Daniel Jacoby en la galería Maisterra: aves de mal agüero

Daniel Jacoby en la galería Maisterra.

"Los clubes elegantes", escribe Bourdieu, "protegen su homogeneidad sometiendo a los pretendientes a unos procedimientos muy estrictos: acta de candidatura, recomendación […], pagos de derechos de entrada a veces extremadamente altos. En realidad, sería inútil tratar de determinar si las reglas formales que sirven sobre todo para proteger al grupo frente al exterior —no tanto frente a las otras clases, excluidas de antemano, como frente a las otras fracciones de clase o frente a los advenedizos de la propia fracción— están hechas para disimular la arbitrariedad de la elección o si, por el contrario, la arbitrariedad pregonada, que deja a un tacto indefinible el cuidado de la elección, está hecha para disimular las reglas oficiales".

Recordé esta cita de La distinción mientras veía Gallinazo (2026), el vídeo que vertebra la exposición Cathartes de Daniel Jacoby (Lima, 1985) en la galería Maisterra. La pieza escoge un mismo emplazamiento —un club, con sus sombrillas de paja, sus tumbonas adocenadas, sus personajes bronceados y sus embarcaciones de pitiminí— como escenario de un relato diacrónico: tres etapas de la vida del narrador y las andanzas de un naturalista europeo empeñado en clasificar la flora y fauna de aquella provincia alejada del imperio.

"Un lugar. El mismo lugar. El mismo lugar al que viniste ayer, anteayer y el día anterior. El mismo lugar al que has venido casi diariamente desde que tienes uso de memoria". La salmodia hace de preámbulo en cada episodio: la niñez idílica, la juventud y sus azares y la madurez, momento en que descubre la presencia ominosa de un gallinazo, un ave carroñera cuya aparición desconcierta a los burgueses (el avistamiento coincide con el desclasamiento del protagonista, que regresa como invitado). Después, la narración se retrotrae unos siglos. Recién desembarcado, un botánico se desploma en la playa. En su agonía, recibe la visita del dichoso buitre americano (otro de los nombres con los que se conoce al pajarraco). Vendrá a devorarme, se dice el estudioso; pero el ave despliega una facultad inesperada y neutraliza las toxinas que enferman al erudito. "No se alimenta de la muerte, sino que la purifica". (¿Qué será eso?). Sorprendido por el hallazgo, el naturalista se entristece: querría enmendar la descripción de la especie, pero sus notas ya viajan rumbo a Europa y el malentendido quedará fijado en la bibliografía científica.

Aurèlia Muñoz en el Reina Sofía, una retrospectiva sesgada

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Con un montaje ambiguo, en el que se entremezcla el punto de vista del narrador con el del pájaro, el vídeo de Jacoby explora, mediante la reiteración y la metáfora, las fricciones que los caprichos de la burguesía (la playa privada, el velerito, la grosera reproducción social del capital) causan: una membresía que valga la pena debe ser exclusiva; es decir, debe negársele a muchos. Y es ese límite, necesariamente existente, el que se hace evidente cuando aparece en escena algo que no debiera estar aquí; algo que, como sucede al final del metraje, nos arrastra a las afueras con él.

Cathartes (el título está tomado de la taxonomía del animal) también puede leerse como una réplica a Los gallinazos sin plumas (1955), célebre cuento de Julio Ramón Ribeyro protagonizado por dos chiquillos a los que su abuelo obliga a recolectar basuras —de los contenedores de los barrios ricos y en los vertederos— con los que alimentar al voraz cerdo familiar, único destinatario de los desvelos del viejo, al que acabará merendándose. También los niños actúan en un ámbito fronterizo: "la hora celeste", las inmediaciones del alba en la que los noctámbulos corren a casa "envueltos en sus bufandas y en su melancolía" y las beatas "se arrastran" hasta las iglesias buscando su dosis de espiritualidad. La exposición se completa con un conjunto de cinco esculturas de bronce que representan —muy libremente— al pájaro de marras. El display es decididamente efectista: instaladas sobre pedestales elevados, un foco las ilumina teatralmente. Además, el interior de la galería está forrado con rafia azul.

Aunque la propuesta de Jacoby me resulte interesante (especialmente el vídeo, no sé qué tal funcionarían las esculturas sin tanto artificio), me pregunto en qué clave propone el artista que leamos su obra: en si, al llenar el burguesísimo espacio de la galería (de esta o de cualquiera) con rapaces aficionadas a los desechos, está emparentando al visitante con los socios de aquel club tan fancy. Esta osadía me parecería elogiable. Porque, por más que en su relato el gallinazo sea un ave prodigiosa, en la naturaleza (y sin literatura) actúan como cualquier buitre.

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