Deberías alegrarte Aroa Moreno Durán
Veintidós millones de afiliados, válgame el Señor. La Seguridad Social viste tiros largos y el presidente se calza la camiseta de la selección. En el dorsal, los dos patitos. "España tiene el mejor equipo": retahíla de topicazos. "Sois quienes labráis, quienes construís, quienes cuidáis", para los gordos, para los bajos, beba Coca-Cola.
No me malinterpreten, que vivan las cotizaciones y los compatriotas con jornal, pero me ahorraría el triunfalismo. Con la inflación disparada y la vivienda prohibitiva, mejor no nos cuentes que vamos como un tiro, no sea que te salga por la culata. Pocas cosas más humillantes que fichar tus ocho horitas y estar a una mala noticia de pedir la vez en Cáritas. "Si los inquilinos ejercen su derecho y piden la prórroga, ganamos", decía la otra mañana el ministro Bustinduy.
Si aspiramos a estas victorias, ¡qué derrotas nos esperan! Conste, ni un pero al señor don Pablo (tiene mucho mérito hacer política de verdad con un ministerio de mentira), pero vamos a cumplir ocho años de Gobierno coaligado (¡progresista!) y no hay mejora social que no se haya ido por el sumidero de la especulación inmobiliaria. Qué deprimente que la prorroguita de marras nos haya venido de Oriente, como los Reyes Magos. Decreto de emergencia, como si antes de lo de Ormuz Idealista fuera una arcadia. Me imagino la zapatiesta en el Consejo de Ministros: "¡Orden!, pero, ¿de verdad es necesaria esta prórroga?, ¡si ya le cambiamos el nombre al SEPES!".
Con la inflación disparada y la vivienda prohibitiva, mejor no nos cuentes que vamos como un tiro, no sea que te salga por la culata
Escasean las alegrías. Ni dos horas han tardado los israelíes en desbaratar el alto el fuego —cortesía de Paquistán, superhéroe inesperado— entre los yanquis y los iraníes. ¡Viva Islamabad y la madre que la parió! La noticia felicísima (ninguna civilización iba a desaparecer esa noche, a qué clavos flamígeros tiene uno que agarrarse) hacía hocicar al petróleo (catorce por ciento a la baja): albricias, los buques volverían a procesionar por el Estrecho. Todos contentísimos porque una vía que estaba abierta volvía a transitarse miles de muertos después. ¿Los ayatolás? En su poltrona. ¿El suministro energético global? Temblando. ¿La bomba atómica? Ni está ni se la espera. No habían terminado de redactarse los teletipos cuando llegó Netanyahu (otra vez). "Israel lanza en una jornada más bombas sobre el Líbano que en toda la guerra", decían los titulares. No me cansaré de repetirlo: por menos de la mitad de la quinta parte de un tercio de lo que ha hecho Israel en la última semana se han invadido países.
Me pregunto qué hará falta para que la comunidad internacional haga el vacío a estos chalados genocidas. Sesenta años llevan los cubanos chupándose un bloqueo so pretexto de lo guapos que están sus líderes vestidos de verde oliva. Claro que Castro financiaba peor a sus voceros. "Sí a la guerra contra Irán", tuiteó hace un mes la portavoz adjunta de los populares en el Congreso. "En momentos delicados, necesitamos sensatez, no brutalidad. Occidente no es esto", apostilló, severísimo, Alberto Núñez Feijóo la tarde en que Trump amenazaba con practicar el genocidio más rápido de la historia. Algo olerá a podrido en Washington cuando hasta sus grupis menos espabilados empiezan a cobardear en tablas. Pero vamos, no pienso entusiasmarme: seguro que luego me la pego.
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