Las epidemias que vienen y el miedo que tenemos Beatriz Gimeno
Tenía mi artículo sobre las elecciones andaluzas, pero sobre esto hay ya muchos y, en cambio, esta mañana, tuve una interesante conversación con un compañero de oficina. La oficina es para mí un lugar privilegiado para observar la realidad porque es el único espacio en el que me relaciono cercanamente con gente que no piensa como yo; en el que puedo hablar con gente muy diferente desde un lugar no de confrontación, sino incluso de cercanía afectiva. Me llevo bien con este compañero, es buena gente, tiene sentido del humor y no es tonto en absoluto. Y esta mañana hemos hablado del brote de ébola en África y, claro, también del hantavirus.
Su opinión acerca del asunto es, simplificada, la siguiente: “Yo no creo en los virus, es un engaño, no creo en las vacunas, la OMS no sirve para nada, es otro engaño, y si viene otra epidemia no me volveré a poner la mascarilla. Además, no va a haber fuerza que consiga mantenerme en casa confinado”. Esto, junto a la opinión de Mariló Montero diciendo que Sánchez ha creado el hantavirus y que prepara una epidemia para 2027, es el resumen perfecto de esta época. Y no es una broma.
El siglo XXI será el siglo de las epidemias. Lo será por el cambio climático; la globalización, que hace que millones de personas se estén moviendo de un lado al otro del planeta constantemente, penetrando en zonas antes remotas, presionando y destrozando los ecosistemas animales… por todo eso y que hay unos 10.000 virus desconocidos con capacidad de infectar a los humanos. Tendríamos que estar preparándonos, como humanidad, para sufrir una epidemia en cualquier momento… pero a la vista está que no lo estamos haciendo. Y si llega, será imposible de combatir tal como están las cosas.
En la deriva neoliberal enloquecida hacia la concentración de la riqueza en cada vez menos manos, todo eso que es necesario para subsistir como especie está siendo meticulosamente destruido
En las palabras de mi compañero de oficina se concentran varios de los problemas que nos impedirían combatir con éxito una epidemia global: la desinformación, el ultraindividualismo, la desconfianza en la ciencia, en lo público y en las instituciones, el desprecio hacia cualquier forma de conocimiento experto… Justo todo lo que impediría librar un combate contra una epidemia sanitaria global y tener posibilidades de ganarlo. Las epidemias hoy sólo pueden combatirse con sistemas de salud pública potentes, cooperación científica y sanitaria internacional, sistemas de protección civil eficaces y bien dotados, y con la imprescindible colaboración ciudadana basada en la confianza en la ciencia y en las instituciones.
Pero todo eso se ha hecho añicos para una parte importante de la población, mucha más de lo que podemos pensar. Mi compañero y tanta gente piensa así porque, en la deriva neoliberal enloquecida hacia la concentración de la riqueza en cada vez menos manos, todo eso que es necesario para subsistir como especie está siendo meticulosamente destruido. Y, naturalmente, dicha destrucción, que es la ganancia de unos pocos, viene acompañada de la ideología correspondiente, que consigue gente convencida de remar hacia su propio mal. Si queremos tener posibilidades de vencer a los virus, tenemos que romper con la lógica neoliberal y con la cultura que lo justifica. Y, ya sabemos, no es un combate fácil ni en el que estemos en la misma posición de salida.
Nos bombardean con desinformación y bulos, el ultrasubjetivismo del “yo sé más”, con los influencers opinando muy seriamente de todo y convertidos en expertos de cualquier cosa, con la posibilidad que tiene cualquiera de acceder a toda la información disponible (aunque no la entienda), con el desprestigio de lo público y de las agencias internacionales… Todo esto nos está acercando a una situación en la que vivimos en una sociedad ultratecnificada pero, al mismo tiempo, casi medieval en muchos aspectos. Hace unos pocos años, cuando conocía a alguien que hablaba enfáticamente contra la posibilidad de vacunarse o ponerse la mascarilla, hacía bromas con mis amigas. Ahora ya no puedo mostrar ni siquiera asombro, porque en este momento, en cualquier grupo en que lo comente, es muy probable que haya personas que estén de acuerdo con esta postura. Y no es sólo que estas personas reticentes a lo racional están ya por todas partes, sino que me he dado cuenta de que esas personas podemos ser cualquiera de nosotros, de nosotras. Yo misma, me puede pasar a mí. La semana pasada tuve mi particular caída del caballo con este asunto.
Hay que esforzarse desde la política en ofrecer un mundo que la gente desee habitar y desprecie así las soluciones que el fascismo propone
Me ocurrió cuando fui al médico para tratarme de mi enfermedad neurológica. Cuando la doctora me preguntó si tomaba algún medicamento para el dolor, le dije que me tomaba una aspirina de 500 mg al día y que eso lo hago desde hace muchos años. "¿Por qué?", me preguntó. "¿Te la recetó alguien?". No se lo dije, pero la realidad es que la tomo porque tuve una tía abuela con la misma enfermedad. Ella se tomaba esa aspirina diaria y vivió 90 años en buenas condiciones. La médica me dijo que no me tomara más la aspirina, que la dosis que tomo es muy alta y que ahora mismo la aspirina ya no se recomienda excepto para determinadas situaciones médicas, que me puede producir una hemorragia… En fin, que mejor tome paracetamol. ¿Y yo qué hice? Hacer caso omiso y seguir tomando mi aspirina. Hay algo en ella que me proporciona una tranquilidad que no me ofrece el paracetamol y que no tiene nada que ver con su composición farmacéutica ni con el dolor. ¿Sé yo algo de medicina, de farmacia, de neurología? No. Pero tengo miedo, he leído dos artículos y me aferro a la magia.
Será que, a pesar de todos los avances, los humanos no podemos despojarnos de ese algo nuestro primitivo que nos impele a creer en lo mágico, en lo que “nos dice el corazón”, en percepciones, sensaciones, supersticiones que necesitamos para vencer un miedo que ningún avance científico nos puede quitar y que supongo que es el miedo a la muerte, enmascarado de mil formas diferentes. El miedo a lo inevitable no se vence con lo real, sino con lo sobrenatural, me temo. No somos tan diferentes de aquellos ancestros que se aterraban cuando se desencadenaba una tormenta. Ni toda la ciencia del mundo puede borrar de nuestro inconsciente el miedo cerval a lo desconocido, a lo incontrolable y a la muerte que la extrema derecha sabe aprovechar muy bien, pero que se esconde en cada uno de nosotros. Nos cuesta renunciar a combatir ese temor con las herramientas que la humanidad ha utilizado desde que es humanidad: la magia, lo divino, lo sobrenatural. Ese “yo no me pongo la mascarilla”, ese desprecio al conocimiento científico, no es más que un abrazo al lado oscuro que, en ocasiones, parece más acogedor que cualquier mascarilla ordenada por un poder tan terrenal, prosaico y desacreditado como un gobierno. No podemos reírnos de quienes se están deslizando por ese lado; no podemos combatir ese miedo sino desde el conocimiento de que todos somos susceptibles de caer en lo irracional que habita en lo más profundo de nosotras.
Y el fascismo es capaz de aprovechar cualquier miedo y de crear nuevos miedos en tiempos de incertidumbre porque, por otro lado, no somos capaces de presentar un mundo suficientemente deseable, suficientemente luminoso. Hay que esforzarse desde la política en ofrecer un mundo que la gente desee habitar y desprecie así las soluciones que el fascismo propone. Este artículo no puede proponer estas soluciones, pero, en definitiva, lo que quiera que sea pasa por la posibilidad de vivir vidas tan buenas que cualquier miedo se atenúe; vidas que nos ofrezcan la dignidad de no sentirnos menos que nadie, que nos ofrezcan sentido de pertenencia y libertad, vidas manifiestamente mejores, cualitativamente mejores para todas y todos. Vidas que cuenten, que pesen, que signifiquen, que merezcan la pena. De lo contrario a la larga estamos condenados, me temo. Nos matarán nuestros miedos.
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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.
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