El debate sobre la salida de la OTAN o una nueva oportunidad para la excepción Sánchez Ángela Rodríguez Pam
La geopolítica energética no deja nada al azar. El fallecimiento del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, a los 86 años, víctima de los recientes ataques de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, ha desatado el escenario más temido por los mercados: la inminente asfixia del principal corredor de crudo y gas del planeta.
La Guardia Revolucionaria de Irán ha iniciado maniobras para cerrar el Estrecho de Ormuz a la navegación internacional. Las comunicaciones interceptadas por la misión naval de la Unión Europea confirman que las autoridades iraníes están advirtiendo a los buques de que su paso "no está permitido". Este movimiento transforma un conflicto que hasta ahora operaba en el plano de la retórica en una disrupción física de consecuencias incalculables.
Como hemos advertido anteriormente, la estrategia de Washington en Oriente Medio sigue un patrón claro de conquista y aislamiento. Tras forzar la salida de intereses rusos en Irak y neutralizar la capacidad de maniobra de Venezuela gestionando sus ingresos en remoto, el objetivo final siempre fue el asedio energético sobre Irán. Sin embargo, la actual transición de la presión diplomática a la acción militar directa amenaza con desarticular no solo el suministro regional, sino todo el sistema macroeconómico.
La ilusión de un mercado sobreabastecido para 2026 se desvanece si la infraestructura logística colapsa
El Estrecho de Ormuz, un canal que en su punto más angosto apenas supera los 33 kilómetros de ancho, es la verdadera arteria de la economía global. Por este paso transita diariamente alrededor del 20% del suministro mundial de petróleo y aproximadamente el 20-30% del comercio global de gas natural licuado (GNL). Su bloqueo anula de un plumazo la supuesta capacidad ociosa de productores clave como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos, cuyos barriles de contingencia quedan físicamente atrapados en el Golfo Pérsico.
Los modelos técnicos son implacables ante la materialización de este shock. La ilusión de un mercado sobreabastecido para 2026 se desvanece si la infraestructura logística colapsa. Las principales mesas de análisis advierten de un evento de subida de precios brusco, proyectando que los precios del petróleo podrían experimentar un salto repentino de hasta 15 dólares por barril. El impacto no se limita al crudo; Europa se enfrenta a una crisis de abastecimiento severa. Las simulaciones advierten que un bloqueo sostenido, que impida la llegada del GNL qatarí, dispararía los precios del gas europeo (TTF) hacia la barrera de los 92 €/MWh.
El tablero ha cambiado de forma irreversible. La muerte de Jamenei y el despliegue del mayor operativo aeronaval estadounidense en la región desde 2003 nos sitúan ante un punto de no retorno. La prima de riesgo geopolítico se ha integrado estructuralmente en la cotización de los hidrocarburos. El mundo se asoma a un precipicio inflacionario sin precedentes, demostrando, una vez más, que la verdadera autonomía estratégica no pasa por dominar las rutas del petróleo, sino por dejar de depender de ellas.
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Antonio Jesús García-Amate es profesor de finanzas en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) e investiga sobre energías renovables y gas.
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