Un tierno reencuentro

El Rey emérito Juan Carlos I a bordo del "Bribón".

"Tienes que contarme lo de ese tiroteo, Froilán". La reunión familiar iba como la seda. Don Juan Carlos compartía batallitas con su nieto favorito. "Desde que me pegué el tiro en el pie, pito siempre en el control de los aeropuertos". Su majestad se mondaba de la risa mientras se señalaba, socarronamente, la cadera protésica. La infanta Elena sonreía y asentía, como si los entendiese.

Día estupendo en el club de campo. Habíamos conseguido citar a buena parte de la familia y a un puñado de viejos amigos. Para evitar calamidades, se habían apostado entre los pinos un batallón de enfermeros armados con las reservas nacionales de Sintrom y un comando de geriatras. Mientras vigilaba que Mario Conde no robase la cubertería, hizo su aparición Victoria Federica a lomos de un rinoceronte. La envolvía un nubarrón de fotógrafos y media docena de expertos en Photoshop fichados por la NASA. Tras ella, el chambelán (un estudiante de arte dramático al que le compré una gorguera en Disfraces Paco) fue anunciando la llegada de una procesión de fantasmas de las navidades pasadas: presidentes del Gobierno, expresidiarios de todo pelaje, periodistas de voz engolada y demás pelotas del reino.

El emérito estaba en su salsa: pestazo a Brummel, chistes verdes y jamón pagado con el dinero del contribuyente. Todos comentaban la tremenda injusticia que se estaba cometiendo con el timonel de la transición. Los lamentos eran tan unánimes que pudieron oírse hasta en las provincias colindantes. Al terminar los aperitivos, Fernando Ónega se rajó la camisa y enseñó a todos el retrato de don Juan Carlos que se había tatuado entre las tetillas. Un par de marquesas se desmayaron, pero Rouco Varela aplaudió entusiasmado.

Al final, Raúl del Pozo pronunció un elogio de los valores tradicionales y Alfonso Ussía dijo unas cosas horribles sobre los rojos. Felipe González vitoreó enardecido

Se sirvió un menú españolísimo y cristiano: carrilleras en salsa, toda clase de embutidos de cerdo, queso manchego, vino de Rioja, patatas con huevo al estilo Lucio, cogote de merluza y gambas con gabardina (que es lo único que come la infanta Elena). Al final, Raúl del Pozo pronunció un elogio de los valores tradicionales y Alfonso Ussía dijo unas cosas horribles sobre los rojos. Felipe González vitoreó enardecido.

En ese momento, el chambelán anunció la llegada de doña Sofía. La sorpresa fue mayúscula. "¡Una gran profesional!", gritó Peñafiel, interrumpiendo por un momento su proceso de momificación. Por la esquina apareció una mujer embutida en un traje de liquidador de Chernóbil. "Su majestad tiene COVID, pero aun así no ha querido perderse esta extraordinaria reunión". Saludó, se giró y se fue. (¿Puede que le pagase cincuenta euros al winidepú de la puerta del Sol para que se cambiase el traje? ¡No se sabe!).

Tras el coñac y el puro, don Juan Carlos quiso soltar una vaquilla. Le advertí que aquello podría terminar en escabechina pero él, girándose a la concurrencia, preguntó: "¿Es que somos mariquitas o qué?".

Sus compinches lo jalearon fanáticamente. Encontré uno de esos cuernos con ruedas con los que entrenan los toreros y lo saqué al jardín. Carlos Herrera lo empuñó brioso y comenzó a perseguir a Rajoy, que puso pies en polvorosa andando raro. Pasadas unas horas, Pilar Urbano quiso sacar la ouija para hablar con Adolfo Suárez. En ese momento, educadamente, decidí retirarme.

"Le ruego discreción"

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