Carretera imanta

Cabo Norte, tocar y volver

Cabo Norte, tocar y volver

Dicen que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. En Noruega, cuya costa es una melena al viento de un mar que se llama como el país, para trazar las carreteras lo más tirantes posible han tenido que rebelarse contra la geografía salvando tramos de agua con puentes inverosímiles como los de la Atlanterhavsveien (Carretera Atlántica)…

… o haciendo del ferry una continuación del asfalto, que buena parte del año es impracticable.

Pero cuando has conducido desde Oslo y te propones llegar a Cabo Norte, una vez cruzado el punto que te da la bienvenida al Círculo Polar Ártico, si dudas entre avanzar en línea recta o dar un rodeo la evidencia se impone: acortar distancias no es una prioridad. El camino nos confirmaría lo bueno de esa decisión.

Sin perder el norte

En el área de servicios y recuerdos prefabricados que sirve de puerta de ese territorio mítico, la presencia de moteros abundantes no nos sorprendió: habíamos visto ya más de un grupo sobre dos ruedas, habíamos visto también ciclistas, incluso uno sin una pierna, incluso a esquiadores de alquitrán devorando kilómetros.

Ningún viajero, ningún medio de transporte podía asombrarnos.

En Bødo, embarcamos rumbo a las islas Lofoten. Haciendo tiempo, catamos por primera vez la carne de reno: mejor probarlo antes de empezar a cruzarnos con ellos (y con alces) en plena ruta, una familiaridad que nos haría verlos con otros ojos. Y eso que nos quedamos con las ganas de acariciar sus aterciopeladas cornamentas… quizá se habrían dejado, tan mansos parecían.

Ya en terreno insular, y traicionando una vez más nuestra voluntad de avanzar, retrocedimos hasta el pueblo más meridional de la isla de Moskenesøy por el mero placer de poner el pie en un sitio llamado Å. Simplemente Å, aunque en la aldea no hay nada simple: casi todas las antiguas casas de pescadores (construidas sobre el mar para lanzar la caña sin salir del hogar) han sido convertidas en alojamientos turísticos que reciben el nombre de rorbuer. Y las gaviotas son enormes.

Es un paisaje de cuento, si acaso alterado por el olor a bacalao que en algunas zonas resulta invasivo. Nuestra visita se produjo en verano… ¡cómo no olerá en plena temporada, cuando los secaderos bien cargados tapizan 400.000 metros cuadrados de territorio insular!

Y luego está esa sensación desasosegante de que nunca sabes qué pisas: ¿isla o continente? Para saberlo hay que fijarse en los topónimos: øy significa «isla». ¿Mar, fiordo, lago? Contentémonos con saber que hay agua casi por todas partes.

Sin abandonar la carretera, la E10, sin perder el norte, saltamos a Stamsund, en la isla de Vestvågøy, y luego con la ayuda de un ferry accedimos al archipiélago de Vesterålen por Melbu, en la isla de Hadseløy, prólogo de la de Langøy, hasta que en Sortland cruzamos a tierra firme e iniciamos un deambular siguiendo el mar, por el mero placer de ver y conducir, de avanzar sin prisa siguiendo las indicaciones de la E10, carretera que sólo abandonaríamos en Bjerkvik donde cambiamos a la E6…

En todo el camino, sinuoso y lento (la velocidad máxima es siempre inferior a los 100 kilómetros por hora), nos permitimos un desvío: el que nos llevó a Tromsø, ciudad universitaria que en invierno es observatorio perfecto para las auroras boreales y a lo largo de todo el año ofrece sus museos, imprescindibles para quienes quieren conocer la extraordinaria historia de los exploradores polares, y ese triángulo de luz que es la catedral.

En ese tramo, donde enormes lenguas de hielo asoman sobre las cumbres oscuras con el fin de alimentar a fiordos como el Lyngenfjord, y generoso en vistas magníficas, como las ofrecidas por el puerto de Kvdenangsfjell, apenas hay gente. Los pueblos están dispersos y son escasos, como los alojamientos; por eso es importante que el viajero, si no se desplaza con la casa a cuestas, encuentre cobijo antes de que caiga la noche. De vez en cuando, cruzamos un asentamiento donde los samis ofrecían a pie de carretera lo que consideraban souvenirs convenientes para turistas empecinados.

Así llegamos a Alta, donde hicimos una parada con el único propósito de pasear entre los 3.000 grabados rupestres de Hjemmeluft, prueba innegable de que aquí vivió gente entre el los años 4200 y 500 a.C. y considerados por la UNESCO patrimonio artístico de la Humanidad.

Pero ahora sí, teníamos prisa. Los kilómetros empezaban a pesar, aunque el camino nunca deja de depararte sorpresas, como si algún troll caprichoso hubiera recibido el encargo de entretener al trotamundos. Puede ocurrir, por ejemplo, que cuando estés a punto de rendirte, coincidas en el camino con dos esforzados de la ruta (estos sí que lo son) que hacen lo que tú haces pero a golpe de pedal...

Entonces, sin renunciar al confort que te proporciona el coche, afrontas con alegría el último tramo y de dejas engullir por el túnel submarino que desemboca en la isla de Magerøy, siguiendo una ruta que hace ya un rato dejó de ser la E6 para convertirse en la E69.

No vamos a negar que la llegada a la meta nos provocó un cierto desencanto. Como muchos puntos míticos, este no está a la altura de las expectativas salvo quizá si llegas en pleno sol de medianoche: es más lo que imaginas que lo que ves. Como todos los lugares turísticos, se ha convertido en básicamente un negocio en el que diligentemente se dedican a cebar de alimentos y recuerdos estandarizados a los visitantes. Hay que pagar, además, para acceder al punto y final.

Pero allí estábamos, en Cabo Norte. Y era hermoso. Habíamos tocado chufa. Ahora, sólo nos quedaba deshacer todo el camino andado…

Fotografías de Ingenio de Contenidos

Ingenio de Contenidos

Apenas un barrunto de la Highway 1

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