Expendedores de odio

Entrar ahora mismo en algunas redes sociales, llamémoslas X, es como entrar en esos míticos bares de carreteras de las películas llenos de moteros neonazis buscando pelea con cualquiera que entre.

Una pena, ya que muchos hemos disfrutado de grandes momentos compartidos con millones de personas en una comunidad que fue una forma de vivir juntos la información, el humor, la cultura… en fin, la vida. Una vida que de repente pudimos ampliar a todo el planeta gracias a la generosidad global.

Ahora todo eso pasó.

Este mismo artículo acabará en esa red social, llamémosla X, y los insultos serán instantáneos. Yo no los veré, he dejado de alimentar al monstruo, pero no espero menos de una red asocial y con un algoritmo diseñado por y para el odio.

El acoso en redes es tal que ya ha llevado a activistas políticos, artistas o cómicos –un abrazo fuerte desde aquí a Héctor de Miguel y su equipo de Hora Veintipico– a tener que abandonar sus cuentas y/o su actividad ante el acoso y las amenazas organizadas a ellos mismos y sus allegados.

Y todo ello ante la pasividad del Ministerio de Interior de nuestro país.

Pero algo se mueve a nivel mundial ante esta impunidad.

España se ha unido a una ya extensa lista de países, sobre todo en Europa, que se han plantado y se están movilizando para prohibir las redes sociales a los menores de 16 años por el acoso, el acceso indiscriminado a la pornografía o el impacto sobre su salud mental.

Algunas redes sociales se han convertido en una isla de Epstein virtual donde los depredadores sexuales campan a sus anchas buscando víctimas menores de edad.

Los mayores de 16 años tendremos que marcharnos o conformarnos con una inexistente política europea que no permita que unos cuantos multimillonarios vulneren todos nuestros derechos sin ninguna responsabilidad económica ni penal.

Las reacciones a este intento de regular este Salvaje Oeste en el que se han convertido muchas redes sociales no se han hecho esperar:

Elon Musk, el dueño de X, ha insultado directamente al presidente del Gobierno por atreverse a intentar controlar una red racista, sexista, fascista y todos los adjetivos negativos que os imaginéis acabados en “ista”.

Pavel Dúrov, el oligarca ruso dueño de Telegram –una aplicación donde la delincuencia campa a sus anchas– se ha permitido el lujo de mandar un mensaje a millones de españoles en sus propios móviles aprovechando que tiene sus datos para advertir, ojo a la ironía, que el presidente español va a poner en riesgo nuestra privacidad.

Una mezcla grotesca entre Gran Hermano y los Hermanos Marx:

Gran Hermano Marx.

Pero entiendo que es difícil desengancharse de repente del vicio de las redes sociales. De verdad que lo entiendo, he estado ahí.

Es muy difícil intentar salir de unas redes sociales con un logaritmo maquiavélico hecho para captar y mantener nuestra atención constantemente a costa de lo que sea. Y lo que sea somos nosotros.

Algunas redes sociales se han convertido en una isla de Epstein virtual donde los depredadores sexuales campan a sus anchas buscando víctimas menores de edad

Es complicadísimo renunciar a ver lo más chungo de la gente que nos rodea. Entiendo que es como cuando pasamos delante de un accidente de tráfico, es terrible pero no podemos parar de mirarlo.

Yo desde esta humilde columna de opinión propongo un paliativo, un placebo mucho menos dañino para la sociedad.

Aquí va mi propuesta:

Colocar en lugares públicos y sobre todo en los bares una serie de máquinas expendedoras de odio para ayudar a pasar el mono a quienes no puedan, o no quieran, vivir sin su dosis diaria de odio gratuito.

Insertas tu opinión sobre un tema, un chiste, compartes algo personal o simplemente pones una frase cualquiera sin ninguna connotación política y la máquina te responde con esos insultos salvajes que te dedicaban cuando tuiteabas en redes sociales.

Incluso podrías elegir la voz que te insultara para hacer la experiencia más auténtica y personalizada:

Si pidieras igualdad para las mujeres o justicia con un acoso sexual, una voz con los típicos gallos de adolescente INCEL podría llamarte “planchabragas” o “Charo”.

Si pidieras justicia para los 7.291 ancianos muertos sin asistencia médica agonizando entre dolores, alguien con la voz de Ayuso podría llamarte “frustrado” o decirte eso de “me gusta la fruta”.

La voz de Milei podría llamarte “zurdo de mierda” o la de Miguel Ángel Rodríguez lanzarte una frase ininteligible, con la lengua gorda, pero que acabaría con un “p’alante”.

Parafraseando al gran Lichis de La Cabra Mecánica, nos merecemos un mundo y unas redes sociales más amables, más humanas, menos fachas.

Más sobre este tema
stats