Zapatero y Aitor Esteban: el último sumotori Víctor Guillot
La doctrina social de la Iglesia suele avanzar con la lentitud de las instituciones centenarias, pero hay momentos en los que el Vaticano parece captar antes que muchos gobiernos el signo de los tiempos. Ocurrió a finales del siglo XIX con la encíclica Rerum Novarum de León XIII y vuelve a ocurrir ahora con la nueva encíclica social impulsada desde un papado que, lejos de encerrarse en los debates identitarios o morales, ha decidido intervenir en el corazón de la discusión contemporánea, que es desnudar quién gana y quién pierde en la transformación tecnológica del capitalismo global.
Cuando León XIII publicó Rerum Novarum en 1891, Europa estaba atravesada por las consecuencias de la revolución industrial. La mecanización de la producción había multiplicado la riqueza, pero también había consolidado nuevas formas de explotación, precariedad y desigualdad. Las ciudades industriales crecían al ritmo del hacinamiento obrero y la política parecía incapaz de responder a una pregunta fundamental: ¿qué ocurre con la dignidad humana cuando el trabajo se convierte únicamente en una pieza más del engranaje económico?
Aquella encíclica no fue revolucionaria en un sentido clásico. No cuestionaba la propiedad privada ni proponía una ruptura con el sistema económico emergente. Pero sí introducía un elemento decisivo y determinante que marcaba que la economía no podía organizarse al margen de la justicia social. El trabajo no era una mercancía y las personas no podían quedar subordinadas a la lógica absoluta del beneficio. La Iglesia asumía así que la cuestión social era el gran conflicto político de su tiempo.
Más de un siglo después, el paralelismo resulta inevitable con la Magnifica humanitas de León XIV. La revolución tecnológica actual —digitalización, inteligencia artificial, automatización, plataformas digitales— está transformando el empleo, las relaciones sociales y las estructuras de poder con una intensidad comparable a la de la industrialización decimonónica. Y, de nuevo, la pregunta esencial es la misma: ¿qué lugar ocupan las personas en este nuevo modelo económico?
Así, esta nueva encíclica recupera la tradición social de la Iglesia. No se trata únicamente de un texto doctrinal, va más allá y se articula como un dispositivo de articulación política y moral foucaultiano frente a un capitalismo tecnológico que tiende a deshumanizar las relaciones sociales. La lógica algorítmica promete eficiencia infinita, pero al mismo tiempo fragmenta el trabajo, individualiza los riesgos y debilita los vínculos colectivos que sostienen la cohesión social.
El algoritmo decide horarios, salarios y oportunidades sin transparencia ni responsabilidad democrática. La tecnología, presentada como neutral, termina reproduciendo y ampliando desigualdades ya existentes
Las plataformas digitales son el ejemplo más evidente de todo ello. Bajo la retórica de la innovación y la flexibilidad, millones de trabajadores viven sometidos a sistemas de vigilancia permanente, evaluación automatizada y precariedad estructural. El algoritmo decide horarios, salarios y oportunidades sin transparencia ni responsabilidad democrática. La tecnología, presentada como neutral, termina reproduciendo y ampliando desigualdades ya existentes.
La encíclica pone el foco precisamente en esa dimensión ética de la transformación tecnológica. No basta con celebrar el progreso; hay que preguntarse quién controla ese progreso y con qué fines. La innovación no puede convertirse en una nueva religión secular donde todo sacrificio social quede legitimado en nombre de la competitividad o del crecimiento económico. En este sentido la Iglesia de Roma va mucho allá en su propuesta política que muchos gobiernos.
Y va mucho más allá porque ha tenido la valentía de la reivindicación humanista que pone a las personas en el centro de cualquier decisión política. Lo vemos en esta encíclica, y también en la manera de abordar las migraciones. Apuesta por el concepto de seguridad humana frente a una concepción clásica de la seguridad basada exclusivamente en fronteras, defensa o estabilidad estatal, y sitúa como eje de actuación la protección efectiva de las condiciones de vida de las personas: empleo digno, acceso a la vivienda, protección social, salud mental, sostenibilidad ambiental y capacidad real de participación democrática.
No es casual que esta perspectiva emerja en un contexto marcado por múltiples crisis simultáneas. La pandemia mostró hasta qué punto nuestras sociedades eran vulnerables pese a décadas de crecimiento económico. Las guerras, la emergencia climática y el aumento de las desigualdades han evidenciado también que la inseguridad ya no se limita a amenazas militares tradicionales. Hoy la exclusión social, la precarización o la destrucción ambiental generan tanta incertidumbre vital como los conflictos geopolíticos.
En ese sentido, el papado de León XIV está construyendo una crítica transversal al paradigma neoliberal dominante durante las últimas décadas. No desde categorías estrictamente ideológicas, sino desde una apelación constante a la dignidad humana y al bien común. La economía, insiste la encíclica, debe volver a ser un instrumento al servicio de la sociedad y no una estructura autónoma ajena a cualquier límite moral. Además, es especialmente significativo el momento en el que llega esta reflexión, en pleno debate global sobre la inteligencia artificial. La automatización promete aumentar la productividad de forma extraordinaria, pero también amenaza con profundizar la concentración de riqueza y poder en manos de unas pocas corporaciones tecnológicas. El problema ya no es únicamente laboral; sino que es profundamente democrático. Y esto nos lo dicen desde Roma. Ver para creer.
Las grandes plataformas digitales se han convertido en actores políticos globales con una capacidad de intervención superior, en ocasiones, a la de muchos Estados
Quien controla los datos controla la capacidad de influir sobre las conductas sociales, el consumo, la información e incluso las emociones colectivas. Las grandes plataformas digitales se han convertido en actores políticos globales con una capacidad de intervención superior, en ocasiones, a la de muchos Estados. Y, sin embargo, la regulación democrática avanza mucho más lentamente que la expansión tecnológica. En este sentido, la encíclica advierte de ese riesgo con claridad exponiendo que cuando la tecnología deja de estar subordinada a criterios sociales y democráticos, termina erosionando la propia idea de ciudadanía. El individuo pasa a convertirse en usuario, consumidor o dato estadístico. Es decir, en un sujeto fragmentado y gestionable, pero progresivamente desvinculado de cualquier proyecto colectivo.
Por eso el texto reivindica algo aparentemente sencillo pero profundamente disruptivo en el contexto actual: poner a las personas en el centro. Una frase repetida hasta el agotamiento en discursos institucionales, pero que aquí adquiere una dimensión concreta y material. Significa garantizar derechos laborales en la economía digital, proteger los servicios públicos, combatir la exclusión tecnológica y evitar que la innovación se traduzca en nuevas formas de descarte social.
Hay, además, una dimensión geopolítica relevante. El Sur Global vuelve a aparecer como el gran espacio sacrificado por las dinámicas económicas internacionales. La extracción de recursos, la dependencia tecnológica y la desigual distribución de los beneficios del progreso perpetúan una estructura global profundamente desigual. La doctrina social de la Iglesia retoma así una tradición crítica con las formas contemporáneas de colonialismo económico.
Todo ello configura un papado claramente más social que doctrinario. Un papado que entiende que la gran batalla política del siglo XXI no se librará únicamente en torno a identidades culturales o conflictos nacionales, sino sobre la capacidad de garantizar vidas dignas en sociedades atravesadas por la incertidumbre tecnológica y ecológica.
En el fondo, la pregunta que une a Rerum Novarum con Magnifica humanitas sigue siendo extraordinariamente actual: ¿puede existir progreso si deja atrás a la mayoría social? A finales del XIX la respuesta exigió reconocer derechos laborales y límites al capitalismo industrial. Hoy probablemente exige democratizar la tecnología, reconstruir los sistemas de protección social y redefinir el concepto mismo de desarrollo. Porque el verdadero desafío no es tecnológico. Es político y profundamente humano.
______________________________
Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirla¿Qué esperamos de la literatura? Novela policiaca y condición humana
La fosa abierta
La 'guerra podrida' de Hitler, según Chaves Nogales
¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.