Indígenas y patriotas
Si nos ponemos a husmear en la prehistoria, nos podemos encontrar con verdaderas y reveladoras sorpresas. La Historia es otro cantar que nos ha dado el cante y nos ha descolocado totalmente, sobre todo con suscribirse a darnos unas enseñanzas de estabilidad, aun suponiendo que estábamos totalmente adscritos a un territorio.
Es verdad que todos nos podemos considerar indígenas, pero como somos seres inquietos, si no dinámicos, lo que verdaderamente nos define es la movilidad, que ya desde el principio de nuestra vida, aunque no de nuestra historia, tanto nos ha caracterizado.
Parece ser que treinta mil años de prehistoria, por lo menos, nos ofrecen bastantes luces sobre la vida humana que, con la necesidad de sobrevivir, se movía en grupos formando compañías humanas, aunque no fueran todavía humanistas, como ahora, que estamos a pique de dejar de serlo.
Tantos miles de años nuestra humanidad de buscavidas se ha movido de aquí para allá, sin necesidad de ser buscamuertes, como se está demostrando en la actualidad; actualidad demasiado envenenada, que no sólo contaminada, de supremacismos.
Tantos miles de años en los que la mismísima indigencia no nos daba, ni por asomo, una oportunidad para convertirnos en indígenas.
Es curioso cómo en la actualidad todavía existen trashumantes que van de acá para allá sin decir que esta tierra es mía ni que fue de mi abuelo.
Todas y todos no hemos sido tan sedentarios siempre ni tenemos por qué serlo, porque se nos puede decir, incluso hoy, que somos culillos de mal asiento, pero tampoco nos importa el tenernos que dar por aludidos por ello. Incluso hoy día los miembros de las familias se separan buscando mejoras.
Hoy vamos más allá y por mor de los imperios ya se nos habla de patriotas, cuestión que nos mosquea sobremanera
En las sociedades antiguas, igualitarias, con su apoyo mutuo y su reciprocidad, no se caía en la trampa de que quien quisiera dirigir a los demás era más listo que nadie. El más reconocido solía ser el más trabajador y más generoso y nunca se excedía ni siquiera en el principio tácito del “hoy por ti, mañana por mí”.
Hoy en día, con tanta cultura se nos engaña con palabras y obras, con unas consideraciones que nos obligan a admitir que somos indígenas, como si esa marca estuviera totalmente marcada a fuego, como suele pasar en las ganaderías. No somos ganado ni ganamos nada con ello.
Desde el Paraíso Terrenal, al parecer primer bulo, más que Historia, que no aguanta los miles de años de los que hemos hablado, ya que apenas supera una generación de “convivencia”, que queda puesta en duda por la ínclita hazaña del cainismo, tan a la orden del día actualmente con las taimadas informaciones y los volateros prejuicios.
Con el correr de unos pocos siglos, surgieron las diferencias, que hacían caso omiso de una exitosa convivencia y que fueron culturizando desequilibradamente las relaciones igualitarias en manos de aquellos individuos que querían más coger que ofrecer.
Así se fueron creando supremacismos locales que miraban mal a los inmigrantes. Incluso ya en la sabia Atenas del siglo quinto antes de nuestra Era, no se consideraban indígenas a los hijos de los matrimonios mixtos, como le pasó a Antístenes, cuyo padre sí era de Atenas, pero su madre de Tracia. Antístenes, que había sufrido en su propia piel y espíritu este desdén de los atenienses, que se jactaban de ser indígenas, los humilló diciendo “que en esto no eran de mejor condición que los caracoles y los saltones”.
Hoy vamos más allá y por mor de los imperios ya se nos habla de patriotas, cuestión que nos mosquea sobremanera, ya que los defensores de la patria, muchas veces, no son precisamente tan dignos y puros en sus partidas de nacimiento como tan patrios en sus apellidos, que, por lo menos, nos alteran nuestra visión de tan sacra raigambre y cuna. Así podemos saber que de familias que no son de Madrid, ni tampoco de Cataluña ni del País Vasco ni de Galicia ni de Andalucía y que incluso han nacido mixtamente en tierras de allende los mares, nos vienen con el cante de la patria. Incluso es más, porque sus apellidos nos suenan a extranjeros y hasta pueden tener sus registros en solares lejanos, más allá de las fronteras patrias.
Lo que tampoco podemos olvidar son aquellas palabras de Yahvé: “¿Dónde está tu hermano?”.
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José María Barrionuevo Gil es socio de infoLibre.