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Ramoncín: “He hecho siempre lo que he querido”

María Granizo Yagüe

Ha llamado “hijo de la gran puta” a Franco. “Catástrofe” a Isabel Díaz Ayuso. Ha criticado “el pensamiento carcamal de Vox” afirmando que si fuera por el partido de Abascal “no habría aborto ni matrimonio homosexual”. Ha tildado a la monarquía de “anomalía” argumentando que “ser jefe de Estado por razones de apellido, sangre y semen” no entra en su mentalidad. Ha calificado de “auténtico Rey del pollo frito a Donald Trump”. Y ha llamado a la sublevación contra “el capitalismo salvaje”. Más de cuatro décadas de profesión metiéndose en charcos para continuar siendo fiel y sincero a sí mismo, aunque no hayan dejado de atizarle porque “en este país se desprecia lo que se ignora”.

Con veinte años, apenas cincuenta kilos de juventud, un caminar castizo que siempre se ha crecido en el escenario, maquillaje y algunos vértices, se convirtió en el precursor de la movida. Ni su punto de honesta chulería madrileña ni leyendas urbanas alimentadas por sus detractores le impidieron convertirse en una rock and roll starrock and roll star que, recién llegado a la industria de la música, ya abarrotaba auditorios, vendía 400.000 vinilos y daba 78 conciertos en sólo 90 días. El chico del barrio de Delicias, hijo de madre soltera, recién fallecida por coronavirus, y de padre desaparecido, en 1979 ya grababa en la capital británica Arañando la ciudad. Con la sagrada guitarra de Queen, Brian May le punteó su aplaudido Como un susurro y el Capitán Furillo aparcó un rato su televisivo coche de policía para entonar con él la Canción Triste de Hill Street, su idolatrada serie, y convertirse para siempre en su amigo.

Su vasta cultura autodidacta y su insaciable interés por la historia y por las letras nos han regalado poemas y una de sus grandes joyas literarias: el diccionario de jergas Tocho cheli Tocho cheli. Aportaciones que también le convirtieron en imprescindible en las columnas y tertulias de Paco Umbral, de Camilo José Cela y de Gonzalo Torrente Ballester. Ni entonces, desafiando a una España franquista y censora en la que cambió los dos rombos de blanco y negro por uno de color, ni ahora, soñando con “la República como resultado de un referéndum”, se ha mordido la lengua. Vestido de desafío juvenil y orgullo de clase obrera, con el punk circulando por sus venas gritó a un auditorio con más de veinte mil personas: “¡No hay huevos suficientes para que yo deje de cantar!”. Por si fuera poco, hizo historia en un plató de TVE en 1977 alzando la voz en favor de los presos políticos. Y en un tiempo en el que “no era de machotes llorar” y donde el brandy Soberano era “cosa de hombres” remató la dedicatoria cantando Marica de terciopelo frente a una cámara seguida por quince millones de espectadores.

Ni su coherencia político-social, ni su razonada arrogancia “barriobajera”, que le han ayudado a no agachar nunca la cabeza frente al poder, se han visto distorsionadas en sesenta y cinco años de una vida al filo de la polémica: “He hecho siempre lo que he querido”. Aunque muchos compañeros de profesión se rinden a sus pies y hoy le piden perdón por no haberle apoyado en su cruzada por defender los derechos de autor, él sigue fiel a Vicente, a Ricardo, a Mario, a Felisín, a los amigos que conserva desde la niñez. Ellos le recuerdan la toma a tierra y le han enseñado que “una persona inteligente siempre se recupera de un fracaso; un gilipollas jamás se recupera del éxito”.

Un niño de barrio castizo

Se iniciaba la Guerra de Vietnam, el Teatro de la Ópera Estatal de Viena reabría sus puertas tras ser bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y la dictadura militar argentina prohibía el peronismo. Era noviembre de 1955. Mientras en Regreso al futuro el profesor Doc Brown trataba de viajar a través del tiempo usando un condensador de fluzo, España entraba en la ONU, se nacionalizaba la industria del automóvil con Seat y por la débil red vial apenas circulaban biscuters y taxis Citroën 11. En uno de ellos, cerca de la Puerta de Alcalá, nació José Ramón Julio Márquez. En aquel momento, su abuelo materno se enteró de que iba a serlo. Lejos de su madre biológica, que se marchó de su lado siendo un bebé en un tiempo en el que ser estar soltera y tener un hijo era un estigma, el pequeño Ramón creció adoptando a su tía Engracia como mamá: “Ha sido mi madre de verdad, mi vieja, la mejor del mundo para contemporizar, para que nadie sufriera”.

En un edificio vecinal de la madrileña calle Canarias, “que olía al lúpulo de la cerveza” por su proximidad a la fábrica El Águila, aquel crío flacucho y despierto escuchó los primeros ecos musicales que se convirtieron en la banda sonora de su vida: “De las ventanas salía el sonido de la copla que terminó mezclándose con el de los grupos que tanto me gustaban, Los Bravos, Los Brincos, Los Canarios, Lone Star, esas bandas que influyeron muchísimo en mi manera de entender las cosas y, desde luego, también la música”.

Congratulations

Sin haber cumplido aún trece años, Ramoncín ya proclamaba a los cuatro vientos que quería subirse “a un escenario y cantar”. Sus maestros procedentes de la Institución Libre de Enseñanza, que les convirtieron “en personas cultas, en chavales de barrio, pero con inquietudes”, tuvieron parte de la culpa. También de que, sin saber inglés, con un diccionario tradujera, palabra a palabra, las melodías que llegaban de Inglaterra y de que se aficionara a la lectura: “Releo de vez en cuando el primer libro que disfruté siendo un crío: Las raíces del árbol del escritor húngaro Ferenc Molnár, que en su primera edición se llamó Los chicos de la calle Pal. Me pareció alucinante aquella historia de unos niños en un barrio de un país lejano que era igual que el mío y ocurrían cosas igual que en mi barrio”.

Con sus amigos de vecindario intercambió vinilos, compartió el deleite del tocadiscos que le regaló su abuelo y junto a ellos vio, un seis de abril de 1968, un acontecimiento que pondría para siempre sus energías en el camino de los escenarios: el festival de Eurovisión. Más que el triunfo del La, la, la de Massiel a aquel inquieto chaval se congratuló con la actuación de Cliff Richard: “Creo que esa idea de llevar un traje de terciopelo y un determinado corte de pelo y una camisa de chorreras, tuvo mucho que ver”. A partir de ahí, responder a un anuncio que buscaba “cantante que se tire el rollo para grupo de rock” y comenzar a ensayar iniciaron el resto.

Un rombo de color frente a dos en blanco y negro

Aunque la utopía siempre había estado en su horizonte, Ramón no olvida lo que sintió cuando, tras firmar su primer contrato con EMI, llegó a su casa, quitó del tocadiscos su venerado Rock n Roll Animal de Lou Reed y escuchó su primer singlesingle: “¡Tengo un disco!”. Ese mismo estremecimiento le recorrió el cuerpo el día que se sentó en un taxi y en la radio sonaba su Rock and Roll Duduá: “Me acordaré siempre de ese impacto: ¡hostia, soy yo!”. Ensayos y más ensayos como Ramoncín y los WC, pegada de carteles, talento, cultura, inconformismo y mucho trabajo le subieron, con veintidós años, al escenario del Teatro Barceló. Con capa negra, uñas rojas y un rombo focalizando su mirada que rompía esquemas, sudó hasta la última de sus canciones y tiró huevos a las élites oficialistas. Su descaro, sus composiciones y el espectáculo de sus actuaciones que destilaban libertad le llevaron, desde aquella noche de 1978, a grabar ocho discos que le convirtieron en el cantante y compositor que más vendía. Tanto que más de una compañía discográfica le ofreció “sacar cualquier cosa” porque sólo su nombre ya era garantía de éxito.

Alejado siempre de la heroína que convirtió en “malditos los años ochenta porque perdimos a muchos amigos “y evitando sentirse “un día más en la oficina”, se enfrentó a músicos que querían tocar en fiestas privadas, a empresarios que tratando de comprar la verdad de sus canciones se convirtieron en inmortales reyes del pollo frito y a los que llegó a saludar con bidón de gasolina en mano para conseguir su carta de libertad discográfica. También a quienes quisieron verle entre rejas por su cruzada contra la piratería y la defensa de los derechos de autor: “Cuando mi vida ha estado más en el filo fue cuando intentaron destruirla por defender los intereses de un colectivo, sus derechos laborales y sus derechos como tal y eso no le gustó a los que iban a salir perjudicados”.

Hoy, con una veintena de trabajos discográficos firmados con la honradez del que respira a base de rock, libros y compromiso, el hombre que siempre ha nadado contra corriente porque “la provocación en el arte es inevitable” despide su Playlist. Dispuesto a iniciar la tarde dejándose seducir de nuevo por la belleza y el misterio de Lauren Bacall en Tener y no tener, su cinta favorita, para el nuevo año desea “salud y que desaparezca el enfrentamiento político tan descarado: el rascar votos, el hacer clientes, que se ha convertido en el protagonista del discurso en el que la gente no tiene ningún problema en mentir, en cambiar, en tomarnos por gilipollas a los que estamos viéndolos cómo son capaces de cambiar las cosas simplemente por su interés”.

Recobrando sonrisa y dulzura mirando al barrio del que se fue, “pero el barrio no se fue de mí”, al chico del rombo que tuvo miedo a soñar después de ver tanta mentira disfrazada de verdad, con algunas canas y nuevas melodías no sólo le quedan muchas cosas de cuarenta y dos años atrás “sino que hay cosas que no he terminado de resolver”.

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La Playlist de Ramoncín:

  • Un libro: Los muchachos de la Calle Pal (Ferenc Molnar)
  • Un disco: Rock n Roll Animal (Lou Reed)
  • La canción más Ramoncín es… Miedo a soñar.
  • Una película: Tener y no tener (Howard Hawks)
  • Una serie: Canción triste de Hill Street.
  • ¿Qué soñaba ser de mayor?: Quería subirme a un escenario y cantar”.
  • Un aroma: “El olor a lúpulo de cerveza que invadía mi barrio y el de los calamares en salsa que hacía mi madre”.
  • El tuit que le gustaría recibir: “La República gana el referéndum”.
  • Una cita: “Una persona inteligente siempre se recupera de un fracaso; un gilipollas jamás se recupera del éxito”.
  • Un deseo: Salud.

Lo mejor y lo peor de nuestro país es…

 

  • Lo mejor: “El clima, la geografía, la historia, la gente, …”
  • Lo peor: “La grave, triste y prehistórica costumbre de despreciar lo que se ignora.
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