¿Qué votos necesita la izquierda para ganar?

Hace poco escribí aquí mismo un artículo donde sostenía que lo que está inclinando a los jóvenes a la extrema derecha no es lo material, sino una profunda disputa sobre el sentido de un mundo sumido en profundísimos y desconcertantes cambios. Después, Sánchez-Cuenca en El País explicaba con datos por qué, efectivamente, no es únicamente, ni siquiera principalmente, lo económico lo que propicia el crecimiento del fascismo. Por último, la semana pasada Pablo Batalla lo explicaba muy bonito también en El País. Sin embargo, cuesta mucho que los partidos de izquierdas asuman plenamente esta realidad que, en ningún caso, quiere decir que haya que olvidar las cuestiones económicas que, sin ninguna duda, determinan en gran medida la vida de la gente, aunque no tanto como suele creerse sus posiciones políticas. Hay quien afirma que vivimos en una sociedad post-materialista, aunque es evidente que los pilares de la propia existencia siguen dependiendo en gran parte de las condiciones materiales. En todo caso, lo que sí es evidente es que el cambio social que se ha producido en pocos años en el terreno de lo simbólico, en el terreno de las subjetividades, es tan grande que no es posible ignorarlo, como tampoco es posible ignorar que el miedo a que te ataquen por la calle y te den una paliza es muy material. En todo caso, veo a una parte de la izquierda más desorientada que la derecha en estas cuestiones. 

Es posible que muchos jóvenes no sean conscientes personalmente de la transformación que se ha producido en el terreno de lo social en las últimas décadas porque muchos de ellos ya han nacido y crecido en medio del cambio, pero lo que sí es seguro es que sus referencias culturales y simbólicas siguen ancladas en aquel tiempo que quizá no conocieron, pero que sigue siendo aquel que fundamentalmente les apela. En este sentido, me ha resultado impactante ver la  serie El monstruo de Florencia en Netflix. La serie se anuncia casi como un true crime pero si se analiza con los ojos del género, lo que se aprecia es que la sociedad europea de los años 60 era radicalmente otro mundo. Especialmente en lo que respecta a las relaciones entre mujeres y hombres y a la heterosexualidad como organizadora indiscutible de la vida. En el momento en que la serie se desarrolla yo ya había nacido y ese fue enteramente el mundo en el que mi madre vivió la mayor parte de su vida, para que nos hagamos una idea de que es un mundo nada lejano en cuanto al tiempo, aunque lejanísimo en nuestra percepción. 

La transformación social que se ha producido desde entonces es una de las más profundas y radicales que ha vivido la humanidad en los últimos siglos, quizá la más radical. Y por primera vez, además, y debido a la globalización, los cambios afectan, si bien en distinta medida, a todos los países, y no sólo a los países occidentales. Estos cambios han producido heridas y desconcierto en muchas personas que ven tambalearse sus vidas; personas que han pasado de creerse instalados en la normalidad y lo previsible, a verse sacudidos por movimientos y marejadas sociales que les mueven el suelo bajo sus pies. Las heridas, el desconcierto, el miedo que esto produce, la derecha lo está sabiendo explotar muy bien

El mundo de ahora es uno en el que todos aquellos señalados como subalternos se niegan a serlo más

La herida fundamental es la del género, porque afecta a la mitad de la humanidad.  El de hoy es un mundo en el que por primera vez masivamente las mujeres se niegan a ocupar el papel prescrito para ellas, lo que mueve todo el tablero. Los hombres (la mayoría de ellos) no quieren que nada se mueva, pero se ven casi empujados por la marea feminista. Además, las mujeres se han lanzado a denunciar (con muchísimos costes personales para ellas) que esa supuesta normalidad a la que los hombres se aferran está cimentada en gran parte en diferentes grados de violencia sexual. En definitiva, se dibuja un mundo que se ha dado la vuelta como un calcetín y que se presenta como completamente diferente del que ha sido los últimos… ¿4000 años? Es absurdo minimizar la importancia de esto. 

Pero no es sólo el género. El mundo de ahora es uno en el que todos aquellos señalados como subalternos se niegan a serlo más.  Hemos vivido (aun vivimos) en una sociedad construida sobre la desigualdad de género, pero también de raza, de origen. Que las mujeres no quieran ser subalternas, que las ciudades se llenen de migrantes con derechos o que las personas racializadas exijan ser iguales a quienes siempre se han sabido superiores, supone heridas que derivan en posicionamientos políticos extremos. Lo mismo ocurre con el animalismo o el ecologismo. Venimos de sociedades que trataban a los animales y a la naturaleza como cosas para usar y tirar, para explotar. En muy pocos años, la conciencia sobre los animales y sobre la naturaleza dibuja nuevas maneras de relación con el mundo. Los animales son considerados seres sintientes con derechos y existen obligaciones no sólo éticas, sino legales respecto a ellos. Todo ello está rompiendo las costuras de muchas subjetividades que no son capaces de sumarse a ese cambio, especialmente quienes estaban en la cúspide de la pirámide y ahora sienten que todo se tambalea. Son estos, bastante parecidos entre sí, quienes tienden a inclinarse por partidos de extrema derecha. ¿Qué les ofrecen estos partidos? No tanto un programa económico como un programa de restauración de los privilegios perdidos: devolver a su lugar al hombre blanco heterosexual que dominaba el mundo y por tanto imponía como única su relación con las cosas y las personas. Volver a poner a la familia patriarcal en el centro de todo. 

Vemos cómo la extrema derecha en todo el mundo tiene una obsesión con las personas trans, con acabar con ellas. Son el blanco inmediato más fácil, son las más vulnerables y son las más “raras” por poco conocidas; así ha aparecido un perfecto chivo expiatorio que permite a la derecha centrar sus políticas en acabar con esta minúscula minoría.  Fomentar el odio hacia una minoría insignificante desde el punto de vista numérico les está proporcionando réditos importantes y el PP ya se ha sumado entusiasta a la labor, desdiciéndose sin rubor de las políticas que ha votado y apoyado los últimos 10 años. ¿Quién puede pedir coherencia a estas alturas? Pero, por supuesto no se detendrán aquí y el odio se despliega ya contra cualquier persona LGTBI. Sin embargo, el objetivo final, la pieza mayor, son los derechos de las mujeres, puesto que sólo cobrándose estos conseguirán los nuevos dueños del mundo restaurar la sociedad patriarcal que añoran. En algunos estados de EEUU ya se aplican penas mayores a mujeres que abortan (y ha habido un proyecto que pretendía aplicar la pena de muerte); se defiende sin pudor que no deben votar ni tener presencia pública y Putin quiere mandar al psiquiatra a las mujeres que no quieran ser madres. No todos los hombres están muy preocupados por este programa, quizá no lo estén la mayoría. Nosotras sí lo estamos, con razón. 

La izquierda no puede dejar de ocuparse de las cuestiones materiales porque estas marcan la diferencia entre las vidas vivibles y las que no. Pero no sólo éstas. Tiene que poner el mismo énfasis en que las libertades y los derechos conquistados en las últimas décadas no tengan vuelta atrás, tiene que defenderlos sin titubeos o perderá, tiene que incluso buscar ampliarlos. La izquierda se equivocará mucho si se obsesiona con recuperar a esos chicos que van al gimnasio y están desorientados, como dijo Emilio Delgado en una reciente charla con Rufián. Se equivocará mucho si busca adaptar sus propuestas tratando de llegar a esos hombres que tienen miedo y están rabiosos. El problema de Emilio Delgado (y tantos líderes de izquierda) es que siguen pensando el mundo androcéntricamente; es decir, siguen pensando en un mundo en masculino blanco y heterosexual. El joven blanco hetero ya no es el centro del universo, pero, ojo, es que ni siquiera son mayoría. Y, aunque el androcentrismo impida a veces darse cuenta, las mujeres, las personas de la diversidad (grupo cada vez más numeroso) y las personas migrantes y racializadas (también cada vez más numerosas) somos muchos más. Y votamos. Y no votaremos a quien no de una batalla firme por nuestros derechos. 

La mejor manera de perder unas elecciones es irse a los gimnasios de barrio a buscar a los 'gymbros' que, por ahora, no van a votar a la izquierda en ningún caso

¿Cómo ha ganado Mamdani en Nueva York? Ofreciendo mejoras materiales de posible ejecución (a estas alturas la gente ya sabe cómo se hacen los programas electorales de máximos) pero sin hacer ni una sola cesión en su defensa de la igualdad de las mujeres y de las personas LGTBI, así como de las personas de origen migrante, racializadas y de las distintas religiones; visibilizando especialmente esa defensa. Y según los cálculos post electorales la diferencia de votos que ha hecho ganar a Mamdani tiene que ver con el numeroso voto LGTBI de Nueva York. ¿Cómo ha ganado La Francia Insumisa algunas alcaldías importantes y se ha consolidado como fundamental para que la izquierda siga gobernando en otras? Buscando el voto en los barrios racializados y migrantes, es decir, apelando a los derechos y a los sentimientos de las personas racializadas y de origen migrante; entendiendo que hoy, en Francia, esa es la clase más desfavorecida, entendiendo que son franceses y que votan ¿Y cómo se ha convertido Zack Polanski en la esperanza de la izquierda en Gran Bretaña? Sí, con un discurso económico rupturista, pero también con un discurso claramente enfocado a combatir la transfobia rampante de aquel país; entendiendo que este discurso es síntoma de una determinada concepción del mundo que en ningún caso puede apoyar la izquierda. Todos ellos han sabido leer los cambios sociales y han entendido, además, quiénes son sus votantes. 

Por eso, la mejor manera de perder unas elecciones es irse a los gimnasios de barrio a buscar a los gymbros que, por ahora, no van a votar a la izquierda en ningún caso. Ni ellos ni tampoco los integrantes de la cofradía de Sagunto que han votado mayoritariamente, en una pequeña y miserable venganza patriarcal, contra la posibilidad de que las mujeres puedan salir en la procesión de su cofradía. No hay mucho que rascar ahí y si se intenta contentar a estos sectores de algún modo, llamarlos, entenderlos… se corre el riesgo cierto de perder los votos de quienes sí pueden inclinar la balanza hacia la izquierda. Somos más, pero no podemos permitirnos buscar en el lugar equivocado

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 Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

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