Hooligans y monarquía

Jesús Sampériz Maluenda

Conforme pasa el tiempo y la cleptocracia triunfa en los dos hemisferios del planeta, se hace más evidente que el hooliganismo futbolero ha permeado la convivencia como chapapote en las almas, imponiendo un sentimiento de pertenencia grupal más allá del espectáculo deportivo, si es que al fútbol se le puede llamar deporte. Los gritos, los insultos y los supremacismos de todos los colores cultivados en las gradas se han exportado a los escaños del Congreso de los Diputados, Asambleas Autonómicas y Ayuntamientos y de ahí convertido en torrente, inunda las calles.

Algunos apóstoles de esta visión gregaria e irracional pretenden imponer un ser y sentirse español por encima del tiempo y de la historia. De una historia claramente sesgada que, lejos de la ciencia humana que es, se convierte en relato fantástico en que empoderar la ignorancia colectiva.

Los recientes comentarios del rey de España han generado una absurda polémica en la que el hooliganismo social no podía faltar. Los apóstoles de la españolidad sacan a relucir un incomprensible sentimiento de pertenencia identificado ahora con las gloriosas etapas del Siglo de Oro, sus conquistas, sus Dorados, sus misiones y su fe/cultura salvadora.

Retumba el “Por el Imperio hacia Dios” del km “0” de la red viaria española. 

En este caso los hooligans no se han dividido a favor o en contra; aquí la dicotomía Madrid-Barça no es de aplicación. La mayor parte atacan al monarca; seguramente por sacar pecho antisanchista, cuando en este caso el gobierno de la nación ha sido sencillamente respetuoso, que es lo que cabe esperar de las instituciones. La historia, la de verdad, la de los historiadores que trabajan con archivos y testimonios, cada vez importa menos y es muy posible que muchos hooligans ni siquiera hayan leído/oído las declaraciones completas.

Nadie quiere caer en la cuenta de que identificarse hoy, como país, sin más ni más, con la España del Siglo de Oro o con cualquier periodo de la historia de España es un desvarío conceptual mayúsculo. Hablar de España como Estado y grupo social con alguna personalidad colectiva antes de la división en provincias de Javier de Burgos de 1833 es un error imperdonable a cualquier persona, pero con mayor motivo a quienes hayan pasado por la universidad. 

Estos voceros devenidos de pronto en antimonárquicos debieran conocer que hasta la muerte del Rey Felón España es una Corona, una formulación de Estado del Antiguo Régimen, absolutista, en el que las alianzas familiares de toda Europa condicionaban la vida de sus súbditos en todos los aspectos. Tal es el caso de la Corona de los Austrias y luego de los Borbones en el controvertido tiempo de la “conquista” de América que ahora tanto interesa a todólogos y cuñados.

Pretender identificarse con aquel modelo de Estado, el de la España del barroco, desde la visión del siglo XXI es una solemne majadería solo comparable con el gusto por el fascismo celtíbero en enarbolar la bandera de los tercios de Flandes, que tiene poco o nada de española.

Estos voceros devenidos de pronto en antimonárquicos debieran conocer que hasta la muerte del Rey Felón España es una Corona

Huronear en un pasado mitificado buscando el relato identitario que nos construya como grupo social actual es de una estupidez galáctica que sin embargo atrae feligreses a la parroquia de la ignorancia. De dar por bueno este ejercicio de fantasía histórica, sería esperable que el apostolado hooligan pudiera identificarse también con el Califato de Córdoba, con la dinastía Banu Qasi (familia de un conde godo que mudó de Dios), con los moriscos levantinos o los cátaros del Maestrazgo. Y buscando más hacia atrás, tartesios, suevos, cántabros o fenicios... también habrán aportado su genética en lo que a españolidad se refiere. Pero no, el hooliganismo solo busca recuperar el imperio de los pasados esplendores restaurando de paso la cultura franquista y llevándose por delante hasta la figura del rey si menester fuera.

Alguien debería explicar, ante tamaño ejercicio de estulticia solidaria, que la monarquía que ahora denostan lleva desde 1975 trastabillando entre la herencia del franquismo y el aperturismo a la europea. Un ejercicio de cuerda floja acompañado por las diversas castas de las grandes familias de las Españas que ahora parecen poner más huevos en la cesta del fascio que de la socialdemocracia. Esas familias que cuando van al futbol lo hacen al palco presidencial, desde donde se pueden burlar a gusto de la casposidad de sus súbditos.

Nadie parece darse cuenta de que el único que podría sentirse legitimado para hablar de la época sería precisamente el rey porque, a pesar de todos los dislates genéticos de la monarquía española, el que representaría formal y simbólicamente la continuidad de la Corona desde el Emperador Carlos hasta la actualidad. Por tanto, si alguien quiere buscar un portavoz patrimonial de aquella época, es justamente Felipe VI (*) el único español facultado para ello. El resto de la españolidad sería más sensato que sencillamente guardara un prudente silencio y huyera de megalomanías y fantasías identitarias.

Otra cosa que el librepensamiento no espera de este hooliganismo invasivo que lo llena todo es que se les ocurra sencillamente conocer la historia. La de España con relación a la del mundo y en una atmósfera menos crispada que la que contaminan el Congreso y el Senado actuales, para que se puedan discutir los modelos de estado y convivencia que la actualidad exige, terminado el primer cuarto del siglo XXI.

Una esperanza vana que solo puede anidar en una inquebrantable fe en el ser humano. Personas que huyan de los fanatismos; que en la España barroca andaban disciplinándose por los caminos o quemando herejes y ahora gustan de los espectáculos deportivos como válvula de escape a su miseria espiritual.

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Jesús Sampériz Maluenda es socio de infoLibre.

Jesús Sampériz Maluenda

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