Tolstói en Crimea

La de Crimea fue la primera guerra en la que hubo cámaras fotográficas. Este es un retrato de 1854 del oficial del Ejército del zar, Lev Nikoláievich Tolstói, quince años antes de que apareciera “Guerra y paz”.

A los 27 años, León Tolstói era un joven y disipado aristócrata ruso, en las antípodas del personaje de gran escritor y sabio humanista en que terminaría convirtiéndose. Vivía en San Petersburgo, consagrando todo su tiempo y su dinero a la bebida, el juego y las mujeres. Pero entonces estalló la guerra de Crimea (1853-1856), y, por consejo de su hermano Nikolái, teniente de artillería, se alistó en el Ejército zarista. Le movían tanto el patriotismo juvenil como las ganas de dejar atrás sus desvaríos existenciales. Tolstói partió hacia el sur, a luchar contra las tropas de la coalición formada por Inglaterra, Francia y Turquía, que intentaba arrebatarle al imperio ruso la principal ciudad de Crimea, la portuaria Sebastopol. No lo hizo como soldado raso, por supuesto. Lo hizo como alférez. Al fin y al cabo, la familia Tolstói era de rancio y nobiliario abolengo. 

Ya existía la fotografía en aquel tiempo y hasta nosotros ha llegado una en blanco y negro de Tolstói vestido de militar. Fechado en 1854, ese retrato nos muestra a un joven de cabello corto y peinado hacia atrás, largas y curvadas patillas, bigote en forma de V invertida sobre unos labios gruesos y ojos pequeños y claros bajo cejas espesas. Cubierto por un capote con cuello de piel, entreabierto para que pueda verse la chaqueta reglamentaria con hombreras, Tolstói exhibe un gesto decidido, marcial. La guerra de Crimea, por lo demás, ha pasado a la historia como el bautismo de fuego del reportaje fotográfico. El transilvano Carol Szathmari se fue para allá con una carreta cargada de cámaras, trípodes, placas de cristal con colodión húmedo y hasta un cuarto oscuro. Le seguiría pronto el inglés Roger Fenton con un equipaje parecido. Los dos están considerados los primeros corresponsales gráficos de guerra.

Es muy probable que el apuesto conde Tolstói disparara poco durante los meses que pasó entre la artillería rusa que se enfrentaba en Crimea a la invasión de ingleses, franceses y turcos. Puede que hasta no disparara nada. Pero estuvo allí y, aquí viene lo importante, escribió sobre aquella guerra. En julio de 1854 anotó en su diario: “Soy inmoderado, indeciso, inconstante, neciamente vanidoso y arrebatado, como toda la gente sin carácter. No soy valiente, soy negligente y perezoso, la ociosidad se ha vuelto en mí casi una costumbre insuperable. Soy tan ambicioso que temo que si tuviera que elegir entre la gloria y la virtud elegiría la primera”. Tan cruel, y probablemente lúcido, autorretrato muestra la profunda insatisfacción personal que dominaba a Tolstói al comienzo de su experiencia bélica.

En noviembre de aquel año, Tolstói se incorporó a los defensores rusos de la cercada Sebastopol, y su actitud comenzó a cambiar. La valentía, el sufrimiento y la impotencia de sus compatriotas durante el asedio le infundió sentimientos aparentemente contradictorios: orgullo e insatisfacción. “Rusia”, escribió, “debe caer o transformarse completamente”. Y fue entonces cuando recibió una propuesta que cambiaría su vida: escribir sobre el cerco de Sebastopol para la revista literaria El Contemporáneo (Sovreménnik), que había fundado Pushkin en 1836. Tolstói se haría corresponsal de guerra, y de este modo lograría encontrar su voz propia, la que reconocemos en las páginas de la novela Guerra y paz. Su relato del hospital de sangre de Sebastopol, donde “los médicos se dedican a la detestable pero benefactora tarea de amputar”, es de un realismo que desdeña la propaganda oficial para dirigirse al corazón humano. Tolstói le escribe al lector: “Aquí verá un espantoso espectáculo que conmueve el alma y contemplará la guerra no con su alineamiento ordenado, bello y brillante, con su música y redoblar de tambores, con sus banderas ondeando y con sus generales a caballo, sino la guerra en su verdadera expresión, con sangre, dolor y muerte”.

Sangre, dolor y muerte

Nació así el Tolstói que detestará hasta el final de sus días el que los historiadores presenten a príncipes y generales como titanes, cuando, en realidad, son cobardes y despóticos. El que sostendrá que no son los llamados “grandes hombres” los que hacen la historia, sino la suma de los individuos de las masas populares, y que pensar lo contrario es como creer que son las figuras esculpidas en las proas las que hacen funcionar los barcos.

Tolstói publicó en 1855 y 1856 tres crónicas en El Contemporáneo sobre el sitio de la capital portuaria de Crimea, recogidas luego en un volumen titulado Relatos de Sebastopol, del que existen varias ediciones en castellano, una de las últimas, la de la 2013, en Alba Editorial. En la primera de estas crónicas, Sebastopol en diciembre, hace una detallada presentación de la ciudad, incluida la mencionada visita al hospital de campaña, con la mayoría de sus soldados heridos y amputados yaciendo en el suelo. En la segunda, Sebastopol en mayo, el corresponsal da un paso adelante: denuncia la vanidad y la inutilidad de la guerra y proclama que la verdad es el único héroe que encuentra en ella. En la tercera, Sebastopol en agosto, cuenta la historia de dos hermanos, Mijaíl y Vladímir Kozeltsov, que combaten en la última fase de la defensa de la ciudad. Aquí Tolstói ya no se esfuerza por disimular su crítica a la férrea y absurda disciplina impuesta por unos mandos que no merecen el respeto de sus subordinados.

Ni que decir tiene que las crónicas de Tolstói fueron mutiladas en su momento por la censura zarista. No pudieron publicarse en su versión completa hasta 1928. Para entonces Tolstói ya era considerado como uno de los grandes autores de la literatura rusa y universal. Y como un guía espiritual del pacifismo, la desobediencia civil y la resistencia no violenta.

Tras casi un año de sitio, Sebastopol terminó rindiéndose en septiembre de 1855. La coalición de franceses, ingleses y turcos le había ganado aquella crucial batalla al Imperio ruso, y con ella la guerra de Crimea, la primera en la que usaron tecnologías como el barco de vapor, el ferrocarril, el telégrafo y la fotografía. Durante el asedio, murieron, fueron heridas o enfermaron decenas miles de personas de ambos bandos, pero ello no resolvió ningún problema. Ni uno solo.

Ubicada en la costa septentrional del Mar Negro, la península de Crimea había sido conquistada militarmente por Rusia en 1774 y anexionada oficialmente a su imperio en 1783, reinando en Moscú la zarina Catalina la Grande. Hasta entonces había formado parte del Imperio de los turcos otomanos con capital en Estambul. Y desde entonces está tan integrada en el imaginario nacional ruso como pueda estarlo Texas en el estadounidense. Crimea -la Táurica de la Antigüedad- está muy presente en la literatura y la cultura rusas de nuestra era. Pushkin, Lérmontov, Tolstói, Chéjov, Marina Tsvetáyeva y otros escribieron sobre ese territorio, viéndolo como el enlace de la Rusia ortodoxa con la cultura clásica griega. O incluso asociándolo al paraíso sobre la tierra.

Lo cierto es que Crimea era rusa en 1853, cuando el zar Nicolás I quiso aprovechar la manifiesta debilidad de los sultanes otomanos para expandir sus propiedades por el sur y el suroeste. Su avance militar fue imparable al principio, hasta que fue frenado por la decisión de Londres y París de acudir en socorro de los turcos. Frente al superior poderío de las dos grandes potencias occidentales del momento, los rusos no solo tuvieron que retroceder, sino que se vieron obligados a defender lo que ya tenían: Crimea y su gran base naval de Sebastopol. Terminaron perdiendo la guerra y aceptando el Tratado de París de 1856, que, eso sí, les permitía conservar Crimea. Lo que entonces se llamaba la Cuestión Oriental -la nueva geografía europea que estaba causando por la irremediable disolución del imperio otomano- quedó sin resolver. Hasta ahora, a tenor de las guerras de los Balcanes de los años 1990 y la actual invasión rusa de Ucrania.

Cierto es que Rusia perdió poco terreno a causa de la guerra de Crimea, pero su prestigio internacional quedó muy tocado y aún más su autoconfianza. Tolstói, que había sido testigo del contraste entre la corrupción, incompetencia y maltrato habituales entre los oficiales zaristas y la resistencia y bravura de sus soldados, concluyó que la abolición de la servidumbre era “lo mínimo que podía hacer el Estado ruso para premiar el sacrificio de los campesinos”. El zar Alejandro II adoptaría esta medida en 1861.

Tras su experiencia bélica en Crimea, Tolstói regresó a la alta sociedad de San Petersburgo, pero la gente que allí frecuentaba le pareció frívola, inconsciente y hasta malvada en comparación con los auténticos héroes populares que había conocido en el cerco de Sebastopol. Decidió que tenía que contarlo al modo realista: su pluma debía reflejar lo más fielmente posible la sociedad en la que vivía. La literatura no tenía que producir meros objetos estéticos producidos desde, sobre y para una torre de marfil, tenía que ser útil para la corrección de las injusticias sociales. Así vinieron las novelas Guerra y pazAnna KareninaLa muerte de Iván Ilich y Resurrección. Tolstói se había convertido en un maestro de la descripción minuciosa y verdadera de la realidad. Lo veía todo, lo contaba todo, intentaba comprenderlo todo, desde la textura de la nieve al olor de las flores, pasando por las ideas y los sentimientos humanos. Se le escapaban pocos detalles.

Así fue diciendo Tolstói lo que pensaba. Que la guerra es tan extraña como monstruosa. Que el patriotismo, cualquier patriotismo, es esclavitud. Que la pena de muerte es una barbaridad. Que el mensaje de paz y amor de Cristo es más moderno que las últimas armas inventadas por los ingenieros. Que también lo son las ideas de libertad y justicia social de los anarquistas. El joven oficial de cabello, patillas y bigote bien recortados de la foto de 1854 se había convertido en un abuelo de larga barba blanca y aspecto entre triste, enfadado y místico.

El conde Tolstói tuvo hondas crisis morales y una la contó en Confesión (1882). Hacia el final de sus días, pensó en renunciar a sus propiedades para repartirlas entre los desheredados, pero se lo impidió su esposa. Abandonó el hogar diciendo: “Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren: ¿por qué solo me cuidáis a mí?” Murió de neumonía en 1910 en la estación ferroviaria de Astapovo, que hoy lleva su nombre. Tenía 82 años.

La última entrega de 'Tánger Noir' 

La muerte tendrá que esperar, que llega a las librerías este mes de abril de la mano de Ediciones Huso, es la cuarta novela de Javier Valenzuela, fundador y primer director de tintaLibre. Valenzuela propone ahora una novela negra postpandemia y vitalista. A un Tánger que va dejando atrás el coronavirus regresan con fuerza las intrigas internacionales. El comisario Romero, astro tenebroso de las cloacas del Estado español, planea una reconciliación secreta en la ciudad norteafricana entre don Juan Carlos I y su examante Corinna. Requiere para ello los servicios de Adriana Vázquez, la femme fatale de Tánger, que trabaja en las relaciones públicas del Mundial de Qatar. Conjuras, sexo, fútbol, bulos y tráfico de criptomonedas se entretejen, al modo de Las mil y una noches, en esta obra, en la que cuatro mujeres, dos marroquíes y dos españolas, reivindican con vigor la libertad de decidir sobre sus vidas. Con La muerte tendrá que esperar, el autor cierra su trilogía novelesca Tánger Noir, que tuvo sus anteriores entregas en Tangerina y Limones negros.

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