Hungría, ¿el principio del fin del 'orbanismo'? Ruth Ferrero-Turrión
Por primera vez en más de una década, el horizonte político húngaro aparece atravesado por una incertidumbre real. Las elecciones legislativas del próximo 12 de abril no son una cita electoral más; conforman, en muchos sentidos, un plebiscito sobre el modelo de poder construido por Viktor Orbán desde 2010. Un modelo que ha ido consolidándose a través de sucesivas reformas constitucionales —hasta quince—, la captura progresiva de instituciones y un sofisticado ecosistema mediático y propagandístico. Sin embargo, lo que hasta ahora parecía un sistema prácticamente inexpugnable comienza a mostrar fisuras.
La irrupción de Tisza, articulada en torno a la figura de Péter Magyar, un antiguo miembro de Fidesz que conoce perfectamente los modos y haceres de su antigua formación, ha reconfigurado el tablero político de manera inesperada. Las encuestas, en algunos casos, apuntan a una ventaja superior a los 20 puntos sobre Fidesz, el partido de Orbán. Aunque la volatilidad electoral y las peculiaridades del sistema húngaro obligan a la cautela, el dato es significativo ya que, por primera vez, la posibilidad de una derrota clara del oficialismo entra en el terreno de lo plausible.
No obstante, conviene matizar. No sería lo mismo una victoria ajustada que una contundente. En un sistema electoral diseñado —o, como muchos analistas señalan, “hackeado”— para favorecer al partido gobernante, una diferencia estrecha podría traducirse en una distribución parlamentaria que no refleje fielmente el voto popular. Por el contrario, una victoria amplia de Tisza podría desbordar los mecanismos correctores introducidos por Fidesz y abrir la puerta a una alternancia efectiva.
El sistema electoral húngaro es un sistema mixto que combina elementos mayoritarios y proporcionales de manera que sobrerrepresenta al partido más votado. Esta arquitectura institucional, junto con el control mediático y la utilización de recursos estatales en campaña, ha permitido a Orbán consolidar mayorías parlamentarias incluso sin mayorías sociales abrumadoras. De ahí que la magnitud de la eventual victoria de Tisza sea clave para determinar si estamos ante un cambio de ciclo o ante una mera recomposición del equilibrio político.
Otro elemento central es la configuración de alianzas. Si Tisza no alcanza una mayoría suficiente, se abre un escenario en el que Fidesz podría intentar mantenerse en el poder mediante acuerdos con el Movimiento Nuestra Patria (Mi Hazánk), una formación situada en posiciones de ultraderecha. Este posible pacto no sería solo una maniobra parlamentaria, sino la profundización de una deriva política que ya ha tensionado los límites democráticos en Hungría.
En este contexto, no puede obviarse la dimensión internacional del régimen de Orbán. A lo largo de los últimos años, el primer ministro húngaro ha tejido una red de apoyos y afinidades que trascienden el ámbito europeo. Su relación con Rusia ha sido especialmente estrecha, tanto en el ámbito energético como en el político, de hecho durante las últimas semanas han trascendido informaciones que ahondan en la hipótesis de la utilización del gobierno húngaro como satélite ruso en la UE. Al mismo tiempo, ha cultivado vínculos con sectores conservadores en Estados Unidos, a nadie se le escapan los halagos vertidos por Trump hacia Orbán, y ha mantenido una relación estratégica con Israel. Este entramado de apoyos ha contribuido a reforzar su posición interna, tanto en términos materiales como simbólicos.
Por ello, la hipótesis de una derrota de Orbán plantea interrogantes que van más allá de la política doméstica húngara. ¿Es realmente posible que un liderazgo respaldado por estas redes internacionales, y consolidado mediante una profunda transformación institucional, pueda ser desalojado del poder a través de las urnas? Y, en caso de que así sea, ¿cómo reaccionará?
La verdadera prueba será la capacidad de desmantelar —o al menos reformar— el entramado institucional construido por Orbán
La cuestión del reconocimiento de los resultados es, en este sentido, crucial. La experiencia comparada muestra que los procesos de erosión democrática suelen ir acompañados de una creciente contestación de las reglas del juego electoral cuando estas dejan de ser funcionales al poder incumbente. Hungría no es ajena a esta lógica. Aunque formalmente se mantiene un marco democrático, las condiciones de competencia han sido progresivamente desiguales.
Si Orbán se enfrentara a una derrota clara, la presión para aceptar los resultados sería considerable, tanto interna como externamente. Sin embargo, en un escenario de resultado ajustado o ambiguo, no puede descartarse una estrategia de impugnación o de dilación. La capacidad del gobierno para movilizar su aparato mediático y su base social podría ser un factor determinante en este sentido.
Aquí entra en juego la Unión Europea. Durante años, Bruselas ha mantenido una relación ambivalente con el gobierno húngaro, oscilando entre la crítica retórica y la inacción efectiva. Los mecanismos de condicionalidad del Estado de derecho y los procedimientos sancionadores han tenido un impacto limitado en la práctica. Sin embargo, una crisis postelectoral en Hungría colocaría a la UE ante una disyuntiva ineludible. Si Orbán no reconociera una derrota electoral, Bruselas se vería obligada a decidir hasta qué punto está dispuesta a defender sus principios fundacionales frente a uno de sus propios Estados miembros. La credibilidad del proyecto europeo estaría en juego, no solo en términos normativos, sino también geopolíticos.
En este escenario, el papel de la oposición resulta igualmente determinante. Esta es la segunda vez que una amplia coalición opositora se articula con el objetivo de derrotar a Orbán. La experiencia anterior mostró tanto el potencial como las limitaciones de este tipo de alianzas. La fragmentación ideológica y las tensiones internas pueden debilitar la capacidad de gobernar incluso en caso de victoria.
La figura de Péter Magyar introduce, no obstante, un elemento novedoso. Su perfil y su discurso parecen haber logrado conectar con sectores sociales que hasta ahora se mantenían al margen o incluso próximos a Fidesz. Esta capacidad de transversalidad podría ser clave para superar el techo electoral que históricamente ha limitado a la oposición. Pero ganar elecciones es solo el primer paso. La verdadera prueba será la capacidad de desmantelar —o al menos reformar— el entramado institucional construido por Orbán. Un entramado que no solo incluye leyes y normas, sino también redes de poder económico, mediático y administrativo profundamente arraigadas. Una buena muestra de lo anterior es Polonia. En ambos casos las alternativas a las propuestas iliberales se sitúan en una derecha nacionalconservadora en ocasiones perezosa en avanzar en las contrarreformas, salvo que les exponga a pérdidas electorales.
Así las cosas, las próximas elecciones legislativas húngaras no solo decidirán quién gobierna el país, sino también qué tipo de democracia es posible en el contexto europeo actual. La posibilidad de una derrota de Orbán abre un horizonte de cambio, pero también de incertidumbre. Porque, como muestra la experiencia comparada, los regímenes híbridos no desaparecen de la noche a la mañana. Y, en ocasiones, su final es más complejo y conflictivo que su consolidación.
Hungría se encuentra, por tanto, en un momento de inflexión. Entre la continuidad de un modelo que ha tensionado los límites del Estado de derecho y la posibilidad —todavía incierta— de una recomposición democrática. El resultado no dependerá únicamente de las urnas, sino también de la capacidad de las instituciones, la sociedad civil y la comunidad internacional para sostener las reglas del juego cuando estas se vuelven realmente decisivas.
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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.
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