Esa tarde daban agua, así que todas las pistas cubiertas estaban reservadas. Lo sensato habría sido desconvocar el partido de pádel, pero acabamos en uno de esos cubículos de cristal, como peces en deportivas, mirando al cielo del Sardinero. En Santander, la previsión del tiempo es una ciencia tan exacta como ver el futuro en las témporas, y si de repente cambia el viento, cambian también las nubes y hasta el color del cielo. Cuando alguien lanzó la primera bola, eso fue lo que pasó; con la puesta de sol, la tormenta se disipó tras una luz anaranjada. Poco después, empezaron a sonar los cánticos.
El estadio del Racing está a unos cien metros del centro deportivo. Habíamos sufrido el atasco y la imposibilidad de aparcar en una zona de la ciudad donde un día normal solo se escuchan las olas. Cuando hay partido, es como si subiera la marea y todo se junta: coches, peñas, pancartas, bufandas, banderas, incluso alguna bengala. A un lado de la pista donde peloteábamos, veíamos el gimnasio con gente en chándal haciendo sentadillas búlgaras o subidos a la elíptica, y al otro lado, el estadio con veinte mil gargantas entonando a la vez lo mismo; el speaker decía la alineación por megafonía y, a cada nombre del jugador, sonaba la ovación consiguiente. La emoción era pegajosa y empezamos a golpear la pelota como si supiéramos hacer una derecha cortada, como si fuéramos flexibles; aplaudimos también algunos nombres, vitoreamos. Esa tarde que iba a llover, todos habíamos salido de casa convocados por lo mismo, sin embargo, las voces del estadio transformaron el propósito del deporte en otra cosa.
¿Cómo afecta el fútbol a nuestro día a día? ¿En qué momento ha pasado de ser un entretenimiento a convertirse en una forma de pertenencia del lugar que habitamos? Lo que sucede con la afición del Racing de Santander no es una excepción, sino un ejemplo de un fenómeno global que afecta de manera concreta a cada población. No hay dos aficiones iguales, cada equipo tiene una historia singular escrita en la vitrina de sus éxitos y derrotas, y ahí, en esa singularidad, está su mayor fortaleza: aunque gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con la misma voracidad en los abrazos, cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino.
El deporte se alinea con valores como el esfuerzo, el compromiso, la superación; además, el cuidado del cuerpo se ha convertido en otra religión de nuestro siglo. Pero a estas alturas, el deporte ya no es solo un juego. Las grandes citas olímpicas se van convirtiendo cada ciclo en un reclamo de audiencias planetarias, como sucedió en los Juegos de Londres, que marcaron en 2016 el antes y el después de los espectadores conectados a las proezas de cada disciplina. Sin embargo, el fútbol y su negocio, que a priori poco tiene que ver con los ideales que impulsó Pierre de Coubertin, es la espina dorsal de un cuerpo social forjado en bares de barrio y carnets numerados de socios, en locales de peñas y en los cajones donde se guardan las bufandas heredadas del abuelo o de tu padre, para sacar cada domingo y seguir fabricando recuerdos juntos.
La filiación emocional al fútbol es hoy en día una forma de ser y participar del lugar en el que vives, y eso, además de una lucrativa ingeniería de márketing, está reformulando la idea de comunidad y transformando qué se entiende por un estadio y las actividades que a su alrededor se generan; desde festivales de literatura, cine y eventos solidarios, de inclusión o vinculados con el tercer sector, a conciertos multitudinarios o incluso centros dedicados a la investigación científica como el Innovation Hub del Barça.
Te guste o no el fútbol, lo que le sucede al equipo de tu ciudad, te sucede a ti también. Y eso que el fútbol tiene mucho en contra. A pesar de la tendencia a romantizar este deporte, maneja cifras de negocio insultantes, alberga en sus gradas la actitud beligerante y retrógrada de ciertos grupos amparados por la pasión –y no solo en las hinchadas, sino en las gradas familiares de categorías inferiores–, idolatra personajes cuyo valor reside en ser habilidosos y, por tanto, su aportación a la sociedad es meramente estética; si a esto le sumas la saturación mediática que conlleva, al fútbol le deberían de sobrar varias escarapelas. Pero nada más lejos.
Entre poetas y brechas
“Decir que pagaron para ver a veintidós mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa”. Y no le faltaba razón al escritor británico John Boynton Priestley, a quien se le atribuye esta frase, a la vista de la narrativa emocional que está emergiendo desde los estadios hasta la calle de muchas ciudades del mundo. Porque el fútbol, con su aparente sencillez en forma y fondo, con su violencia y su griterío, su fuera de juego y sus tacos abriendo la frente de alguna cabeza, está devolviéndonos a un territorio social donde lo colectivo y lo comunitario han encontrado un refugio.
En un momento en el que la polarización es máxima, y que el algoritmo, las redes y algunos medios nos dan razones para separarnos o incluso odiarnos, el fútbol congrega en una misma bancada a aficionados de todos los estratos sociales, económicos e ideológicos, y esa transversalidad, tal y como están las cosas, es lo más parecido a un milagro. “En el fútbol, como en pocas cosas, los desconocidos se reconocen”, dice el escritor Eduardo Galeano. Y es verdad, en un estadio te encuentras con un fenómeno tribal, tan burdo y apasionante, tan rico y a la vez prosaico, que cabe preguntarse si en el fondo no estamos obviando algo crucial cuando nos ponemos de pie y cantamos el gol, abrazados a extraños, como si fuera un exorcismo colectivo.
¿Qué tiene el fútbol para generar estas afinidades? El periodismo, el cine y la literatura han ahondado en este misterio. De hecho, uno de los poemas más citados para quitar tosquedad y mugre al fútbol es la Oda a Platko, de Rafael Alberti. Lo escribió en el antiguo estadio del Sardinero, que estaba a escasos metros de donde estamos jugando con una pelota al pádel. En el fondo, eso es lo que hacía Alberti cuando lo escribió tras ver el partido entre el Barcelona y la Real Sociedad en 1928: jugar, como han hecho también después con sus textos Vila-Matas, Nick Hornby, Juan Villoro, Fontanarrosa, Albert Camus, y tantos otros; teclear como si fuera posible desvelar ese recóndito azar que hace entrar el balón y ganar el partido. O perderlo. O remontar lo inimaginado. Sin embargo, algo está cambiando. Mientras el relato del fútbol emérito se ha sostenido sobre los hombros de gigantes literarios, ahora son los aficionados con sus móviles y sus pulgares los que también escriben odas sobre las proezas cotidianas. El relato es de cada uno y lo comparte con una audiencia que suma likes y experiencias más allá de los 90 minutos, con la fe en que su mirada construya, narre y sume costuras a esas banderas que son algo más que un emblema deportivo.
En 2005, Manuel Vázquez Montalbán publicó el ensayo Fútbol. Una religión en busca de un Dios en el que decía que los deportes se han convertido en un fenómeno de masas “porque han tenido divinidades prodigiosas capaces de convertirse en mitos contemporáneos”. Y añadía: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad, esperamos un diseño en el que la emoción de la comunión de los santos será cada vez más teleconducida”. Veinte años después, la realidad ha tomado otro camino. Si de un lado se mantiene la advertencia del escritor catalán, como se ha visto con la celebración de la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar, hay otro fútbol que reivindica su sentido familiar, un fútbol del tamaño de un cromo de Panini, de grada y apellido. Y cuando eso pasa, la pelota se convierte en una especie de metrónomo.
Estribillo por la banda
Las luces del gimnasio que tenemos al lado proyectan una claridad que vuelve nuestra pista de pádel más oscura; nos llega enlatada la música de dentro, la reverberación de los bajos que pretenden impulsar las repeticiones con las mancuernas. En el estadio, sin embargo, no hay sombra que valga cuando empiezan a cantar la Fuente de Cacho, una canción tradicional de la región que se ha convertido en himno del Racing. Detenemos el juego y con la pelota en la mano empezamos a cantar contagiados por lo mismo. En el cielo del estadio, las cuatro torres de luz son cañones que iluminan un escenario.
A pesar de que la literatura se ha encargado de dotar de una lógica intelectual este fanatismo caudaloso, lo cierto es que cuando uno escucha lo que sube al cielo desde las gradas es posible creer que el fútbol es una forma colectiva de conectar, como sucede por ejemplo al escuchar música en directo: hay quien encuentra en la Quinta Sinfonía de Mahler el paraíso de su bienestar, el espejo que refleja su identidad y su aspiraciones; y lo mismo sucede en un concierto de Rosalía, donde la potencia vocal y sonora del espectáculo genera una experiencia física –y hasta onírica, para algunos–. Frente al monopolio de lo virtual, ¿acaso no tienen en común ambas experiencias el hecho de estar compartidas con las personas que lo están viendo y viviendo a la vez?
La hora de pista se acaba. Aliviados porque no ha llovido, recogemos las pelotas y guardamos las raquetas. La mía era prestada y no he vuelto a jugar al pádel, sin embargo, las voces que cantaban y animaban el partido eran el síntoma de un compromiso más allá de un plan puntual: me pregunto qué empuja a un individuo a formar parte de un grupo gregario, a compartir colores y formas de expresión día tras día, un lenguaje que lo define por encima de su propia individualidad. El sociólogo Pierre Bourdieu dice que no hay nada más social que el deporte. Y a la vista de las cifras, el fútbol va a la cabeza. Según los datos del Consejo Superior de Deportes, en 1992 –fecha de los Juegos Olímpicos en Barcelona, que cambiaron nuestra relación con el deporte en materia de inversión y profesionalización– en España había 429.040 licencias federativas de fútbol: en 2024, esa cifra se había triplicado hasta sumar 1.260.556 permisos.
Para el periodista Simon Kuper, el fútbol es una forma de contar historias sobre nosotros mismos, ¿pero qué dice de nosotros este relato ahora mismo? En una entrevista en la Fundación Botín, el máximo accionista del Racing, el matemático Sebastián Ceria, decía que el fútbol es uno de esos pocos lugares donde todavía se puede pensar en una idea de comunidad porque es una pasión que despierta un sentimiento de pertenencia: “En un mundo lleno de grietas y divisiones, en el que se trabajan los odios y las cosas que nos separan, el fútbol trabaja las cosas que nos unen, y ante la crisis de representación que sufre la sociedad contemporánea, hay que buscar lugares alternativos”. Y ese lugar, entre lo emocional y lo gregario, entre lo heredado y lo conquistado, es el estadio de fútbol.
Ver másYa rueda el balón, en TintaLibre de mayo
Al lado del centro deportivo hay un bar donde todas las cabezas miran al televisor, que proyecta el partido que se está jugando a escasos metros. Si ganan, saben que la caja será mayor. La cocina está preparada para lo que viene después, porque hasta eso, hasta los platos y los turnos se adecuan al pitido final.
Benedetti decía que un estadio de fútbol vacío es un esqueleto de multitud. Las bufandas ahora sirven para tapar las gargantas, los coches abandonan el recinto en un lento discurrir y se vuelven a escuchar las olas en esa zona de la ciudad. Los focos del estadio aún están encendidos, pero en el cielo que alumbran no hay nubes. Y eso que daban agua.
*Marta San Miguel es periodista y escritora. Autora de la novela ‘Antes del salto’ (Libros del Asteroide, 2022).
Esa tarde daban agua, así que todas las pistas cubiertas estaban reservadas. Lo sensato habría sido desconvocar el partido de pádel, pero acabamos en uno de esos cubículos de cristal, como peces en deportivas, mirando al cielo del Sardinero. En Santander, la previsión del tiempo es una ciencia tan exacta como ver el futuro en las témporas, y si de repente cambia el viento, cambian también las nubes y hasta el color del cielo. Cuando alguien lanzó la primera bola, eso fue lo que pasó; con la puesta de sol, la tormenta se disipó tras una luz anaranjada. Poco después, empezaron a sonar los cánticos.