La mujer que miraba el mar

Unai Sordo

Se incorporó sacudiéndose la arena del pareo azul que se había mojado con la espuma de la última ola que llegó a la orilla, cuando le vio a la entrada de la playa. De forma instintiva miró al otro extremo y comprobó que la marea ya había subido lo suficiente como para hacer inviable pasar al arenal situado al otro lado de los acantilados.

Se echó la mano a la cara. La mejilla todavía le escocía y la temperatura de la piel  era más caliente de lo habitual. Es cierto que si no se tocaba, el dolor ya era imperceptible, pero aún presiente el color amoratado que los días anteriores le han hecho refugiarse en casa y bajar a la playa únicamente a primera hora de la mañana, cuando aún no hay nadie disfrutando de los primeros escarceos primaverales. Hace ademán de empezar a correr, pero la pleamar angosta el espacio de arena a apenas una veintena de metros y no podría escapar en ese reducido margen de él, más alto, más rápido y más fuerte. No podrá escapar por ese lado que da a la salida peatonal de la playa hasta el paseo marítimo, ni por el lado contrario, al menos sin correr un serio riesgo de ahogarse ante el embate de las olas sobre las afiladas rocas que separan Cala Larga y Cala Chica.

Se vuelve a sentar en la arena y le espera perdiendo la vista en el mar y observando de reojo: 

- Buenos días cariño, ¿cómo estás hoy?- mientras mete los pies en el agua y se moja el pecho con la espuma de la primera ola que muere en la orilla.  

Jon entra en el mar y María ve el camino libre para huir de la playa. Pero permanece inmóvil. Espera. Siente miedo. A huir o a que la atrape en la huida. Esa es la duda que la carcome. El caso es que permanece quieta a la espera de que Jon salte entre las olas, dé unas brazadas y permanezca medio minuto quieto haciendo sus necesidades en el agua. El baño es rápido, y vuelve.

Junto a ella. Apenas se sienta un minuto, porque él es inquieto y en seguida querrá salir de la playa y desayunar. Dos tostadas, café y zumo.

- ¿Cómo tienes eso?- le acerca la mano a la mejilla y María automáticamente retira la cara y se retrae. 

- ¿Qué te pasa, cariño? Ya casi no se te nota, debes tener más cuidado, aunque es verdad que esas putas escaleras están puestas a mala hostia. 

Han desayunado y como siempre toca planificar el día. Bajar a la ciudad un sábado siempre es un plan apetecible. Se pueden hacer compras, se puede comer fuera. Hace sol. Aun es abril pero la temperatura es agradable y solo cuando la brisa del mar arrecia un poco más, se nota algo de fresco. 

María está con la espalda cerca de la pared al lado del ventanal por el que se ve la playa y mira la cerradura de la puerta que Jon ha cerrado tras de si antes de ponerse a exprimir las naranjas para su zumo. La llave está puesta como casi siempre. ¿Estará dada la vuelta? ¿Una vuelta, dos vueltas?  

Preparan la bolsa. El día en la ciudad se abre como una posibilidad. ¿Pero de qué? ¿De escapar, de denunciar? 

Cuando se dirigen al garaje es Jon quien abre la puerta del dúplex para salir. Pues no, la llave no estaba dada la vuelta. Quizás podría haber escapado mientras él estaba lavándose los dientes. De forma sigilosa dirigirse al coche y salir en él antes de que tuviera tiempo de reaccionar. En todo caso ya da igual. Si esta vez no cerró la puerta con doble llave, sería señal inequívoca de que había estado pendiente de ella en todo momento y aun en el momento de lavarse los dientes hubiera sido imposible una huida. Bajar al garaje, subir al coche, arrancarlo y esperar diez segundos a que el control remoto active la puerta de salida. Imposible. Jon es ágil y extremadamente rápido. Afortunadamente abortó la operación y evitó males mayores. 

Jon pone la música del coche alta como siempre y abre las ventanillas. El sol de la media mañana transforma el trayecto a la ciudad, de apenas diez minutos, en una agradable experiencia. 

María baja del coche y ve el centro sanitario a lo lejos. Cuando estaba con la mejilla recién golpeada y sangre en el labio debía haberse desplazado hasta allí y aprovechar para emitir alguna señal aunque hubiera sido al enfermero de guardia. ¿Qué hubiera hecho éste? ¿Llamar a la policía? ¿O decírselo a Jon “oye tu mujer dice que la has pegado, es así”? Jon es un tipo popular en el pueblo. Ella no. Es forastera, quién te va a decir que no es peor el remedio que la enfermedad… Finalmente fueron a casa de Andrés, que es ATS y total para curar ese golpe al resbalarte por la escalera vale igual. Si mañana no te encuentras bien bajamos al ambulatorio, cariño. 

El trascurso del día va envolviendo a María en cierta sensación de calma, recuperando placeres intrascendentes. Toman unas cervezas en el paseo marítimo, compran un bolso cruzado para él y unos pendientes para ella, mientras van mirando las cartas expuestas en las puertas de los bares hasta elegir el menú que más les convence. Lo malo de comer fuera de casa es que el rato posterior a la comida se echa de menos el sofá. Además Jon tiene que estar una hora y media cuanto menos sin coger el coche para no correr ningún riesgo de que un control de alcoholemia le juegue una mala pasada. Sin el coche no puede trabajar. En esto si que es prudente y taxativo.

Mientras deambulan por la parte interior del pueblo, ve la comisaría de la Policía Nacional. Instintivamente mira a Jon por el rabillo del ojo. María maquina a toda prisa una idea. No puede escapar a la comisaría pero puede perder algo y tendría que acercarse a hacer una denuncia. El DNI. Si pierde el DNI y va a pagar algo con la tarjeta de crédito, Jon no podrá excusar nada para ir a la comisaría. Si lo hiciera sería la prueba evidente de que la agredió. Porque la agredió. La pegó. ¿La pegó?  

- ¿Pero para qué quieres una chupa vaquera? Están muy pasadas de moda… 

María ha aprovechado un segundo de distracción de Jon para deslizar su DNI por una alcantarilla, de manera que cuando se dirige a la caja de una franquicia de ropa, le palpita el corazón hasta el punto que teme que la dependienta o el propio Jon pueda escucharlo. 

- El carnet… ¿has perdido el carnet? ¿Pero cuando? Si te lo he visto en el restaurante… 

Jon se acerca a la caja y paga el importe de la cazadora vaquera que María se ha empeñado en comprar. Salen a la calle.  

- Cariño… tendría que denunciar la pérdida del DNI, lo voy a necesitar esta semana y al menos me darán un resguardo…  

Jon la mira. Serio. “Joder María, se nos van a hacer las mil ¿Ahora a la comisaría? En una hora empieza el futbol y había quedado con los chicos para verlo.” María permanece quieta. No le va a permitir ir a la comisaría, va a darse cuenta de todo.

- Anda vamos, haz la denuncia.

El recorrido hasta las escalinatas donde están las instalaciones de la policía apenas dista 400 metros. Jon aprieta el paso y María lo sigue medio metro por detrás. El otro día lo vio en internet, aunque luego tuvo que esmerarse en borrar el rastro de la búsqueda: una señal de ayuda, un código de socorro, que consiste en abrir la mano y estirar los dedos escondiendo el dedo pulgar en la palma y terminar cerrando discretamente el puño. ¿Lo conocerá el policía? ¿Actuarán con eficacia?

María entra a la comisaría siguiendo los pasos de Jon. No se va a separar de ella ni medio metro, seguro, va a tener que ser extremadamente cuidadosa y no mostrar ansiedad alguna, intentar mantener una mínima distancia respecto a él mientras cursa la denuncia de manera que no le impida realizar el gesto de socorro. ¿Y si se lo dice abiertamente al agente? Mi marido me pega, me maltrata.

Otra vez siente que los latidos de su corazón emiten un ruido que tiene que estar escuchando toda la comisaría, por otro lado sumida en una cierta indolencia apenas rota por un borracho al que sacan de un calabozo para trasladarle no se sabe dónde.

- María, voy fuera, tengo que hacer una llamada para decirles a estos que llego tarde, pero que voy. 

Jon sale a la calle mientras saca su teléfono y teclea algún número. Quizás el de Luis que es donde suelen ver los partidos de fútbol. Ah no, que se había ido el fin de semana al pueblo a reparar el tejado que había tenido una gotera enorme que les había puesto perdidita de agua la sala.

María se acerca al mostrador donde informan sobre en qué mesa hay que hacer la gestión en cuestión. “He perdido el DNI”. Mira a lo lejos y ve a Jon enfrascado en su conversación en la calle, totalmente ajeno a sus trámites. 

Cuando vuelven a casa empieza a anochecer. Los días son cada vez más largos y el reflejo de los últimos rayos de sol en el mar dibujan un paisaje crepuscular que a María siempre le gustó. Lo mira absorta dudando de si misma, y viendo en la fusión del sol con su reflejo en el agua y la dispersión de las formas, la mejor metáfora de la confusión que la carcome. “¿Cómo pude llegar a pensar…? Hace ocho horas me quería escapar de casa. ¿Cómo pudo ser? Me estoy volviendo loca…”

Entran al garaje y salen por la puerta hacia el pequeño jardín que lo separa de las tres escaleras de entrada al dúplex, tan resbaladizas a menudo. Las mira. Según entra por la puerta se toca la mejilla y la nota aun irritada y dolorida. Pero hoy las escaleras están secas y no resbalan. Menos mal.

Jon cierra la puerta. Da dos vueltas a la cerradura y retira la llave que se guarda en el bolsillo. Se dirige al cuarto de baño mientras arroja el bolso que se ha comprado al sofá. “Idiota, te he robado hasta la memoria”. María se quita los flamantes pendientes. Para evitar que le hagan herida. 

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Unai Sordo (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.

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