Sánchez, León XIV y Xi Jinping: la nueva diplomacia española Víctor Guillot
Hay una constante en la política exterior de Donald Trump que hoy adquiere una dimensión particularmente incómoda. Su apuesta por un unilateralismo que, llegado el momento decisivo, necesita reconvertirse en un multilateralismo selectivo para poder sostenerse. No se trata de un giro ideológico ni de una revisión profunda, sino de una adaptación forzada por la realidad estratégica. El problema es que esa adaptación llega tarde y en condiciones desfavorables.
Trump pudo contribuir a iniciar la dinámica de confrontación con Irán en estrecha sintonía con Israel, apoyándose en una lógica unilateral basada en la presión máxima y en la convicción de que Estados Unidos podía imponer condiciones sin necesidad de marcos colectivos. Sin embargo, cerrar ese conflicto es una cuestión radicalmente distinta. Las guerras complejas no se terminan como se empiezan, y menos aún cuando intervienen múltiples actores con intereses divergentes.
La condición mínima para cualquier salida pasa por garantizar la plena apertura del estrecho de Ormuz. No es un elemento más del conflicto, sino su núcleo estratégico. Mientras ese corredor marítimo permanezca bajo amenaza, la guerra sigue abierta en términos políticos y económicos. El problema para Washington es que asegurar esa apertura no depende exclusivamente de su capacidad militar. Irán ha desarrollado durante años una estrategia suficiente para mantener el estrecho en una situación de inestabilidad controlada sin necesidad de cerrarlo completamente. Le basta con introducir incertidumbre, elevar la tensión de forma intermitente y demostrar que puede alterar el flujo energético global cuando lo considere oportuno.
Es en este punto donde la superioridad militar estadounidense muestra sus límites. No se trata de ganar una confrontación directa, sino de controlar un entorno estratégico complejo, algo mucho más difícil en un escenario de guerra asimétrica. Irán no busca una victoria convencional, sino un desgaste prolongado. Su estrategia de escalada horizontal regional le permite dispersar el conflicto, multiplicar los focos de tensión y obligar a Estados Unidos a repartir su atención y sus recursos en distintos frentes simultáneamente.
Cada nuevo escenario de presión incrementa los costes de la implicación estadounidense y complica cualquier intento de cierre rápido. En este tipo de conflictos, el tiempo deja de ser un factor neutro y se convierte en un recurso estratégico. Y en este caso, el tiempo juega claramente a favor de Teherán. Cuanto más se prolonga la crisis, mayor es el desgaste político para Washington y mayor la capacidad de Irán para consolidar su narrativa de resistencia.
Trump, en cambio, necesita resultados rápidos. Su lógica política no está diseñada para gestionar conflictos prolongados, ambiguos y sin una victoria clara. Sin embargo, la propia naturaleza de esta guerra impide ese tipo de desenlace. Estados Unidos no pierde necesariamente en el plano militar, pero puede perder, y está perdiendo, en el plano político, donde el desgaste acumulado y la falta de una salida clara erosionan su posición.
A ello se suma un elemento adicional que limita aún más la capacidad de maniobra de la Casa Blanca. Existen otros actores que no comparten el interés por cerrar el conflicto rápidamente. Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, puede encontrar ventajas en una presión sostenida sobre Irán, mientras que Teherán obtiene beneficios claros de la prolongación de la crisis. Cada día de resistencia refuerza su posición regional y aumenta el coste para su adversario.
Esto significa que Trump no controla los tiempos del conflicto, y esa es una de las mayores debilidades de su planteamiento. El unilateralismo presupone capacidad de decisión autónoma, control de la escalada y posibilidad de cierre. Ninguna de estas condiciones se cumple en el escenario actual.
Es en este contexto donde emerge el recurso al multilateralismo selectivo. Selectivo porque no responde a una convicción sobre la necesidad de cooperación internacional, sino a una utilización instrumental de aquellos actores que pueden facilitar una salida. Estados Unidos necesita ahora mediadores, canales indirectos de negociación y aliados capaces de contribuir a la estabilización del estrecho de Ormuz.
Trump quiso demostrar que Estados Unidos podía actuar solo, pero se enfrenta ahora a un conflicto que solo puede gestionarse acompañado
Sin embargo, el multilateralismo no es una herramienta que pueda activarse de forma inmediata sin costes. Requiere credibilidad, confianza y continuidad en la acción exterior. El problema es que el unilateralismo previo ha erosionado precisamente esos elementos, dificultando la reconstrucción de los marcos necesarios para una desescalada efectiva.
La situación revela así los límites estructurales del poder estadounidense. A pesar de su superioridad militar, Estados Unidos no puede imponer unilateralmente el final de este conflicto, ni puede retirarse sin garantías, ni puede escalar indefinidamente sin asumir costes globales significativos. Se encuentra atrapado en una dinámica donde cada opción implica riesgos elevados.
Trump pudo contribuir a iniciar la guerra en términos políticos, pero no puede terminarla del mismo modo. Cerrar un conflicto exige algo más que capacidad de presión. Requiere articulación política, negociación y construcción de equilibrios entre actores con intereses contrapuestos. Es decir, requiere multilateralismo, aunque sea tardío, incómodo y estrictamente instrumental.
El caso iraní pone de manifiesto que el poder, incluso el de la principal potencia mundial, tiene límites operativos claros en un sistema internacional cada vez más interdependiente y fragmentado. En este contexto, la capacidad de otros actores para resistir, dilatar y condicionar los conflictos se ha incrementado notablemente.
Ahí reside la paradoja final. Trump quiso demostrar que Estados Unidos podía actuar solo, pero se enfrenta ahora a un conflicto que solo puede gestionarse acompañado. Un conflicto que no puede cerrar unilateralmente y en el que, cuanto más tiempo pasa, más evidente resulta que el control ya no depende exclusivamente de Washington.
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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.
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