Tren nocturno a Lisboa Pedro Vallín
Por muchos análisis políticos que uno pudiera hacer de la situación en la que se encuentran las derechas en este país, nunca podríamos imaginar el impacto real que sus políticas tienen en una sociedad como la nuestra.
Los torbellinos mundiales a los que estamos asistiendo, perplejos con las acometidas del trumpismo y sus golpes de pecho, con el orden internacional en trance de hacerse pedazos, aportan una idea que flota en el ambiente de la política en España y que, de manera muy clara, da muestras de una afirmación de determinados comportamientos que complace a una parte del electorado que se describe por mayorías.
La incursión en Venezuela y el secuestro de Maduro, las avaricias motoras de la economía, que han puesto el foco de explotación en Groenlandia, las amenazas a Cuba, México o Colombia, y la falta de consideración del gobierno de Estados Unidos a Europa, no son más que las espoletas para que las derechas crezcan, instaladas en silencios de complicidad ante Trump o alojadas en el escapismo político cuando se les pregunta por la aceptación de esas amenazas, por su legitimidad.
Callan ante el poderoso de la misma manera que cuentan las reacciones de la sociedad por votos. Los beneficios son muchos, a cuenta de las encuestas que vamos conociendo, y que dan un crecimiento significativo al bloque que representan.
Ahora es necesario preguntarse qué está pasando, cómo una sociedad democráticamente constituida, que vivió el puño de la dictadura franquista, que trabajó de manera ejemplar por reaccionar a la muerte de Franco para construir una España de consenso, puede estar dando su apoyo a partidos políticos que apoyan comportamientos dictatoriales, colonialistas, racistas y violentos, además de antidemocráticos, para hacerse valer en ese nuevo orden internacional.
Pero han pasado cincuenta años desde esos acontecimientos, y ya la sociedad española no es la misma.
La marea del neoliberalismo, la apropiación de una guerra cultural con fuerza suficiente, la exclusión como forma de defensa, pero sobre todo, la prepotencia y la sobreexcitación de los pulsos, son elementos valorados por esta nueva sociedad, la descrita por Trump, ahora líder mundial con derecho de pernada (Epstein mediante).
Las derechas españolas saben que, subidos al carro de los acontecimientos mundiales, son menos vulnerables. Saben que desde esa postura están incrementando sus apoyos, conocen bien cuál es el movimiento que capitaliza los votos para conseguir el poder y ven, de manera notable, que los comicios aportan valor a sus silencios, a la complicidad con el nuevo orden mundial.
Pero ya es hora de tener en cuenta las políticas de protección, no solo de los territorios amenazados, sino también de la sociedad en su conjunto. Los niveles de inversión en lo público, el crecimiento de la calidad de vida a través de acciones gubernamentales precisas, la economía española en máximos históricos, y la repercusión internacional del gobierno de coalición de la izquierda. Es hora de amplificar en el discurso cotidiano esas políticas, y hacerlas entender enfrentadas al discurso que las derechas vienen representando. Y hacerlo, definitivamente, sin complejos.
Deberíamos empezar a pensar en la defensa del ser humano antes que enzarzarnos en discusiones políticas que obstaculizan el desarrollo de la izquierda, y que dan alas definitivamente al bloque de las derechas
Ese es el más destacado de nuestros valores. Frente a las amenazas, la protección de lo público; frente a las invasiones, la defensa de la democracia; frente a la ambición desmedida de las grandes corporaciones internacionales, la puesta en valor de la sociedad como motor necesario para conquistar el futuro.
Quedan más o menos dieciocho meses para las elecciones, un tiempo en el que se darán o quitarán razones, y se debería de comenzar a poner el foco en la defensa de la democracia, en la construcción de España y Europa como sedimentos firmes sobre los que seguir creando sociedades libres, en el empuje que supone ponerse en frente del neocolonialismo, de la explotación del territorio, de las mentiras de los gobiernos que tratan de arrasar la plenitud cultural de los pueblos, apenas movidos por la explotación y la ambición como equipaje.
Deberíamos empezar a pensar en la defensa del ser humano antes que enzarzarnos en discusiones políticas que obstaculizan el desarrollo de la izquierda, y que dan alas definitivamente al bloque de las derechas. Deberíamos proponernos, como sociedad, crear un dique a las locuras y a los silencios, a las ambiciones desorbitadas y a los odios, a las intolerancias y a las mentiras. Y tener oídos que sepan escuchar y mentes que sepan reflexionar. Porque ese es el espíritu social que sostiene a la civilización, y no otro.
Todo puede ser diferente a lo que parece, aunque nos cueste pensarlo ahora.
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Javier Lorenzo Candel es poeta.
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