Sánchez contra Goliat Pilar Portero
El compromiso político supone la defensa de unos valores. La conciencia individual establece diálogo con el mundo para llegar a acuerdos no sólo sobre aquello que debe conseguirse, sino también sobre el propio hecho del compromiso, sobre la necesidad de actuar, buscar compañías y manifestar en público los valores que la propia soledad quiere llevar hacia adelante. La política, igual que la poesía, siente la obligación humana de convertir en palabras la intimidad de lo privado en una búsqueda del nosotros. Somos lectoras y autores, autoras y lectores, de una realidad diversa que merece la pena ser compartida.
La estrategia del pensamiento reaccionario invierte en generar confusión y desconfianza. Plantear el horizonte como un ámbito de niebla y turbiedades invita a quedarse en casa, no abrir la puerta, no salir a la calle, olvidarse de la obligación ética de convivir y compartir un nosotros. La insistencia en el descrédito, el desplazamiento del debate y la disidencia a los insultos, invitan a la lejanía. El fanatismo mueve los peores instintos, las obsesiones de la intimidad, para alejarnos de los compromisos colectivos. El odio mueve rencores al tiempo que paraliza la posibilidad de entendimiento y diálogo con el otro. Resulta muy difícil analizar los asuntos de la realidad, aquello que define la justicia y la convivencia, si el escenario es invadido por una confusión cruzada de bulos y cuestiones mezcladas. Cuando hay que hablar sobre el Sur, los que quieren impedir el diálogo no sólo llenan con nubes el cielo del Sur. Tardan poco en llenar la conversación con las nubes del Norte, el Este y el Oeste.
La confusión crea desconfianza y la desconfianza cierra las ventanas, destituye la voluntad de una política que nos comprometa con la colectividad. Se prepara el terreno para los discursos individualistas, los rencores y el odio. Convertir el odio en un nosotros es el fin último de la estrategia reaccionaria. Así lo han demostrado a lo largo de la historia los proyectos políticos que justificaron el autoritarismo, la violencia y el genocidio. El olvido de la política, del nosotros, del nosotras, es el origen estratégico de los que pretenden potenciar la dominación política de las conciencias individuales.
Nos une el deseo de una justicia social que limite las desigualdades económicas. Nos une el respeto a la diversidad frente a la homogeneización en una identidad cerrada
Las situaciones de crisis facilitan mucho las estrategias de la desconfianza y la confusión. El fracaso de las ilusiones colectivas debería invitar a la meditación sobre los errores, pero esa meditación compartida casi siempre se evita en favor de la renuncia y el descrédito de lo imaginado. Suele ocurrir así cuando los dominadores están contentos de su propia situación. Al pensamiento alternativo le cuesta trabajo ordenar matices, articular diferencias, ponerse de acuerdo en los proyectos de futuro. Pero tengamos cuidado: a veces resulta necesario prestar atención a aquello que se comparte más allá de los matices y las diferencias. El buscar lo que nos une se hace necesario cuando las crisis se convierten en situaciones de gravedad histórica y los dominadores pierden su pudor y desnudan su falso sentido común para mostrar sin escrúpulos el desnudo de sus ambiciones.
Pensemos en nuestro propio sentido común. Estamos viviendo una situación de gravedad, por lo que es importante buscar aquello que nos une en la defensa del valor social de la democracia. Y reconocer lo conseguido es tan importante como asumir lo que nos falta por conseguir. La reacción de los oligarcas se explica con frecuencia como protesta ante lo ya conseguido por la comunidad. Nos une el deseo de una justicia social que limite las desigualdades económicas. Nos une el respeto a la diversidad frente a la homogeneización en una identidad cerrada. Nos une la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. Nos unen los derechos cívicos que aseguran servicios públicos para una comunidad articulada, máxima expresión del diálogo entre los individuos y la convivencia, entre el yo y el nosotros. Nos une la pretensión de una justicia internacional que defienda la paz y los derechos humanos frente a la ley salvaje de los caciques.
Y todo esto se resume otra vez en declaración de principios: No a la guerra.
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