Antes de

Diego antes de Maradona. Breve historia de un D10S consagrado a un balón de trapo

¿Qué es hablar ‘del Diego’ que precedió a Maradona? ¿Es contar la historia del niño pobre que pateaba un balón de trapo y que se convirtió en el mejor jugador del mundo? ¿O la de una superestrella que se metió en las drogas, arruinó su reputación y ennegreció su legado? ¿La transición de Diego Armando a Maradona es el logro del sueño por parte de todo un país, o el proceso que convirtió a un chaval humilde en un posible maltratador? ¿Dónde hay que situar el ‘antes de’ del gran Maradona? O, lo que es lo mismo, ¿cuál es el Maradona que perdurará: el Dios del fútbol, ¿o el demonio de los mil escándalos? Solo en contraposición a la imagen colectiva que se conserva del Pelusa se podría situar el ‘antes de’ real, o puede ser que, ante una figura con tantas aristas como las del ‘Barrilete cósmico’, sea inútil establecer un único punto para dividir su vida en dos. ¿Por qué hacerlo?

Demasiadas preguntas. Toni Padilla, periodista deportivo (Gol TV, Revista Panenka y Diari Ara), arroja algo de luz al asunto. “Maradona es el fútbol”, desliza. “En la vida de Maradona”, continúa, “está todo lo bueno del fútbol y todo lo malo del fútbol”. El primer cambio en su vida tuvo lugar cuando todavía no había cumplido dieciséis años. El Pelusa debutó con Argentinos Juniors y tiró el caño —en argot, pasar el balón entre las piernas de un rival— más revelador de la historia del fútbol.

Diego antes de Primera División: descaro

“Ni era alto, ni fuerte, ni corpulento”, explica Padilla. “Por eso tenía que ser el mejor”. Desde muy pequeño, Maradona —hijo de Diego Maradona senior y doña “Tota” Franco– maravillaba a los vecinos del humilde Villa Fiorito, en la ciudad de Lanús. Hay que imaginarse el barrio como un arrabal modesto, con gente llegada de varios puntos de la Argentina. “No era un lugar marginal, en lo que sí convertiría más tarde”, tercia el periodista. Pero era pobre, difícil, duro. Ahí creció Maradona, ahí dio los primeros toques a un balón –muchas veces de calcetines y medias robadas a sus tías– y ahí recibió el Pelusa los primeros halagos. “Corría la voz de que había un chaval que tocaba muy bien la pelota”. En seguida formó parte del equipo Los Cebollitas y sus malabares con el balón (al principio solo con la pierna derecha y, más tarde, con ambas) pronto llamaron la atención de Argentinos Juniors, que lo reclutó cuando apenas superaba los diez años de edad para animar, con su habilidad, los descansos de los partidos. Se acercaba el momento de la verdad para el quinto de los ocho hijos de la familia Maradona. El fútbol era su única oportunidad para salir de la pobreza y ya la tenía delante.

15 años. Maradona iba a dejar de ser, para siempre, un chaval de Villa Fiorito. El Pelusa solo tenía un disparo, una bala. Y lo sabía. Los periódicos ya habían escrito crónicas sobre un niño maravilla que despuntaba por encima del resto y Argentinos Juniors le había puesto un departamento para que pudiera vivir cerca del estadio. Maradona debutaría en Primera División en 1976 contra el Club Atlético Talleres. Como todo en la vida del Pelusa, su estreno en el fútbol profesional no está exento de una dosis de misticismo. Cuenta la leyenda que su entrenador le animó a tirar un caño nada más salir al campo. Y lo hizo, claro. Demostró, en una sola acción, que, además de calidad, le sobraba el descaro.

Maradona antes de Nápoles: canonización

Si el primer acontecimiento que marca un antes y un después en la trayectoria de Maradona es su debut con Argentinos Juniors, otro es su llegada a Europa. En el Barça, las lesiones y su mala relación con la directiva lastraron su juego. Pero fue en Nápoles donde la vida del Pelusa dio otro vuelco, esta vez hacia la canonización. “Maradona llegó a una ciudad que era una causa perdida”, reflexiona Padilla. “Le recordaba, de alguna forma, a su Villa Fiorito natal”. La devoción extrema que despertó Diego Armando Maradona entre los napolitanos se explica precisamente por eso. Igual que el fútbol fue la única oportunidad que iba a tener el niño Maradona para salir Villa Fiorito; el propio Maradona era la única oportunidad de los napolitanos para dejar de ser los apestados de Italia. Al Pelusa no le importó que Nápoles no tuviera el glamour de Milán o el empaque futbolístico de Turín. En unas pocas temporadas, por primera vez, los azzurri iban a ganar dos Scudetto y una Copa de la UEFA.

Los éxitos lo sacralizaron. Si bien Maradona ya era un ídolo de masas en la ciudad, los títulos lo acabaron de endiosar. “Hay que decir”, completa el periodista, “que era un ‘santo’ cercano a la gente”. Era capaz de calzarse las botas e irse a jugar a un campo de tierra en el barrio más pobre para ayudar a un niño enfermo. Ese era Maradona. Las masas veían a un chaval argentino, que era el mejor futbolista del mundo, que había aprendido italiano, que cantaba las canciones populares y que había salvado de la burla a una ciudad absolutamente pobre y casi miserable. Era un héroe, o, alomejor, solo lo parecía. Por fuera todo era pomposidad, fútbol y triunfos. Pero en los fueros internos —y en los nocturnos— del astro argentino ya había comenzado la caída libre. Y no había empezado en Nápoles, sino antes, en Barcelona. Tal y como él mismo reconoció, fue en la noche de la ciudad condal donde Maradona probó la cocaína.

Santo antes de demonio: destrucción

“Con Diego iría hasta el final del mundo, pero con Maradona no daría ni un paso”. Lo dijo Fernando Signorini, quien fuera su entrenador. Si Diego era ilusión, fútbol, talento y lucha; ese Maradona al que se refería Signorini eran drogas, las acusaciones de maltrato a las mujeres, relaciones con la Camorra y posibles casos de corrupción. El Pelusa puso en el mapa del fútbol a Nápoles y, tras el dopaje y su paso por los juzgados, tuvo que marchar prácticamente por la puerta de atrás. “Maradona siempre se enfrentó a los poderosos”, sentencia Padilla, “y los poderosos saben esperar al momento preciso para contraatacar”. Fuera como fuere, lo que está claro es que no hay solo un ‘antes de’ Maradona. Hay muchos, tantos como aristas tiene la figura de Maradona. Unos lo recordarán como la estrella más brillante del fútbol y otros como un drogadicto. Unos como el héroe de Nápoles y otros como un demonio. No hay respuestas claras en cuanto a la vida del Pelusa, ni en cuanto a su legado. Lo que sí hay son dudas, complejidad, incomodidad. En palabras de Toni Padilla, “Maradona encarna, en su propia vida, todo lo bueno y lo malo del fútbol”.

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