El dedo que señala a la Luna
Las memorias de los pueblos son un saber histórico, incluso genealógico, de alto valor político, no virtual, no potencial, presente. Las memorias transforman las narrativas de las naciones y pueden cambiar el curso de la identidad de sus habitantes. No somos culpables de lo que antes hicieron, pero lo seremos si transitamos por aquí a favor de la ignorancia y sus consecuencias. Esa parte de nuestra identidad que se forja unida al tiempo pasado de un territorio no lo es todo, pero sí conforma la manera en que miramos el mundo. Se llama cultura y contiene tradiciones, costumbres, religiones, ideologías, el calendario, la lengua.
Esto lo sabe cualquiera, pero, sobre todo, aquellos que se juegan el poder. Lo sabemos en España muy bien, pues la derecha y sus compañeros ultras, sin saber ya quién es quién, practican la contradicción de pasar página solo en los números pares de nuestra historia para sí subrayar hazañas y épicas que no sostienen la mirada contemporánea, deshaciéndose siempre de la represión y la violencia si esto tensa su ciencia ficción de la patria, y da igual si hace 100 años o más de medio milenio. Tan poco no les importará la memoria si es constante su utilización con fines de rédito.
He coincidido en tiempo en México con la visita de Isabel Díaz Ayuso al país. Y he sentido vergüenza solo por compartir un origen. Por su desprecio absoluto a los pueblos originarios, por su incapacidad, después de más de 500 años, de pronunciar un discurso en algún punto solidario con los perdedores de aquella historia, que no fue solo Moctezuma II, por ir hasta allá a rendir homenaje a Hernán Cortés, el mal llamado conquistador extremeño que rindió a los mexicas y aztecas ordenando matanzas de civiles y dejando tras de sí un reguero de sangre y enfermedades nuevas. No pronunció una palabra Isabel Díaz Ayuso sobre la Batalla de Cholula, la del Templo Mayor o la caída de Tenochtitlán, hoy Ciudad de México. También se le olvidó, en las relaciones históricas entre los dos países, recordar el exilio del siglo XX, cuando decenas de miles de españoles fueron expulsados por sus ideas y México los recibió. Solo a Morelia llegaron 500 niños, hijos e hijas de familias republicanas, solos. Sí habló de malinches en el metro de Madrid o de evangelización. Pero hasta la Archidiócesis Primada de México canceló la celebración de su acto de reivindicación de la conquista en la Catedral del Zócalo.
Qué puede importar ahora a la presidenta del desfile de la Hispanidad que murieran uno o decenas de millones de personas hace tantos años. Qué importa todo esto.
La batalla cultural es la forma de ganar el poder político o económico influyendo en la manera en que pensamos la realidad
La batalla cultural es la forma de ganar el poder político o económico influyendo en la manera en que pensamos la realidad. Practica la provocación constante, marca el relato según su deseo, desvía la atención de los problemas concretos de los ciudadanos y moviliza el voto. No exige matices, dilapida el reconocimiento de los agravios, es contraria al encuentro y a la empatía.
Esta visita se produce en un momento exacto: cuando España, por primera vez, palabras incluidas de Felipe VI, abría la puerta al reconocimiento de las injusticias históricas y ambos países planteaban un relato compartido de su historia común.
La palabra México, con su equis, viene del idioma náhuatl, la lengua de los aztecas, y su significado más aceptado es “ombligo de la luna”, y hace referencia a Tenochtitlan, por estar ubicada en el centro de una laguna. Pues hacia allá nos ha hecho mirar Díaz Ayuso en estos días, su dedo señalando, su boca hablando, mientras nos distraemos del pan y el techo por aquí.