Tiro al blanco

El rey Juan Carlos posa frente a un elefante abatido durante una cacería en el año 2007.

Su majestad se levantó rumboso: "Quiero disparar a algo". Raudo llamé a Zarzuela. "Ni hablar". Pues ya estamos todos. Mientras controlaba el impulso de cometer regicidio por partida doble, se me encendió la bombilla.

–Señor, deje de berrear y baje, ya está todo organizado.

Lo subí al coche y di al chófer la dirección: Paintball Las Rozas. Tan pronto vio los carteles, don Juan Carlos torció el gesto. Que qué era aquel despropósito, blablablá, etcétera, etcétera. Le miré fijamente y dije, agravando la voz: "Sire, los cotos de caza están incendiados y, salvo que quiera carbonizarse, es imposible. Pero aquí puede disparar a personas". Inmediatamente, una sonrisa infantil se dibujó en el borbónico rostro.

De mejor humor, se bajó trabajosamente del vehículo. Le introdujimos discretamente en los cambiadores y, entre varios, le colocamos el mono de camuflaje, el chaleco y el casco. Una vez uniformado, era imposible distinguirle de cualquier otro jubilado aficionado a la ortopedia. Nos cambiamos nosotros (el caballerizo mayor, el sumiller de corps, dos gentileshombres y yo) y fuimos al arsenal. Allí, don Juan Carlos, con fuerzas renovadas, nos arengó valerosamente y nos aconsejó disparar cerca y a la cara. "Es", dijo, "la tradición familiar".

Entonces ocurrió algo prodigioso. Tan pronto salió al campo de batalla, a su majestad se le olvidó la cadera positrónica, la rodilla de hojalata y el triple baipás. Una fortaleza campechana parecía apropiarse de él y otorgarle unas habilidades hasta entonces desconocidas. Rodaba por el suelo, saltaba como un gamo, reptaba y disparaba sin perder el resuello. Sus acompañantes nos miramos desconcertados, pero él nos reclamó inmediatamente: "¡una vez más a la brecha!".

La pintura se desparramaba por el cuerpo inerte de sus adversarios. Unos lloraban, otros huían, pero todo era inútil ante la furia emérita. "¡Traedme más!", gritaba. Volvimos a las posiciones de salida y nos miramos con preocupación. ¿Y si le daba un parraque? Uno de sus oficiales se acercó e intentó, calmadamente, pedir al rey que se lo tomase con calma. Pero él, ebrio de violencia, cogió una granada de su cinturón y amenazó con metérsela en la boca si volvía a decir alguna estupidez parecida.

Entró un nuevo batallón de jugadores y cuando quise darme cuenta ya había perdido de vista al soberano. Como por arte de magia, había conseguido flanquearlos y, mientras nosotros disparábamos de frente, él los acribillaba por la espalda.

"Un elefante, ¡ahora un elefante!". Los gestores del asunto nos dijeron que debíamos descansar media hora. El rey entró en la sala de avituallamiento y súbitamente comenzó a cojear. Solo el ardor militar y la humillación de sus enemigos le retornaban las fuerzas de su juventud. "¿Sabéis a quién le hubiese encantado esto? ¡A Franco!". Un silencio pudoroso se hizo en la sala. Él, riéndose groseramente, me miró diciéndome: "Tú, gordo, si quieres el marquesado más te vale disparar más rápido". Le miré furiosamente por encima de las gafas y a punto estuve de quitar el seguro de la pistolita. Uno de los acompañantes me sujetó el brazo y dijo "oh, vaya, los siguiente son niños de escuela".

Don Juan Carlos brincó como si tuviese un resorte en las posaderas. "Estupendo", bramó, "¡como en los viejos tiempos!".

Un tierno reencuentro

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