zona. Para impulsar un festival junto con Lalo, todos se sacudieron el miedo al rechazo para vivir en libertad en la comarca gallega que está derribando los muros que la sociedad del campo impuso a los homosexuales.

Pero no todo son éxitos. A una hora en coche del Agrocuir quiso brotar otro festival que acabó en fracaso. En el municipio de Forcarei (Pontevedra) apenas hubo público, el Ayuntamiento no quiso poner fondos ni para adquirir una bandera arcoíris que tuvo que ser cedida por otro consistorio, y lo que pretendía ser otro empujón a la diversidad sexual, acabó en un cruce de reproches entre los organizadores y la alcaldesa.

Ese es uno de los grandes problemas para replicar la experiencia de A Ulloa: la lucha por el orgullo en verde está chocando con el escaso apoyo de las instituciones públicas. Uno de los pocos municipios rurales implicado plenamente en la lucha transversal contra la homofobia es Lalín (Pontevedra), un lugar cercano a la aldea de Juan. Hace tres años que el alcalde, Rafael Cuíña, decidió espolvorear la principal fiesta del pueblo –la feria del cocido reúne a decenas de miles de personas cada invierno– con actividades sobre diversidad sexual. Ahora Lalín desbarata la impuesta heteronormatividad rural presumiendo de capital del orgullo. La iniciativa ha tenido tan buena acogida que este año, bajo el lema “orgullo de ser quien eres, aquí también”, se emancipó de la exaltación culinaria y se convirtió en una fiesta propia a todo color. Y es que a muchos les ha cambiado la mirada. “Los empresarios de la hostelería se quejaron el primer año, pero ahora, en general, están encantados”, declara el regidor. El orgullo de Lalín, entre otras propuestas, celebra seminarios sobre diversidad sexual, partidos de rugby, conciertos y lleva la sensibilización a los más jóvenes mediante charlas escolares o jornadas de cuentos por la igualdad para niños y familias.

Tragedia lorquiana

Cuíña explica que todavía hay colectivos “minoritarios” que protestan. “Empezaron rechazándolo, ahora muestran indiferencia y el siguiente paso será la aceptación”, asegura recordando el papel “clave y transversal” que deben ejercer los ayuntamientos en la educación social ante la homofobia. El alcalde denuncia que “se siguen dando palizas y haciendo mobbing por la orientación sexual y este tipo de actitudes no pueden ser toleradas por la Administración pública en pleno 2018”. Y es que las instituciones rurales apenas hablan de diversidad sexual. En toda España casi no hay municipios campestres abiertamente gayfriendlygayfriendly, y apenas se conocen alcaldes o alcaldesas de ayuntamientos pequeños que hayan hecho pública su homosexualidad.

El drama que, en muchos casos, aplasta la vida rural de una persona gay, lesbiana, transexual, intersexual o de cualquier otra expresión de diversidad sexual, a veces, se vuelve tragedia. La relación casi secreta que mantenían José Luis García, de 43 años, y Juan Alberto Ruiz, de 24 años, a medio camino entre Priego y Lucena (Córdoba), terminó un jueves de abril en un presunto crimen pasional, con los cuerpos acuchillados dentro de un coche. Supuestamente uno mató al otro y después se suicidó. A José Luis, que trabajaba de jornalero y era aficionado al culturismo, se le había conocido alguna presunta relación heterosexual, pero silenciaba por completo su orientación sexual y su vida en pareja gay. Nadie de su familia sabía nada. Juan Alberto sí vivía su sexualidad con libertad, tanto en la calle como en las redes sociales, y su entorno incluso conocía a su novio.

El secreto de sumario todavía impide conocer los detalles de la investigación, pero el entorno del joven ha revelado que había puesto fin a la relación, aunque continuaban viéndose a escondidas y entre claroscuros que impedían saber qué sucedía realmente entre ellos. En el pueblo de José Luis nadie sabía nada. Nadie imaginaba nada. Todo estaba aprisionado por un silencio tan pesado que, según publicó el diario El País, a la madre de José Luis nadie se atrevió a contarle como había fallecido realmente su hijo y lo enterró creyendo que lo perdía tras un accidente de tráfico.

A pesar de las eclosiones de libertad en algunos rincones, tabúes y perjuicios siguen triturando vidas que deberían ser plenamente libres. Desde Priego a Forcarei, en casi cualquier rincón del país hay alguien que aún sufre en pequeños pueblos. Rodrigo Cuevas defiende que la problemática que rodea al colectivo LGTBI rural “se combate ejerciendo para normalizar y que digan misa, aunque a veces se produzcan situaciones violentas”. “Es mucho más doloroso no vivir en libertad que el dolor que puede suponer un rechazo puntual”, insiste con seguridad. Lalo Vilariño cree que se debe empezar por la “aceptación de uno mismo” y después continuar con la “participación en la vida colectiva”. “No es revolucionario ir de la mano en Chueca, pero sí lo es en una acera de Monterroso el día del Agrocuir y eso ya está pasando”, asegura tras haber logrado en su propio pueblo una “atmósfera de cierta normalidad”. Juan cree que los tabúes deben desterrarse con más educación en los colegios porque, en su caso, el “daño ya está hecho”. “Por ahora no me atrevo a visibilizar nada aquí porque, aunque sé que no es valiente, no estoy preparado para romper con todo lo que he construido y no quiero pasarlo todavía peor”, relata. “No conozco a ningún otro gay en esta zona y me asusta la soledad”.

Lalo explica con orgullo que “ahora los padres jóvenes me dejan coger a sus hijos pequeños en brazos y eso es muy importante porque antes no me pasaba”. Y es que ser abiertamente homosexual en el campo sigue siendo una carrera de obstáculos impuesta por ajenos. Pero es que antes de los pasos dados para comenzar a ventilar los armarios rurales, era una apisonadora de vidas.

*Este reportaje está publicado en el número de junio de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los artículos de la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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