El gran Bryce Echenique

Con la muerte de Alfredo Bryce desaparece también un ímpetu literario que iba mucho más allá de la propia literatura, un abrazo de consistencia vívida y un profundo conocimiento de los resortes de la emoción.

Alfredo era una de esas personas que sedimentan amistades, rellenan los huecos que ha provocado el desánimo y se atrincheran en el humor como el máximo exponente de la vida. Además de un escritor de largo aliento, con estructuras líricas en cada una de sus narrativas, era un hombre bueno, con la fuerza de una bondad que iba regalando al mundo, sin nada a cambio, más que un abrazo, una sonrisa, tan solo una palabra.

Lo conocí hace mucho de la mano de Pepe Esteban y Chus Visor, quizá delante de un Pisco Sour o riendo después de una de aquellas anécdotas incuestionables que, aun sin tener un fondo de verdad, las iba trazando como si realmente hubieran sido vividas.

Con la muerte de Alfredo Bryce desaparece también un ímpetu literario que iba mucho más allá de la propia literatura

Alfredo sembró parte de mis estancias en Madrid de un tono de celebración y de nostalgia, como si ambas cosas fueran necesarias en su manera de transitar las cosas del mundo, ese mundo de Julius, abocándonos a un imaginario solvente en lo literario, pero también firme en el compromiso con su verdad.

Se fue a Lima para abandonar las noches largas de Madrid, los tiempos de la amistad sincera y el escalofrío de su narrativa. Se fue quizá para integrarse en otra manera de ver el mundo, en otro sabor en la punta de la lengua, quizá con más tristeza, aquella que proclamaba su tata cuando Alfredo preguntó: “Cómo estás”, para responder un tremendo “Dándole pena a la tristeza” .

Porque así quedó el escritor y el amigo, combatiendo entre la trinchera de la desesperación y el poder sanador de la literatura, entre la dureza de un sentimiento de tiempo ya no usado y los minutos lentos de Perú, los taimados momentos del retiro a su pesar.

Fue muchas cosas Alfredo, pero por encima de toda su estructura, aquella que empujó la creación de libros magníficos, estaba la bondad y la nobleza, la lucidez extrema en la ebriedad, el brazo preparado siempre para abrazar y, aunque perdida por un tiempo, una sonrisa abierta a la esperanza.

Descansa en paz, amigo.

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Javier Lorenzo Candel es poeta.

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