Un placer culpable

Xpieroxnigrox

Leila Méndez

Imagino un futuro en el que nos estudiarán como la civilización del Homo plasticus. En las vitrinas de esos museos, entre el táper sin tapa y el boli Bic mordisqueado, debería estar mi juguete favorito: la cámara desechable.

Cuando dábamos por superada la edad del plástico, regresa esa nostalgia carísima y nos lanza de lleno otra vez a este fetiche irresistible

Ahora las desechables ya no se venden en gasolineras, sino en tiendas monísimas, casi siempre al lado de velas con olor a chimenea de bosque escandinavo.

También se han convertido en un regalo habitual de las bodas millennial. La escena ya la conocemos: mesa de madera reciclada, flores silvestres cuidadosamente desordenadas y, en cada plato, una cámara desechable con una etiqueta que invita a capturar momentos espontáneos para el recuerdo.

Las bodas son, para mí, la letra pequeña de la vida adulta: se anuncian como fiesta, pero siempre traen algo de incomodidad. Y, pese a considerarme un animal social, hay momentos ahí que me superan y, como cuando alguien abre un Excel infinito en una reunión, solo quiero salir corriendo.

Con el tiempo, eso sí, di con la fórmula maestra para sabotear conversaciones triviales en eventos donde intuyo que no voy a fluir: llevar una cámara. En la mano funciona como salvoconducto diplomático. 

De pronto ya no eres el invitado desubicado sino el que documenta. Un pasaporte a la libertad, a la diversión y a hablar solo con quien te apetece. Disparas, sonríes y sigues andando.

Por eso, ante este obsequio en cada plato, a mí me ganan. Es una apuesta valiente: ceder el relato del banquete a gente ya despendolada. 

El resultado no será pulcro, pero sí genuino y fresco.

Los novios se imaginan un estupendo reportaje coral hecho por sus amigos: el ramo volando, un beso robado y gestos despreocupados.

Pero luego llega la verdad del laboratorio: muchos dientes en primer plano, muchas cabezas cortadas, muchas foto-dedos, muchas farolas tomadas por la luna. El clásico meme de “lo que pediste vs. lo que te llegó”.

Y precisamente ahí, en ese fracaso glorioso, está el encanto. La cámara de un solo uso no sirve para embellecer la realidad: sirve para delatarla. Es una testigo sincera, incapaz de borrar la imperfección. Cada foto fallida nos recuerda que no mandamos tanto como creemos; que nuestra memoria funciona justo así: imprecisa, a trozos y siempre con algo importante fuera de plano. Se parece más a una foto borrosa que a una campaña de perfume.

Bien lo saben los nuevos fotógrafos documentalistas, que fuerzan encuadres torcidos y, a través de flashes abruptos y cierto caos calculado, construyen un lenguaje más contemporáneo, que conecta más con nosotros que aquellas composiciones tan bien balanceadas del fotoperiodismo clásico.

La cámara desechable, ese tóxico placer culpable, ha vuelto a convertirse en un clásico de viajes y festivales. Siempre hay un alma generosa que aparece con una ristra de estos juguetes para repartir. Es el equivalente analógico a crear un grupo de WhatsApp: una invitación implícita a generar memoria compartida que luego nadie sabe exactamente quién ha generado.

Esa es precisamente una de las cosas que más me atraen de las desechables: la autoría difusa

En este tiempo de tanto ego inflado, se agradece una dinámica colaborativa donde todo el mundo aporta sin competir por el crédito. Desde el anonimato, además, aparecen ideas más atrevidas y disparatadas. Todas conviven en el mismo carrete, como capas geológicas de un solo día.

Mi magdalena proustiana de juventud no huele a bollería francesa, huele al plástico de esta camarita recalentada por el sol, con notas de crema solar y químicos.

Ese gesto sencillo de usarla es un puente entre presente y pasado.

Conozco perfectamente el gesto: apretar el botón seco y tosco para disparar. Clac. Hacer girar el mecanismo de arrastre hasta que hace tope. Crec-crec-crec. Apoyar el ojo en esa ventana minúscula que jamás coincide con la realidad. Esperar a que el flash se tome su tiempo para recargarse de nuevo, mientras un contador diminuto te recuerda que cada foto es, en realidad, gastar mundo.

Este objeto simboliza la ligereza mental, el juego, la diversión. Es un peso hueco. Nadie habla de diafragmas ni de velocidad. No hay técnica que dominar. Es un descanso para simplemente dejarse llevar. Incluso puedes perderla por el camino sin demasiado drama.

De hecho, tengo una pequeña fantasía pendiente: encontrar una desechable usada en la calle y llevarla a revelar. Descubrir luego fotos buenísimas de un talento anónimo, lanzarme a buscar a quien esté detrás y, cuando por fin aparezca, presentar al mundo ese ojo increíble: Una especie de nueva Vivian Maier.

Recuerdo un encargo para un proyecto artístico colectivo, un libro patrocinado por Kodak, en el que participé junto a otros cinco fotógrafos. Nos enviaron seis cámaras de un solo uso, una para cada uno. Teníamos que disparar el carrete entero y devolver el juguete ya agotado a la editorial, sin llegar a ver una sola imagen. Me costó horrores no poder revisar el material: fue un ejercicio de desapego y de pérdida de control para el que no estaba nada preparada. Pero lo recuerdo divertidísimo.

Consistió en salir una noche con el gadget y me dediqué a retratar, a base de flashazos en la cara, las distintas expresiones de mis amigos en la pista de baile: ojos a media asta, pelos volados, sudor brillante, bocas abiertas en grito mudo. Una colección de caras en pleno despegue. Fue una manera de fotografiar mucho más despreocupada, sin estar pendiente, como siempre, del equipo fotográfico. 

Ahora que todo es corrección, edición, ajuste, nitidez y copia de seguridad en la nube, esa caja de plástico tan rudimentaria me parece casi un gesto político: aceptar el resultado tal cual y resistir la tentación de arreglarlo después. Una invitación a no maquillar la realidad.

*Leila Méndez es fotógrafa y autora del ensayo ‘Disparos contados’ (Anagrama, 2025).

Más sobre este tema
stats