Tratamientos para ellos, pastillas para ellas: así se cuela la desigualdad de género en la consulta médica

Una mujer sale por la puerta del Centro de Salud Núñez Morgado, en el distrito de Chamartín, en Madrid (España).

Una mujer acude a su médico de cabecera con dolor en el pecho. En la consulta de al lado se produce la misma situación, pero el paciente es un hombre. La primera tiene más probabilidades de irse a su casa con un diagnóstico relacionado con el estrés o la ansiedad y con la prescripción, incluso, de un tratamiento con ansiolíticos. El segundo, sin embargo, es probable que salga por la puerta con una cita para una prueba que analizará si tiene alguna enfermedad cardíaca. No es una norma, pero ocurre, como han revelado algunos estudios realizados en los últimos años que han concluido que la respuesta médica es diferente en función de si quien solicita la asistencia es un hombre o una mujer.

Una de esas investigaciones es la de Carme Valls Llobet, médica especializada en endocrinología y en medicina con perspectiva de género, que pone precisamente este ejemplo en su libro Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing). "Ante el dolor torácico o el cansancio, es más fácil que a un hombre se le hagan pruebas y que a una mujer se le medique", afirma, en conversación con infoLibre.

El ejemplo más claro y más reciente de las diferencias por género en la salud nos lo ha dado el covid. Multitud de testimonios, y más tarde de informes, confirmaron por ejemplo que la vacunación contra el virus provocó cambios sustanciales en el ciclo menstrual, unas alteraciones que nunca se previeron porque no se tuvieron en cuenta antes de aprobar el suero. Se ha hecho a posteriori. Según el informe Salud y género 2022, publicado por el Ministerio de Sanidad, un 25% de mujeres en edad reproductiva que ha pasado la infección ha presentado cambios en el volumen de pérdida menstrual. Otro 28% ha sufrido pérdidas disminuidas y ciclos alargados. "No existen casi estudios sobre la menstruación y sus alteraciones durante la pandemia en los países que denominamos desarrollados. Las alteraciones de la menstruación permanecen invisibles menos para las mujeres que las padecen", critica el documento.

Pero no solo es esto, hay más. Según el mismo informe, las estadísticas oficiales del INE mostraron que, durante el confinamiento, más mujeres con sintomatología de covid fallecieron sin confirmación de sufrir la enfermedad, lo contrario que los hombres, puesto que la mayoría sí falleció con un positivo. Además, continúa el estudio, fallecieron más mujeres con coronavirus en los centros sociosanitarios, mientras que más hombres lo hicieron en los hospitales. Con datos, según los que recoge el Ministerio de las historias clínicas dentro de la Red Asistencial Sescam, las mujeres fueron hospitalizadas un 44,3%, frente al 62% de los hombres. "A falta de otros indicadores desagregados por sexo, la hospitalización y el ingreso en UCI entre las personas fallecidas de ambos sexos estaría indicando un mayor esfuerzo terapéutico en hombres que en mujeres, lo cual implica un sesgo de género en la atención sanitaria a la covid-19 en perjuicio de las mujeres", denuncia.

No solo ha pasado en España. En Japón se detectó que las mujeres con posible covid eran diagnosticadas alrededor de seis días más tarde que los hombres, algo que también ocurrió en los países de Asia y del Pacífico. En Holanda, un estudio detectó que las mujeres sanitarias fueron diagnosticadas y sometidas a pruebas con menos frecuencia que sus compañeros.

No obstante, y aunque el covid ha dado datos nuevos, estas diferencias ya ocurrían. Como explica Valls en su libro, el artículo Actitudes de los médicos hacia las pacientes mujeres (Physicians' attitudes toward female patients, publicado en Medical Care), reveló, tras un estudio de 253 médicos de familia, que el 25% de las mujeres eran catalogadas como pacientes que se quejaban en exceso y que sus síntomas se atribuían más fácilmente a influencias emocionales. De este modo, sus enfermedades fueron clasificadas como psicosomáticas en el 26% de los casos, frente a solo el 9% en el sexo masculino.

Por eso en las mujeres hay un mayor infradiagnóstico. Ocurre con la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), una dolencia que, según el estudio Perspectiva de género en medicina, de María Teresa Ruiz Cantero, se sigue asociando a los hombres a pesar de la "incorporación masiva al hábito tabáquico" de las mujeres. Así, según los datos del estudio EPI-SCAN recogidos por la investigadora, la tasa de infradiagnóstico de EPOC en nuestro país es del 73%, siendo 1,2 veces más frecuente en hombres que en mujeres.

También pasa esto con los infartos. Otro estudio llevado a cabo en Cataluña en el año 1998 observó que las mujeres tenían un 68% de mortalidad durante los seis meses posteriores a un infarto, mientras que la de los hombres tratados era de tan solo un 33%. Estos datos, además, se corroboran en uno de los Cuadernos para la salud de las mujeres, publicados por la Escuela Andaluza de Salud Pública. En el Cuaderno 0: La salud de las mujeres, ¿diferente o desigual?, se afirma que "las mujeres tienen más riesgo que los hombres de sufrir un segundo ataque cardiaco durante el año que sigue al primer ataque", algo que achaca a que "las mujeres acceden menos a los servicios de rehabilitación cardiaca que los varones".

En este mismo sentido, y según estudios de Framingham Heart Study realizados en 1998 —y recogidos en el libro de Valls—, entre los 45 y los 64 años las mujeres presentaron dos veces más infartos de miocardio silentes que los hombres. Y esto, probablemente, pueda tener mucho que ver con lo que Nuria Varela detalló en su libro Feminismo para principiantes (Ediciones B): "Popularmente, es de todos conocido que los síntomas de un infarto son dolor y presión en el pecho y dolor intenso en el brazo izquierdo. Pero no es tan popular que éstos son los síntomas de un infarto ¡en un hombre! En las mujeres, los infartos se presentan con dolor abdominal, estómago revuelto y presión en el cuello".

El androcentrismo de la ciencia

Ese ejemplo es el que explica toda la problemática. "Históricamente, se ha hecho un prejuicio falso de que cuando la ciencia estudiaba a los hombres ya se estaba estudiando a las mujeres. Así, nunca se ha diferenciado ni la sintomatología ni la evolución de la enfermedad ni el efecto de los tratamientos en ellas", explica Valls. Y los problemas de salud típicos de las mujeres como las alteraciones en la menstruación, además, quedan poco atendidos. "Es frecuente que, ante cualquier problema en este ámbito, el médico se limite a prescribir anticonceptivos", lamenta.

Pepita Giménez-Bonafé, profesora del departamento de Ciencias Fisiológicas de la Facultad de Medicina de la Universitat de Barcelona, apunta a lo mismo. "Desde siempre los estudios se han hecho con hombres. Los ensayos clínicos no han considerado a las mujeres, y no somos iguales", lamenta.

Rosa M. Orriols, vicepresidenta de Women in Global Health y asesora de la Organización Mundial de la Salud (OMS), también coincide. "Hay que distinguir, en los estudios, a hombres y mujeres, pero también aplicando la perspectiva de género", apunta. Así, explica que de nada sirve por ejemplo que los ensayos para la vacuna contra el covid se hicieran con pacientes de ambos sexos si, sin embargo, no se tiene en cuenta la diferencia que existe entre ambos. En ese caso, la menstruación. "A lo mejor ni siquiera se valoró preguntar, o no se hizo de manera adecuada. ¿De qué sirve entonces que haya hombres y mujeres para probarla?", se pregunta.

El prejuicio de la mujer 'histérica'

Hay otro aspecto que también influye, a juicio de Orriols, que critica "el androcentrismo que envuelve a la sociedad". "Por definición machista, las mujeres somos histéricas, alterables, débiles, sensibles. Ellos, en cambio, son fuertes y toman decisiones. Y esto, lo queramos o no, se tiene en cuenta cuando una persona te cuenta sus síntomas. Aunque no se quiera, se tiende a minimizar el dolor de las mujeres y a maximizar el de los hombres", lamenta.

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Giménez-Bonafé, en esta misma línea, habla de que "la mujer tiene atribuidos unos roles domésticos y de cuidados que no se aplican a los hombres", y eso también tiene mucho que ver. "A una mujer con dolor en el pecho o cansancio se le da un ansiolítico porque se puede entender que está agobiada por el trabajo o por la familia. Con ellos eso no pasa. A mismos síntomas, se aplican diferentes tratamientos", denuncia. La Escuela Andaluza de Salud Pública también destaca este aspecto, y lo relaciona con los datos de infarto. "Por el rol de cuidadoras socialmente asignado, las mujeres tienen menos probabilidades de modificar determinados estilos de vida relacionados con el cuidado de las personas del hogar y con la realización de tareas domésticas", apunta el organismo.

Aun así, las tres expertas celebran que este paradigma está cambiando, aunque sea lentamente. Y lo está haciendo desde la base, desde la educación. "Hay que hacer ciencia de la diferencia en las facultades de Medicina porque los facultativos tienen que empezar a aplicar la perspectiva de género en el día a día. La ciencia no puede seguir siendo androcéntrica", afirma Valls.

Según celebra Giménez-Bonafé, ya se están dando pasos en esta dirección. "Ya se están empezando a tener en cuenta estos sesgos de género en la formación y artículos de prensa científica y algunos cursos ya incluyen la perspectiva de género. La juventud, además, va muy por delante de muchos médicos ya formados. Facultativos de 50 o 60 años tuvieron una educación muy arcaica en comparación a lo que hoy existe", sentencia.

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